Orgullo* Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—¿Y que fueras asustado a la entrevista? No, no te lo iba a decir. Esas cosas las descubre uno por sí mismo.

Leo suspiró y apoyó la cabeza contra una de las columnatas.

—Dijo que toleraba a los gays —musitó.

—¿Cómo dices?

—Que la gente normal debe tolerar al diferente —siguió hablando—. Que esa es la base de la democracia.

—¡Vaya! —dijo Leguina, entendiendo el peso de lo que Leo había conseguido sacarle—. ¿Y sus asesores le dejaron decir esas cosas?

Recordó cómo Dante había intentado intervenir.

—Uno de ellos intentó pararla, pero no llegó a tiempo. Luego el jefe del gabinete me dijo que se había acabado el tiempo. Creo que no estuve con ella ni quince minutos.

—Espero que escribas una maravilla con eso.

—Yo también, pero me gustaría pedirte un favor.

—Dime.

—Sé que estoy aquí, cubriendo el foro para La Redacción , pero estoy escribiendo un libro y…

—Y quieres reservar algo del material que has conseguido este finde para eso.

—Solo algunas de las palabras de la ministra. Pero eso supondría que no las pondría en la entrevista que escribiré para el diario.

—Explícamelo.

—Mi libro va sobre el pinkwashing y prácticamente le hice confesar que todo lo que hace su ministerio, y este gobierno, acerca de la diversidad lo es. Quiero reservarme algunos pasajes acerca de eso. Pero si me dices que no…

—Mándame la entrevista, guardándote ese as bajo la manga, y veré qué tal. Pero si no es lo suficientemente jugosa…

—Si no te gusta, lo meteré todo. Te lo prometo. No me guardaré nada salvo que me des permiso.

—Pues en tus manos queda —dijo Leguina como despedida, antes de colgarle el teléfono.

Tras aquello, Leo había asistido al cóctel que daba fin al foro y luego, tanto Germán como él habían decidido coger un taxi para volver al piso de este, demasiado cansados hasta para emprender el corto paseo de apenas quince minutos. Se apearon frente al edificio y entraron.

—Supongo que te vas a sentar a escribir… —dijo Germán en cuanto entraron en el ascensor.

—Supones bien. Si no te importa que abuse un poco más de tu hospitalidad, preferiría terminar la crónica de hoy y la entrevista mientras aún lo tengo todo fresco.

—Por supuesto.

Entraron al piso y Leo se encerró en su habitación para escribir. Lo hizo sin parar durante algo más de una hora. Envió todo el material al canal de La Redacción y empezó a guardar sus cosas en su maleta. Poco después, le llegó un mensaje de Leguina.

No me quiero ni imaginar qué te habrás guardado para tu libro si este era el nivel…

Sólo son unas frases

Pero si quieres incluyo todo lo que dijo

No, guárdate lo que haga falta para tu libro

Con lo que hay aquí me doy por satisfecho

Gran trabajo

Hablamos mañana

Gracias

Cerró el chat, guardó el móvil y salió de la habitación portando su maleta.

Germán estaba en la terraza, con las enguantadas manos metidas en la tierra de su mesa de cultivo y con un delantal de jardinería protegiendo su ropa.

—¿Ya te vas? —dijo, al verlo con la maleta.

—Sí. Oye, muchísimas gracias por todo.

Germán, que había empezado a quitarse los guantes y el delantal desde que lo viera aparecer, se acercó a él para darle un abrazo.

—No ha sido nada, amigo mío. Recuerda siempre que esta es tu casa.

—Gracias —repitió.

—Deja, que te llamo un taxi.

Se despidieron de nuevo en el portal, junto al vehículo que lo llevaría de vuelta a Valdemora. Germán le aseguró que se verían en pocos días, pues había quedado con Lucas por el barrio. Tras un último abrazo, Leo se metió en el taxi. Le dio la dirección de su casa y se acomodó en el asiento.

Suspiró, recordando todos los acontecimientos de aquel fin de semana y lo confuso que estaba resultando ser. Fue entonces cuando recordó la carta de Dante, que llevaba todo el día en su bolsillo, olvidada por completo. Leo la sacó ahora, y la desdobló con cuidado.

La letra de Dante era pequeña, angulosa y firme, y la tinta, negra y espesa, parecía la de una pluma estilográfica .

Leo:

No creas que te escribo por lo que ocurrió entre nosotros anoche. Aunque es algo que me pesa en la memoria, no es la razón de que haya decidido escribir esta carta, sino más bien todo lo que me dijiste después.

Siento si mis palabras fueron duras. Estaba dolido, aunque eso no es justificación para haberte insultado como lo hice. En todo caso, sirva esto como disculpa.

Lo siento también si mi intento de proteger a Álvaro te hizo daño a ti y, sobre todo, a Lara.

