Capítulo 12 #2
La habitación era pequeña y abuhardillada, con el techo inclinado revestido por el mismo papel pintado de arcoíris y corazones que decoraba el vestíbulo.
La enorme cama, con un cabecero de polipiel fucsia, ocupaba casi todo el espacio.
La iluminación procedente de las lámparas estaba tamizada por el color rojo de las tulipas de cristal.
Junto a la cama, en una mesita, reposaban una caja de pañuelos, tres preservativos y tres sobres de lubricante.
Al fondo, tras una puerta de madera pintada, se intuía un baño.
Leo se giró para encararse a Dante, que se quitaba lentamente la chaqueta.
Sus maneras eran ahora más sosegadas que en el Sodoma: el depredador parecía haber desaparecido y Leo se sentía a cargo de la situación.
—Así que quieres que te dé rabo —ronroneó con chulería .
Como si eso hubiera sido una señal, Dante avanzó hacia él y volvió a cogerlo por la cintura.
—Sí —dijo, inclinándose para besarlo, pero Leo reculó.
—No te voy a besar. No te lo mereces —afirmó.
Una sonrisita se asomó a los labios de Dante ante su descaro.
—¿Y qué merezco?
Sin dejar de mirarlo a los ojos, Leo llevó una mano hacia la entrepierna de Dante.
Su erección se había atenuado un tanto desde que dejaran de bailar, pero la sintió despertar de nuevo bajo sus dedos.
Con destreza abrió la bragueta y deslizó los dedos por aquella considerable extensión, de tacto sedoso.
En cualquier otra situación, habría hecho algún comentario apreciativo a su ligue, pero no pensaba alabar a Dante Valcárcel por tener una polla enorme.
En vez de eso, la rodeó y empezó a bombearla. Dante cerró los ojos.
—¿Te parece esto bien?
El asesor asintió y se dejó masturbar. Se arrimó más al cuerpo de Leo y hundió la cara en su cuello. Sintió sus labios contra la piel, como si Dante le estuviera pidiendo permiso para probarla. Leo dejó caer la cabeza hacia atrás y sintió la lengua de Dante recorrerle la garganta.
Un jadeo escapó de sus labios y las manos de Dante se volvieron más atrevidas.
Le levantaron la camiseta y acariciaron su baja espalda y su abdomen.
Las caderas de Dante se movían contra él, follándole la mano, y sus labios recorrían sus clavículas.
Leo sintió el deseo de dejarse llevar, y por eso supo que era lo que no debía hacer.
Subió sus manos por el torso de Dante, alejándolo un poco de su cuerpo.
Dante lo miraba con ojos oscurecidos por el deseo.
Las manos de Leo alcanzaron sus hombros y presionaron levemente.
El asesor lo entendió a la perfección y se arrodilló ante él. Elevó la mirada para que Leo le dijera qué hacer a continuación y la sensación de poder que sintió al ver a aquel hombre rendido ante él hizo que casi se mareara de la excitación.
Sin romper contacto visual, Leo se abrió los pantalones y liberó su propia erección ante el rostro de Dante, que bajó la mirada hacia ella y tragó saliva. Luego elevó de nuevo la vista hacia él y fue a decir algo.
Leo le dio un cachete, suave, humillante. Los ojos de Dante desprendían fuego.
—Calla —le dijo—. ¿No querías rabo? Pues come rabo .
Por un momento, Leo pensó que iba a rechazarlo, a reprocharle su comportamiento, pero no lo hizo. Avanzó de rodillas para acercarse más a él y empezó a lamerle el glande.
—Sí, así…
Aún sosteniendo la base de su pene, lo sacudió suavemente, golpeando la lengua de Dante, que abrió la boca para recibirlo.
Leo comprendió que Dante estaba disfrutando de la situación y su docilidad le estaba poniendo a mil.
Con su mano libre, lo agarró de los cabellos y lo obligó a tragarlo hasta el fondo.
Dante no solo no dudó, sino que se entregó a la tarea con entusiasmo.
Leo gruñó de placer al ver cómo Dante lo engullía para luego deslizar sus labios por toda su extensión y lamer de nuevo su glande.
Recorrió de arriba abajo por un lateral, volvió a jugar con la punta y de nuevo se la tragó entera y succionó.
Repitió la operación varias veces hasta que empezó a repartir pequeñas mordidas a medida que lo sacaba de su boca, provocando espasmos de placer en todo su cuerpo.
Dante se puso de pie y avanzó, obligando a Leo a caminar hacia atrás torpemente, con los pantalones a la altura de las rodillas.
Sus piernas se toparon con la cama a la vez que Dante lo empujaba para que cayera sobre ella.
De un solo movimiento, le arrancó los pantalones, la ropa interior y los zapatos y volvió a arrodillarse frente a él para engullirlo.
