Orgullo* Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Pasó por su lado, rozándole el hombro a propósito para demostrarle que no le intimidaba, y se alejó a zancadas por el corredor.

Tenía el pulso acelerado y las orejas calientes, pero se obligó a respirar hondo.

«Pasa de él», se repitió como un mantra mientras bajaba las escaleras.

No pensaba ser el entretenimiento de un pijo con exceso de confianza.

Buscando poner distancia física, cruzó el atrio central, sorteando a grupos de diplomáticos y asesores que aún remoloneaban por ahí, riendo con copas en la mano, y se dirigió hacia la antigua zona de carruajes, un pasillo lateral más apartado y silencioso que ponía fin al bullicio y conectaba con el patio interior.

Allí la iluminación era más baja, casi íntima, y los muros de piedra amortiguaban el eco de las voces.

Leo se detuvo cerca de unas grandes columnas y se apoyó en el mármol frío, cerrando los ojos un instante.

Sentía la cara encendida, como si la ardiente mirada de Dante siguiera sobre él.

Cerró los ojos y se estremeció. «¿Por qué te empeñas en tomar a broma todos mis intentos de acercarme a ti? ».

Maldijo para sus adentros; lo último que necesitaba ahora era que su propio cuerpo lo traicionara respondiendo a la seducción de alguien que representaba todo lo que él detestaba.

Se obligó a exhalar con fuerza, como si pudiera olvidar así el perfume amaderado de Dante.

Debía centrarse, se recordó. Tenía cosas mucho más importantes que hacer que pensar en liarse con el hombre más inconveniente de la tierra.

Consultó la pantalla del móvil por pura inercia, para ver si tenía algún mensaje de Lucas o Lara.

Aún se sentía algo rígido tras el encuentro con la ministra, pero empezaba ya a procesar lo ocurrido aquella mañana; descubrir que la había descolocado ayudaba, en todo caso.

Saboreó su pequeña victoria y recordó que, además, tenía una entrevista con ella para el día siguiente.

No sabía exactamente qué tecla había pulsado, pero el triunfo le recorría la sangre con un calor agradable.

Abrió el chat de Shack y le escribió un privado a Leguina:

Tengo una oportunidad de entrevistar a Cayetana Valcárcel

Mañana a solas

Me ha dado veinte minutos

Qué opinas?

La respuesta llegó en menos de diez segundos:

Que si no vas, te doy patadas en el culo de aquí a Salamanca

Vale, lo tomaré como un sí

Tienes libertad absoluta

Y una oportunidad de oro

No la desperdicies

Ve a por ella

Fue entonces cuando escuchó una risita estridente que rebotaba en las columnatas.

—¿No me digas? —Era una voz de hombre, pastosa por el alcohol.

—Te digo. Era una trepa como un día de fiesta —repuso otra voz masculina, igual de borracha, que a Leo le resultaba familiar.

Leo se quedó inmóvil. Se guardó el teléfono en el bolsillo, despacio, y se pegó a la sombra de la columna.

—¿Y qué hizo tu primo? —preguntó la primera voz.

Leo escuchó cómo se exhalaba humo y el olor a tabaco le alcanzó.

—Ya sabes cómo es Álvaro. Es un blando. Si no llega a ser por Dante, aún estaría con ella.

Leo se asomó con cuidado. A pocos metros, medio ocultos por un enorme helecho en un tiesto de bronce, el primo Borja y otro cayetano charlaban. Ambos vestían pantalones claros con mocasines y camisas de Ralph Lauren. Volvió a ocultarse rápidamente.

—¿La llegaste a conocer?

—Sí, en una fiesta en la casa de la sierra —respondió Borja con indolencia—. Él estaba totalmente cegado por la mulatilla esa.

La mandíbula se le tensó al escuchar cómo hablaban de Lara.

—¿A qué se dedica?

—Según ella, es artista. —El desprecio con el que Borja pronunció esas palabras hizo que se le revolvieran las tripas—. La tía se creía que por tener cuatro trabajos era mejor que nosotros. Muerta de hambre… —escupió.

—¿Y cómo se enteró Álvaro de que estaba con él por su pasta?

—Porque la muy retrasada lo dijo en su podcast. —Ambos rieron—. No me preguntes por qué Dante escuchaba esa bazofia; por trabajo, supongo, pero lo escuchó y se lo contó a Álvaro. Él no lo quería creer, pero como estaba grabado…

—¿Y entonces la dejó?

—No te creas. Hubo que convencerlo un poco. Dante le dio muchísimo la chapa al respecto. Menos mal que Álvaro le hace caso… Al menos ahora el idiota está a salvo y la comunista esa ha vuelto al agujero del que salió.

El otro soltó una carcajada. Leo oyó cómo se alejaban.

—Dios, qué miedo da Dante cuando se pone en modo control de daños —fue lo último que escuchó antes de que sus voces desaparecieran.

La sangre le bombardeaba los oídos con tanta fuerza que a Leo se le nubló la vista por un segundo.

Todo lo que había pasado entre Álvaro y Lara, lo mucho que su amiga había sufrido y se había cuestionado a sí misma…

¿Todo por una estúpida broma que habían hecho en el podcast?

Y no había sido una simple ruptura, sino una ejecución profesional, un «control de daños» diseñado y ejecutado por Dante Valcárcel.

Salió de su escondite, pero ya no se veía a los hombres por ninguna parte. Su pecho subía y bajaba con violencia. Dio media vuelta y caminó hacia la salida del hotel a grandes zancadas, empujando las puertas de cristal con una rabia que le quemaba las entrañas. Necesitaba salir de allí.