Orgullo* Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Buenos días, señora ministra —respondió Germán con una inclinación de cabeza que a Leo le pareció excesivamente cortesana—.

Permítame presentarle a Leo Gallardo, de LaRedacción.es .

Leo, esta es Cayetana Valcárcel, Ministra de Cultura y Patrimonio Nacional, Vicepresidenta segunda del gobierno y marquesa de Hinojosa.

La presentación había sido tan pomposa que Leo casi no supo ni cómo reaccionar. Aceptó la mano que ella le tendía y musitó un «buenos días».

De repente, Cayetana le prestó más atención.

—Claro, el señor Gallardo —dijo ella, como si se acabara de dar cuenta de algo—. «La diversidad como moneda de cambio», ¿era así?

Sus modales eran exquisitos, su voz estaba perfectamente modulada y su expresión era cordial, pero Leo se sentía como una hormiga a la que estaba a punto de pisar con la punta de su tacón. Intentó mantener la barbilla bien alta mientras asentía.

—Tiene usted muy buena memoria.

—¿Y es ahora cuando elige elogiarme? —preguntó ella.

Un coro de risitas se elevó entre aquellos que escuchaban la conversación. Uno de ellos era Germán. Leo lo miró con dureza y el funcionario carraspeó, incómodo, y desvió la mirada.

—¿Le molesta la libertad de prensa? —respondió Leo, apretando la mandíbula. No iba a dejar que ella viera lo mucho que le irritaba esa actitud condescendiente.

—Por supuesto que no. Si fuera así, estaría ahora mismo muy preocupada por lo que escribirá usted esta noche, tras verme hablar en el panel.

—¿Y no lo está?

—No. De hecho, ansío leer su crónica de la jornada de hoy.

Es mi deber, como ministra, saber qué se opina acerca de mi gestión.

Especialmente mis detractores. Si no, ¿cómo podría saber si lo estoy haciendo bien o mal?

—preguntó con fingida inocencia y ladeando la cabeza de una manera que le recordó a Dante.

El silencio volvió a caer en el grupo. Esta vez, nadie se rio.

—¿Quiere que crea que usa la opinión ajena como baremo de su gestión? —dijo Leo, no dejándose achantar.

—Quizás la uso como baremo de la agudeza de los demás.

—Entonces, ¿quienes no compartimos su visión somos estúpidos ?

—Pero qué cosas dice usted, señor Gallardo —le amonestó ella, con una risita impostada.

—Solo digo lo que usted da a entender.

—Yo no doy a entender nada; usted es quien proyecta sus prejuicios sobre mis palabras.

—¿Realmente cree eso? ¿O es lo que su asesor le aconseja que responda cuando un periodista ve a través de sus eufemismos?

La taza de la ministra quedó suspendida a escasos centímetros de sus labios. Sus ojos se entornaron llenos de desdén y se fijaron en Leo. Nadie, y mucho menos un periodista de veintitantos años con una acreditación colgada al cuello, había hablado nunca a Cayetana Valcárcel con semejante descaro.

Germán intervino, sintiendo que el terreno se volvía pantanoso.

—Señora ministra, quizás le interesaría saber que el señor Gallardo es amigo personal de su sobrino.

Cayetana elevó las cejas y Leo mantuvo su mirada, temiendo que Germán se hubiera columpiado demasiado al usar la expresión «amigo personal».

­—Hemos frecuentado en ocasiones los mismos círculos sociales —se vio en la obligación de aclarar.

—Ah… —Cayetana lo miró de arriba abajo, como analizándolo de nuevo—.

Si de verdad quiere entender nuestro trabajo en el ministerio, y no solo criticar lo que hacemos en «nuestros oscuros despachos», como usted los llama —continuó ella, usando las palabras del propio artículo de Leo contra él—, venga mañana a verme.

Tras la clausura, tengo veinte minutos antes de salir hacia el aeropuerto.

—¿Me está ofreciendo una entrevista en exclusiva?

