Orgullo* Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Maribel se quitó las gafas de presbicia y las dejó colgar de la cadena que tenía sobre el pecho.

—Pues no lo entiendo. Un hombre formal. Y educado. Y con un buen trabajo para toda la vida…

—Eso no significa que me tenga que gustar.

—Claro, porque a ti solo te gustan los impresentables que conoces en esa aplicación para quedar y…

Leo se puso de pie, claramente a la defensiva.

—No voy a discutir mi vida sentimental contigo —sentenció irritado. Se alejó para coger su chaqueta. Maribel fue a abrir la boca de nuevo, pero Leo no se lo permitió—. Para ya, ¿quieres? No intentes hacerte la casamentera. ¿Nos vamos? —Se dirigió a sus amigos.

Lucas guardó silencio. Vio a sus amigos recoger sus cosas y salir del salón, listos para irse de cañas, riendo y charlando.

Miró a Maribel, que suspiraba y volvía a sus facturas, y luego a la pantalla de la tablet.

Germán seguía allí, atrapado en el fondo de una foto, sin saber que se había convertido en un chiste.

Cuando levantó la vista, vio que Maribel lo miraba con seriedad.

—Tú sí que eres un chico sensato, Lucas —le dijo—, que sabe ver el interior de la gente y no solo el exterior. Leo a veces no entiende lo importante que es gustarle a alguien, aunque ese alguien no sea perfecto.

Lucas sonrió con cierta nostalgia. Miró en dirección a la puerta del local, por la que los demás habían ya desaparecido.

—No —suspiró Lucas—. No lo entiende porque a Leo siempre le ha bastado con pestañear para tener a quien quiera a sus pies. Buenas noches, Maribel.

Y mientras salía en pos de sus amigos, Lucas se sorprendió pensando en qué habría hecho él si alguien como Germán hubiera intentado besarle.

—¡Bienvenidos a Orgullo!, e l podcast para disidentes, donde hablamos los que no encajamos en la norma.

—¿No eres un hombre blanco heterosexual? —continuó Lara la cortinilla del programa con su habitual frescura—. No pasa nada, nosotras tampoco.

Leo sonrió ante las cámaras, sintiendo que, poco a poco, su humor iba mejorando.

Siempre le ocurría lo mismo cuando se ponía ante el micrófono: la emoción del directo, ver cómo el guion que tan meticulosamente habían escrito se iba desplegando con naturalidad gracias a la mutua confianza que se tenían y a las dotes comunicativas de ambos, las intervenciones de Susana con efectos de sonido que siempre eran acertadas y divertidas.

Sin embargo, una parte de su mente no estaba en los estudios de PodStand, sino en Beautifuck, defendiendo sus decisiones frente a su madre como si todavía fuera un adolescente.

A sus veintiocho años, a Leo le habría encantado poder gozar de mayor independencia, pero seguía viviendo en la misma ciudad de siempre, en el mismo barrio de siempre, en la misma casa en la que había crecido.

Una pequeña y retorcida parte de su cabeza casi se enorgullecía de ello, de ser parte de esta generación de españoles que no conseguía independizarse del hogar paterno —materno, en su caso— por culpa de los bajos salarios y el elevadísimo precio de la vivienda, tanto para compra como para alquiler. Especialmente, en Madrid.

Por otro lado, vivir con su madre y su hermana no era tan terrible.

El piso era antiguo, pero amplio y confortable, el barrio tenía todos los servicios que uno podía desear y estaba bien comunicado con el centro de la capital.

Y Maribel no había sido más que una excelente madre para Lidia y para él, por mucho que a veces le exasperara.

Su hermana lo daba por sentado porque ella, al ser más de siete años menor, no podía recordar un tiempo en el que su madre no había estado sola.

Pero Leo sí que recordaba al hombre al que había llamado padre solo porque había aportado parte de su ADN y había convivido con ellos hasta que se cansó de todo y los abandonó.

A día de hoy, Leo aún no entendía que la decisión de irse la hubiera tenido él, cuando Maribel había tenido muchas razones para echarlo de casa.

Leo recordaba algunas de aquellas razones, y esos recuerdos le escocían tanto como las azotainas que había recibido en las nalgas.

Quizás por eso, el mismo día que cumplió los dieciocho años, acudió al registro civil para invertir el orden de sus apellidos, al identificarse tan solo con el materno.

Sin embargo, nada de todo eso le daba derecho a su madre a meterse en su vida sentimental, criticarle por no aceptar los avances de un hombre como Germán ni, mucho menos, a hacerle  slut shaming  por liarse con tíos que conocía por Peckr.

—Y pasamos a leer las cartas de los oyentes —escuchó cómo decía Lara, anclándole al presente—. Aquí tengo una muy interesante.

Tras el efecto de sonido de un sobre siendo rasgado con un abrecartas, Lara empezó a leer:

—«Hola Leo y Lara. Me llamo José y soy de Sevilla.

Escribo porque me siento asfixiado por mi familia.

Mis padres esperan de mí que me busque a alguien con quien casarme y tener estabilidad.

Salí del armario delante de ellos de adolescente y, tras el shock inicial, lo han llevado bastante bien, pero siguen exigiendo de mí que tenga un estilo de vida tradicional a pesar de todo».

—Y antes de seguir leyendo, Lara le lanzó una mirada llena de conocimiento—.

«Mi madre intenta siempre liarme con chicos que conocen del entorno laboral y empresarial y me he visto teniendo citas con más de uno de ellos, aunque no me gustaban.

Me siento en una jaula y no sé cómo decirle a mis padres que quiero ser libre, no solo para estar con hombres, sino para estar con los hombres que yo elija».

Mientras escuchaba las palabras, Leo sentía que el texto lo podría haber escrito él mismo.

—«Mis padres dicen que si encontrara a alguien serio, con un trabajo de verdad, se me pasarían las tonterías y que mi estilo de vida es solo un signo de inmadurez». —Lara apartó la mirada de la pantalla del ordenador y la posó en Leo—. Las expectativas familiares como problema. ¿Qué opinas?

Leo tuvo que tomarse un segundo para recomponerse. Los problemas de José de Sevilla se parecían demasiado a los suyos y supo que Lara había elegido ese correo en concreto para darle una oportunidad para desahogarse .

—Que a veces, nuestras madres, benditas sean, tienen una idea muy clara de qué tenemos que hacer para ser felices. Y de que, muchas veces, están completamente equivocadas.