Capítulo 8 #4
—Hola —dijo con simpleza, sentándose a su lado.
Lucas cerró el lector y le dio la bienvenida con una cautelosa sonrisa.
—Hola —se giró hacia la barra—. ¡Paco, dos Picofino de naranja!
—Oído, cocina —oyó Leo decir a su espalda. No quería apartar la mirada de su amigo.
Ambos mantuvieron silencio hasta que las bebidas les fueron servidas. Paco también les puso un nuevo bol de cacahuetes y otro de aceitunas. Una vez que se retiró, Lucas suspiró.
—Supongo que vienes a pedirme explicaciones.
—Explicaciones no, ni que fuera yo tu padre. Solo que… Me molesta que no me dijeras nada. Pero entiendo que no lo hicieras.
Lucas esbozó una sonrisa triste.
—Esto no te debe hacer ni pizca de gracia.
—No por las razones que tú crees. Es que no quiero que… Tsk . —Se interrumpió, mortificado.
—Di lo que tengas que decir.
—Es que no quiero que seas el segundo plato de nadie —soltó.
Lucas dejó su vaso en la mesa. Sus ojos, siempre amables, tenían ahora una chispa de algo que Leo no supo identificar.
—¿Eso es lo que crees que soy? ¿Crees que soy tan iluso y que estoy tan desesperado que voy aceptando tus sobras?
—No es eso, Lucas. Pero, ¿no te parece raro que Germán te haya propuesto quedar con él después de que yo le rechazara?
—No, porque no fue él quien me propuso quedar. Fui yo quien lo llamó a él.
—¿Que tú qué?
Lucas soltó una risita seca y negó con la cabeza.
—Es verdad que Germán no es genial dejando buenas primeras impresiones.
Cuando lo vi en El Disturbio pensé: «¿Y este pavo, qué pinta aquí?
». Pero luego me puse a hablar con él, ¿sabes?
Cuando tú saliste porque estabas agobiado de que alguien te admirara tanto.
Y lo que escuché me gustó. Y también me gustó que él me escuchara.
Pero no hice nada, no le dije nada porque, aunque sabía que a ti ni se te iba a pasar por la cabeza liarte con un tío así, Germán estaba encandilado contigo. Lo cual es normal. Solo hay que verte .
—Lucas, no…
—No, no me interrumpas —le pidió—. Y claro, el fin de semana pasado se encuentra contigo en una gala de premios, con tu cara de anuncio, tu perfecta chaqueta azul klein y tus zapatos nuevos, e intentó besarte.
Spoiler alert: no le salió bien —relató Lucas—.
Y luego, encima, lo único que hacéis es burlaros de él, porque claro, Germán no está a tu altura, ¿cómo se le ocurre a ese mequetrefe aspirar a ligarse al gran Leo Gallardo?
—Leo tuvo el buen juicio de ruborizarse—.
¿Sabes lo que me dijo cuando le llamé? ¿Sabes lo avergonzado que estaba Germán después de lo que pasó contigo en la gala?
¿Tienes idea de lo muchísimo que agradeció que uno de tus amigos le llamara para decirle que no había nada de malo en él?
Leo guardó silencio.
—Ya. Eso me imaginaba —dijo Lucas—. Nada de todo esto se te pasó por la cabeza.
Pero Germán y yo hemos estado hablando toda la semana y cuanto más hablaba con él, más me gustaba, hasta que al final le propuse la cena de anoche.
¿Y sabes qué pasó? Que descubrí que Germán me gusta de verdad, que nos reímos juntos, que me hace sentir visto y apreciado, y que yo hago lo mismo por él, a pesar de no ser ni la mitad de guapo que tú.
—Esto no tiene nada que ver con mi físico —se defendió.
—Esto tiene todo que ver con tu físico —explotó Lucas—.
Porque es tu físico el que te hace creerte mejor que los demás.
Es tu físico el que te ha permitido ser siempre el que elige.
Es tu físico el que hace que descartes o aceptes a otros tíos solo por su aspecto; porque entiendo que Germán no te cayera bien, pero seguro que no te habría resultado tan insoportable si hubiera medido un metro ochenta y hubiera tenido una mandíbula bien perfilada y unos abdominales perfectos.
A lo mejor no le hubieras hecho la cobra, a lo mejor te lo habrías tirado y luego, solamente luego, lo habrías mandado a la mierda porque te parece un gilipollas.
Así que no me digas que esto no tiene nada que ver con tu físico, porque yo, que nunca he sido un tío guapo, he tenido que conformarme, sí, conformarme —aclaró ante un gesto de Leo—, con los tíos que se fijan en mí, que nunca son los más guapos, ni los más cañón, ni los que tienen mejor cuerpo, porque esos siempre van a por ti.
Y eso es algo que yo, como amigo tuyo, he tenido que aceptar.
Ahora eres tú el que tiene que aceptar esto .
—Lucas, no…
—No, ¿sabes qué? —Lucas se incorporó y apuró su vermú—. Hoy invitas tú. Por imbécil —dijo, antes de marcharse.
Leo se quedó a solas, con el paraguas aún mojado a su lado. Paco apareció de la nada y le puso un nuevo vermú sobre la mesa.
—A este invita la casa, chaval, que creo que te va a hacer falta.
La lluvia volvía a golpear los cristales y Leo sorbió su bebida, sintiendo que los hielos que tintineaban en el vaso eran menos fríos que el vacío que había dejado su amigo al irse.
Acababa de intentar salvar a alguien que no necesitaba ser salvado, y en el proceso, había quedado como un gilipollas.