Orgullo* Capítulo 13 #4
63%

Capítulo 13 #4

Pero, como te puedes suponer, eso tampoco fue suficiente, en gran parte, porque mientras más dinero ganaba Oliver, más dinero gastaba, y sus deudas no hicieron sino aumentar.

Fue entonces cuando él accedió a hacer algo horrible.

Algo por lo que cada día de mi vida doy gracias de que no llegara a materializarse.

Oliver acordó prostituirme a aquellos hombres que nos miraban; drogarme una noche hasta la inconsciencia para que ellos pudieran violarme.

Supongo que no hay otra palabra para definirlo.

Le pagaron una enorme suma de dinero. Aquella noche me llevó a una casa, que me dijo era de un amigo de su padre y que la tendríamos para nosotros solos toda la noche.

Era mentira, por supuesto. Drogó mi bebida, pero, no sé cómo, se equivocó de copa y terminó bebiendo él el cóctel que había preparado para mí.

Eso, unido a lo que ya había consumido, hizo que se desmayara y empezara a convulsionar.

Como te podrás imaginar, me asusté muchísimo.

Nos estábamos besando cuando ocurrió y yo estaba casi desnudo, pero no pensé en nada de eso cuando llamé a emergencias; solo quería salvarlo.

Entonces varios hombres entraron en la habitación, hombres a los que yo no conocía, y empezaron a gritarme que colgara el teléfono.

Yo estaba arrodillado junto a Oliver, no entendía qué estaba pasando.

Solo sabía que él estaba en peligro, así que di la dirección de la casa y la ambulancia y la policía llegaron en pocos minutos.

No te aburriré con las consecuencias de aquella noche.

Solo te diré que muchos de esos hombres terminaron detenidos, que yo no era la primera persona a la que pretendían hacer algo así.

Oliver casi se muere pero, como ya sabes, sobrevivió.

El juicio posterior fue muy desagradable y mi tía, Cayetana, hizo lo posible por protegerme.

Movió hilos para que el caso se instruyera bajo el más estricto secreto de sumario, protegiendo mi identidad.

Ayudó muchísimo el hecho de que yo aún no hubiera cumplido los dieciocho años cuando todo esto ocurrió.

Ella también me convenció para que omitiera en mi testimonio cualquier rastro de mi orientación sexual o de la naturaleza de mi relación con Oliver.

Me salvó de la vergüenza pública, pero me encerró en un armario del que aún no he tenido el valor de volver a salir, aterrado de las consecuencias que podría tener volver a confiar en alguien como lo hice en Oliver.

Testifiqué que había ido allí con él, que éramos amigos y que yo no sabía qué iba a ocurrir.

Como no llegué a beberme el cóctel con la droga, aquella noche mi analítica de sangre estaba limpia y se me consideró una víctima inocente de la situación.

Todos los demás detalles que acabo de contarte: cómo Oliver me utilizó, cómo le pagaban por dejar que nos miraran, cómo había intentado prostituirme… Todo eso lo descubrí años después .

Oliver recibió una pena mínima de dos años por un delito de facilitación de sustancias nocivas en concurso con un delito de corrupción de menores en grado de tentativa.

Gracias a la presión de mi tía y a que sus abogados presentaron su adicción como atenuante, se le permitió eludir la prisión a cambio de un ingreso en un centro de desintoxicación, del que escapó a las pocas semanas.

No volví a saber de él hasta que lo vi a tu lado en la entrada de El Disturbio.

Espero sinceramente que haya reconvertido su vida, y que ya no haga daño a los demás, pero no confío tanto en él como para no ponerte en aviso: Oliver es peligroso, Leo. Te ruego que no vuelvas a acercarte a él.

Dante

Leo terminó de leer y volvió a doblar los papeles con cuidado, siguiendo los pliegues originales. Cerró los ojos y se frotó las sienes. Luego los desdobló de nuevo y leyó la carta, obsesivamente, mientras el taxi lo transportaba hacia la periferia de la capital.

En relación a la primera parte, la que hablaba de Lara y Álvaro, si lo veía desde su punto de vista, podía entender su razonamiento, aunque seguía pensando que Dante se había entrometido demasiado en la relación entre dos personas adultas y que Álvaro había hecho mal, no solo al no romper con Lara en persona, sino al no darle, ni siquiera la oportunidad de explicarse.

En cuanto a la confesión de Dante sobre lo que había ocurrido entre Oliver y él, era desgarradora, y encajaba a la perfección con la historia que el fotógrafo le había contado.

«Estábamos en una fiesta. La cosa se había ido de madre por completo y llegó la policía.

Adivina el resto». Le había dicho la noche que lo conoció.

Luego le dio a entender que Cayetana había salvado a Dante a cambio de que negara tener una relación con él o haber consumido drogas.

«Y yo di con mis huesos en un centro», se había quejado. «Me cargaron todo el muerto» .

Las palabras de ambos eran como las dos caras de una moneda.

Oliver no le había mentido, pero había omitido tanta información que hacía parecer a Dante un hipócrita y un niño mimado.

Y, sin embargo, si lo que decía en la carta era verdad, y empezaba a pensar que el asesor no tenía motivos para no ser sincero con él, Oliver era un auténtico hijo de puta.

Recordó su único encuentro sexual con él y, de repente, sus palabras y actos de aquella noche, se le revelaron bajo una nueva luz.

El «siempre invito a la gente que me gusta» que le había dicho Oliver parecía un eco perfecto del «nunca me dejó pagar por nada» que Dante había escrito en su carta.

Le ofreció drogas en varias ocasiones, a pesar de que Leo las rechazó una y otra vez y le puso copa tras copa en la mano.

Leo recordaba haberle dicho que quería beber, bailar y olvidar y hasta ese momento siempre había creído que su ligue solo quería satisfacer su deseo, pero ahora, por primera vez, se preguntó si Oliver no lo habría emborrachado a conciencia por algún otro motivo.

Le pareció sentir de nuevo sus manos oprimiendo su cuello. «Te gusta que te dominen así, ¿verdad, periodista?».

Se estremeció.

Recordó entonces la experiencia de la noche anterior, en aquella cama fucsia, con Dante.

Como él le había preguntado hasta la extenuación si estaba bien, si quería que siguiera, cómo había buscado su consentimiento con tanto ahínco que casi le había hecho enfadar.

Ahora lo entendía. Dante había querido hacerlo sentir seguro.

Había querido asegurarse en cada momento de que no estaba haciendo nada que le incomodara.

No había querido, ni por un segundo, sentir que podía estar aprovechándose de él.

Leo volvió a mirar la carta. Si las primeras experiencias sexuales de Dante se parecían siquiera un poco a lo que él mismo había sentido en manos de Oliver, entendía que no quisiera hacer sentir a nadie como debió de sentirse él entonces.

El taxi frenó frente a su portal. Leo pagó y bajó del coche, cargando con su maleta y el peso de aquella carta. Miró hacia el cielo de Madrid, que ya se teñía de violeta, y sintió la inequívoca sensación de saber que había metido la pata hasta el fondo.