Capítulo 14 #3
—De entrada, contrato indefinido. Ya llevas muchos años vinculado a este periódico, no te voy a hacer eventual ahora.
El sueldo sería el equivalente al de un redactor sénior de política.
Quizá algo más, dependiendo de objetivos.
Firma propia en portada digital. Libertad para seguir publicando libros y seguir con tu podcast. Participación en especiales e investigaciones.
Y una sección fija diaria bajo tu nombre.
A cambio, quiero que consolides tu propia audiencia, que generes impacto mediático y que aumentes tu presencia pública.
—¿Me quieres por mi capacidad de viralización? —se escamó Leo. Casi no podía creerse lo que Quique le estaba proponiendo porque era incapaz de aceptar que lo merecía. Tenía que haber una pega por alguna parte.
—Te quiero por tu proyección mediática. Eso no es algo malo —le aclaró Quique al ver la mueca que hacía—.
Eres una de las voces de tu generación, Leo, cuando escribes, la gente se para a leer.
Me da igual si lo llamas viralización o talento, el resultado es el mismo: tienes marca propia, una presencia masiva en redes y eres capaz de generar conversación: tienes influencia.
Y la influencia, hoy en día, es poder. No voy a seguir diciéndote todos los dones que tienes, porque vas a empezar a pedirme todavía más. ¿Qué me dices? —repitió.
Leo negó con la cabeza, intentando sacudirse las dudas.
—Que sí. Claro que sí.
Quique se levantó y fue hacia él para ofrecerle la mano. Leo le imitó, poniéndose también de pie y se la estrechó. Se miraron a los ojos un segundo. Luego Leguina se inclinó hacia él y le dijo:
—Y ahora, vamos a trabajar.
Aquel fin de semana Leo se preparaba para salir a celebrarlo.
Había firmado ya el contrato y el importe de su próxima nómina aún le generaba cierto vértigo.
Su madre no podía estar más orgullosa, pero la perspectiva de que su primogénito pudiera, al fin, independizarse, la intranquilizaba un tanto.
Desde el sofá del salón, Maribel lo miraba, ya vestido para salir, con una mezcla de júbilo y pérdida, sabiendo que el nido estaba a punto de vaciarse un poco.
Por su parte, Lidia parecía retomar su interés por trabajar en algo, aunque sus miras ya no estaban puestas en el Beautifuck, sino un poquito más alto.
—¿Sabes que Sheila conoce a fotógrafos y a gente de agencias? —decía Lidia desde el baño, mientras rebuscaba en su caja de maquillaje—. Dice que en Madrid hay muchísimas chicas trabajando de esto y que yo podría empezar haciendo editoriales pequeñas o cosas para redes.
Maribel sonrió.
—Pues claro que podrías. Si eres guapísima.
—Mamá… —protestó Leo, rebuscando entre los cojines en busca de sus llaves. Como siempre—. No le des alas.
—¿Qué? —replicó ella—. ¿No es verdad que tu hermana es una belleza?
Lidia apareció entonces en el salón con unos pantalones diminutos y una plancha del pelo en la mano. La otra mano la tenía metida en el bolsillo.
—Sheila dice que tengo cuerpo de modelo —anunció dando una vuelta sobre sí misma como para demostrarlo.
Leo levantó la vista un momento.
—Y Sheila, por supuesto, siempre tiene razón —remarcó él con sarcasmo .
—Pues ya sabrá más de eso que tú, que para algo se dedica a la industria —contestó Lidia con obviedad—. Y además, si te pones antipático conmigo, no te digo qué tengo en esta mano —le picó, agitándose el bolsillo.
Leo se incorporó. Había estado de rodillas, mirando debajo del sillón.
—Dame mis llaves, anda —dijo tendiendo su mano hacia ella.
—Yo no he dicho que las tenga.
—Que me des las llaves.
Lidia se las tiró, pero de tan mala gana que le dieron en pleno rostro. Leo puso cara de enfado y la joven salió corriendo y riendo en dirección al pasillo, y se encerró en su habitación.
—¡Esta te la guardo! —le gritó Leo.
Maribel suspiró, pensando ya en lo mucho que echaría de menos las discusiones entre sus hijos cuando ambos la dejaran sola, en aquella casa.
—Me voy ya —anunció.
Maribel lo retuvo cogiéndolo del brazo.
—No seas tan duro con tu hermana.
—Me tiró las llaves a la cara y…
—Por eso no. Por lo otro.
Leo resopló.
—Mamá, sé que solo quieres lo mejor para ella, pero…
—Al menos está pensando en trabajar. Y si su amiga le presenta a la gente adecuada… Mira la suerte que has tenido tú. ¿No quieres lo mismo para ella?
Él chasqueó la lengua.
—Joder, claro que sí, pero andar con una modelo de ropa interior del tres al cuarto no le va a servir de nada. Lidia tiene demasiados pájaros en la cabeza y esa amiga suya no hace más que alimentarlos.
—Ya. Pero tengo que meter en vereda a esta chica de alguna manera y tú te vas a independizar cualquier día de estos y me quedaré yo sola con ella y…
Leo rodeó la mesa de té para besarla en la cabeza.
—Todavía no me he ido —le recordó en tono cariñoso.
—Pásalo bien. Y si coincides con tu hermana por ahí, no dejes que haga ninguna tontería.
