Orgullo* Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Me entró el sábado por la noche, cuando ya había terminado el foro y yo me había quedado en una de las salas a terminar el artículo —empezó a relatar .

—¿Y qué le dijiste?

—¡Que no! —exclamó Leo—. Le dije que no iba a pasar nada entre nosotros. Y luego me fui a Sodoma. A ligar.

—¿Y?

—Y me lo encontré allí y…

Lara y Lucas intercambiaron una rápida mirada.

—¿Te lo encontraste? —preguntó él con escepticismo.

—¿Por casualidad? —añadió ella.

—Sí…

—Ya, claro —resopló Lucas—. Que no, hombre. Ese te siguió.

Leo miró a Lara en busca de apoyo, pero ella se encogió de hombros.

—Pero si le dije que no…

—Pues no te debió creer —rebatió su amigo—. Debió pensar que si insistía, lo iba a conseguir. Y perdóname que te lo diga, pero parece ser que tenía razón.

—Joder…

—Bueno, el caso es que estabais los dos ahí —terció Lara—. ¿Qué pasó?

—Nada, que empezamos a bailar y yo… Estaba cansado y algo bebido y muy enfadado con él.

—¿Por qué? —preguntó Lara.

«Si no llega a ser por Dante, aún estaría con ella». Las palabras del gilipollas de Borja le estallaron en la cabeza.

—Por algo que pasó en el foro y que ahora no viene a cuento —evadió—. Supongo que quería castigarlo. No sé…

—¿Y qué hiciste, darle una azotina? —se burló Lucas.

—No. Un pollazo en toda la cara —dijo, completamente serio.

Lucas casi escupe su bebida por la nariz. Luego tosió.

—¿Y a él le gustó?

—Le encantó.

—¿Y luego?

—Y luego follamos. —Leo se cruzó de brazos—. Y fue una pésima idea, por si os lo estáis preguntando.

Lara dejó de sonreír.

—Oh.

—Sí. Oh —repitió él—. Así que, por favor, dejad ya de darme la vara .

Cogió un nacho y ya se lo estaba llevando a la boca cuando Lucas preguntó:

—¿Pero la cosa no fluyó bien o qué pasó?

—Me cago en la… —Leo fulminó a su amigo con la mirada—. Fue físicamente muy satisfactorio, ¿vale?

—Entonces, ¿por qué no…?

Lara le puso una mano sobre el antebrazo, interrumpiéndolo.

—Lucas…

El joven miró a sus amigos: la cara de circunstancia de Lara y la máscara de chulería derrotada de Leo.

—Oh.

Los tres callaron un momento.

—¿Entonces de qué va ese libro sobre minotauros? —preguntó Lara de repente.

Lucas estuvo a punto de no contestar, pero el rostro hundido de Leo le hizo recapacitar. Mejor sería que hiciera reír a su amigo. Y rápido.

—Entre otras cosas, de pollazos en la cara, Lara —confesó, completamente abochornado—. De pollazos por todo el cuerpo.

Y, por primera vez en su vida, abrió su Kindle y dejó a alguien ver qué tipo de libros estaba leyendo.

Sus amigos se rieron de buena gana con él, curiosearon las portadas más jugosas y leyeron en voz baja los pasajes más subidos de tono.

Para cuando volvió a cerrar el libro, la comida había desaparecido, había dos jarras vacías sobre la mesa y Leo parecía estar de mucho mejor humor.

La mañana siguiente amaneció gris y húmeda. Leo llegó a la sede de La Redacción con apenas cuatro horas de sueño encima y una sensación extraña en el cuerpo; una mezcla de resaca emocional, ansiedad y cansancio acumulado que todavía no terminaba de disiparse.

El periódico ocupaba dos plantas diáfanas de un antiguo edificio rehabilitado en el centro de Madrid.

Nada más salir del ascensor, lo golpeó el ruido constante de la redacción: teléfonos sonando, teclados repiqueteando, conversaciones cruzadas, el zumbido de las televisiones encendidas en distintos canales de noticias.

Un enorme panel de cristal separaba la zona de política de la de cultura.

Las mesas estaban abarrotadas de portátiles, vasos vacíos y cuadernos llenos de anotaciones apresuradas.

En el televisor que había junto a la sección de actualidad pasaban una tertulia matinal donde el rótulo inferior mostraba una frase que a Leo le provocó un vuelco en el estómago:

«¿FORMAS DE VIDA CONTRARIAS A LA MORAL? POLÉMICA POR LAS PALAbrAS DE LA MINISTRA».

Varias personas levantaron la vista al verlo entrar. Algunos lo saludaron con la mano. Otros le dedicaron una mirada rápida y curiosa por saber que, aunque fuera por unos días, ese joven periodista estaba en el centro de conversación.

—Míralo, la estrella mediática hace su aparición —gritó alguien en tono jocoso desde el fondo. Era Marta, la community manager con la que se había estado mensajeando todo el fin de semana.

Leo le respondió levantando el dedo corazón sin dejar de caminar, provocando algunas risas a su paso.

La puerta del despacho de Quique Leguina estaba al final de la redacción, junto a las ventanas que daban a la Gran Vía.

El cristal translúcido dejaba ver su silueta moviéndose de un lado a otro mientras hablaba por teléfono.

Leo llamó suavemente con los nudillos. Leguina levantó un dedo, pidiéndole que esperara, y siguió hablando:

—No, no me sirve con «sacado de contexto». Si quieren rectificar, que rectifiquen de verdad… Sí, sí… Pues entonces mándamelo por escrito.

