Capítulo 13
Capítulo
Trece
El silencio de la casa de Germán solo era roto por el piar de los pájaros y el movimiento de las hojas de un árbol cercano, meciéndose al viento. Bucólica como era, para Leo, aquella mañana de domingo era como una bofetada.
Se había despertado con la boca seca y la extraña sensación de que el techo de la habitación de invitados se le venía encima.
No tenía resaca: dos chupitos de tequila y un mezcal no eran los culpables del peso que sentía en los párpados.
Tampoco lo era la falta de sueño. Era algo más, algo que también le retorcía las tripas, que se pegaba a las sábanas y que parecía emanar de sus propios poros.
Se había duchado al llegar a casa aquella madrugada, pero el olor a sexo se negaba a desaparecer del todo, así como un rastro de perfume amaderado y masculino, la huella que le recordaba, con cada movimiento o roce de la tela contra su piel, lo que había ocurrido, lo que había hecho. Y con quién.
Cerró los ojos con fuerza, maldiciendo entre dientes:
—Joder…
Le habría encantado poder culpar de todo a Dante, engañarse y decirse a sí mismo que había sido una víctima más de las maquinaciones de aquel hombre, pero si Leo había sido una víctima, lo había sido de manera consciente, complaciente y entregada.
Quizá había tenido razón cuando le reprochó que, con respecto al sexo, Leo sentía menos escrúpulos que en otras facetas de su vida.
Lucas le había dicho lo mismo, meses atrás, aunque con otras palabras, cuando le acusó de ignorar los defectos de los hombres atractivos…
al menos hasta haberse acostado con ellos.
¿Era eso lo que había hecho con Dante? ¿Ignorar no solo sus defectos, sino la antipatía que siempre le había despertado y la maldad de la que sabía que era capaz, en cuanto la oportunidad de tener sexo se presentó ante él? ¿Era realmente tan superficial?
Se incorporó con un gruñido, sintiendo cómo la irritación le trepaba por la garganta.
Se sentía sucio e, irracionalmente, deseó darse otra ducha, pero sabía que no solucionaría nada.
Nunca había permitido que nadie le avergonzara o cuestionara por sus prácticas y deseos sexuales, pero quizás era momento de que él mismo empezara a hacerlo.
Pensó en Lara, en las cosas que ella ignoraba y ahora él conocía.
¿Qué pensaría ella si supiera lo que Dante le había hecho?
¿Y qué opinaría del hecho de que su mejor amigo se hubiera abandonado al placer bajo el cuerpo de ese hombre?
¿Qué opinaría Lucas, al que ni siquiera le había llegado a decir que Dante era gay, pero que sabía el desprecio que sentía por él?
¿Qué pensaría Germán? ¿Qué pensaría Oliver?
Se puso en pie de un salto y fue hasta su maleta a medio deshacer para coger una muda de ropa limpia y empezar a vestirse, evitando mirar el montón de ropa que yacía en el suelo como el cadáver de la noche anterior.
Debía terminar de cubrir el foro, tenía una entrevista de veinte minutos con Cayetana Valcárcel y, sobre todo, necesitaba centrarse y dejar de pensar en Dante, porque si no, no sabía si sería capaz de mirar a la ministra a la cara sin ver en sus ojos el mismo brillo de triunfo que había visto en los de su sobrino cuando accedió a irse del Sodoma con él.
El olor a café le dio la bienvenida al salir de su dormitorio. Como era su costumbre, Germán ya estaba vestido y había preparado un abundante desayuno.
—Buenos días —lo saludó jovialmente, sirviendo una taza de café y tendiéndosela sin preguntar—. ¡Ánimo, Leo! Hoy es el último día de foro.
—Y menos mal —suspiró, tomando asiento y probando su café.
—¡Vamos! No me digas que no has disfrutado. ¡Y aún queda lo mejor! —Al ver que el rostro de Leo no mostraba la menor señal de entusiasmo, le recordó—. La entrevista con Cayetana.
—Sí, sí, lo sé.
—¿Estás nervioso?
No había razón para negarlo.
—Un poco.
—Ya. ¿O estás así por lo que pasó anoche?
—¿Anoche?
Leo casi se atraganta con su café. Parpadeó varias veces. Germán se rio.
—Te oí llegar de madrugada. ¿He hecho mal al suponer que te fuiste de fiesta? ¿Alguna hazaña sexual, quizás?
—¿Hazaña, Germán? —Leo carraspeó y se sirvió una tostada—. ¿Qué clase de cosas imaginas que hago yo en el dormitorio?
—No imagino nada. No lo necesito. —Y luego aclaró—. Solo sé lo que Lucas me ha contado. Oh, no te preocupes —añadió, al ver la cara que Leo puso—. Tu amigo no ha traicionado tu confianza, pero me ha hablado lo suficiente de tu vida como para hacerme una idea de tus…
—¿Hazañas?
Germán sonrió.
—Eso mismo. ¿Te he ofendido?
—No, Germán, para nada. —Y mientras extendía mantequilla sobre su tostada añadió, conciliador—: Y tampoco vas muy desencaminado con respecto a anoche.
—¡Lo sabía! —musitó el funcionario, bastante satisfecho consigo mismo.
Terminaron de desayunar en silencio e hicieron su ya tradicional paseo hasta el palacio de Tepa.
