Capítulo 11
Capítulo
Once
El viernes fue una maratón. Leo había pasado el día escuchando discursos y ponencias, sacando fotografías, grabando notas de audio y enviando ráfagas de información a través de Shack para que Marta tuviera contenido para las redes.
Al final de la jornada, exhausto y con la espalda cargada, se había encerrado en su cuarto para escribir la crónica del día mientras Germán preparaba una sencilla cena.
El artículo, titulado «La diversidad como moneda de cambio», no se limitaba a resumir los paneles; era una reflexión cruda sobre cómo el activismo del gobierno era una tapadera que se diluía al entrar en los oscuros despachos del poder y cómo las relaciones personales e ideología de la élite política terminaban dictando la agenda de los derechos sociales.
Estaba tan relacionado con el tema de su nuevo libro que Leo casi sentía que había escrito un prólogo al mismo.
El sábado por la mañana, Leguina le comentó que su artículo había tenido muchísimas lecturas, y Leo sintió que había quemado con éxito la primera etapa.
El sábado, el Palacio de Tepa amaneció blindado. Era el día grande. El panel «Instituciones y Diversidad», liderado por las ministras de Cultura e Igualdad, atraía no solo a la prensa nacional, sino a corresponsales extranjeros.
Desde su sitio en la zona de prensa, Leo vio entrar a las ministras.
Cayetana Valcárcel caminaba con una elegancia que irradiaba poder.
Margarita Alonso-Braña tenía una presencia más apocada, pero Leo sabía que era una mujer inteligente e incisiva.
Y también que debía tener una cara de cemento armado para no reírse ante toda España al ocupar la cartera de Igualdad y Políticas Sociales en un Gobierno que no hacía más que derogar leyes progresistas y recortar derechos.
Entre los asistentes, Leo distinguió a Dante.
A su lado se sentaba un hombre joven que le resultaba vagamente familiar.
No fue hasta que lo vio sacar su móvil del bolsillo y empezar a jugar con él que lo reconoció como Borja, el primo de Álvaro y Carolina que había conocido en la sierra, pero dejó de prestarles atención en cuanto las ministras empezaron a hablar.
Verlas explicando lo que era la diversidad, la igualdad y predicando la «tolerancia al diferente» hizo que le hirviera la sangre en las venas.
La hipocresía de las dos ministras parecía no tener límite: no creían en la igualdad, castigaban la diversidad y, si creían que alguien necesitaba que ellas «los tolerara», es que en realidad no habían entendido nada.
Volvió a mirar a Dante, que escuchaba la ponencia y asentía de vez en cuando, como si su tía estuviera siguiendo al pie de la letra un guion que él mismo había escrito.
Mientras aún escuchaba la ponencia, Leo empezó a escribir: «Dijo Simone de Beauvoir que bastaría una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres volvieran a ser cuestionados.
Que los derechos adquiridos nunca se consolidan plenamente y que, por eso, las mujeres deberían permanecer vigilantes toda su vida.
El tiempo le ha dado la razón: las feministas luchan ahora contra una ola reaccionaria que vuelve a poner en tela de juicio derechos que ya se daban por sentados, como el aborto, y que aspira a devolver a la mujer al hogar.
Pero, ¿qué decir de los derechos que hombres y mujeres homosexuales y bisexuales han peleado por conseguir en los últimos cincuenta años?
La advertencia de Madame de Beauvoir se aplica también a esas conquistas que, bajo el peso de la marea de extrema derecha que asola Occidente, empiezan a retroceder.
El activismo LGTBI es, por lo tanto, más necesario que nunca.
No podemos bajar la guardia cuando la Ministra de Igualdad y Políticas Sociales suelta eslóganes como “ni feminismo ni machismo, sino igualdad" o “todas las violencias son igual de dañinas”.
Estas citas, textuales de la ponencia de hoy en el panel «Instituciones y Diversidad», muestran no solo la ignorancia de la señora ministra, sino su desinterés por las violencias estructurales.
El Gobierno planea reformas como la derogación de la ley sobre violencia de género para convertirla en una ley genérica contra la violencia doméstica; o eliminar del código penal los agravantes por delitos de odio bajo el pretexto de que toda agresión, independientemente de su causa, es igualmente punible».
Leo cerró el portátil, quedando satisfecho con el encabezamiento y planteamiento de su artículo.
Ya lo terminaría al final del día. Apoyó la espalda contra el respaldo de la silla de la tribuna de prensa, estirando las piernas.
A su alrededor, el murmullo de los aplausos finales y el movimiento de las cámaras indicaban que la ponencia había llegado a su fin y Leo sabía que había un momento de descanso antes del siguiente acto.
Recogió sus cosas con algo de prisa, necesitado de una dosis de cafeína.
Para cuando llegó al patio central, este era un hervidero de gente mientras las camareras iban repartiendo cafés y tentempiés. Germán se le acercó mientras aún estaba revisando sus notas.
—Si tu intención era enfadar a alguien con tu crónica de ayer, lo has conseguido —comentó, entregándole un café en vaso de cartón.
—Si mi intención fuera hacer amigos entre los políticos, no estaría haciendo bien mi trabajo —repuso, guardando su móvil y aceptando el café.
