Capítulo 8
Capítulo
Ocho
La mañana de sábado se filtraba por la ventana en tonos grises y plomizos cuando Leo abrió los ojos.
Aún algo adormilado, observó las primeras gotas de lluvia estrellarse contra el cristal, perezosas, y se arrebujó bajo el nórdico con una sensación de libertad casi clandestina.
Sabía que Maribel ya estaría abriendo el salón y que Lidia habría ido con ella para ayudar o simplemente para cotillear mientras se hacía algún retoque.
La casa era solo para él y pensaba disfrutarlo.
Tenía entregas pendientes para el periódico, el guion del lunes a medio terminar y un esquema para su editor que no avanzaba, pero decidió que todo eso podía esperar.
También sentía la vejiga a punto de reventar, pero sabía que, aunque fuera al baño, no podría orinar en aquel momento.
Se recolocó la erección matutina que pujaba dentro de su pijama de franela y el contacto de su mano le envió una agradable sensación.
Lanzó una furtiva mirada hacia la puerta de su dormitorio, que estaba entreabierta. Durante un segundo, debatió consigo mismo si levantarse de la cama para cerrarla del todo, pero volvió a recordar que no había nadie más en casa.
Metió la mano bajo el pantalón y agarró su dureza solo para tantear las reacciones de su cuerpo.
Bombeó un par de veces, más curioso que excitado, y el placer que encontró casi le sorprendió.
Recogió unas gotas de líquido preseminal y las usó como lubricante, para volver a mover su mano arriba y abajo.
Un gemido escapó de sus labios a la vez que sus caderas se arqueaban, buscando un mayor contacto.
Apretó su mano un poco más y soltó un largo gruñido cuando encontró el ritmo que necesitaba.
Su otra mano se metió bajo su camiseta y recorrió su abdomen y su pecho, deteniéndose en los pezones erizados, jugando con ellos, fantaseando con que fuera otro quien lo hiciera por él.
Hacía tiempo que estaba a palo seco, se recordó, liado con sus cosas, despistado por los dramas de sus amigos, absorbido por el trabajo, y no se había dado a sí mismo mucha prioridad últimamente.
Desde que quedara con Iván, su último y bastante fallido ligue en Peckr, apenas había vuelto a entrar en la app, y sabía que tenía varios chats sin contestar.
Sin embargo, sí que había estado tonteando con alguien.
De hecho, la noche anterior habían estado mensajeándose hasta las tantas y la conversación había alcanzado un punto de no retorno en el que las palabras empezaban a tener un doble sentido difícil de malinterpretar.
Aunque, con Oliver, parecía que la cosa nunca terminaba de concretarse.
Fue precisamente ese recuerdo de la noche anterior lo que terminó por guiar su mano.
Desde que lo conociera en El Disturbio, Leo había pasado más tiempo del que quería admitir pensando en Oliver.
Su único encuentro había sido confuso, algo turbio, pero algo en su actitud, en la forma en que lo miraba, le hacía sentirse atraído hacia él.
La manera en la que habían estado flirteando las últimas semanas por WhatsApp empezaba a crear en Leo una necesidad que hacía tiempo que no sentía.
Cerró los ojos con fuerza, imaginando que las manos que le recorrían eran las de Oliver.
Recordó su rostro aceitunado, su cabello negro, su media sonrisa.
Imaginó la calidez que desprendería su boca si estuviera engulléndolo, cómo le miraría de reojo, con esa picardía que casi parecía burlarse de él.
No era justo que un tío como Oliver hubiera sido humillado de aquella manera. Que alguien le hubiera rechazado, que hubiera renunciado a él. Leo se sabía incapaz no solo de hacer lo que Dante había hecho, sino siquiera de comprenderlo .
En su mente, la imagen de Dante empezó a dibujarse.
Apareció su gesto de superioridad, esa forma odiosa de ladear la cabeza mientras le soltaba una impertinencia.
Y sin saber cómo, su propio ritmo manual se aceleró, espoleado por la imagen de su cuerpo esbelto, lo suficientemente alto como para obligarlo a levantar el rostro cada vez que había tenido que hablar con él.
«Menudo imbécil», pensó Leo. Dante no era más que un prepotente, un clasista que iba de intelectual con sus chaquetas de sastre y sus gafas de pasta.
Visualizó sus ojos castaños, profundos y gélidos, mirándolo con fijeza, desafiándolo, y el contraste entre el desprecio que sentía y la belleza asfixiante de aquel rostro le provocó un escalofrío.
Pensó en sus manos, largas y hábiles, abarcando entre sus dedos varios vasos y copas a la vez.
El ritmo de su mano se volvió errático, urgente.
Imaginó esas manos de elegantes dedos abarcándole a él; a Dante perdiendo su compostura al tenerlo debajo de sí, presa del placer, y justo cuando imaginó cómo la cáustica boca de Dante se estrellaba contra la suya, el mundo de Leo estalló en un blanco cegador.
Soltó un gruñido ahogado, arqueando la espalda contra el colchón mientras el placer lo golpeaba con una violencia que no esperaba.
El silencio volvió a hacerse dueño de su cuarto, solo roto por el sonido de la lluvia y su agitada respiración. Leo se quedó mirando el techo, con la mano aún tibia y el corazón martilleando contra las costillas.
