Orgullo* Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Desaparece de mi vista, borracha.

Ella le sacó la lengua y se encerró en su habitación.

Leo se dirigió al baño, orinó y decidió seguir el consejo que le había dado a su hermana. Se duchó, se afeitó y luego decidió que necesitaba otro café antes de seguir trabajando.

Cuando llegó a la cocina, su madre se estaba sirviendo café recién hecho. Con la bata mal anudada, la cara algo hinchada y el pelo aún sin peinar, estaba de lo más bonita. Leo se acercó y le dio un achuchón.

Maribel rio como una adolescente.

—Hola, cariño. ¿Quieres café?

—Sí, por favor.

Leo dio la vuelta a la isla de la cocina para sentarse frente a ella.

—¿Era Lidia la que oía llegar antes? —preguntó como si tal cosa. Leo asintió—. No sé qué hacer con ella.

—Dicen que las academias militares dan muy buenos resultados —repuso él, probando su café.

Maribel negó con la cabeza. Sabía que él estaba de broma, pero ninguno de los dos tenía ánimos para reírse del tema.

—Voy a hacerte una tostada, para que comas algo. Creo que has perdido algo de peso —observó.

—Ya, es que no estoy haciendo tanto ejercicio como antes.

—Si fuera por eso, habrías engordado, en vez de…

—No, porque pierdes masa muscular y… —empezó a explicar, pero su madre lo miró como si estuviera hablando chino—. ¿Sabes qué? Hazme dos tostadas.

—Eso quería oír yo…

Maribel se puso a canturrear mientras preparaba el desayuno.

Leo se quedó sentado, desbloqueó el móvil y se puso a revisar sus redes.

Suspiró, aburrido. Últimamente, las redes sociales le daban una pereza tremenda.

Dejó aparcado el móvil y empezó a hojear la revista que su madre había estado leyendo.

Leyó un par de titulares, miró las fotografías, pasando las páginas sin interés alguno, hasta que una noticia llamó su atención.

Siempre discreto y hermético con su vida privada, Dante Valcárcel vuelve a despertar rumores sentimentales en la capital.

El asesor político, considerado desde hace años uno de los hombres más influyentes y atractivos del entorno gubernamental, fue visto el pasado jueves abandonando una cena privada en el exclusivo restaurante Arzakana junto a una conocida abogada y filántropa madrileña.

Aunque ambos entraron en el local por separado, varios testigos aseguran que compartieron velada durante más de tres horas en uno de los reservados del establecimiento. A la salida, no quisieron posar juntos, pero fueron captados por varias cámaras.

No es la primera vez que se relaciona a Valcárcel con figuras femeninas de alto perfil, aunque él jamás ha confirmado públicamente ninguna relación sentimental. De hecho, quienes lo conocen aseguran que «es muy celoso de su vida privada».

Tras unos meses alejado del foco mediático, su reciente reaparición en distintos actos institucionales ha vuelto a despertar el interés social alrededor de una de las figuras más enigmáticas de la política madrileña.

¿Estamos ante la pareja sorpresa de la temporada?

La noticia venía acompañada de una fotografía en la que se veía a Dante junto a una mujer alta y morena.

Ambos salían del mencionado restaurante y miraban con desconcierto y malestar a las cámaras que les fotografiaban.

La mujer caminaba algo adelantada a Dante y el asesor tenía una mano posada en la parte baja de su espalda.

Leo se quedó mirando la fotografía mientras una miríada de pensamientos se le pasaba por la cabeza.

Pensó en Carolina y en la suposición de Lara de que ella lo sabía todo.

Pensó en si Dante seguiría empeñado en salir con mujeres para engañar a todo el que pusiera el ojo en él.

Pensó si mantenía en secreto algún amante, si habría algún hombre, en alguna parte, que al ver esa misma fotografía pensara en la injusticia que suponía que nadie pudiera relacionarlo sentimentalmente con Dante.

Una llamada en su teléfono móvil le devolvió al mundo real.

Era Quique Leguina. Cerró la revista de golpe y contestó.

—Hola, Quique —dijo.

—Hola. Siento llamarte en fin de semana.

—No pasa nada. ¿Qué ocurre?

—Quiero preguntarte algo que… Sé que sueles escribir sobre activismo y diversidad y me preguntaba si pensabas ir al Foro de Políticas Inclusivas del próximo fin de semana .

—No, no pensaba ir, pero sí escribir una columna de opinión sobre lo que se diga ahí. Porque seguro que voy a tener una opinión al respecto.

Quique rio.

—Lo sé, pero estaba pensando… ¿Y si no te limitas a opinar y cubres el evento?

—¿Quieres una crónica? —se extrañó.

—Sí. Quizás ya es hora de que dejes de ser un  freelance , Leo. La Redacción es tu casa. Si tú quieres, claro.

—Espera. ¿Me estás ofreciendo un contrato?

Al escuchar eso, Maribel se paró en seco para mirarlo.

—Sí. Supongo que sí. —Hubo un segundo de silencio—.

Mira, Leo, yo sé que tu marca incluye cierto nivel de individualidad y que escribes desde la más absoluta independencia.

Y no quiero que pierdas eso: no quiero que dejes de escribir tu columna y de expresar tu opinión.