Como te dije anoche, Álvaro tenía dudas acerca de ella, dudas de las que me hizo partícipe, pues Lara, si bien siempre encantadora con él, nunca le dijo cuáles eran sus sentimientos.

Las bromas del podcast solo le pusieron el último clavo al ataúd, pero no habrían sido suficientes para convencer a Álvaro de que iba a terminar con el corazón roto si no hubiera tenido dudas previamente.

También sé que vosotros confiabais en que Álvaro no escucharía nunca vuestro programa, y eso era cierto. Pero yo sí que lo escuchaba. Soy oyente de vuestro podcast desde la noche que te conocí, por razones que ahora mismo me parecen demasiado humillantes confesarte.

Por otro lado, soy consciente también de la manera en la que Álvaro cortó la relación.

Él mismo me lo contó, y me pidió consejo al respecto.

Debes saber que dudó mucho acerca de si romper con Lara, y dudó aún más cuando no lo hizo en persona.

Eso le atormentaba especialmente. Fui yo quien le sugirió que lo dejara estar y que no mantuviera más contacto con ella.

Lo hice porque pensaba que era mejor dejar las cosas como estaban, al menos para Álvaro.

En todo caso, no tengo más que decir sobre este asunto, ninguna otra disculpa que ofrecer.

Si herí los sentimientos de Lara, fue solo por proteger los de un amigo al que quiero como un hermano.

En cuanto a Oliver… No tengo ni idea de qué te puede haber dicho, pero a juzgar por tu acusación de «haberle arruinado la vida», puedo imaginarme el tipo de historia que te habrá contado.

Me duele que pienses mal de mí al respecto, pero me preocupa más que tengas a Oliver en tan alta estima, y eso es lo que, definitivamente, me ha animado a escribirte.

Voy a contarte algo que… Algo que nunca he contado a nadie. Por favor, entiende que te cuento esto en total confianza y que no lo haría si no confiara en tu discreción, porque lo ocurrido entre Oliver y yo pudo haber supuesto mi ruina, pero no por la razón que tú crees.

Lo conocí al empezar la universidad, en esa época en que uno empieza a conocerse a sí mismo.

Yo apenas estaba empezando a intuir que era gay, y fue al conocer a Oliver cuando supe, sin ningún género de duda, que era así.

Me enamoré de él, y él fue el primero para mí en muchas cosas, en casi todas las cosas en realidad.

Descubrí el amor con él, el sexo, las drogas…

No pienses mal de mí. No me había drogado nunca antes, pues durante toda mi adolescencia, la actividad deportiva a la que dedicaba siempre me previno en contra.

Pero siendo así de joven, estando así de enamorado y confiado, nunca pensé que nada de lo que él me ofreciera pudiera se r peligroso para mí ni pensé en las consecuencias.

Fue solo suerte lo que hizo que la federación deportiva no me pillara nunca, o me habría expulsado.

Oliver siempre ha sido… Fiestero podría ser una palabra para describirlo.

Supongo que aún es así. Le gustaba bailar, le gustaba beber y colocarse.

Empezamos a hacerlo juntos, íbamos a fiestas y tomaba lo mismo que él, y luego él insistía en que tuviéramos sexo allí, en alguna habitación, en vez de al volver a la residencia universitaria.

Yo a veces no quería, prefería estar a solas con él en la seguridad de mi cama, pero él insistía, decía que le daba morbo, y eso unido a que las drogas que me proporcionaba plegaban un poco mi voluntad, hacían que terminara consintiendo.

Yo no lo sabía por aquel entonces, pero Oliver tenía muchas deudas.

Debí haberlo supuesto por el estilo de vida que llevaba, que llevábamos, pues nunca me dejó pagar por nada.

Su padre era un gran empresario y yo nunca pensé que le faltara el dinero.

Pero la verdad era que tenía deudas por apuestas, por drogas y tuvo que empezar a pagarlas.

Primero empezó a trapichear, pero al parecer no fue suficiente.

Así que empezó a recurrir a otras maneras de conseguir dinero y, por aquel entonces, nuestra relación estaba empezando, así que tuvo la idea de usarme a mí.

Como te dije, yo no fui consciente de esto hasta mucho después, pero cuando insistía en que tuviéramos sexo en las fiestas a las que íbamos era porque…

Porque le pagaban dinero por observarnos.

Me mortifica terriblemente, aún tantos años después, confesar esto.

Pensar que mis primeras experiencias sexuales, en las que yo creía estar teniendo una hermosa historia de amor, no fueron más que una manera en la que Oliver mercantilizaba nuestra relación.

No tengo idea de cuántos hombres pudieron vernos a escondidas en aquellas habitaciones, y casi prefiero no saberlo.

Es algo que aún plaga mis peores pesadillas.