Capítulo 10
Capítulo
Diez
Eran apenas las siete y media de la mañana, pero ya era pleno día. El sol de la recién inaugurada primavera se derramaba sobre la cama deshecha proveniente de la ventana, pero Leo aún tenía la lamparita de su escritorio encendida mientras tecleaba con rapidez en su portátil.
Su cuarto era un caos: sobre la mesa había un fajo de papeles impresos, una carpeta llena de documentos, una libreta garabateada con notas y dos tazas, una aún tibia, la otra con restos de café seco de la tarde anterior; había ropa limpia y doblada en una palangana en el suelo, junto al armario medio abierto que dejaba entrever prendas mal colocadas y caídas de sus perchas.
Un calcetín asomaba de un cajón mal cerrado.
Sobre la butaca había una montaña de ropa ya usada y esperando ser o bien guardada de nuevo, o bien tirada al cesto de la colada.
El propio Leo no tenía mucho mejor aspecto.
Llevaba al menos tres días sin afeitarse y sin lavarse el pelo y tenía una enorme necesidad de darse una ducha.
Estaba pálido, parecía agotado y unas pronunciadas ojeras oscurecían sus brillantes ojos azules.
Aún vestía su pijama, una camiseta vieja del festival de Glastonbury y unos pantalones de algodón liviano, como si hubiera saltado de la cama para ponerse a escribir.
Porque eso era precisamente lo que había hecho.
Estaba en la fase final de la escritura de su nuevo libro: «Camuflaje arcoíris: pinkwashing en la nueva derecha»: un proyecto nacido de la rabia y de la pasión, y en el que se había volcado en los últimos meses, desde que su editor le diera el visto bueno a finales de noviembre.
Mientras escribía, el calendario había seguido avanzando, implacable.
Noviembre se esfumó entre la ilusión de empezar el proyecto y el peso de la planificación; diciembre desapareció bajo montañas de bibliografía; enero pasó de largo entre noches en vela donde el frío de Madrid se colaba por las rendijas de la ventana.
Febrero fue un borrón de cafeína y falta de sueño.
Para principios de marzo, el primer borrador estaba terminado y los problemas de estructura identificados, y empezaba la monumental tarea de la reescritura.
Y mientras tanto, Leo había seguido con sus columnas, su podcast, su contenido en redes… Pero tampoco habían sido meses de aislamiento total. Aunque el ensayo absorbía una considerable parte de su tiempo, la vida seguía y Leo se negaba a no estar presente en ella.
Había acompañado a Lara en el duro proceso de superar un amor que no sabía por qué se había acabado.
Tras su discusión con Leo en el estudio de PodStand, no se había vuelto a saber nada más de Álvaro.
Había bloqueado a Lara en su móvil y en redes sociales y se negaba a ponerse en contacto con ella.
Como precaución, Álvaro también había bloqueado a Leo y a Lucas.
Hasta Leo tenía que confesar que ese ghosting tan brutal parecía un poco extremo para un hombre que no había sido más que amabilidad y cordialidad hasta aquel momento, pero había cometido el error de olvidarse de Lidia, que a veces curioseaba en su perfil de Instagram.
Decía que apenas publicaba fotos de sí mismo, que cuando lo hacía, no tenía buena cara; que todas sus stories eran de poemas de desamor y que hacía repost de esos reels que te dicen con voz en off frases inspiradoras mientras te muestran imágenes del mar.
Todo ello hablaba de un corazón roto, pero no hacía que se pudiera defender su comportamiento.
Lara, que había transitado primero una temerosa esperanza, luego un desconcierto abismal y, finalmente, el rencor más absoluto, se negaba ahora a hablar de él y se había volcado en una nueva serie de retratos de óleo en blanco y negro que la tenían absorbida por completo.
Había sido testigo de cómo la nueva relación de Lucas se afianzaba y de cómo Germán se hacía un hueco en sus vidas con una naturalidad pasmosa.
Ahora, sus ocasionales salidas nocturnas eran siempre en compañía de la flamante pareja y Leo tenía que reconocer, con una mezcla de remordimientos y orgullo, que el funcionario era ya un amigo más.
Y sí, seguía pareciéndole un pasmarote, un estirado y un pedante, pero ahora observaba sus peculiaridades con un cariño que nunca pensó que sentiría por él.
Quizás eso se debía en gran parte a lo feliz que parecía estar Lucas, al brillo que había en su mirada cada vez que estaban los dos juntos.
Y Leo, quizás contagiado de la armonía que desprendían, ya no buscaba desahogos vacíos en Peckr o en El Disturbio, sino la inocente distracción de una tranquila velada con sus amigos.
Tampoco era que tuviera tiempo para mucho más, en todo caso.
También había visto cómo Lidia parecía involucionar a los peores años de su adolescencia: se fugaba de clase, suspendía asignaturas y había dejado de pasarse tan a menudo por el Beautifuck.
Ya no parecía interesada en aprender una profesión, sino en emborracharse y salir de fiesta con su nueva amiga, una modelo de ropa interior llamada Sheila.
