Capítulo 9 #3
Sus propias manos, avariciosas, buscaron el sexo de Oliver y, sin pensar en lo que estaba haciendo, empezó a bajarle la cremallera.
—Espera. —El jadeo estalló en sus oídos. No quería detenerse, pero Oliver le agarró por las muñecas—. Aquí no. Ven conmigo.
Acelerado, jadeante y bastante borracho, Leo siguió a Oliver por el local, agarrado a su mano y sintiendo que aquel único contacto enviaba descargas eléctricas a su entrepierna.
Se adentraron en los baños, que olían a cloro y humedad, y encontraron un cubículo libre.
Era estrecho y oscuro, pero Leo no tardó en volver a estar contra la pared de metal, y un escalofrío le recorrió al sentirla contra la espalda.
Esta vez, cuando abrió la bragueta, Oliver no se lo impidió.
La polla de Oliver se sentía pesada y húmeda contra su mano y Leo la agarró, meneándola con fuerza mientras él mismo agitaba las caderas en busca de alivio. Por un momento, Oliver se centró en corresponderle, liberando su erección de la ropa que la aprisionaba y masajeándolo. Luego paró.
—Dame un momento —pidió. Parecía estar buscando algo en su bolsillo trasero. Por un momento, Leo pensó que iba a sacar un condón, pero lo que apareció en su mano fue un frasco de popper .
—¿Quieres? —le ofreció.
Leo negó y Oliver inhaló con fuerza antes de guardarlo de nuevo.
—¿Ves cómo tenía yo razón y lo arreglas todo con drogas? —le provocó, sin dejar de tocarle.
—No lo arreglo, lo mejoro —respondió.
Oliver se escupió en la mano con procacidad antes de llevarla hasta la entrepierna de Leo y darle un buen par de sacudidas.
—Joder… —gimió.
Dejó caer la cabeza para atrás, apoyando la coronilla contra el metal, y sintió que la boca de Oliver le aprisionaba el cuello, empezando a chuparle. Las manos de ambos seguían moviéndose sobre la polla del otro, cada vez con mayor rapidez, marcando un ritmo insaciable.
—¿Quieres ver hasta dónde llegamos, periodista? —le siseó Oliver contra la piel, subiendo la mano para apretarle la garganta.
Leo, cegado por el deseo, asintió con un gemido.
Entonces, el chupetón evolucionó a una mordida firme y profunda sobre una de sus carótidas y, de repente, el aire pareció volverse espeso, insuficiente.
Leo, en lugar de apartarse, agarró la cabeza de Oliver para apretarla aún más contra su garganta, buscando ese castigo físico que le apagara el cerebro.
La oscuridad empezó a consumir los bordes de su visión mientras el ritmo de las manos de Oliver se volvía una tortura deliciosa y el corazón le iba a toda pastilla.
El orgasmo le llegó como una ola eléctrica que le subió por la espina dorsal y le explotó en los oídos, dejándolo sordo.
Leo gimió hacia el techo, pero no lo escuchó.
Si no hubiera sentido la vibración de la música en todo su cuerpo, habría llegado a pensar que la habían apagado.
Sus rodillas se doblaron y la mano de Oliver, agarrándole firmemente por la cintura, fue lo único que le impidió caer.
—¿Ves que no necesito drogas para mejorarlo todo? —Sentía los labios de Oliver moverse contra su oído, pero su voz parecía provenir de muy lejos.
La boca de Oliver volvió a aprisionarle el cuello, esta vez por el otro lado, a la vez que empezaba a frotarle la polla contra el hueso de la cadera. Se dio cuenta entonces de que, en algún momento de su intenso clímax, le había dejado desatendido.
Aunque todavía estaba apoyado contra la pared, el mareo provocado por el alcohol y la hipoxia hacía que el cubículo diera vueltas.
Leo se aferró a los hombros de Oliver, que seguía usándolo para encontrar placer, frotándose contra él con tanta fuerza que su culo se apretaba contra la pared con cada embestida.
—Te gusta que te dominen así, ¿verdad, periodista? Sabía que tenías un lado salvaje.
La mano que había estado en su cintura bajó para tocarle el culo, mientras que la otra empezó a aprisionarle el cuello, sustituyendo a la boca que había soltado su presa para besarlo.
La intensidad de las embestidas aumentó y Leo sintió el calor del semen derramarse por su cresta ilíaca.
Todo se detuvo. Cuando Oliver soltó su cuello por fin, el aire entró en sus pulmones con un silbido y los sonidos empezaron poco a poco a regresar a él. Abrió los ojos.
Oliver le miraba, aún muy cerca de él, con las pupilas dilatadas por el placer y las drogas. Una mano seguía en su culo, la otra había bajado hasta descansar en su pecho y pellizcaba uno de sus pezones por encima de la camiseta .
—¿Qué tal? —le preguntó.
Leo meneó la cabeza intentando sacudirse el mareo. No lo consiguió.
—No lo sé —dijo. Acababa de tener uno de los orgasmos más intensos de su vida, pero no se encontraba tan bien como había esperado tras semejante experiencia.
—¿No lo sabes? —Había incredulidad en su voz. Se inclinó hacia él y depositó un reguero de besos en su cuello, justo donde le había mordido—. Pero si casi hago que te desmayes del gusto. Y puedo conseguir que lo hagas otra vez —le susurró.
Leo bajó sus manos por los brazos de Oliver hasta que alcanzó su pecho. Lo apartó lenta pero firmemente de sí.
