Capítulo 9 #4
Leo se acomodó en su cama.
—Me lié con alguien —aclaró—. En los baños de El Disturbio.
— Mmmh , déjame adivinar: ¿el tal Oliver?
—Bingo —dijo.
—¿Y qué pasó?
—Que el colega tiene más red flags que la playa de Tiburón , y yo decidí ignorarlas todas hasta que me corrí a gusto.
—Pues eso que te llevas pa'l cuerpo.
—Ya, pero…
—¿Pero qué?
Leo chasqueó la lengua.
—¿Sabes cuando estás con alguien y notas que no… Que la cosa no fluye como debería?
—Pero si me acabas de decir que, y cito, te corriste a gusto.
—Lucas, tío, anoche tuve el orgasmo más brutal de toda mi existencia. —Leo se sentó en la cama y su cabeza protestó. Decidió ignorarla—. Se me doblaron las rodillas de puro gusto y si no me llega a estar agarrando, me caigo al suelo.
—¿Qué dices?
—Casi me desmayo.
Hubo un momento de silencio.
—Joder, ¿qué te hizo para que…? Espera, no lo quiero saber. ¿Y por qué dices que la cosa no fluyó?
—No lo sé. Luego me sentía mal.
—¿Emocionalmente? —tanteó Lucas.
—Físicamente. Me sentía enfermo.
—¿De lo fuerte que te corriste, te sentías enfermo? Ahora sí que quiero detalles.
Leo rio. Se sentó a lo indio con las piernas cruzadas.
—No quiero seguir hablando de mí y mi superorgasmo. Quiero que me hables de ti. ¿Cómo lo pasaste con Germán? ¿Qué hicisteis la otra noche?
Lucas suspiró.
—Te vas a reír de mí .
—No me reiré. Lo juro.
Lucas empezó a relatar la cita, que comenzó por un paseo en barca por El Retiro, pasó por una cena en un italiano y terminó en un local intimista donde podías beber cafés de especialidad y licores con jazz ambiental.
—Me lo pasé genial —confesó al final con una sonrisa—. La foto del Insta fue en el Il Café , el sitio que te dije. Tenemos que ir una noche. Sé que te gusta salir a bailar, pero es tan agradable sentarse a charlar con un, no sé, café con whiskey en las manos.
—Café con whiskey, eso suena de maravilla. ¿Y qué pasó luego?
—Me trajo a casa. —Lucas calló un momento.
—¿Y? —lo animó Leo.
—Y nos besamos —confesó al final.
—Bien —dijo Leo. De repente, la idea de Germán con su mejor amigo ya no le parecía tan descabellada—. ¿Y luego?
—Luego discutí con mi mejor amigo.
—No, idiota. No me refería a eso.
Lucas rio. Se le notaba contento.
—Ya lo sé. Estuvimos mensajeándonos ayer. Anoche me llamó. Vamos a vernos el miércoles un rato, creo que iremos al cine.
—Tu madre está ilusionada —dejó caer.
—Ya, ya lo sé. Yo también, para qué mentirte. Espero no llevarme un palo.
Leo asintió lentamente.
—Yo también lo espero.
El lunes por la tarde, Leo se dirigió a la oficina de su editor para seguir repasando las ideas para su nuevo libro y luego fue a los estudios de PodStand.
Llegó un rato antes de tiempo, y asistió a la grabación de Radio RadFem desde la cabina de sonido, viendo trabajar a Susana mientras bebía café recalentado.
Todavía se sentía algo lento, como si sus reflejos no se hubieran recuperado del todo de la noche del sábado, y pensó que a eso se debía referir la gente cuando decían que, con la edad, se empezaban a llevar cada vez peor las resacas.
En cuanto Carmen terminó la grabación de su programa, Leo se hizo con el estudio y empezó a disponer sus cosas sobre la mesa mientras Susana cambiaba los logos de las pantallas que había tras él y cargaba la escaleta en el software de reproducción.
La puerta se abrió y una de las secretarias entró en el estudio.
—¿No ha llegado Lara? Hay alguien preguntando por ella.
—¿Quién?
La chica consultó una nota que llevaba en la mano.
—Un tal Álvaro Soriano.
—Déjale subir, es su novio.
La chica asintió antes de salir. Por el micrófono, Susana le preguntó:
—¿No me digas que voy a tener que aguantar al noviete en la cabina de sonido?
Leo la miró y se encogió de hombros.
Álvaro apareció en la puerta. Llevaba una caja de cartón entre las manos y no tenía muy buena cara, que digamos. Esbozó una microexpresión de alivio al ver que Lara no estaba ahí.
—¿Qué tal, Álvaro?