Pero sé que eso no es lo único que puedes aportar a este periódico.

Leo se reclinó sobre el asiento del taburete. Maribel seguía mirándolo, expectante, con una espátula en la mano.

—Mamá, que se queman las tostadas.

Eso pareció sacar a Maribel de su trance y siguió a lo suyo, pero con un ojo puesto en su hijo.

—¿Leo?

—Perdona, Quique, sigo aquí.

—¿No se han quemado las tostadas? —bromeó.

—Por suerte no. Pero un par de mis neuronas se han quedado fritas.

El director del periódico rio de nuevo y Leo le imitó.

—Mira, Leo, hagamos una cosa: cubre el foro.

Será un fin de semana de mucho curro, y se te será pagado como corresponde, pero sin compromisos de ningún tipo.

Así la jefa de política y yo podremos valorar tu trabajo más allá de tu columna semanal y tú puedes ver si este es un trabajo que te gustaría hacer más a menudo. ¿Qué te parece?

—Me parece bien —dijo con cautela.

—Pues no se hable más. Vente el martes a mi despacho. Te daré la información necesaria para el foro. No te voy a cubrir estancia, porque vives en Madrid, pero sí los desplazamientos, ¿vale?

—Vale.

—Venga, pues hablamos el martes.

Y colgó. Leo levantó la mirada. Maribel estaba delante de él con un plato de tostadas un poco requemadas y no apartaba la vista de él.

—El director del periódico quiere que cubra un foro político el próximo fin de semana —empezó a explicar—. Y prácticamente me dijo que quería que trabajara para él.

Maribel soltó el plato y se abalanzó hacia él para abrazarlo.

—Oh, hijo, eso es maravilloso. —Se apartó un poco de él, pero aún sujetándolo por los hombros—. Pero que te dé un puesto fijo. Se acabó eso de andar buscándote la vida con tanto libro y tanto podcast.

Leo sonrió.

—No le puedo pedir un contrato fijo, así a la primera de cambio.

—¡Pues contrato fijo, o nada! —estalló ella—. ¿Cuántos años llevas escribiendo columnas para ese periódico? Casi ocho años. Aprovechándose de ti porque eres freelance . Que te dé un contrato de verdad, o te vas con tu columna a otra parte. Habrá que ver, qué abuso tan grande…

Y Maribel siguió quejándose mientras untaba las tostadas, se servía otro café y se sentaba a desayunar, pero Leo ya no la estaba oyendo. Estaba demasiado contento para escuchar las constantes preocupaciones de su madre.

Aquella tarde, Leo les contaba a sus amigos lo que había ocurrido. Estaban los cuatro en La Estrella, tomando unas cañas, y Leo narró la conversación telefónica con el director del periódico.

—Pero eso es fantástico, Leo —dijo Lucas.

—¿Lo es? —preguntó Lara—. Lo siento, Leo. Sé que te hace ilusión, ¿pero no te estarías vendiendo al sistema contra el que tanto luchas?

Leo miró a su amiga, cuyas opiniones se habían ido haciendo más y más cínicas a medida que pasaban los meses.

—En parte sí. Pero la objetividad cero no existe. Y Quique me ha prometido independencia y libertad para seguir opinando lo que quiera.

—Ya, eso dicen todos.

Leo y Lucas intercambiaron una rápida mirada, pero ninguno dijo nada.

—¿Vas a alojarte en algún hotel cercano? —intervino Germán, que bebía cerveza y comía cacahuetes como si fuera uno más. A veces, Leo se sorprendía pensando que hubo una vez en la que el funcionario del ministerio no había sido parte del grupo.

—No. Leguina dice que no me van a cubrir alojamiento, solo desplazamientos.

—Pues menuda paliza. Estar yendo y viniendo del centro todo el rato —opinó Lara.

Leo se encogió de hombros.

—Es lo que hacemos siempre.

—Sí, pero piensa que vas a estar tres días metido, desde la mañana hasta la noche, en un foro lleno de políticos, paneles, discursos…

—empezó a explicar Germán—. Y luego añade las horas que tendrás que quedarte al finalizar el foro, para hablar  off the record  con algún político, meterte en charlas informales, tomarte una copa con alguien para hacer contactos…

¿Qué? —preguntó al ver que todos lo observaban con atención.

—Pareces saber mucho de eso, cariño —le dijo Lucas, tan sorprendido como el resto.

—Suelo asistir a ese tipo de foros. Me gustan —se excusó—. Ya tengo mis acreditaciones para este fin de semana.

—¿Vas a ir al Foro de Políticas Inclusivas? —preguntó Leo.

—Claro. Es un tema sumamente interesante. Se me acaba de ocurrir una idea: ¿por qué no te quedas en mi casa este fin de semana? Está solo a diez minutos caminando del palacio de Tepa y podemos ir y venir juntos. Y, si me permites que te lo diga, mi compañía puede abrirte muchas puertas.

—¿En serio? —Leo esbozó una risita de burla.

—En serio. Yo sé que aún no me crees cuando lo digo, pero conozco a gente importante.

Leo miró a Lucas, como pidiéndole su opinión.

—A mí me da igual. —Lucas se reclinó en su silla y cruzó con indolencia los brazos tras su cabeza—. Mientras no me levantes el novio…