Orgullo* Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Hija, porque será marica —soltó Maribel como si fuera lo más normal del mundo.

—En realidad, es pansexual —dijo ella, haciéndose la importante.

—¿Eso qué es?

Lidia chasqueó la lengua.

—Como un bisexual, pero más complicado.

—De todas formas —intervino Conchi—, ese hombre es muy mayor para ti.

—También es mayor que Leo.

—Pero Leo te saca ocho años.

—Siete años y nueve meses —repuso con impaciencia.

—¿Y qué es lo que te iba a conseguir? —preguntó su tía.

—¿Esto qué es, el tercer grado? —se quejó Lidia, pero Conchi la miró impávida—. Unas invitaciones para el Peacock’s, ¿vale? Es un local, nada más.

—Ya veo.

Justo en ese momento, Leo se adentró de nuevo en el salón, haciendo tintinear sus recién aparecidas llaves entre los dedos.

—Me voy —dijo. Se inclinó para besar a su madre y luego se acercó a ella—. Hasta luego, tía. —Conchi se dejó dar los dos besos de rigor, pero acompañó a Leo hasta la puerta.

—Leo —lo llamó cuando acababa de salir al rellano. El joven se giró para encararla. Conchi entornó la puerta para que Maribel no escuchara lo que estaba a punto de decirle a su sobrino—. ¿Conoces bien a ese tal Oliver?

Leo sonrió, como si le pareciera gracioso que su tía se preocupara por él.

—Lo suficiente, ¿por?

Conchi arrugó los labios.

—No lo sé, hay algo en él que no me gusta…

Leo la miró con renovado interés.

—¿El qué?

Negó con la cabeza.

—No lo sé —volvió a decir.

—No te preocupes. Solo nos vamos a tomar unas copas.

—Seguro que no es nada. —Intentó quitarle ella importancia—. Pero ten cuidado, ¿vale ?

—Eso siempre. —Leo se inclinó hacia ella para darle un nuevo beso—. Saluda a Julián de mi parte. Y no sigas destrozando a mi madre en el chinchón, dale una oportunidad a la pobre.

—Vale. —Rio Conchi a su pesar—. Pásalo bien.

—Buenas noches.

Y con esas palabras, Leo desapareció escaleras abajo.

El deportivo de Oliver olía a tabaco y ambientador de pino, pero Leo nunca había sido muy sensible a los malos olores.

Oliver conducía con una sola mano, de manera algo agresiva y descuidada, y a veces apartaba la vista de la carretera para fijarla en él.

Otras veces, dejaba descansar su mano sobre el muslo de Leo, apretando con una confianza que quizás en otro momento a Leo le habría parecido invasiva, pero en aquel momento le resultaba embriagadora.

—Tengo hambre —dijo, estirándose perezosamente en el asiento del copiloto.

Los ojos de Oliver siguieron el movimiento de su camiseta, que dejó a la vista su ombligo cuando Leo subió los brazos.

—¿Qué te apetece?

—Hay un kebab muy, pero que muy cutre al lado de El Disturbio. Eso me apetece.

Oliver soltó una risita.

—Coño, qué barato me vas a salir.

—No sabía que estabas intentando comprarme.

—Y no lo hago, pero siempre invito a la gente que me gusta.

—¿Para que luego te deba un favor?

La mano de Oliver volvió a posarse en su muslo, acercándose peligrosamente a sus ingles. La polla de Leo palpitó como respuesta.

—Pero qué desconfiado eres, periodista.

Aparcaron cerca del local, pero se dirigieron al kebab, como Leo había pedido. El olor a carne y a fritanga les asaltó las fosas nasales sin compasión.

Leo pidió un durum de falafel y Oliver un doner de ternera con patatas, cuyo relleno, de tan abundante que era, se le salía por los lados. Se sentaron en las sillas de plástico para comer y pronto estuvieron metidos en una conversación.

—Tienes mala cara —observó Oliver.

Leo hizo una mueca antes de darle otro mordisco a su durum.

—Lo raro sería que tuviera buena cara. He tenido uno de esos días, ¿sabes? De los que es mejor no levantarse de la cama.

—Vamos, tan malo no puede haber sido…

—No tienes ni idea.

—¿Quieres hablar de ello?

«Eso es algo que yo, como amigo tuyo, he tenido que aceptar. Ahora eres tú el que tiene que aceptar esto».

Leo negó, tragando de nuevo.

—No. Necesito olvidarme de todo esta noche.

Oliver se inclinó sobre la mesa y le dijo.

—Puedo darte algo para ayudarte a relajarte.

—No es relajarme lo que necesito, sino pasármelo bien.

—También puedo darte algo para ayudarte con eso.

Leo ladeó la cabeza y lo miró.

—¿Lo solucionas todo con drogas? —inquirió.

No era un inocente: sabía que en el ambiente gay había muchísimo consumo, pero era algo que él observaba a la distancia y de lo que rara vez participaba.

Había visto a demasiados tíos que habían terminado dependiendo de sustancias químicas hasta para mantener una conversación y que eran incapaces de tener sexo sin drogarse.

Se preguntó si Oliver sería uno de esos. Si lo sería Dante.

—¿Quién ha dicho nada de drogas? —Se hizo Oliver el ofendido—. Yo estaba hablando de sexo. Porque hemos quedado para eso, ¿no?

Leo soltó una risita, sorprendido de nuevo de lo directo que era Oliver. Y de lo muchísimo que le ponía.

