Orgullo* Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Leo solo había añadido el emoji para suavizar su comentario, pero en realidad estaba enfadado con Lara.

Lo que sentía por Lucas ahora mismo estaba más cercano al estupor y la incomprensión que a ninguna otra cosa.

Dejó el móvil de lado y se propuso hacer café, pensando que la invitación de Lara no iría en serio: se había quedado en casa de Álvaro, en pleno centro, todos los fines de semana del último mes.

Por eso su respuesta le sorprendió tanto.

De verdad no quieres quedar conmigo?

Estás gilipollas o qué?

Leo frunció el ceño mientras tecleaba.

No estás con Álvaro?

No. En casa

Con mi madre

Pero si no quieres quedar, pues que te den

Leo puso los ojos en blanco.

Sí quiero quedar

Joder, cómo te pones

Cómo te pones tú, guapo

En la cafetería de los libros

En media hora

Leo envió un «ok» como toda respuesta y se metió en la ducha. Luego, sin nada mejor que hacer, salió de casa y se dirigió al Beautifuck.

El característico olor del centro de manicura le golpeó nada más cruzar el umbral.

Los sábados solían ser días tranquilos, que Maribel dedicaba a atender a clientas de más confianza mientras adecentaba el local, colocaba el pedido, que solía llegar los viernes, y preparaba el salón para la semana siguiente.

Lidia, desde que había empezado el grado de estética y decidido que quería dedicarse a lo mismo que su madre, solía pasar todas las horas que podía en el Beautifuck, negándose a pagar a una academia privada por un curso avanzado de esculpido de uñas o nail art cuando sabía que Maribel podía enseñárselo todo al respecto.

Pero en aquel momento, Lidia no parecía estar aprendiendo nada.

O nada de provecho en todo caso. La joven estaba recostada en el sofá mirando su móvil, mientras Maribel atendía a una clienta que no era otra sino Mari Carmen, la madre de Lucas.

Las tres charlaban animadamente, pero se callaron como una sola persona en cuanto escucharon que la puerta se abría.

Al ver quién se adentraba en el local, todo fueron sonrisas. Pero no todas igual de bienintencionadas.

—Buenos días —canturreó Lidia en dirección a su hermano. Había una expresión divertida en su rostro, casi peligrosa. Leo se preguntó qué estaría tramando.

—Buenos días —saludó en general. Se acercó a besar a su madre, que no había dejado de mirarlo desde que entró. Luego besó también a Mari Carmen—. ¿Qué tal todo?

—Bien, muy bien —contestó la mujer, mientras Maribel volvía a colocarse la mascarilla para seguir trabajando en sus uñas—.

Mi marido sigue algo jodido de la espalda y la mutua ya le está presionando otra vez para que se incorpore.

—Leo asintió, pues estaba al tanto. El padre de Lucas llevaba años sufriendo dolores de espalda tras un accidente laboral—.

Por lo demás, todo bien. Lucas está muy contento —terminó ella, sonriendo ampliamente.

—Ya —dijo Leo.

—¿Te has enterado? —intervino Lidia.

Parecía que estaba disfrutando del momento. Sonrió con malicia, dejando que la punta de su lengua asomara entre sus labios. Leo fue a sentarse a su lado y Lidia giró su móvil para enseñarle la ya célebre publicación de Lucas.

—Ya —volvió a decir—. La vi esta mañana.

—Qué sorpresa tan agradable, ¿no? —canturreó Lidia .

Leo no le contestó.

—De eso estábamos hablando cuando entraste, cariño —intervino Maribel—. Mari Carmen nos estaba contando detalles.

—Y no veas lo jugosos que son —añadió Lidia por lo bajini.

—Pues es que estoy muy contenta —exclamó Mari Carmen con los ojos brillantes—. Hacía tiempo que no veía a Lucas tan ilusionado con nadie. Y un funcionario del Ministerio de Cultura, nada menos. Por lo visto, es amigo personal de la ministra.

—No olvidemos que, además, es una marquesa. —Definitivamente, Lidia estaba divirtiéndose demasiado a costa de la situación.

Maribel lanzó un gemidito, que para cualquiera podría ser considerado un sonido de aprobación, pero Leo, que conocía a su madre mejor que a sí mismo, sabía que era una muestra de su envidia.

Lo más seguro, pensó el joven periodista, era que su madre debía estar culpándolo en su fuero interno por no poder ser ella la que estuviera presumiendo de tener vinculaciones, aunque lejanas, con una marquesa.

—Cualquiera puede ser funcionario hoy en día. Solo hay que sacarse una oposición, y si tantos lo hacen, no puede ser tan difícil. Que sea amigo personal de la ministra… —Maribel bufó—. Eso habrá que verlo.

—Mujer, ¿y a ti qué te ha dado ahora? —se quejó Mari Carmen.

—¿A mí? Nada —contestó con excesiva dignidad—. Solo digo lo que hay.

Lidia se carcajeó. Ella también se estaba dando cuenta de los celos que sentía su madre. Leo la amonestó en silencio, pellizcándola con fuerza en el brazo.

—¡Ay! —se quejó, volviéndose hacia él.

—No te pases. Para ya —le siseó.

—Para tú de pellizcarme —replicó Lidia, no preocupándose de levantar la voz.

Las dos mujeres se volvieron hacia ellos.

