Capítulo 13 #2
—Por favor, tome asiento. Estábamos comentando su pieza de ayer. Su prosa es fascinante, así como la gran imaginación de la que hace gala.
Leo recordó el consejo de Leguina. «Amable y cordial», se dijo para no caer en aquella provocación barata. Tragó saliva, sintiendo el sabor amargo del zumo de Germán aún en el fondo de la garganta.
—Gracias, señora ministra. —Hizo un gesto con su barbilla hacia la copia impresa y garabateada—. Me alegra que mi artículo le haya despertado tanto interés.
—¿Esto? —dijo ella, como restándole importancia—. No es nada. Lo hago con todos los artículos que leo.
Supo que era mentira, como también supo que todas aquellas tachaduras en tinta roja pretendían ser otra provocación. El día anterior había dejado saber a Cayetana, muy tontamente, que tenía la mecha bastante corta. Y hoy ella estaba intentando aprovecharse de eso.
—Bueno, empecemos. —Leo forzó una voz neutra mientras se sentaba y sacaba su grabadora y un sencillo cuaderno—. Odiaría robarle un segundo de más de su precioso tiempo.
—¿Por dónde quiere empezar?
—Si me lo permite, ya que ocupa usted la vicepresidencia segunda del Gobierno, me gustaría empezar por una cuestión que trasciende su cartera.
Cayetana asintió y Leo procedió a preguntarle acerca de la violencia de género y los cambios que el gobierno pensaba hacer en la legislación al respecto.
La ministra contestó con palabras muy medidas, llevando la conversación por donde ella quería, hablando de proteger a todas las víctimas por igual y negando que hubiera causas ideológicas para el cambio legislativo, a pesar de que los datos institucionales, que Leo procedió a enumerarle, seguían mostrando una abrumadora disparidad de género a la hora de quién ejercía y quién sufría la violencia.
—Es usted muy valiente citando estadísticas sesgadas en mi propia cara —dijo Cayetana, con una voz que había perdido toda calidez—.
Pero la realidad es que el cincuenta por ciento de los ciudadanos se siente perseguido por una ley que los presupone culpables por el simple hecho de haber nacido hombres.
Leo sostuvo la mirada de la ministra un segundo más de lo necesario; luego reculó.
—Entiendo. —Leo bajó el tono, simulando una capitulación que no era tal—. Pasemos entonces a temas que competen más directamente a la cartera de Cultura.
Cayetana se relajó, reubicando sus manos sobre la mesa de caoba. Dante, al fondo, volvió a apoyarse en el ventanal, aunque esta vez no apartó la mirada de Leo.
—Muy bien —concedió ella con una sonrisa gélida.
Leo la interrogó acerca de la financiación cultural y la existencia de una suerte de «censura institucional».
Cayetana respondió con la misma mezcla de calma y superioridad moral con la que había sobrevivido durante años a los periodistas hostiles.
Negó la influencia de la Conferencia Episcopal sobre el gobierno, alegando que el Estado español es secular «como todo el mundo sabe» y rechazó que su ministerio diera o quitara subvenciones por cuestiones morales o ideológicas, cuando de nuevo, los datos parecían indicar lo contrario.
Leo apretó los dientes. El descaro de aquella mujer no tenía límites, pero no iba a darle el gusto de verlo flaquear. Tomó aire y decidió cambiar de nuevo de tema.
—Hablemos ahora de «Miradas diversas».
—Una iniciativa excelente —asintió ella—. Un espacio donde el talento no entiende de etiquetas y donde este Ministerio ha puesto todos sus recursos para dar voz a colectivos que, según usted, tenemos olvidados.
Leo sostuvo la mirada de la ministra unos segundos.
—¿Y cuál diría que es el objetivo de esa visibilidad?
Cayetana pareció sorprendida por el tono neutro de la pregunta.
—¿El objetivo?
—Sí. «Miradas diversas». La campaña institucional. Los discursos de estos días en este foro sobre diversidad. ¿Qué espera conseguir el Ministerio, el Gobierno, con todo esto?
Ella se recostó en el asiento .
—Normalizar ciertas realidades. Rebajar tensiones. Tender puentes entre personas que piensan diferente.
Leo asintió despacio, como si estuviera de acuerdo.
—Entiendo. ¿Diría entonces que la cultura puede ayudar a que determinados sectores sociales resulten menos incómodos para la mayoría?
El secretario de prensa levantó la vista de sus notas. Cayetana, sin embargo, sonrió.
—Exactamente. La cultura debe servir para facilitar la convivencia.
Leo vio un resquicio por el que meterse.
—¿Convivencia entre quiénes?
Ella tardó apenas un segundo en responder.
—Entre la sociedad en general y determinados colectivos que durante años han vivido encerrados en la confrontación identitaria.
—Así que lo que pretende es promover la tolerancia al diferente —concluyó Leo.
—Sí —dijo ella, en tono ofendido.
—Porque las personas normales deben tolerar al que es diferente a ellos.
—Exactamente —replicó ella, altiva.
Leo percibió movimiento al fondo de la sala. Dante acababa de separarse del ventanal.
—Cuando dice colectivos, ¿habla, por ejemplo, del colectivo homosexual?
—Hablo de todos aquellos grupos que ciertos sectores políticos han convertido en instrumentos ideológicos.
—¿Incluye ahí a las personas homosexuales?
