Orgullo* Capítulo 9
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Capítulo 9

Capítulo

Nueve

El vapor de la ducha no había logrado despejar la bruma de la discusión con Lucas.

Leo se miró al espejo, repasando la línea de su mandíbula con la cuchilla de afeitar.

Sus movimientos eran mecánicos, precisos, guiados por una inercia autoimpuesta, nacida de la necesidad de no pararse a pensar demasiado.

Se puso una camiseta oscura y unos vaqueros negros que le quedaban como un guante y se subió la bragueta con una determinación febril.

Necesitaba que la noche le engullera. Que Oliver le engullera.

No quería pensar más allá de la necesidad que tenía de olvidarse de todo lo ocurrido aquel extraño sábado.

Desde su cuarto podía escuchar la animada conversación que tenía lugar en el salón.

Su tía Conchi había venido a casa a tomar café y jugar a las cartas, entretenimiento habitual de las hermanas Gallardo que, Leo sabía bien, podía alargarse hasta altas horas de la madrugada.

A Lidia no se la escuchaba por ninguna parte, pero Leo sabía que andaba por ahí.

Hacía no mucho le había tocado a la puerta del baño porque necesitaba prepararse, hasta que Maribel le dio permiso para usar el otro baño de la casa, ese que la matriarca se reservaba para su uso y disfrute.

Seguramente, andaría pegándose brillantinas en la cara o dibujándose unos de esos eyeliners gráficos en tonos gema que tanto hacían destacar sus almendrados ojos castaños .

Leo se planteó ir a su habitación y pedirle que lo maquillara un poco, para darle ese toque entre macarra y andrógino que tanto le gustaba para salir de noche, pero sabía que Lidia, con lo rencorosa que era, lo mandaría a la mierda tras su discusión de aquella mañana.

La verdad, se dijo Leo, aquel día había estado sembrado: desde que abrió los ojos no había hecho más que cagarla, con Lidia, con Lucas, consigo mismo… Asqueado de estar a solas con sus propios pensamientos, cogió una cazadora del armario y salió de la habitación.

En cuanto pisó el pasillo, los olores y sonidos que le llegaron le hicieron comprender que su madre y su tía habían abandonado ya el café para pasarse a los combinados.

Cada cierto tiempo, iban probando nuevas recetas de cócteles que iban degustando y puntuando.

De hecho, en la cocina de casa había una pizarrita en la que, en vez de listados de la compra o recetas, estaban apuntados, por orden de preferencia y puntuados con estrellas, los nombres de sus cócteles favoritos.

Las risas de Maribel y Conchi le dieron la bienvenida al salón.

Las dos mujeres estaban sentadas en lados opuestos del sofá, guardando celosamente sus cartas contra el pecho mientras jugaban.

Dos amaretto sour descansaban sobre la mesita, junto a un mazo de cartas del que las mujeres iban cogiendo para intentar «ligar» algo.

La charla superficial y las risas fáciles delataban que no eran las primeras copas de la noche, pero Leo sabía que ninguna de las dos se distraía lo más mínimo de la partida de chinchón.

Conchi y Maribel siempre se habían parecido mucho: las dos más bien bajitas, las dos de cabello castaño algo rizado, las dos de rostro agradable.

Pero donde Maribel era afable y sincera, aunque también algo envidiosa y altiva; Conchi era perceptiva y afilada, a la vez que más ecuánime y amable.

Además, su tía había dejado de teñirse el pelo durante la pandemia y ahora lucía, orgullosa, sus canas, mientras que Maribel se empecinaba en ocultarlas con retoques de tinte quincenales.

—Pero bueno, ¿a dónde vas tan guapo? —exclamó Conchi al verlo aparecer.

Maribel se giró para mirar a su hijo. Volvió el rostro de inmediato.

—Habrá quedado con algún chico del Pícor , ese.

—Del Peckr, mamá —corrigió Leo, reprimiendo una sonrisa—. Y no, no he quedado con nadie del Peckr .

—¿Alguien interesante? —ronroneó Conchi, cogiendo una carta del mazo y soltando una de su mano.

—Define interesante —le siguió Leo el juego.

—Decente y con trabajo fijo —intervino Maribel.

—Mamá, ¿en serio vas a seguir con eso?

Conchi puso cara de confusión y Leo negó la cabeza en su dirección, como queriendo decir que mejor que no preguntara.

—¡Menuda mierda de cartas! —descargó Maribel su frustración, soltando un caballo de oros sobre la mesa con rabia.

Conchi lo recogió con cara de póquer.

—No estarás haciendo un chinchón, que al principio de la partida cayó el siete de oros y no lo cogiste.

—Pues no me acuerdo.

—Tienes un comodín, ¿a que sí? —supuso Maribel, y su hermana le dio la callada por respuesta—. Voy a tener que darme prisa en cortar. —Cogió otra carta que tampoco le servía para nada. La tiró con la misma rabia que la anterior—. ¡Maldita sea!

Conchi cogió otra carta y esta vez sí que no pudo disimular su expresión de triunfo. Descartó una boca abajo, poniendo fin a la partida.

—Chinchón —anunció, poniendo sobre la mesa una escalera de oros que iba del tres al caballo, con la excepción del siete de oros que, como había supuesto Maribel, había sido sustituido por un comodín—. Te he vuelto a ganar.

