Orgullo* Capítulo 7
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Capítulo 7

Capítulo

Siete

Lucas caminaba por las desiertas calles de su barrio con las manos hundidas en los bolsillos de sus vaqueros y un audiolibro sonando en sus auriculares.

La suscripción a aquella plataforma era uno de sus pocos vicios, todos ellos relacionados con la literatura.

A veces se sentía culpable por el gasto; por pagar para que le leyeran un libro que ya tenía en formato físico y en ebook.

Otras veces, lo que le hacía sentir culpable era la temática de los libros en cuestión.

Nunca les había confesado a ninguno de sus amigos que leía romance.

Concretamente, romance gay. Más concretamente, romance gay de monstruos.

No era algo de lo que se sintiera orgulloso, pero mientras el narrador describía con una voz peligrosa y ronca cómo el guerrero orco acorralaba al protagonista contra la corteza de un árbol sagrado para reclamarlo y hacerlo suyo, Lucas se vio obligado a detenerse en un portal oscuro.

Cerró los ojos, esbozando una sonrisita avergonzada mientras escuchaba una detallada y húmeda escena de sexo que incluía  scenting , marking , slicking y knotting , conceptos con los que Lucas estaba muy familiarizado… al menos en la ficción.

A veces se preguntaba por qué le gustaban tanto esas historias, llenas de sexo violento, pero también de devoción, amantes destinados y finales felices.

Quizás era eso, la parte más  romance  y menos  monster , lo que realmente le atraía de esos libros.

Aunque tuviera que confesar que las escenas sexuales hacían que se le disparara el pulso.

Tampoco era que soñara con liarse con un monstruo.

Ni lo pretendía ni lo deseaba, y solo pensaba en ello en el momento en que se ponía a leer.

Era una fantasía inofensiva e irrealizable, y eso, según Lucas, estaba bien.

Él creía que había cosas que solo eran deseables mientras se mantuvieran en el plano de lo imposible y que, por lo tanto, era mejor que no se materializaran.

Para él, aquel despliegue de colmillos, gruñidos y pollas enormes era como una película de acción: disfrutaba del espectáculo porque sabía que, al terminar, su vida seguiría en orden.

Además, a él ni siquiera le gustaban los hombres malotes o dominantes.

Solo aspiraba a conocer a un buen tío con el que compartir su vida.

Y que, preferiblemente, no le juzgara por su gusto en libros.

Con un suspiro, apagó el audiolibro al terminar el capítulo y prosiguió su camino.

Había quedado con sus amigos para echarse una caña en La Estrella y Leo le había dicho que estarían en Beautifuck.

Cuando Lucas se aproximó, el cierre del centro ya estaba echado, pero en el interior la luz blanca de los fluorescentes seguía encendida, derramándose sobre la oscura acera y compitiendo con la amarillenta luz de las farolas.

Lucas dio dos rápidos toques en el metal y unos segundos más tarde, la valla metálica subió y Leo le abrió la puerta de aluminio y cristal.

En cuanto se adentró en el salón, Lucas vio a Lara sentada a una de las mesas, con las manos descansando sobre una toalla blanca, mientras Lidia, sentada frente a ella y con una mascarilla bajada al cuello, trabajaba en sus uñas con un pincel de precisión.

En el mostrador del fondo, Maribel se peleaba con una montaña de facturas y una calculadora que parecía no darle las noticias que esperaba.

—Habíamos quedado a las ocho —le dijo el periodista a modo de saludo.

Lucas miró su reloj. Las aventuras del Señor de la Horda y su amante humano solo le habían retrasado unos diez minutos.

—¿Y eso? —preguntó, señalando a Lara.

—Como no venías, Lidia se ha ofrecido a hacerme un apaño rápido —aclaró Lara, saludándolo con la mano que tenía libre.

—Rápido, dice —bufó Leo. Luego, dirigiéndose al recién llegado, añadió—: Nos va a tener media hora esperando por ella.

—Exagerado —contrarrestó Lara con una sonrisa.

Lucas dejó su chaqueta sobre el sofacito de espera y se acercó a la mesa de manicura.

—¿No deberías haberte hecho la manicura  antes  de haber ido a la entrega de premios? —rio Lucas, apoyándose en el mostrador junto a Maribel.