—Le estoy ofreciendo una conversación. Si en el cara a cara es usted capaz de ser tan incisivo y honesto como lo es en sus artículos, quizá ambos podamos aprender algo. Mi secretaria le dará los detalles.

Cayetana le dedicó un último asentimiento y le dio la espalda, dando a entender que la conversación había terminado. Germán tomó a Leo del brazo y lo sacó de la sala antes de que este pudiera decir nada más.

En cuanto estuvieron de nuevo en el pasillo, Leo soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.

—Has conseguido una entrevista con ella —susurró Germán en cuanto cruzaron el umbral de los policías. —Y no has hecho otra cosa más que insultarla, ¿cómo lo has hecho?

Leo negó con la cabeza, atónito.

—No tengo la más remota idea.

El resto del sábado pasó rápido. Después del almuerzo, Germán se había marchado a toda prisa a recibir a una delegación del Senado, disculpándose mil veces y dejándolo solo.

Leo cubrió la charla sobre derechos LGTBI en el ámbito internacional y asistió a una densa ponencia sobre la modificación de la ley de igualdad.

Tecleaba de manera casi mecánica, enviando notas a Marta y subía citas a Shack.

El cansancio se le iba acumulando en la base del cuello, un dolor sordo que achacaba a las pocas horas de sueño y a la tensión acumulada de los últimos meses con el libro.

A las ocho de la noche, la agenda oficial del Foro terminó por el día y a las nueve la actividad empezó a decaer, dando paso a los cócteles y las recepciones informales en los distintos salones.

Germán salió a cenar con unos amigos del ministerio e invitó a Leo a ir con ellos, pero rechazó la propuesta.

Se quedó por ahí, picó algo del catering y se encerró en una de las salas de prensa para terminar su crónica y enviarla en plazo.

Una vez hecho eso, y con los ojos secos y cansados, Leo cerró el portátil, lo guardó en la mochila y se levantó, necesitado de aire fresco.

Salió de la sala y, justo al girar un recodo del pasillo, casi se tropieza con alguien.

—Perdón —dijo distraído.

—No pasa nada, Leo.

Leo elevó la mirada para ver que el hombre con el que casi tropieza, el mismo que aún le sostenía un brazo, no era otro que Dante Valcárcel.

—¿Estás bien?

—Solo cansado. —Leo dio un paso hacia atrás. Se frotó la nuca—. Como todos, supongo.

—Estos eventos suelen ser agotadores. Pero estás haciendo un trabajo estupendo.

—¿Has leído mi artículo? —Leo no sabía por qué eso le sorprendía .

Dante asintió.

—Es brillante.

—Tu tía no parece opinar lo mismo.

El asesor soltó una risita.

—Si la has puesto nerviosa, es que lo estás haciendo bien.

—¿La he puesto nerviosa?

—Sí. —Dante recortó de nuevo la distancia entre ellos con una lentitud deliberada—. Y a mí también.

Leo contuvo una mueca de incredulidad. «¿Dante me está entrando?». Casi sintió el impulso de mirar a los lados, a ver si había una cámara oculta.

—Pero, ¿te he puesto nervioso por el artículo de anoche o por mi mera presencia?

—¿Tú qué crees?

—Vale. —Leo soltó una risita—. No.

—¿No qué?

Leo agitó los brazos entre ellos.

—No a cualquier cosa que pienses que pueda estar pasando aquí.

—¿Qué crees que estoy pensando?

—Deja de jugar conmigo, ¿quieres?

—¿Por qué asumes que esto es un juego? —Se quitó las gafas, y sus ojos castaños se clavaron en Leo con una fijeza abrasadora—. ¿Por qué te empeñas en tomar a broma todos mis intentos de acercarme a ti?

Leo sintió cómo un escalofrío le recorría la espina dorsal.

—Porque no puedes estar en serio —repuso.

—¿Por qué no?

—Porque nunca sacarían una foto nuestra en la GLAM . Porque según ellos, y el resto del mundo, yo no soy tu tipo —escupió, dejando bien claro lo mucho que detestaba el armario en el que se escondía—. Si me disculpas…