Maribel cogió las cartas y, sin decir nada, se puso a barajarlas.

—¿Qué tal tu semana, cariño? —le preguntó Conchi a su sobrino.

—Bien. ¿Y la tuya?

—El centro de salud está algo revolucionado con lo de la huelga. Es difícil hacerles entender a los pacientes que los médicos también tenemos derecho a reivindicar mejoras laborales.

—Ya. ¿Has hecho tú huelga?

Conchi asintió mientras recogía la nueva mano que su hermana le había servido.

—El martes. Aproveché el «día libre» para revisar lo del voluntariado en el campamento de Proyecto Nexo este verano. —Hizo una pausa para observar a Leo—. Si sigues interesado, claro.

—Sí, sí. Quiero ir —respondió él, y lo decía en serio. El voluntariado era un compromiso con su activismo mucho más real que nada de lo que pudiera decir en redes o en su podcast.

—Pues sería la primera semana de julio, y me viene genial, porque Julián no coge vacaciones hasta la segunda quincena.

Julián, el marido de Conchi, era un hombre afable y regordete que había estado enamorado de ella desde que la viera por primera vez en una manifestación durante una huelga general.

Por aquel entonces, él era un joven policía, todavía nada regordete, y ella una estudiante de medicina con muchísima conciencia social.

En la familia casi se había convertido en leyenda que Julián hubiera pasado media tarde siguiéndole el paso de la manifestación, procurando no perderla de vista, mientras Conchi coreaba consignas contra la reforma laboral, agitaba pancartas y hacía sonar un silbato rojo especialmente ruidoso.

Cuando la manifestación terminó y Julián se acercó a ella para hablarle, Conchi lo vio aparecer con el uniforme y empezó a gritar: «¡Maderos, cabrones, dejad a los trabajadores!

», convencida de que estaba a punto de ser detenida.

No parecía el inicio más prometedor para una pareja, pero ya llevaban más de treinta años juntos.

Lidia entró en el salón, dejando tras de sí un tufo a perfume.

Llevaba un ceñidísimo vestido plateado, sus inseparables tacones de plataforma negros y, como Leo había supuesto, un llamativo eyeliner esmeralda que le llegaba casi hasta las cejas.

Cogió el móvil que había dejado abandonado en la mesa del salón y aprovechó para darle un sorbo a la bebida de su madre.

—Para ir poniéndome a tono —rio, contoneando las caderas.

En ese momento, el móvil de Leo sonó y vio que le acababa de entrar un mensaje de Oliver.

Ya estoy aquí

—Me voy —anunció—, que Oliver ya ha llegado.

Lidia, quien había hecho como si su hermano no existiera hasta aquel momento, lo miró como si se acabara de percatar de su presencia.

—¿Vas a salir con Oliver?

Leo asintió.

—Sí, está abajo. Cojo mis llaves y me voy —dijo mientras rebuscaba algo en el bol del recibidor—. Tsk . Mamá, ¿sabes dónde están mis llaves ?

—Hijo, no sé dónde las habrás dejado.

—Joder —se quejó, volviendo a su cuarto.

Lidia, por contra, se asomó al balcón y gritó:

—¡Oliver! ¡Hola!

Conchi se giró para mirarla. La joven se había apoyado en la barandilla para hablar con su interlocutor, que debía estar en la calle, a dos pisos de distancia. Podía oír lo que Lidia le decía, pero no la contestación del tal Oliver.

—Sí, todo bien —decía ella—. ¿Por dónde vais a rular esta noche?

Ahí vale. Katy y yo estamos pensando ir a El Boliche.

¿Para niñatos? Es que yo soy una niñata, ¿no te lo ha dicho ya mi hermano?

—Lidia rio—. Ya claro, en el Peacock’s me van a dejar entrar sin invitación.

Una vez fui, ¿sabes? Pero porque estábamos con el novio superpijo de Lara y nos habían apuntado en una lista.

¿En serio? Pues si me puedes conseguir una, o más de una, te lo agradecería.

—Lidia volvió a reír—. ¡ Shhh ! Eso mejor lo hablamos por el WhatsApp.

Conchi decidió dejar la partida de cartas apartada un momento y se asomó al balcón, junto a su sobrina.

Abajo, en la calle, apoyado sobre el capó de un deportivo negro, había un hombre que debía rondar los treinta, con el cabello negro peinado hacia atrás, la piel aceitunada y unas marcadas ojeras que no le restaban una pizca de atractivo.

Tenía un cigarrillo colgándole de los labios y entornaba los ojos con interés al mirar a Lidia.

Era un hombre definitivamente guapo, pensó Conchi, si te gustaba el estilo bad boy .

—Buenas noches, señora —le dijo al verla.

—Es mi tía —explicó Lidia. Luego siguió hablando con él como si nada—. Si me paso por El Disturbio, te doy un toque, aunque a lo mejor te corto el rollo con mi hermano.

Oliver soltó una risita.

—Tú no le podrías cortar el rollo a nadie, bonita.

—Menudo piquito de oro que tienes —le lanzó Lidia como despedida.

Conchi se apartó del balcón.

—¿De qué conoces al chico ese? ¿No es el ligue de tu hermano?

—Lo conocimos en El Disturbio, hará un par de semanas. Yo le di primero mi teléfono, pero al final parece que le gustó más Leo que yo .