—Ahí es donde tu desempeño y el mío difieren. —Germán revolvía su bebida con un palito de madera—. Tú tienes que ser combativo y crítico. Yo tengo que ser servicial y discreto.
Leo lo observó.
—Nunca me ha dado la sensación de que te cueste ser servicial.
—Y a mí nunca me ha dado la sensación de que a ti te cueste ser combativo. Sobre todo con las políticas conservadoras.
—Supongo que a ti te costaría más hacer tu trabajo si el gobierno fuera progresista…
—Ya trabajaba para el Ministerio de Cultura en la anterior legislación —dijo sin confirmar o negar nada.
—¿Y?
—Y nada. Mi trabajo es servir a los administradores del Ministerio de Cultura. Y siempre intento hacerlo lo mejor posible.
—Pero si la ministra te gusta, lo haces con mayor placer.
—Es indudable que eso es así. Trabajar para alguien a quien admiras es siempre una enorme satisfacción.
—En ese momento, Dante pasó cerca de ellos y los saludó con un leve asentimiento de cabeza—.
Por cierto —musitó Germán en cuanto lo perdieron de vista—, la jefa de organización me confirmó que la acreditación de Dante Valcárcel fue una incorporación de última hora.
Era cierto lo que te dije el jueves: no estaba previsto que asistiera al foro.
Leo levantó las cejas.
—¿Tienes alguna exclusiva que darme, Collado? ¿Qué hace el sobrinísimo aquí de repente? ¿Alguna crisis que tenga que resolver?
Germán se encogió de hombros.
—¿De verdad crees que traicionaría la confianza puesta en mí si fuera partícipe de ese tipo de información?
Leo fue a insistir, pero el móvil de Germán los interrumpió.
—Es Lucas —dijo, antes de contestar—. Hola, querido. Sí, todo muy bien. Leo está aquí conmigo. Por supuesto, espera solo un segundito de nada. Quiere hablar contigo. —Le pasó el teléfono.
La voz alegre de Lucas le estalló en los oídos.
—¡Eh, amigo! ¿Cómo va el reporterismo de guerra?
Leo rio con ganas.
—Aquí estamos, guardando las trincheras.
—Acabo de leer tu artículo de anoche. De traca.
—Ya me han informado de que me he hecho algunos enemigos —bromeó, guiñándole un ojo a Germán—. Si esta noche nadie intenta asesinarme, me sentiré muy decepcionado.
Lucas soltó una carcajada.
—Cuéntame algún chisme, anda. Algo que no puedas poner en un artículo.
—A ver… —Bajó la voz, se apartó un poco de los demás y se tapó la boca con la mano—. Vi a una de las asesoras de comunicación y a un diputado del grupo mixto saliendo juntos, y algo despeinados, de una de las salas auxiliares.
—Por favor, dime que sabes quiénes eran —dijo Lucas, divertido.
—Por supuesto que lo sé, pero no pienso decírtelo gratis.
—¿Qué más?
— Mmmh … Anoche vi a un consejero autonómico, completamente borracho, despotricar sobre las «políticas de diversidad» de su propio partido. Luego vomitó en una papelera .
—Es que hasta ellos saben que sus políticas son una broma. ¿Algo más?
Leo dudó un momento.
—Dante está aquí.
—¿Y? ¿No debería estar? —se extrañó Lucas.
—No. No se le esperaba. Germán me acaba de confirmar que fue una incorporación de última hora. Me pregunto qué tramará.
—¿Has hablado con él? ¿Te ha preguntado por Lara o algo?
—No, no hemos hablado. Lo he visto pasar y nos hemos saludado de lejos, nada más.
—Mejor —sentenció Lucas—. Pásame de nuevo con Germán, anda.
—Claro. Hasta luego.
Le devolvió el teléfono a Germán y este siguió hablando unos minutos. Tras colgar, miró la pantalla del móvil, tecleó algo rápidamente y se giró hacia Leo.
—El encuentro en la sala VIP está a punto de empezar. ¿Sigues interesado en que te presente a doña Cayetana?
Leo asintió, pero luego pareció dudar.
—¿No será ella una de las enemigas que me hice con mi artículo de anoche?
—No te preocupes —repuso Germán con toda la seriedad de la que era capaz—. Cayetana es, ante todo, una gran profesional y trata a todo el mundo con la ecuanimidad que se merece.
—Me tomaré eso como un sí.
Germán le sonrió con cierta condescendencia.
—¿Quieres o no?
—Por supuesto que quiero. Vamos.
Se dirigieron hacia una de las pequeñas salas que se habían habilitado para encuentros informales y entrevistas privadas.
Dos agentes de la Policía Nacional custodiaban la puerta, y les pidieron las identificaciones antes de franquearles el paso.
Luego, Germán tuvo que hablar con la mujer que coordinaba el encuentro, que tras unas palabras los dejó entrar.
Cayetana Valcárcel estaba en el centro de un pequeño corrillo, sosteniendo una taza de té de porcelana. Al verlos aparecer, su mirada se posó en Germán.
—Hola, Germán, querido .