Cayetana hizo un gesto vago con la mano.
—Por supuesto.
Leo bajó la mirada hacia su libreta para ocultar la chispa de satisfacción que acababa de sentir.
—Entonces, cuando habla de convivencia, ¿considera que la homosexualidad es una realidad que la mayoría debe aprender a aceptar?
Dante dio un paso adelante.
—Creo que la ministra ya ha dejado clara…
—Claro que deben aceptarla —dijo Cayetana, ignorando la interrupción—. Esa es la base de una sociedad tolerante .
Leo levantó la vista.
—¿Tolerante?
—Naturalmente.
—¿Y tolera usted a los homosexuales?
—Por supuesto que los tolero —espetó.
—¿Y cree que la tolerancia es suficiente cuando hablamos de derechos?
—Creo que está tergiversando mis palabras.
—Solo estoy haciéndole una pregunta —dijo—.
Entonces, según usted, los homosexuales, o cualquier otro tipo de…
¿Cómo lo definió? ¿«Colectivos que durante años han vivido encerrados en la confrontación identitaria»?
¿Era así? —Miró a la ministra esperando una confirmación que no llegó—.
¿Cree que toda esa gente necesita la tolerancia de personas como usted para habitar el mundo? ¿Cree que necesitan su permiso?
—Yo no he dicho eso.
—¿Y no demuestra esa mera «tolerancia» que «Miradas diversas» es un ejercicio de pinkwashing ?
—siguió presionando—. Un escaparate para que la comunidad internacional no se fije en que están derogando leyes de protección LGTBI y eliminando el concepto de violencia de género.
¿Es eso cultura, señora ministra, o simplemente una campaña de marketing diseñada para blanquear una agenda retrógrada?
Por primera vez, Cayetana pareció perder un poco la paciencia.
—¿Y qué pretende que haga, señor Gallardo? ¿Celebrar formas de vida contrarias a la moral?
El silencio cayó sobre la habitación.
Dante cerró los ojos apenas un instante.
—Formas de vida contrarias a la moral —repitió suavemente—. ¿Es así como define usted la homosexualidad?
—Lo siento, pero el tiempo se ha acabado —dijo el director del gabinete de prensa—. La ministra tiene una agenda muy apretada.
—Por supuesto —concedió Leo, apagando su grabadora—. Muchas gracias a todos por su tiempo. Gracias, señora ministra.
Ella se levantó y volvió a estrecharle la mano, pero se la veía distante y enfadada.
Se dio la vuelta y se dirigió a la salida. Justo cuando salió al pasillo y vio que Germán le esperaba a unos metros de distancia, oyó una voz que le llamaba:
—Leo, espera.
Era Dante, que salía de la habitación tras él. Al verlo, no se detuvo, sino que siguió andando.
—Leo. —Dante lo detuvo, cogiéndolo por el brazo. Leo hizo un gesto para desembarazarse de él.
—No creo que sea buena idea que…
—Solo quería darte esto —le interrumpió, tendiéndole unos papeles doblados.
—¿Qué es?
—Cógelo.
Leo le obedeció y desdobló las hojas para ver que estaban manuscritas.
—¿Me has escrito una carta? —se mofó.
—Tranquilo, que no es una declaración de amor. Lo que pasa es que… Hay cosas sobre las que necesito explicarme.
—¿Y no me podías enviar un mail, como la gente normal?
Dante le miró con gravedad.
—No quiero que haya registro digital de nada de lo que hay ahí escrito —dijo, en tono cortante. Leo fue a decir algo, pero Dante se lo impidió—. Mira, léelo o no, como quieras. Yo ya he hecho lo que tenía que hacer. —Giró sobre sus talones y se metió de nuevo en la habitación.
Germán se acercó a él.
—¿A qué ha venido eso? —preguntó. Leo se guardó la carta en el bolsillo—. Parecía tenso.
—La entrevista no salió muy bien. —Una sonrisa lobuna se asomó a sus labios—. Para ellos, al menos.
El funcionario negó reprobatoriamente con la cabeza.
—Vas a ser nuestra ruina. Anda, vamos a almorzar.
—Vamos —dijo Leo, aceptando el brazo que su amigo le tendía.
Caminaron por el pasillo en dirección al ascensor, y Leo, por alguna razón, no pudo evitar mirar por encima de su hombro.
El sol de Madrid se desparramaba sobre el asfalto, iluminando las fachadas de los edificios mientras el taxi en el que viajaban enfilaba la calle Hortaleza.
Había sido un día agotador. Tras el acto ceremonial de clausura había habido un almuerzo informal, durante el que se dieron todo tipo de conversaciones.
Leo aprovechó el momento de esparcimiento para llamar a Leguina.
—¿Qué tal la entrevista? —preguntó el director a modo de saludo.
—Antes que nada, quiero que sepas que no seguí tu consejo.
Quique se rio, casi como si hubiera esperado que algo así ocurriera.
—¿Qué pasó? ¿Te puso de los nervios?
—Y yo a ella.
El director silbó por lo bajo.
—Si eso es así, te felicito. No todo el mundo consigue devolverle el golpe a la marquesa.
—¿Qué quieres decir? —se extrañó Leo.
—Nadie la entrevista y mantiene el tipo. No es una de las lideresas del partido por nada. Le da mil vueltas a la mayoría de los periodistas que conozco.
—Si sabías eso, ¿por qué no me lo advertiste?