Orgullo* Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

—Ya. Álvaro Soriano no se portó nada bien con Lara. No me extraña que les hayas cogido antipatía —Germán sonrió con ironía—. No estés nervioso, Leo. Cualquiera diría que te estás preparando para luchar contra el enemigo.

—Sabes perfectamente que, a diferencia de ti, yo estaré como pez fuera del agua.

Germán hizo un gesto de la mano, como quitándole importancia.

—También habrá políticos de izquierda.

—No me refiero a eso.

Germán sonrió de medio lado.

—Ya lo sé. Lo bueno es que no vas a estar solo. Tendrás a un amigo contigo.

Leo sonrió también, aún un poco sorprendido de que eso le resultara reconfortante.

Leo se despertó temprano a la mañana siguiente, se vistió, cogió todo lo que creía necesitar y salió de su habitación.

La luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas de lino y el piar de los pájaros, en algún árbol cercano, se colaba por las ventanas.

Casi parecía mentira que estuvieran en pleno centro de Madrid.

Germán ya estaba listo en la cocina. Llevaba un traje de corte impecable en gris marengo y una corbata de seda. Estaba terminando de preparar una cafetera de émbolo mientras repasaba algo en su tablet.

—Buenos días. Tienes tostadas y mermelada de higos en la mesa. Es de la finca de mis tíos en Extremadura —dijo Germán sin levantar la vista, con su habitual eficiencia matutina.

—Gracias. Menudo despliegue —silbó al ver el desayuno que el funcionario había dejado dispuesto.

Desayunaron en un silencio cómodo, solo roto por el tintineo de las cucharas. A las nueve en punto, tal como habían acordado, salieron del edificio.

El paseo fue corto, pero sirvió para que Leo terminara de despertar.

Cruzaron el Paseo del Prado, donde el tráfico ya empezaba a espesarse, y subieron por la calle de Cervantes hacia el Barrio de las Letras.

A medida que se acercaban a la calle de San Sebastián, el ambiente se transformaba.

Los camiones de las unidades móviles de televisión ocupaban los carriles laterales y agentes de la Policía Nacional con chalecos reflectantes patrullaban las esquinas.

Frente al Palacio de Tepa, el despliegue era total. Una enorme lona con el nombre del Foro cubría parte de la fachada neoclásica.

—Aquí nos separamos —dijo Germán al llegar a la puerta—. Yo entro por el acceso de invitados y autoridades. Tú tienes que ir al mostrador de prensa, a la derecha del patio principal. Nos vemos en el café de las once. Suerte, amigo mío.

—Gracias. —Leo se ajustó la mochila y se dispuso a pasar el control de seguridad y luego fue al mostrador de prensa a recoger su acreditación. El rectángulo de plástico blanco con el logo de LaRedacción.es le daría acceso a las ponencias hasta el final del Foro, el domingo a las dos de la tarde.

Se adentró en el atrio del hotel. El patio central, cubierto por una impresionante cúpula de cristal, estaba lleno hasta la bandera.

El aire olía a café recién hecho, a flores frescas y a perfume caro.

Políticos de diversas regiones y colores se saludaban, mientras las azafatas uniformadas guiaban a los asistentes hacia las salas de ponencias.

Leo abrió la app de notas de su móvil y empezó a apuntar detalles y nombres y a hacer una somera descripción del ambiente que estaba percibiendo. Luego, entró en el canal de Shack de La Redacción y subió una foto del atrio bajo el lucernario.

«Ya en posición. El despliegue es masivo», tecleó.

Casi al instante, Marta, la community manager , reaccionó a su mensaje con el emoji de un pulgar hacia arriba; la señal de que ya estaba lista para empezar a lanzar contenido.

En la columna de contactos, vio que Leguina y el subdirector también estaban conectados.

Leo sabía que no iban a escribirle a menos que algo pasara, pero sentir su presencia al otro lado de la pantalla le recordó que cada palabra que escribiera iba a ser analizada con lupa.

Guardó su móvil, siguió avanzando, pero algo le hizo mirar hacia arriba. En la primera planta, donde una balaustrada de madera recorría todo el perímetro del patio, había un grupo de hombres hablando en voz baja. Uno de ellos lo miraba.

Era Dante Valcárcel.

Llevaba un traje gris hecho a medida, el cabello perfectamente peinado y las gafas impolutas.

Escuchaba a un hombre mayor con gesto serio, pero sus ojos estaban clavados en Leo, abajo, en el patio.

No parecía sorprendido de verlo, sino más bien todo lo contrario, casi parecía haber estado esperándolo.

Leo le sostuvo la mirada con una fijeza casi agresiva, sintiendo cómo el ruido de las risas, los flashes y las conversaciones de su alrededor se convertía en un zumbido sordo.

Dante hizo un leve, casi imperceptible gesto de saludo con la cabeza y desvió de nuevo la vista hacia su interlocutor.

—Por supuesto que me iba a topar con este tío… —masculló Leo por lo bajo, sintiéndose como un idiota por no haber previsto el encuentro.

Dante estaba allí. Y, por la forma en que lo había mirado, Leo supo que aquel fin de semana no tendría que preocuparse tan solo de las políticas inclusivas, sino de ganar de una vez por todas esa guerra personal que ambos libraban desde el día en que sus ojos se cruzaran por primera vez.