Capítulo 12
Capítulo
Doce
No era la primera vez que Leo iba a El Sodoma de Madrid, pero verlo siempre le imponía respeto.
Ubicado en un imponente edificio de fachada clásica en la linde con la plaza de Santa Bárbara, el club no se escondía de nadie.
Las colosales llamas de neón rojo de la entrada teñían de color el asfalto, e incluso las hojas de los árboles cercanos parecían estar ardiendo.
Por un momento, Leo sintió que era así: que el mundo estaba en llamas y aquel templo del hedonismo era su único refugio.
Cruzó el umbral y en seguida fue engullido por una marea de cuerpos.
El local era colosal, un palacio nocturno de techos altos, múltiples barras y reservados VIP en las balconadas que recorrían el piso superior.
El aire estaba cargado de sudor, alcohol y sexo, y vibraba bajo el latido de los temas que el DJ estaba pinchando.
Leo sintió que, por primera vez en toda la noche, podía respirar en paz.
Fue directo a la barra, pidió un chupito de tequila y se lo bebió de un trago, sintiendo cómo el alcohol le quemaba la garganta y aflojaba el nudo que se le había hecho en ella desde que escuchara la conversación de Borja y su amigo.
«Qué miedo da Dante cuando se pone en modo control de daños».
—Ponme otro —le pidió al camarero y se lo bebió tan rápido como el primero.
Se giró en la barra para mirar a su alrededor.
Una marea de cuerpos le rodeaba: miles de hombres bailaban, se frotaban, se apareaban, como animales nocturnos que solo obedecían a sus instintos.
Leo sintió que él era uno de ellos, que la noche lo llamaba con un aullido incesante, y que enloquecería si no empezaba a bailar en aquel momento.
Se giró de nuevo, pidió un mezcal y, con él en la mano, se perdió en medio de la pista central, donde la iluminación cortaba el aire en ráfagas blancas y rojas.
Empezó a bailar con procacidad, moviendo las caderas con una lentitud deliberada, desafiante.
Sabía que, tarde o temprano, llamaría la atención de alguien, alguien que vendría a devorarlo, a arrastrarlo lejos de sus problemas y de sí mismo.
Sentía ojos sobre su piel y alguna mano rozó su cuerpo al pasar.
Siguió bailando, sabiendo que aquello no era más que el inicio, los prolegómenos de su particular ritual de apareamiento, aquel que le llevaría a encontrar a su pareja adecuada… Al menos por aquella noche.
No tardó en llegar el primer candidato. Un hombre un par de años mayor que él, de pelo oscuro, barba de tres días y unos hombros imponentes, que captó su atención de inmediato.
El desconocido recortó la distancia con una seguridad pasmosa, moviéndose al unísono con él.
Su mirada era magnética y Leo no apartó los ojos de los suyos mientras sus cuerpos se encontraban.
Fue en ese preciso instante cuando empezaron a sonar los primeros acordes de «Into You». El latido denso, rítmico y ascendente de la remezcla electrónica del tema de Ariana Grande se apoderó del aire, haciendo que los graves vibraran directamente en la boca del estómago de Leo.
El desconocido sonrió, celebrando el cambio de ritmo, y dio el paso definitivo.
Alargó un brazo firme, de dedos largos, y aferró a Leo por la nuca con una posesividad que le hizo contener el aliento.
Le obligó a inclinar la cabeza hacia atrás, acortando el espacio entre sus rostros hasta que sus respiraciones se mezclaron, calientes y aceleradas, mientras sus pechos seguían golpeándose al compás de la música.
Leo mantuvo la mirada fija en los ojos del extraño, debatiéndose internamente en mitad del trance de la pista.
Se planteó en serio si quería dejarse llevar, si quería cerrar los ojos y estampar sus labios contra los de aquel hombre o si debía esperar a alguien más inadecuado, más peligroso, más desestabilizador.
El estribillo de la canción estaba a punto de estallar sobre ellos cuando un aroma amaderado se apoderó de sus fosas nasales a la vez que sentía unas manos grandes y fuertes deslizándose por su cintura.
Tras él, otro hombre hacía un acercamiento decidido, dejándole sentir un amplio y fuerte pecho contra su espalda y una rotunda erección contra sus nalgas, y acopló el movimiento de su cuerpo a las caderas de Leo.
La respiración se le quedó atascada al sentir el acelerado ritmo de su corazón en la garganta.
Sabía quién estaba tras él, bailándole con tanta destreza como sensualidad, y a la sorpresa del descubrimiento se le unió el traicionero pensamiento de que aquellas manos, recorriendo su piel, se sentían mucho mejor que en sus fantasías.
El desconocido de la barba, que aún le sostenía la nuca, arqueó una ceja al notar la intrusión.
Abrió la boca para soltar una advertencia, pero sus ojos se cruzaron con los del hombre que acababa de acorralar a Leo por detrás y bastó una sola mirada para que el tipo entendiera que se había metido en el territorio del depredador equivocado.
