Orgullo* Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Una arrogante sonrisa se asomó a la boca de Dante, satisfecho por el escrutinio al que Leo lo estaba sometiendo, y regresó a la cama, deslizándose sobre su cuerpo.

Leo quiso decir algo, pero Dante se lo impidió, besándolo de nuevo con una intensidad que le hizo gemir contra sus labios.

Sus manos comenzaron a recorrerle los costados, las caderas, bajando con caricias lentas y expertas que terminaron por derretir el poco dominio sobre sí mismo que le quedaba y hundiéndolo en un trance donde ya solo importaba el calor de su piel.

Leo devolvió sus caricias, sus besos, mordió su piel, le clavó las uñas y le enredó las piernas alrededor de la cintura.

Dante respondió a esa violencia con un gruñido sordo.

Con una sola mano atrapó sus muñecas y las estampó contra el colchón, inmovilizándolas, mientras que con la otra le estrujaba una nalga con fuerza.

Leo se agitó debajo de él y Dante volvió a reclamar sus labios.

Sus caderas comenzaron a moverse casi en contra de su voluntad, buscando desesperadamente una fricción que aliviara la presión que le quemaba la entrepierna, y Dante se unió a ese vaivén, frotando sus sexos.

Sin romper el beso, los dedos que le estrujaban las nalgas descendieron hasta su ano, acariciando la entrada con una suavidad que hizo a Leo jadear de puro placer.

Volvió a mover las caderas, buscando intensificar el contacto, y el dedo de Dante se volvió más atrevido, presionando con firmeza, probando su resistencia.

—¿Es esto lo que quieres? —le susurró Dante contra el oído, con la respiración entrecortada.

Leo, completamente abandonado a la pasión, asintió con un gemido roto.

Dante lo soltó y se alejó para alcanzar los condones y el lubricante de la mesita.

En cuanto dejó de sentir el peso del otro cuerpo sobre el suyo, Leo se dio la vuelta, hundiendo la cara en la almohada.

Las necesidades de su cuerpo le resultaban casi humillantes en aquel momento.

No iba a seguir oponiendo resistencia, no podía, pero tampoco quería mirarlo a la cara mientras se entregaba a él.

—¿Estás bien? —escuchó a la vez que notaba que Dante se acercaba de nuevo a él.

Asintió sin separar la cabeza de la almohada. Los labios y las manos de Dante volvieron a recorrerle y Leo suspiró de placer. Sintió cómo descendía por su espalda y dio un respingo cuando le dio una suave mordida en el culo.

—¿Te ha dolido? —preguntó. Leo negó con la cabeza—. ¿Quieres que siga? —Asintió de nuevo.

Notó cómo Dante ascendía por su cuerpo, y sus dedos le agarraron por la barbilla, obligándole a mostrar el costado de su cara.

—Si quieres que te folle, voy a necesitar un consentimiento más explícito que ese —le dijo con suavidad.

Leo giró los ojos para mirarle. Quería que ocurriera, pero no tener que pedirlo.

—Quiero, ¿vale?

—¿Que quieres el qué?

Se estaba burlando de él. Esta vez sí que giró el rostro del todo, apoyándose en los codos para mirarlo.

—Que quiero que me folles. ¿Te vale así o te firmo un contrato?

—Me vale así —repuso con seriedad. No había el menor rastro de burla en su voz—. Dime si algo no te gusta, o si quieres parar.

—Vale —contestó, malhumorado.

Sintió el frío del lubricante y, justo después, la invasión de los dedos de Dante abriéndolo con una paciencia experta.

Leo enterró de nuevo la cara en la almohada, ahogando los jadeos mientras Dante empezaba a follárselo con los dedos.

Los sacaba casi del todo para luego volver a meterlos con fuerza, presionando ese punto que enviaba descargas eléctricas a su entrepierna.

Leo se tensó, aferrándose a las sábanas mientras la cabeza se le vaciaba por completo.

Jadeó con abandono bajo la cadencia implacable de aquellas manos y empezó a moverse, agitando las caderas, marcando el ritmo que deseaba, arqueándose todo lo posible para invitarle a profundizar aún más.