—¿Qué pasa ahora?

—Nada, que Leo debe estar celoso de que Germán esté con Lucas en vez de con él, y lo está pagando conmigo —soltó con descaro.

La sonrisa presuntuosa de Mari Carmen y la expresión desolada de Maribel se clavaron en Leo.

—Serás mala pécora… —le dijo a su hermana.

—Cállate y déjame en paz, drama queen .

—Eres una imbécil.

—Y tú, un subnormal.

—¡Niños, parad de una vez! —bramó Maribel. Los dos callaron y miraron a su madre, y Leo se sintió como si tuviera doce años otra vez—. Ya sois mayorcitos para esas peleas, y menos delante de las vecinas. ¡Hombre, ya!

El silencio se apoderó del salón de belleza. Maribel volvió al trabajo y solo el zumbido del torno rompió la quietud del momento.

—Bueno, mi Lucas está feliz, que es todo lo que me importa —continuó hablando Mari Carmen, quien no veía o no quería ver, lo mucho que a su vecina le molestaba que le siguiera restregando la cita de Lucas y Germán por la cara—.

A ver si cuando llegue a casa, Lucas ya está despierto y me cuenta qué tal le fue anoche, pero por lo tarde que llegó, yo diría que muy bien.

—Espero que les vaya bien —dijo Maribel con la voz tensa—. ¿Viste la GLAM de esta semana? —decidió cambiar de tema—. Había unas fotografías de Leo en el photocall de los Prisma. ¿A que estaba guapo?

Una notificación salvó a Leo de tener que seguir escuchando la conversación. Cogió el móvil para ver que tenía un mensaje de Lara.

Donde estás?

En el beautifuck

Llego en 5 minutos

Voy para allá?

Ni se te ocurra

—Me voy —anunció, levantándose e interrumpiendo la perorata de Maribel, que se entretenía en detallar el estampado de la pajarita que Leo había llevado a la gala y cómo esta combinaba a la perfección con el resto de su atuendo—. He quedado con Lara para desayunar.

—Lara también salía en el GLAM de esta semana —siguió hablando la manicurista—. Pero en una foto con Leo, no salía ella sola.

—Voy contigo, que estoy muerta de hambre. —Lidia hizo amago de levantarse para ir tras él, pero Leo negó con la cabeza.

—Pues te vas a comer a otro lado. No te quiero ver el resto del día.

—Idiota — le insultó Lidia, sacándole la lengua.

—Niñata —replicó él, haciéndole un gesto igual de pueril.

Las mujeres se despidieron de él y Leo salió del centro y recorrió los escasos metros que lo separaban de la cafetería en la que había quedado con Lara.

Ocupaba el bajo del edificio en el que ella vivía.

Leo recordó la de negocios que había alojado aquel local a lo largo de su vida: un videoclub que había resistido desde los años setenta, unos recreativos, una peluquería y, finalmente, esta cafetería.

La dueña, Jimena, era una chica más o menos de la quinta de Leo a la que recordaba del colegio y una de las pocas, como ellos mismos, que se había negado a abandonar el barrio.

Ahora regentaba un local que servía cafés, dulces y desayunos, con estanterías llenas de libros, un rincón de bookcrossing y otro ideal para el knitting , y que entre semana alojaba varios clubs de lectura y talleres de ganchillo y amigurumis.

Entrar allí fue un bálsamo para los crispados nervios de Leo.

Lo que prometía ser una agradable mañana de sábado estaba resultando ser una montaña rusa de emociones y situaciones que aún no sabía muy bien cómo encajar.

El olor del café y el lento piano de Diana Krall le dieron la bienvenida.

Jimena le saludó al pasar mientras se dirigía a una mesa del fondo, donde Lara ya lo estaba esperando.

Su amiga llevaba un jersey de color beis y el pelo recogido en su habitual moño alto, sencilla pero, como siempre, sofisticada sin esfuerzo alguno. Tenía la mirada perdida en su móvil y deslizaba el dedo de arriba abajo. Cuando lo sintió a su lado, apartó el móvil, dejándolo boca abajo en la mesa.

—¿Qué pasaba en el Beautifuck? —dijo a modo de saludo.

—Que las publicaciones de Instagram corren más rápido que la pólvora. Y que, encima, Mari Carmen estaba allí. Mi madre estaba toda picada porque…

—Porque el que estaba con Germán no eras tú —adivinó Lara.

—Y mi hermana estaba insoportable.

—¿Qué vais a tomar? —Jimena se acercó a ellos con una pequeña tablet.

—Yo quiero un capuchino y un cinnamon roll .

—Lo mismo que ella.

—Tienes muy poca paciencia con tu hermana —le recriminó Lara en cuanto la camarera se hubo alejado .

—¿Que tengo poca pacien…? ¿Sabes lo que dijo delante de mi madre?

Lara giró los ojos.

—Tío, de verdad. Es que llevas toda tu vida poniéndote a su altura. Que es mucho más joven que tú.

—Ese argumento valía cuando éramos niños, pero ya tiene veintiún años. Es lo suficientemente mayor para…

—Aun así, ella nunca ha sido tan madura como tú. Ni es tan madura como lo eras tú cuando tenías su edad. Cada cual tiene su ritmo; deja a Lidia tener el suyo propio.