—Ya no solemos frecuentar los mismos locales. Últimamente siempre se va al centro con esa amiga suya —empezó a explicar, pero su madre le puso tal cara de pena que terminó asintiendo—. Si la veo, estaré al tanto. Pero no creas que a mí me hace mucho caso… —advirtió.
—Gracias, cariño.
A Leo no le costó mucho convencer a sus amigos para que se fueran de marcha por el centro, al fin y al cabo, salían para celebrar su éxito y Leo tenía derecho a elegir, le dijeron.
En realidad, él habría preferido quedarse en Valdemora, cenar en algún sitio cutre, recorrer los bares y discos de El Cañaveral, pero la petición de su madre le pesaba en la conciencia.
Cogieron el metro y cenaron en una hamburguesería cerca de la estación de Sol.
Lara estaba más callada de lo habitual, pero cuando le preguntaron si le pasaba algo, lo negó, recordándoles que estaba de celebración, y ellos no insistieron.
Luego, como aún era temprano para ir a bailar, callejearon hasta un nuevo rooftop bar que se estaba poniendo de moda y se pidieron los cócteles más extravagantes de la carta.
Leo, con su margarita de hibisco, una bebida de un furioso color fucsia y un sabor tirando a ácido, se apoyó en una de las barandas para mirar la ciudad a sus pies mientras sus amigos elegían una mesa alta y se acomodaban en los taburetes.
La noche era fresca y, en aquella azotea a diez pisos de altura, el aire era cortante, pero Leo lo agradeció.
Había sido una semana muy intensa. Tras negociar el horario, y que podría teletrabajar la mayoría de los días, firmó el contrato.
El viernes había publicado su primera pieza como firma fija del periódico: un análisis sobre el terremoto político provocado por la entrevista a Cayetana Valcárcel.
Durante toda la semana, tertulianos, activistas y diputados se habían dedicado a discutir las palabras de la ministra mientras su gabinete intentaba apagar el incendio asegurando que todo había sido «sacado de contexto».
La oposición había pedido una comparecencia urgente en el Congreso; varias asociaciones LGTB habían exigido disculpas públicas y, entretanto, el tráfico de La Redacción se había disparado.
Leo había recibido invitaciones para programas de radio, podcasts y hasta una tertulia televisiva nocturna que Leguina le había aconsejado rechazar «de momento».
Y, aun así, mientras contemplaba Madrid desde aquella azotea iluminada, lo único en lo que podía pensar era en Dante.
En hasta qué punto habría participado él en toda aquella operación de control de daños para proteger a su tía.
En si le estaba agradecido por haberlo salvado años atrás o si, por el contrario, le guardaba rencor por haberlo obligado a esconderse.
Porque mientras más pensaba en él, más empezaba a preguntarse hasta qué punto Dante seguía dentro del armario por decisión propia o ajena.
—¡Eh! ¡Vente! —oyó gritar a Lucas.
Se dio la vuelta y vio a sus amigos en la mesa, sorbiendo sus bebidas.
Lara hizo una mueca de disgusto al probar la suya.
Hacía unos minutos, pedirse un Truffle Bloody Mary había parecido una idea muy divertida, pero por su cara parecía estar arrepintiéndose.
Lucas, por su parte, estaba muy satisfecho con su mojito de jengibre.
—A ver, déjame probarlo… —Lara dio un sorbo de la bebida de su amigo y puso pucheros—. Esto está mil veces más bueno que el mío.
—Pues tira la mierda esa y pídete otra cosa.
—Joder, que me costó doce eurazos.
—Yo te invito —dijo Leo, acercándose a la mesa.
—Mira, el nuevo rico paga —se burló Lucas—. Aprovecha, tonta.
Leo lo ignoró.
—¿Qué te pido?
—Un Ginger Mojito, porfa —pidió ella. Su teléfono empezó a vibrar y ella miró la pantalla, frunció el ceño y lo volvió a dejar sobre la mesa.
—¿No lo coges? —se extrañó Leo.
—Pídeme ese mojito y os cuento.
Leo fue hasta la barra para pedir la bebida y volvió con sus amigos. Se sentó en el taburete que quedaba libre y miró a Lara, que sorbía su mojito. Lucas también la miraba, como esperando que empezara a desembuchar. La chica lo notó y carraspeó sonoramente.
—Álvaro me llamó anoche —soltó. Lucas y Leo intercambiaron una mirada rápida—. No se lo cogí —continuó—. Y me ha llamado un par de veces más. La última, justo ahora. ¿Por qué creéis que me llama?
—Quizás para cerrar las cosas bien, Lara —sugirió Lucas con suavidad.
—Ya, ¿por qué justo ahora ?
El rostro orgulloso y enfurecido de Dante se dibujó en la mente de Leo .
—A lo mejor ha recapacitado —empezó Lucas—, y se ha dado cuenta de que…
—¿De que es un mierda como persona y que necesita disculparse antes de… no sé… tirarse por un puente para librar a la humanidad de semejante escoria? —terminó Lara por él.
—No era eso lo que iba a decir —dijo Lucas, sin perder el buen humor—. Para nada. No has adivinado ni una sola palabra.
Lara bufó y miró a Leo, que había estado en silencio todo el rato.
—¿Tú qué opinas?