Casi gimoteó cuando los dedos le abandonaron.

Dante se tumbó sobre su espalda, cubriéndolo con su cuerpo.

De nuevo, le cogió la barbilla para obligarle a girar el rostro y volvió a besarlo.

Leo sintió la insoportable presión contra su ano cuando Dante se alineó con él, pero el asesor pareció esperar un gesto antes de avanzar.

Leo lo miró y asintió suavemente; el glande de Dante atravesó el anillo de músculos, dilatándolo por completo.

Leo abrió la boca en un mudo gesto de incomodidad y Dante se detuvo de inmediato, regando su nuca y sus hombros de besos.

—¿Estás bien? —le preguntó con la respiración contenida.

—Sí.

—¿Sigo?

—Sigue.

Dante no profundizó más, no al menos de momento.

Se retiró casi por completo para volver a hundirse justo hasta el límite donde Leo había flaqueado.

Repitió ese vaivén corto una y otra vez, avanzando apenas unos milímetros en cada embestida, abriéndolo poco a poco y con una paciencia exquisita, sin ocasionarle ningún dolor.

Pronto, la incomodidad inicial de Leo se transformó en una necesidad ardiente. El vaivén corto de Dante lo estaba volviendo loco, encendiendo el mismo punto que sus dedos habían descubierto antes. Leo arqueó la espalda hacia atrás, buscando más peso, mayor profundidad.

Dante lo entendió y aumentó la cadencia de sus embestidas, entrando casi del todo en la siguiente.

Se retiró y, sujetándolo con firmeza por las caderas, volvió a entrar, llenándolo por completo esta vez, con una embestida larga y profunda que hizo que a Leo se le cortara la respiración. Dante ahogó un gemido y cogió aire.

—Cómo me vuelvas a preguntar si estoy bien… —le advirtió Leo.

Escuchó una risita detrás de él.

—De acuerdo, no lo preguntaré .

Leo sonrió y giró el rostro para mirarle.

Dante volvió a tumbarse sobre su espalda y lo estrechó con fuerza, hundiéndose de nuevo en él con un ritmo lento y profundo.

Atrapado por la intensidad de su mirada, Leo apoyó la sien contra la almohada.

El peso de Dante y los fuertes brazos con los que le rodeaba impedían cualquier movimiento, pero con cada embestida, su pelvis era empujada hacia adelante y hacia abajo, provocando que su propia erección se frotara contra el colchón.

Una oleada de calor se expandía desde su pelvis hacia el resto del cuerpo, arrancándole los primeros jadeos.

Mientras Dante repartía besos por su nuca, su cuello y sus mejillas, sus dedos buscaron los de Leo hasta quedar entrelazados.

Leo apretó esas manos con fuerza, buscando un anclaje físico mientras el placer se volvía casi insoportable.

El roce rítmico del colchón contra su polla lo estaba llevando al límite, y Dante, que parecía saber exactamente cómo empujarlo hacia el precipicio, aumentó la cadencia de sus movimientos.

Arqueó la espalda, sintiendo que sus sentidos se nublaban en el preciso instante en que el asesor ahogaba un rugido contra su cuello y se derramaba en su interior.

Leo, desbordado por el placer, se corrió con un gemido largo y quebrado, entregándose por completo a la abrumadora certeza de lo que sentía.

Se quedaron un momento así, sin moverse, con las manos aún entrelazadas, los cuerpos unidos y las respiraciones agitadas. Antes de que Leo terminara de procesar lo que estaba pasando, Dante soltó su agarre y salió lentamente de su interior.

—¿Todo bien? —le preguntó.

Leo asintió.

—Voy un momento al baño —le oyó musitar.

Asintió de nuevo, pero no se movió de donde estaba. El corazón le martilleaba con fuerza y sentía ese agradable escozor en el ano que se siente cuando te han follado muy bien. Se incorporó un poco, apoyándose en los codos y hundió la cara en las manos, permitiéndose un segundo para recomponerse.

¿Qué demonios acababa de pasar?