Leo jadeó hacia el techo mientras sentía la pasión y maestría con la que Dante le daba placer.
Puede que la GLAM solo lo relacionara con mujeres, pero el asesor le estaba demostrando que la suya no era, ni mucho menos, la primera polla que se comía.
No era tímido ni temeroso en su uso de la lengua, el paladar o incluso los dientes para darle placer.
Leo había recibido sexo oral de muchos hombres, pero pocos le habían dejado sin aliento como Dante estaba haciendo ahora mismo.
Cualquier atisbo de control mental que Leo creyera tener se disolvió en el aire caldeado de la habitación.
Dante incrementó el ritmo, implacable, usando la presión de sus labios y una succión profunda que hizo que Leo se agarrara a las sábanas, arrugándolas en un puño.
El resplandor rojo de las tulipas de cristal parecía parpadear al compás de los latidos que le atronaban en los oídos.
Intentó mantener los ojos abiertos, pero el placer era tan agudo, tan desbocado, que tuvo que echar la cabeza hacia atrás y cerrar los párpados con fuerza.
Dante subió una mano, firme y cálida, para apretarle el abdomen, anclándolo a la cama mientras aceleraba los últimos golpes de lengua contra su glande.
—Dante… joder, voy a… —alcanzó a jadear Leo con la voz rota, en un intento desesperado por contener la oleada que le subía desde el estómago.
Pero el asesor no paró. Al contrario: ahogó un gemido gutural contra su carne y lo succionó con más fuerza, llevándoselo hasta el fondo de la garganta. Leo arqueó la espalda, perdiendo el control, y se corrió con fuerza dentro de su boca.
Dante tragó sin apartar los ojos de los suyos, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano en un gesto tan sucio como elegante.
Fue en ese instante, mientras el eco de sus propios jadeos moría en el silencio de la habitación, cuando el vacío golpeó a Leo en el pecho.
Una vez acalladas sus más inmediatas pulsiones, la realidad de lo que había ocurrido se coló en su mente.
«¿Qué coño estoy haciendo?», se preguntó.
Estaba medio desnudo en una cama con Dante Valcárcel.
Y lo había disfrutado. Dante, por su parte, repartía besos por sus muslos, su abdomen y su pecho, levantándole la camiseta.
Cuando llegó a su altura y lo miró a los ojos, Leo no vio al hijo de puta calculador que le había roto el corazón a Lara o al hipócrita que le había arruinado la vida a Oliver.
Vio a un hombre increíblemente hermoso, de nobles facciones, que lo miraba con una ternura que no podía entender.
Por eso, cuando se inclinó para besarlo en los labios, Leo giró el rostro.
—¿En serio? —escuchó—. Te acabo de comer la polla. ¿De verdad no me vas a dejar que te bese?
No había reproche en su voz, solo una genuina sorpresa, y Leo giró el rostro en su dirección.
Dante lo observaba con fijeza, como si lo estuviera analizando para poder acoplarse a sus deseos, y Leo supo que si quería parar, aquí y ahora, él no pondría objeción alguna.
Dante volvió a inclinarse hacia su rostro, despacio y con cautela, y se detuvo muy cerca de sus labios, mirándole a los ojos.
Leo le mantuvo la mirada y no se movió, pero entreabrió la boca. Y Dante lo besó.
Nada lo había preparado para sentir el aroma de su propio sexo en los labios de aquel hombre, que lo besaba, no, lo devoraba, con una lentitud que no tenía nada de sumisa.
Todos sus escrúpulos se diluyeron bajo la invasión de aquella lengua caliente, que reclamaba cada rincón de su boca, y Leo, desarmado por el colapso que aquel beso estaba provocando en su cerebro, se entregó por completo.
Toda la pasión que creía haber aplacado al correrse despertó de nuevo con la fuerza de un latigazo.
Enredó los dedos en el pelo de Dante, tirando de él para profundizar un beso que se volvió salvaje, ardiente.
Dante ahogó un gemido contra sus labios mientras sus manos, urgentes y firmes, subían por el torso de Leo para arrancarle la camiseta de un tirón, dejándolo desnudo bajo los destellos tamizados de las tulipas rojas.
Dante se separó, dejando a Leo tendido en la cama.
Desabrochó los botones de su camisa, la dejó caer al suelo y se quitó el pantalón.
Leo intentó mantenerle la mirada, pero sus ojos se empeñaron en bajar para observar los anchos hombros, el pecho amplio y musculoso, el abdomen firme y la erección que emergió cuando el asesor se deshizo también de su ropa interior.
Leo, que ya había sentido su peso en la mano, la observó ahora con tanto detenimiento que casi pudo contar el número de venas que la surcaban. Inconscientemente, se lamió los labios.