Colgó de golpe. Luego alzó la vista hacia Leo y sonrió.

—Buenos días. —Se recostó en su silla.

—Creo que ya puedo afirmar —dijo Leo, adentrándose en el despacho—, que he sobrevivido a mi primer fin de semana en política.

Leguina lanzó una carcajada.

—Si a eso lo llamas tú sobrevivir…

—¿Y cómo lo llamarías tú?

—Triunfar, joder, triunfar. ¿Sabes cuántas llamadas he recibido, entre ayer y hoy, acerca de tu entrevista a Cayetana Valcárcel? ¿Sabes cuánto se ha hablado en los medios acerca de las cosas que conseguiste sacarle a la arpía esa?

Leo bajó la mirada, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa.

—Ya, de algo me he enterado. —Leo cerró la puerta.

Quique lo estudió con calma.

—No te pega la falsa modestia —afirmó.

Leo hizo una mueca y lo miró.

—¿Verdad que no?

—Para nada.

—Menos mal —exclamó Leo mostrando cierto alivio y sentándose frente a él—. Porque me moría de ganas de decirte lo…

—… Lo bien que debiste sentirte —terminó el director por él. Se inclinó sobre la mesa—. Dime, ¿cómo conseguiste sacarla de quicio?

—Permitiendo que ella me sacara de quicio a mí —repuso—. O eso creo.

Quique rio.

—Cuánto me alegro de que no siguieras mi consejo.

—Ahora en serio: ¿cuántas llamadas llevas ya?

—¿Desde ayer? Unas treinta. La mitad quiere saber si tenemos el audio completo. La otra mitad quiere matarte.

Leo dejó escapar una risita.

—¿Y tú qué les dices?

—Que se pongan a la cola.

Esta vez sí que se rio.

—Y ahora, hablemos de ti. ¿Qué es lo que tú quieres? —preguntó Leguina, cambiando el tono. Leo lo miraba lleno de dudas—. Porque sabes que ahora estás en posición de pedir, ¿verdad?

Asintió.

—Eso creía. No quiero dejar de escribir opinión.

—Yo tampoco quiero que dejes de hacerlo —le aclaró el director.

—Pero…

—Pero quieres más —supuso.

Leo asintió. Aunque Quique le acabara de decir, muy generosamente, que estaba en posición de pedir, no sabía hasta dónde podía llegar. No quería pasarse de frenada y parecer demasiado agresivo, pero tampoco quedarse corto y venderse a sí mismo demasiado barato.

—¿Me ofrecerías un puesto de redactor? —dijo al final.

—No necesito otro redactor, Leo. Redactores tengo más de la cuenta.

—Quique se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa—.

Pero sí que necesito una voz como la tuya.

—Leo permaneció en silencio—. La gente no entra a leerte porque seas neutral, todo lo contrario.

Tus artículos sobre el foro no funcionaron porque resumieran bien las ponencias, sino por tu opinión.

Tienes criterio propio. Y eres capaz de convertir una conversación de veinte minutos en una bomba política.

—Señaló con la barbilla hacia la redacción, más allá del cristal—.

Ayer medio país estaba hablando de esa entrevista.

Hay activistas reaccionando, periodistas comentando; las redes están que arden con el tema.

La oposición ya ha pedido una comparecencia en el Congreso y una rectificación y disculpas públicas de la ministra.

Leo intentó mantenerse impasible, aunque notaba la adrenalina cosquilleándole bajo la piel.

—Pero no voy a encerrarte en política ni a convertirte en un redactor. Sería desperdiciarte. Quiero darte espacio para hacer exactamente eso.

—¿Y qué es eso ?

—Preguntar. Escribir. Molestar. Encontrar contradicciones donde otros no las ven —enumeró Quique—. En política, cultura, identidad, activismo, guerra ideológica… Quiero que seas una de las firmas del periódico.

Leo elevó las cejas y abrió la boca. La cerró en cuanto se dio cuenta de que debía parecer un pasmarote.

—Quique… —Se le formó un nudo en la garganta.

—Ya, ya sé lo que te estoy pidiendo. Tendrías una exposición pública bestial, te llamarían de todas partes para comentar, de la radio, de programas de televisión…

Y, por supuesto, estarías vinculado profesionalmente a La Redacción .

Y no sé si eso es lo que quieres, pero… —Se detuvo en cuanto vio que el rostro de Leo se empezaba a congestionar—. ¿Estás bien?

—Joder… —Leo escondió la cara en las manos, dejando que toda la tensión acumulada desde el fin de semana estallara por fin.

—¿Así que no era falsa modestia? ¿Realmente no te crees lo que vales?

Leo levantó el rostro, avergonzado de tener que mostrarle sus lágrimas.

—No me puedo creer que me estés diciendo que…

—… Que si quieres, vas a convertirte en una de las firmas estrellas de este periódico.

Que se acabó lo de una columnita a la semana.

Te quiero aquí. Quiero que escribas opinión, análisis, que investigues o hagas cobertura cultural…

lo que quieras, pero que lo hagas en esta casa.

No voy a esperar a que otro se me adelante. ¿Qué me dices?

Leo suspiró y se irguió en su asiento, intentando recomponerse.

—¿Qué me ofreces? —preguntó.

Leguina sonrió, contento de poder negociar con él.