Leo la veía cruzar el pasillo a horas intempestivas, con cara de resaca y siempre pegada al móvil.
Cada vez que Leo intentaba ejercer de hermano mayor, se topaba con un muro: «Que me dejes en paz.
Ni que fueras mi padre», le había espetado la última vez que había intentado hablar con ella.
Leo se había girado hacia su madre en busca de apoyo, pero igual que unos años antes, cuando Lidia pasara una intensa época de rebeldía, Maribel no sabía o no podía lidiar con el comportamiento de su hija pequeña.
En parte, Leo se sentía como un espectador en la orilla, viendo cómo la vida de los demás tomaba forma mientras la suya se quedaba suspendida en las notas al pie de página de su ensayo.
Y luego, estaba Oliver.
A veces, Leo lo veía caminar por el barrio o lo saludaba desde la distancia en algún local nocturno en el que coincidían.
Tras su única y fallida cita, Oliver había insistido en volver a quedar, mostrando un interés en Leo que él no se veía capaz de corresponder.
A veces, cuando recordaba lo que había ocurrido en aquel baño, le embargaba una sensación rara, como si de nuevo sintiera su mano apretándole el cuello.
Cuando racionalizaba lo que había pasado, sabía que no cambiaría sus acciones de aquella noche ni lo ocurrido entre ellos, pero también sabía que no quería repetirlo.
Oliver se tomó su rechazo con bastante ecuanimidad y quedaron como «amigos», aunque ninguno de los dos esperaba ya nada del otro.
Las primeras veces que se encontraron después de eso fueron algo tensas, sobre todo por parte de Oliver, que parecía no saber cómo comportarse en su presencia, pero luego la cosa cambió.
Oliver florecía; no podía describirse de otra manera.
Se lo veía muy guapo, bien vestido, con una seguridad arrolladora y alguna vez Leo lo había visto tecleando en su móvil con una sonrisa tontorrona en el rostro.
La última vez que se encontraron, Oliver le confió que había arrancado un nuevo proyecto profesional y que estaba con alguien.
Esperaba de verdad que todo le fuera bien y que saliera por fin del pozo en el que Dante Valcárcel lo había metido.
Leo soltó un pesado suspiro y se frotó los ojos con el dorso de la mano, sintiendo el rastro áspero de la barba de varios días.
Releyó el último párrafo en la pantalla, pero las palabras empezaban a bailar ante su vista.
A pesar de estar recién despierto, se sentía cansado, pero no podía parar.
Su editor tenía razón: al libro le faltaba algo.
La estructura era sólida y sus argumentos demoledores e irrefutables, pero carecía de ese punch .
Un cierre. Una conclusión que no fuera solo teoría, sino algo que golpeara las tripas del lector.
Se quedó mirando el cursor, ese palito intermitente que parecía estar burlándose de él. «Camuflaje Arcoíris» estaba ahí, casi ensamblado. Solo le faltaba un corazón que le diera la chispa de la vida.
De pronto, el silencio del piso se rompió.
El sonido de una llave girando con torpeza en la cerradura de la puerta principal retumbó en el pasillo, seguido de un golpe seco contra la pared y una risilla ahogada que Leo reconoció al instante.
Se levantó y se asomó a la puerta de su cuarto para ver a Lidia tambaleándose por el pasillo, el vestido descolocado y manchado, el rímel corrido y los tacones en la mano. Se detuvo en seco al verlo.
—Lo siento. No te quería despertar.
Leo se apoyó en el marco de la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho.
—A las siete y media de la mañana es difícil que me despiertes —repuso, muy serio.
Lidia soltó una risita.
—Ya, es supertarde. ¿O es muy temprano?
—No voy a tener una conversación de borrachos contigo.
Lidia rodó los ojos .
—Ya no estoy borracha. —Un hipo se le escapó, quitándole la razón—. Bueno, un poco sí, pero será residual.
—Residual —exclamó Leo con ironía—. Si puedes decir palabras complejas, es que puedo dejar de preocuparme de que vayas a tener un coma etílico.
—Mira que eres idiota.
—¿Dónde has estado? Mamá estaba preocupada anoche.
— Tsk . Le dije que iba a llegar tarde. Pero estaba bien. Nos fuimos de marcha y luego Sheila y yo fuimos a su casa a dormir un rato…
—No tienes pinta de haber dormido nada.
Lidia no se dejó amilanar, sino que lo observó de la misma manera juiciosa en la que su hermano la miraba a ella.
—Tú tampoco.
Leo cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados. La mandíbula se le tensó.
—Vete a darte una ducha, anda.
—Luego. Me voy a la cama primero. —Avanzó por el pasillo y, cuando llegó a la altura de Leo, le susurró—. Tienes razón: no he dormido nada.
La sonrisa desafiante de Lidia le disuadió de seguir preguntando. Sabía que solo quería provocarlo. Pero ella ya era mayorcita para meterse en la cama con quien quisiera.