—Dame un momento —pidió. La euforia se había evaporado de golpe, dejando una leve sensación de náusea y una taquicardia que se negaba a ceder. Se sentía al borde de un ataque de pánico—. Necesito salir de aquí.
Se apresuró a subirse los vaqueros, sin preocuparse por el semen ajeno que aún corría por sus caderas, y fue a uno de los lavabos para mojarse la cara y lavarse las manos.
Cuando levantó el rostro, vio por el espejo cómo Oliver le había seguido fuera del cubículo y se recolocaba ahora la ropa. Sus miradas se encontraron.
—¿Qué? ¿Te vienes a mi casa y terminamos? —le soltó.
Leo se frotó el esternón buscando un alivio que parecía eludirle.
—Creo que he bebido demasiado —musitó—. Mejor me voy a casa.
—¿Vas a vomitar?
—No, no es eso.
Oliver se acercó a él y le abrazó por la espalda. Sus miradas se encontraron en el espejo.
—¿Habías practicado alguna vez la asfixia erótica? —le preguntó con suavidad. Leo negó con la cabeza—. Tenías que habérmelo dicho, habría ido con mucho más cuidado. Puede ser muy intenso si no sabes lo que estás haciendo.
—¿Por qué me siento así ahora? —inquirió al reflejo de Oliver. No sabía por qué, a Leo le resultaba más fácil hablarle a través del espejo que girarse para enfrentarse a él.
—Porque tu cuerpo creyó que ibas a morir.
Libera muchas endorfinas, para que no sientas dolor, y por eso te corriste tan fuerte.
Pero puedes quedarte atrapado en un estado de pánico.
Es lo que te está ocurriendo ahora —le explicó al mismo tiempo que le acariciaba apaciguadoramente la espalda—.
Ven a casa conmigo. Puedo darte unas benzos, o maría si prefieres, para que te calmes un poco.
—No, prefiero irme a casa.
—Leo…
—Que quiero irme a casa, joder.
—Como quieras.
Oliver se apartó de él y, por fin, Leo se giró para mirarlo.
Fue entonces cuando se permitió a sí mismo verlo con claridad por primera vez.
Por supuesto que Oliver no era sincero, por supuesto que Leo no era especial para él, y por supuesto que Leo lo había sabido todo el tiempo, pero no le había molestado hasta ahora.
«Te lo habrías tirado y luego, solamente luego, lo habrías mandado a la mierda porque te parece un gilipollas». Las palabras de Lucas volvieron a golpearlo como un mazazo. Porque eran verdad. Porque no había querido ver la verdad sobre Oliver hasta haber tenido un orgasmo entre sus manos.
Salieron de El Disturbio y caminaron hasta el coche en silencio.
Oliver parecía más molesto por ver interrumpida su noche que por tener que separarse de él.
Leo habría preferido no tener que pedirle favores y haber vuelto solo a su casa, pero se sentía tan mal que prefería su compañía a quedarse solo.
Esta vez, Oliver no lo miró ni una sola vez mientras conducía y Leo se dedicó a dejar vagar su mirada por la ventanilla, dejando que las fugaces luces de la ciudad quemaran sus retinas.
Antes de que Leo bajara del coche, Oliver le dedicó una última sonrisa de medio lado.
—Siento que no hayas tenido una buena experiencia. Quería que fuera inolvidable para ti.
—Ya. Yo también lo siento. Siento no haber estado a la altura.
—No te sientas mal por eso. Ha estado bien para mí. Es una pena que no puedas seguir.
Leo asintió.
—Buenas noches.
Oliver hizo el amago de inclinarse para besarlo, pero Leo hizo como que no se dio cuenta y se bajó del coche.
Entró en casa y se fue directo al baño. Puso toda su ropa en la cesta de la ropa sucia y se metió bajo la ducha.
Se sentía más tranquilo ahora, pero un extraño abatimiento hizo presa de él.
Al meterse en la cama, se quedó largo rato mirando el techo, escuchando en el silencio de su dormitorio cómo los latidos de su corazón iban volviendo poco a poco a la normalidad.
No fue hasta mucho después que, por fin, pudo quedarse dormido.
La mañana lo encontró acurrucado en su cama, abrazado a una almohada. Le dolía muchísimo la cabeza y tenía el estómago revuelto. Definitivamente, se había pasado con las copas.
Cogió el móvil de la mesita de noche y vio que eran poco más de las once. No debía haber dormido más de cuatro o cinco horas. Vio también que tenía un mensaje de Lucas.
Oye, siento lo de ayer…
Me pasé tres pueblos
Leo sonrió y tecleó una respuesta.
Al próximo vermú invitas tú
Vio que en seguida Lucas se conectaba y empezaba a escribir. Pero pareció pensárselo mejor porque le llamó. Leo descolgó.
—Hola.
—Hola, Leo. Joder, siento lo de ayer.
—No, soy yo quien lo siente. Soy un gilipollas por pensar que… No sabía que te gustaba Germán. Pero si me lo hubieras dicho, no lo habría entendido. Lara tiene razón, soy un zoquete.
Lucas rio.
—Sí que lo eres, sí. Pero yo también. Ayer te dije cosas…
—Que son verdad. ¿Sabes qué? Anoche mismo me pasó.
—¿El qué ?
—Lo que tú dijiste: que paso por alto los defectos de los tíos hasta que me los tiro.
—¿Te tiraste a alguien anoche?