— Emmm —el joven parecía descolocado—. Quería hablar con Lara antes de… Bueno, ya sabes.
—Tiene que estar al llegar. —Miró con curiosidad la caja de cartón, luego escrutó el rostro de Álvaro—. ¿Va todo bien? —El pelirrojo negó con la cabeza y Leo vio venir sus intenciones—. Tío, no seas cabrón, no la vayas a dejar así… Aquí, en mitad del estudio —le advirtió.
Álvaro evitó su mirada. Dio unos pasos hacia el interior y dejó la caja sobre la mesa, justo al lado del guion que Leo había preparado con tanto mimo sobre «Nuevas masculinidades y responsabilidad».
—Lo siento, yo… Igual mejor se lo dices tú —soltó Álvaro de golpe. Su voz sonaba tensa—. Ya que sois tan amigos, igual no le importará tanto si se entera por ti.
—¿A qué coño viene todo esto?
—No puedo más, Leo. Yo… Esto no es para mí. Yo no soy así, ¿sabes? Pero es que tampoco me merezco…
—¿Y ella se merece que le devuelvas sus cosas y que ni siquiera rompas con ella en persona? —espetó—. Mira, no sé lo que ha pasado entre vosotros, pero …
—Nada —lo cortó él—. Por lo visto, no ha pasado nada. Así que sí. Igual esto es lo mejor.
Leo se quedó mirando la caja. Arriba del todo sobresalía la sudadera favorita de Lara, una que él le había regalado, y un par de libros de teoría feminista que Álvaro juró que se leería para "entenderla mejor".
También había un manojo de llaves que golpeó contra el cartón con un sonido metálico y definitivo.
—Claro, es lo mejor para ti. ¿Es eso lo que me estás diciendo, que rompa yo con ella por ti? —preguntó Leo, sintiendo cómo la rabia le corría por las venas.
—No, no es eso. Pero es que si la veo… —Unas lágrimas se asomaron a los ojos de Álvaro—. Dile que lo siento.
—Díselo tú si quieres —exclamó Leo—. No pienso hacer de recadero de un cobarde como tú.
—Vale. Lo entiendo.
Álvaro asintió, se dio media vuelta y salió del estudio.
—Ese tío es increíble —escuchó exclamar a Susana desde la cabina.
Leo se quedó mirando la caja mientras sentía el aliento que se le atascaba en el pecho.
Pasaron pocos minutos antes de que llegara Lara.
Su amiga no tenía buena cara. El rizado cabello, recogido en su usual y apresurado moño alto, lucía algo más encrespado de lo habitual, y un ligero tono cetrino se había instalado en sus mejillas.
Venía con prisa y sin maquillar, y estaba empezando a soltar una disculpa por su tardanza cuando vio a Leo, de pie en mitad del estudio y la caja de cartón sobre la mesa.
—¿Qué…?
Leo sabía que tenía que decir algo, hacer algo, pero se sentía paralizado. Lara se adentró en el estudio, abrió la caja y sacó sus libros, su sudadera, su cepillo de dientes, como si los viera por primera vez.
—Estas son las cosas que tenía en casa de Álvaro. ¿Las ha traído él? Dime qué te ha dicho —rogó, mirando a Leo—. Dime por qué me devuelve mis cosas, por qué no ha querido hablar conmigo todo el fin de semana.
Leo negó con la cabeza, no tenía respuestas que darle.
Lara se detuvo en seco. Soltó sus cosas, que cayeron en desorden sobre la mesa. Luego también ella se derrumbó. Se dejó caer al suelo del estudio y escondió la cara entre las manos. Un sollozo rasgó el silencio .
Leo se vio impulsado hacia ella. Se tiró a su lado y la abrazó con fuerza mientras su amiga lloraba amargamente.
Susana también entró en el estudio y abrazó a Lara, los tres en el suelo, unidos mientras la joven, con el cuerpo doblado por unos espasmos que le impedían recuperar el aliento, lloraba sin consuelo.
—No puedo —consiguió articular Lara, con la voz rota y húmeda—. No puedo entenderlo, Leo. No sé por qué…
— Shhh .
Leo la apretó más fuerte, sintiendo cómo el temblor de su amiga se le contagiaba mientras las lágrimas empezaban a correr también por su rostro.
Susana estiró la mano y, sin decir nada, pulsó el interruptor de los monitores.
El zumbido eléctrico de los equipos desapareció, dejando el estudio en un silencio sepulcral.
No hubo sintonía, ni presentación, ni consejos para la audiencia.
Solo el sonido de tres personas respirando en la penumbra de una sala insonorizada, donde las paredes de espuma acústica se tragaban los sollozos de Lara como si nunca hubieran existido.