El extraño soltó la nuca de Leo despacio, levantó las manos en señal de retirada con una sonrisa torcida y desapareció entre la multitud.
Solo entonces, Leo se decidió a girar el rostro.
Las manos de Dante en su cintura le apretaron con más fuerza cuando sus ojos se encontraron por fin.
Se había deshecho de la chaqueta, la corbata y las gafas.
Tenía los primeros botones de la camisa desabrochados, el pelo castaño ligeramente alborotado por el sudor y las pupilas dilatadas.
Tiró de él hacia atrás, obligándolo a encajarse aún más contra la firmeza de su entrepierna.
La potente voz de Ariana gritaba « 'Cause I'm so into you, into you, into you…
» y Leo sintió que la diva se lo decía solo a él, al oído.
—¿Qué coño haces aquí? —le preguntó con una voz cargada de desprecio, pero sin dejar de bailar en ningún momento.
Dante se inclinó hacia él.
—Te dije que me habías puesto nervioso —murmuró, con una voz áspera y baja que vibró por encima de la música.
«Qué miedo da Dante cuando se pone en modo control de daños». Esta vez, Leo casi se rio ante el recuerdo.
—Que te jodan, Dante.
—Esperaba que eso pudieras hacerlo tú .
El puente de la canción empezó y el ritmo, algo más pausado, permitió a Leo darse la vuelta para enfrentarse a él. Sabía perfectamente lo que ese hombre quería, y también sabía que era él el único que podía dárselo, pero aún se creía capaz de negarle nada.
Como había hecho el desconocido, Dante le agarró por la nuca y le atrajo a sí.
Sus rostros quedaron a escasos centímetros y el aliento de Dante se mezclaba con el suyo.
Mientras la intensidad de la canción crecía hacia el último estribillo, Leo sintió el latido de Dante contra el suyo propio: dos corazones acelerados, por el baile, por el alcohol, por el deseo.
Leo permitió que las manos del asesor volvieran a rodearlo, esta vez por debajo de la camiseta, y recorrió con las puntas de los dedos la piel expuesta en el pecho de Dante, húmeda por el sudor.
Dejó que sus ojos se elevaran para mirarlo de nuevo, y recorrió cada línea, bebió de cada expresión.
Dante era un pijo, un hipócrita, un auténtico hijo de puta.
Pero si quería que se lo follara, bien que lo iba a hacer.
—Está bien. —El final de «Into You» se fundió con los primeros acordes de «Desire»—. Si tanto quieres, vamos al cuarto oscuro. Terminemos de una vez con esto.
Dante le sorprendió negando con la cabeza.
—No. Ven conmigo.
—¿A dónde?
—Fuera —dijo como toda explicación.
Pasaron por consigna para recuperar sus chaquetas y la mochila de Leo y salieron al exterior.
El aire de las frescas primaveras madrileñas les dio la bienvenida y les refrescó la piel, pero Dante no le dio tiempo de recrearse en ello.
Cogiéndole de la mano, lo guio hacia el final de la calle, hasta un edificio que, con un cartel bastante discreto, prometía habitaciones por horas.
Leo elevó una ceja, pero Dante lo empujó al interior.
Leo no sabía qué esperar, pero el vestíbulo, decorado con un papel pintado de arcoíris y corazones, no estaba, definitivamente, en su lista de posibilidades. Tras el cristal de un pequeño mostrador, una mujer de mediana edad los miraba con aburrimiento.
—¿Cuántas horas? —preguntó como por inercia.
—El resto de la noche.
—Solo se acepta efecti… —No pudo terminar la frase antes de que Da nte depositara un fajo de billetes sobre el mostrador—. En el precio, vienen incluidos…
—Lo sé —la interrumpió Dante de nuevo, como si no quisiera que Leo conociera los más sórdidos detalles de aquel lugar. Antes de que la mujer dijera algo más, añadió—. Ahí está incluida la fianza. En el último piso, si es posible.
Cogió el fajo de billetes y empezó a contar. Cuando se dio por satisfecha, les dio una llave.
—Habitación 403. Portaos bien, o no os devuelvo la fianza.
—Gracias.
Dante cogió las llaves y, con la mano de Leo aún en la suya, lo guio hacia el ascensor al final del hall. Se metieron dentro y pulsó el botón del cuarto piso.
—Parece que conoces muy bien este lugar —observó Leo, que se había contentado con ver el intercambio en silencio.
—¿No habías venido nunca a un hotel por horas?
—Nop.
Dante sonrió.
—Mejor.
El ascensor se paró y ambos se apearon. Recorrieron el pasillo y Dante metió la llave en la puerta de la habitación 403, que se abrió con un chasquido seco. Leo se adentró en la estancia y encendió las luces mientras escuchaba a su espalda cómo Dante dejaba las llaves sobre un mueble.