Se despidieron en la entrada y Leo se apresuró para coger buen sitio en la zona de prensa del primer panel, que trataría sobre familias diversas.
Se sentó con el portátil abierto mientras los ponentes entraban en la sala y se hacían las presentaciones, pero en cuanto empezaron a hablar, Leo se sintió como si estuviera en otro lugar.
Los miraba y oía, pero era incapaz de escuchar lo que decían o prestarles la menor atención.
Todo le sonaba falso y hueco, y sentía que nada de lo que dijeran podía tener interés para él o sus lectores.
Cuando la ponencia hubo terminado, Leo se dio cuenta de que no había tomado una sola nota.
Cerró el portátil y acompañó a sus compañeros de prensa hacia la salida, sintiendo que el cansancio del fin de semana por fin estaba haciendo mella en él.
Se cruzó en los pasillos con algunos asistentes que había conocido los días previos, pero solo podía responder a sus saludos con frases cortas y automáticas.
Su cuerpo seguía tenso, y su mente en otro lugar.
—Tómate esto —le dijo Germán, como aparecido de ninguna parte, y tendiéndole un vaso de cartón.
Leo cogió el vaso, que parecía contener zumo de naranja, y le dio un sorbo.
—¡ Puaj ! ¿Qué demonios es esto?
—El remedio de mi abuela contra la resaca: zumo de naranja natural, con un chorrito de agua con gas y una pizca de sal —explicó—. El gas asienta el estómago, la sal repone electrolitos y la vitamina C ayuda al hígado. —Al ver su reticencia, insistió—: Tómatelo.
—No tengo resa…
—No me iré hasta que te lo acabes.
Leo suspiró y se lo bebió de un sorbo.
— Puaj —volvió a decir al terminarlo.
—Te necesito bien despierto cuando te entrevistes con doña Cayetana. Tu último artículo ha levantado aún más ampollas y eso, unido al hecho de que ayer os llevasteis fatal, está haciendo que… —Germán bajó la voz—. La ministra se ha arrepentido de concederte la entrevista.
—¿Se va a echar atrás?
—Yo no he dicho eso. Pero va a aparecer, si me permites el símil, armada hasta los dientes.
Leo lo miró con cautela.
—¿Y eso qué significa?
—Que se está preparando a conciencia. Y que va a llevar a todos sus asesores consigo.
—¡Mierda! —siseó Leo, sabiendo quién era el principal y más fiel asesor de Cayetana Valcárcel—. ¿Supongo que eso incluye a Dante?
—Sí.
—¡Joder! —volvió a maldecir.
—Prepárate bien, Leo. Dante es un tipo brillante —dijo Germán, quizás malinterpretando la causa de su desazón.
El descanso acabó y todos se dirigieron a la sesión de clausura. Leo se esforzó por estar algo más presente. Envió algo de información al canal de Shack y tomó varias notas. Recibió un privado de Leguina, preguntándole a qué hora tendría la entrevista con Cayetana.
Algún consejo que darme?
Sé amable
Y cordial
Por mucho que su tono o sus palabras te escamen
«Genial», masculló Leo, sabiendo que el día anterior había hecho precisamente lo contrario. Respondió con un escueto «gracias» y siguió prestando atención al acto. A la salida, una de las secretarias de la ministra le estaba esperando.
—¿Señor Gallardo? Acompáñeme, por favor.
Siguió a la joven por el hotel, hasta llegar a la suite en la que se alojaba la ministra.
Estaba custodiada por dos policías nacionales, que pidieron ver su acreditación y lo cachearon.
Una vez satisfechos, le hicieron un asentimiento a la secretaria, que abrió las puertas dobles.
El salón de la suite era lujoso, con techos altos, molduras doradas y un aire acondicionado tan gélido que a Leo le erizó el vello de los brazos.
Cayetana Valcárcel estaba sentada tras una mesa de caoba, con una tablet y un ejemplar impreso del artículo de Leo, plagado de anotaciones en rojo.
Había más personas en la habitación, miembros del gabinete de la ministra y cargos del ministerio, si a Leo no le fallaba la memoria.
Y al fondo, apoyado contra el marco de un ventanal y con las manos en los bolsillos, estaba Dante.
Leo sintió un vuelco en el estómago al verlo allí, con su perfecto traje gris, su impecable afeitado, sus gafas de pasta y una expresión vacía.
Dante le sostuvo la mirada con una frialdad tan absoluta que Leo se sintió como si lo ocurrido entre ellos la noche anterior no hubiera sido más que una alucinación febril.
—Buenos días, señor Gallardo —dijo Cayetana, levantándose para estrecharle la mano—.
Permíteme que le presente a Hernando Olguin, secretario de Cultura; a Jose Ramón Durazo, director general de Patrimonio Cultural y Bellas Artes; a Benjamín Orihuela, director del gabinete de prensa.
—Leo fue saludando a cada uno de ellos—.
Y mi sobrino y asesor, Dante Valcárcel, al que creo que ya conoce, ¿no es cierto?
Leo se limitó a asentir mientras estrechaba la mano de Dante.
El contacto de su palma y los dedos que rodearon su mano le enviaron una vívida imagen de sí mismo, boca abajo, aferrándose a aquellas mismas manos para que el placer que sentía no lo arrastrara.
Tuvo que tensar la mandíbula para que aquel recuerdo no se mostrara en su rostro.