—Claro que sí —dijo—, pero cuando llegue el momento adecuado.

Oliver le miró con una ceja enarcada.

—¿Te gusta hacerte el difícil o algo así?

—No —rio—, pero no me voy a liar contigo después de haberme comido la mierda esta —aclaró, limpiándose las manos en una servilleta—. Además, ahora mismo, lo que de verdad necesito es bailar y emborracharme. Lo demás ya vendrá luego .

Oliver se levantó de la silla y le tendió la mano. Leo la aceptó y se vio caminando codo a codo con Oliver, su brazo alrededor de la cintura.

—Pues esta noche —le susurró al oído mientras se acercaban a El Disturbio—, vamos a desfasar de lo lindo.

Leo sintió cómo el calor estallaba en la boca de su estómago y deseó que aquella no fuera una promesa vacía.

El Disturbio podía ser el local gay más sucio y cutre que Leo había pisado en su vida.

Había estado en discotecas muchísimo más lujosas y exclusivas en el centro de Madrid y, sobre todo, más limpias: Fregil Pop, Bargarabana, La Kamita, El Sodoma, Club Adonis o el Bar Polayo,…

Pero El Disturbio era su local. Había sido donde se magreara con su novio del instituto, donde se emborrachaba de adolescente, donde había tenido sexo anónimo por primera vez.

Los hombres que estaban allí eran en su práctica totalidad de Valdemora u otras ciudades aledañas: obreros, mecánicos, barberos o dependientes confraternizaban con profesionales, como el propio Leo, que no ganaban lo suficiente como para poder permitirse un piso en la capital y usaban Valdemora y alrededores como ciudades dormitorio.

Aquella era su gente, se recordaba Leo mientras se adentraba en el local de la mano de Oliver, la gente que se quedaba, por elección u obligación, que creaba tejido social, que evitaba la destrucción de los barrios, que mantenía vivos los negocios familiares y daba vida a las calles que él tanto amaba.

Era noche de techno y sonaba «Crush» de Indira Paganotto. El cuerpo de Leo empezó a moverse antes de tomar la decisión consciente de que quería hacerlo. La música lo transportó, secuestró su mente y él ni siquiera lo cuestionó, sino que dio las gracias y empezó a bailar.

—¿Qué bebes? —le gritó Oliver por encima del machacón ritmo.

—Mezcal —respondió él en igual tono.

Oliver fue en dirección a la barra y Leo quedó a solas, bailando al ritmo de la música.

Oliver no tardó en volver y ponerle una copa en la mano.

Unas cuantas canciones más tarde le puso otra, y luego otra y otra.

Leo empezó a perder la cuenta de cuántas llevaba y con ellas, la noción del tiempo mientras se contoneaba al ritmo del beat .

Oliver bailaba con él, pero también saludaba a gente, repartía palmadas en la espalda y, en un momento dado, Leo lo vio susurrarle algo al oído a un chico rubio que pasó a su lado.

Leo decidió ignorarlo. Intuía que como «conseguidor de sustancias», Oliver sería un tío conocido y solicitado en este tipo de ambientes.

No le importaba. Como le había dicho la noche que se conocieron, cada cual se tenía que buscar la manera de pagarse las lentejas.

Que Oliver hiciera lo que quisiera con su vida, Leo estaba haciendo eso mismo con la suya.

Aun así, después de ver al enésimo tío que se le acercaba, Leo no pudo evitar comentar:

—Tienes una facilidad asombrosa para caerle bien a mucha gente.

—¿Quieres saber el truco para caerle bien a la gente, periodista? —le dijo al oído. Leo asintió—. Solo tienes que tratarlos como si fueran especiales.

—¿Es eso lo que estás haciendo conmigo?

—Claro. —Oliver sonrió—. Pero solo porque tú sí que eres especial.

Leo comprendió de golpe que era verdad, que Oliver le hacía sentirse especial y que por eso le gustaba.

Por una décima de segundo, se preguntó si eso mismo era lo que había sentido Lucas con Germán, y si Germán era sincero al respecto.

Se preguntó si Oliver era sincero al respecto.

Pero luego decidió que no le importaba lo más mínimo.

Cogió la camisa de Oliver y la arrugó en su puño, atrayéndolo hacia sí, antes de estampar los labios contra los suyos.

Oliver no se hizo de rogar. Sus labios le respondieron, sus dientes le marcaron, sus manos rodearon su cintura y empezaron a moverse por todo su cuerpo, como si hubiera estado deseando tocarlo y se hubiera estado reprimiendo todo el tiempo posible.

Leo sintió un subidón al pensar eso, al sentir el deseo que despertaba en el otro clavándosele en la ingle y sus dedos estrujándole las nalgas.

No supo cuándo dejaron de bailar, para cuando quiso darse cuenta, Oliver lo había estampado contra una pared del fondo y le estaba metiendo mano sin pudor.

Un jadeo escapó de sus labios cuando los dientes de Oliver mordieron su nuez de adán a la vez que sus manos empezaban a frotarle la erección por encima de los pantalones.

Demasiado excitado para sentir pudor alguno, Leo agitó las caderas para aumentar la fricción. Oliver volvió a atrapar sus labios y le invadió la boca con la lengua mientras seguía masturbándolo por encima de la ropa y empezaba a frotarse contra él, buscando su propio placer .

—Joder —siseó, pero supo que el sonido de su voz se perdió entre el aullido de los sintetizadores.