Capítulo 12 #4
Todavía notaba el peso del cuerpo de Dante sobre el suyo, el eco de sus besos, sus manos entrelazadas, la forma en que se había sentido seguro entre sus brazos…
Leo había follado con muchos hombres, en muchos lugares, pero lo de aquella noche había sido diferente.
Íntimo. Y con alguien a quien despreciaba profundamente.
Hacía apenas unas ho ras, tras escuchar aquella conversación sobre Lara, había querido arrancarle la cabeza, pero en vez de eso…
Escuchó el sonido de la cisterna y se apresuró a incorporarse. Se sentó en la cama, de espaldas al baño, cogió un pañuelo y empezó a limpiarse. Oyó cómo Dante volvía a la habitación y sintió su peso sobre la cama.
—¿Era esto lo que tenías pensado cuando me abordaste antes, en el foro? —preguntó sin girarse.
—Más o menos.
—Pues ya has conseguido lo que querías.
—Es una forma de verlo —repuso Dante.
Leo se giró hacia él.
—¿Y cuál es la otra forma?
—Que me gustas muchísimo y que, si por mí fuera, esto no se acabaría aquí.
—¿No me digas?
Dante sonrió, incrédulo.
—Esto no puede tomarte por sorpresa, Leo. Sabes que llevo meses detrás de ti.
—Ya. —Su malhumor había vuelto de repente. Se levantó para rescatar su ropa y empezó a vestirse.
—Pero, por lo que veo, tú no tienes intención de repetir.
Leo lo miró. Dante seguía sentado en la cama, desnudo, observándole.
—Qué perceptivo —dijo, la voz preñada de sarcasmo.
—¿No quieres ni siquiera que lo hablemos?
—¿Que hablemos de qué? —preguntó Leo con impaciencia, calzándose un zapato—. ¿De que acabamos de follar?
—Eso no es lo único que acaba de pasar.
—Es lo único que ha ocurrido —aclaró en tono serio—. Y si te has hecho alguna otra idea, estás equivocado de pleno.
—¿No será que el que está equivocado eres tú? —Dante se puso en pie y Leo lo taladró con la mirada.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Que debo gustarte mucho, o no estarías tan enfadado. —Dio un paso hacia él.
Leo elevó las cejas .
—¿Eso crees?
—Eso creo —corroboró. Dio otro paso—. No quieres que te guste un tío como yo. Pero te gusto, así que te enfadas.
Leo terminó de vestirse.
—¿Y qué pasaría si te digo que tienes razón?
Dante recortó la distancia que los separaba y lo cogió por la cintura.
—Que te daría el mejor beso de tu vida.
—¿Y luego?
—¿Qué es exactamente lo que quieres saber?
—¿Qué es exactamente lo que me estás ofreciendo?
Dante pareció un poco descolocado.
—¿Necesitas una etiqueta? —preguntó. Leo lo miró con testarudez—. No sé que nombre le pondrías tú, pero a mí me gustaría que fueras mi pareja.
Leo rio.
—Tu pareja —repitió—. ¿Y qué opinaría tu partido? ¿Y tu tía? ¿Y…?
—Sabes perfectamente que tendría que ser un secreto, Leo —dijo con la voz muy baja.
—Ahí está, por fin… —Leo lo miró a los ojos—. El hipócrita hijo de puta al que tanto desprecio.
Dante lo soltó y dio un paso para atrás.
—¿Qué?
—¿Crees de verdad que lo que me enfada de ti es que me gustas? —espetó con veneno—. No, lo que me enfada es que sé que fuiste tú quien convenció a Álvaro para que rompiera con Lara. —Dante puso cara de sorpresa—. ¿Lo niegas?
—No, no voy a negarlo, pero ella…
—¿Ella qué? —gritó Leo.
—Ella siempre bromeaba sobre Álvaro en el podcast, no dejaba de burlarse de él, dijo que era un braguetazo.
—¡Era humor!
—Pero eso no lo hace menos cierto.
—Lara lo quería.
—¡Pues nunca se lo dijo! —rugió Dante—. Ni una sola vez. —Leo se quedó quieto, mirándolo—. Álvaro se lo dijo a ella casi desde el principio, porque tuvo el mayor flechazo que he visto jamás, pero ella nunca se lo dijo de vuelta. Y no sabes lo sensible que es…
Leo vaciló un instante, pero la rabia pudo más.
—Ella también es sensible. También tenía miedo de que le hicieran daño. Aunque, claro, es muy fácil despreciar los sentimientos de tus inferiores.
—Nadie piensa que Lara sea inferior a Álvaro, Leo, tu obsesión con la clase social…
—¿Mi obsesión con la clase social? —repitió—. Claro, quizás por eso he escuchado palabras como trepa, comunista o mulatilla para referirse a mi mejor amiga, por mi obsesión con la clase social.
Dante palideció.
—Yo nunca diría algo así. Ni Álvaro tampoco.
—Pero sí otras personas de tu entorno —le reprochó Leo. Dante guardó silencio—. ¿Y qué me dices de Oliver?
—¿Oliver? —se extrañó.
—¿Cómo explicas lo que le hiciste a él? ¿También tienes una buena excusa?
—¿Lo que yo le hice a él?
—¡Le arruinaste la vida!
—Oh, sí, el pobre, no sabes la pena que me da.
—Y encima te burlas. Le rompiste el corazón, le destrozaste, y encima te burlas…
Dante se lo quedó mirando.
—Así que eso es lo que opinas de mí. —Se agachó para coger su ropa y empezó también a vestirse—.
No me extraña entonces que te rieras cuando te propuse ser mi pareja.
Lo que me extraña es que te hayas querido acostar conmigo.
Aunque supongo que hay aspectos de tu vida en los que no tienes tantos escrúpulos.
El insulto no le pasó desapercibido a Leo. De dos grandes zancadas se acercó a él. Dante lo observaba desde su considerable altura, el enfado endureciéndole las bellas facciones.
—Vete a la mierda —espetó Leo.
Y sin una palabra más, salió de la habitación.
Dante se quedó ahí, a solas, de pie, vestido tan solo con sus calzoncillos, sintiendo cómo el corazón se le iba rompiendo al ritmo de cada uno de los pasos con los que Leo se alejaba de él.