—No me jodas —susurró al techo, con los ojos como platos y una expresión del más absoluto estupor—. ¿Acabo de correrme pensando en ese gilipollas?
Soltó una risita nerviosa y se limpió la mano en los pantalones.
Se sentía como si hubiera cometido un acto de alta traición contra sí mismo, como cuando te tiras en el sofá sin haberte duchado para comerte un bol de palomitas mientras ves un programa de televisión que detestas, pero que sabes que es lo más entretenido que podrás ver.
A lo mejor, Dante era su guilty pleasure .
Y a lo mejor, no había que darle más vueltas al asunto.
Justo entonces, el móvil vibró sobre la mesilla. Era Oliver.
Buenos días
Espero que la lluvia no te haya pillado en la calle
Me he despertado pensando en nuestra charla de ayer
Leo sonrió. Tecleó una respuesta rápida y juguetona, decidido a olvidarse de lo que acababa de ocurrir. A veces el subconsciente se empeñaba en jugar malas pasadas y él no iba a dejar que le arruinara el sábado.
Y pensabas solo en la charla?
Se quedó unos segundos esperando la respuesta de Oliver.
Tú sabes perfectamente en qué estaban pensando en realidad
Su sonrisa se amplió. Empezó a teclear una respuesta, pero se arrepintió de inmediato y la borró antes de enviarla.
No quería ser él quien insinuara que debían verse.
No otra vez. Oliver parecía estar dándole largas y, aunque el juego era divertido, si el flirteo no se iba a concretar en nada físico, Leo no creía estar interesado.
Qué?
Qué ibas a decirme?
Vi los tres puntos
Nada. Una tontería
Me gustan tus tonterías
Leo soltó una risita.
Ya. Eso dices
Oliver empezó a escribir. Pareció borrar el mensaje y empezó a escribir de nuevo.
Así que es eso…
Qué quieres decir?
Que estás molesto porque crees que solo soy palabrería
Leo elevó las cejas. Por fin estaba poniendo las cartas sobre la mesa. Decidió ser directo.
Y no lo eres?
No
Quiero verte
Leo sintió un calor que nada tenía que ver con las mantas que le cubrían.
Ah, sí?
Hoy
Esta misma noche
Creía que te gustaba hacerte el interesante
Si te parece pronto, podemos dejarlo para el mes que viene
Pero me da que ninguno de los dos quiere esperar tanto
Leo rio al ver la berenjena. Luego se mordió el labio inferior. Odiaba lo fácil que Oliver le leía las intenciones a través de una pantalla, pero adoraba que fuera tan directo.
Hoy me va bien
Dónde?
En el disturbio
Ya que nos conocimos ahí…
Hablamos luego
Leo dejó el móvil sobre su pecho, exhalando un suspiro. Había conseguido una cita. El pensamiento hizo que una sonrisa idiota se le instalara en la cara. Tenía que reconocer que hacía mucho tiempo que no le hacía tanta ilusión quedar con un tío.
Volvió a mirar el móvil y se puso a bichear en redes sociales.
Su último post fijado, una fotografía de sí mismo en el photocall de los premios Prisma, con esa atrevida chaqueta que resaltaba tantísimo el azul de sus ojos, acumulaba más de quince mil «me gusta».
«Chúpate esa, Jorge Valencia», pensó con malicia.
Luego se puso a revisar su feed, soltando un double tap aquí y allá, hasta que una publicación hizo que casi se le salieran los ojos del casco.
Era un selfie de Lucas. Posando con Germán.
Juntos en un bar o restaurante. Leo parpadeó para aclararse la vista, pero la imagen ante él no varió ni un ápice.
Se fijó en los detalles y @Lucas_mdn había publicado la fotografía a las 23:47 de la noche anterior.
Bajo la imagen, el texto simplemente decía:
@Lucas_mdn Haciendo nuevos amigos
—¿Y esto? —masculló.
Volvió a abrir el WhatsApp para mensajear a Lucas y le envió un simple:
Estás ahí?
Lucas se había conectado por última vez a las 04:35 h. Dudaba mucho que estuviera despierto a las diez de la mañana. Volvió al Instagram para mirar la imagen de nuevo.
—¿Qué coño…? —Le dio al botón de compartir y envió la publicación a Lara acompañado de un simple «WTF??».
Para su alivio, vio enseguida que Lara estaba escribiendo.
Buenos días, por cierto
Y esto??
Lucas está chiflado?
Te lo puedes creer???
Lara lo dejó en visto un par de minutos. Leo se levantó por fin de la cama y fue a orinar. Mientras soltaba el chorro, oyó el sonido de una nueva notificación. Se lavó las manos y volvió a coger el teléfono.
Deberías hablar con Lucas…
Leo tardó unos segundos en entender lo que su amiga le estaba diciendo.
Lo sabías??
Y no me habías dicho nada???
Tía!!!!
No era yo quien tenía que contártelo…
La confirmación de Lara le sentó como una piedra en el estómago.
No me jodas
Y por qué Lucas no me dijo nada?
Si puede saberse…
Que hables con él
Quedamos para desayunar?
No desayuno con traidores
Además, no estás por los madriles?