—Y me hice una manicura antes de la gala, pero ahora quiero algo más informal y cómodo.

—Pues no habértelas puesto tan largas —rio Leo, que se sentó en el sofá y volvió a coger su tablet.

—Qué duro es que los hombres no nos entiendan —dijo Lidia, levantando un segundo su mirada—. Ya podríais tener más sensibilidad, que para eso sois los dos…

—… ¿Maricas? —terminó Leo la frase por ella.

Lidia resopló en silencio y retomó su trabajo.

—Joder, Lara. En esta foto estás estupenda —silbó Leo.

—¿Qué miras? ¿Fotos de anoche? —se interesó Lucas.

Leo asintió y Lucas se sentó junto a él para asomarse a la pantalla de la tablet y ver fotos de la gala de premios.

Justo entonces, una notificación de mensaje apareció en la parte superior de la tablet.

Lucas no pudo evitar leer el nombre de Oliver.

Leo, con un movimiento instintivo y rápido, deslizó el dedo para borrar la notificación antes de que el texto se desplegara por completo, pero no pudo ocultar la pequeña sonrisa que le iluminó el rostro.

—¿Y ese quién es? —preguntó Lucas, más por curiosidad que por cotilleo.

Leo lanzó una mirada en dirección a su madre antes de llevarse un dedo a los labios.

—Mejor no hablar de eso ahora —susurró.

Lucas se hizo una nota mental de preguntarle luego. Ya le sacaría información en el bar. Decidió centrarse en las fotografías.

En la primera imagen, Leo sonreía con esa elegancia natural que a Lucas le parecía casi insultante, mientras que Lara, cogida de su brazo, estaba realmente espectacular.

—Qué guapos sois —suspiró, la voz preñada de envidia y admiración a partes iguales.

Maribel se acercó también a ellos .

—La verdad es que salimos bastante favorecidos. Mira esta en el  photocall . —Leo giró la tablet para que Lara, a quien Lidia aplicaba ya una capa de  top coat , pudiera ver la foto en cuestión—. Hasta parecemos gente importante.

—Sois gente importante, cariño —masculló Maribel—. Lo que pasa es que no todo el mundo se ha dado cuenta todavía.

Leo sonrió a su madre antes de seguir pasando fotografías, deteniéndose en algunas para aclararles quién era tal o cual persona o para comentar el  outfit  de alguien, hasta que de pronto se detuvo.

Lucas se fijó en cómo su amigo tensaba la mandíbula y pasaba la siguiente imagen con demasiada rapidez.

Pero no fue lo suficientemente rápido para Maribel.

—Oye, ¿no es ese el asesor aquel tan guapo? —intervino, metiendo mano en la pantalla para volver a la imagen anterior—. El hijo de la marquesa.

—Sobrino, mamá, sobrino —corrigió Leo.

Lucas no pudo evitar fijarse en cómo Leo se removía en su asiento, pero su atención se desvió rápidamente hacia la siguiente fotografía.

Allí, entre la multitud, reconoció la figura de Germán Collado.

Lucía el mismo porte que Lucas recordaba de la noche en El Disturbio, pero su expresión era de puro estupor.

—¿Germán estuvo en la gala?

Leo se encogió de hombros e intentó cambiar de imagen y de tema, pero Lara, con una manicura impecable ya terminada, le quitó la tablet de las manos para mirar la foto.

—Creo que esta es la cara que se le debió quedar después del «incidente» —reveló con malicia—. Pobre Germán —rio—. No sabía dónde se metía.

Si no conociera mejor a su mejor amigo, Lucas habría jurado que este se estaba ruborizando.

—¿Qué incidente?

Leo dejó la tablet sobre el sofá y se frotó la nuca, evitando la mirada de los demás.

—No fue para tanto —masculló, aunque sus orejas empezaban a teñirse de un rojo delator—. Solo un malentendido.

—¿Qué malentendido? —se interesó Lucas.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó Maribel a la vez.

—Germán Collado —recitó Lidia—, de la Secretaría General de Cultura.

—Es el funcionario del ministerio que nos está gestionando lo de la exposición —le explicó Lara.

Leo se había sumido en un súbito mutismo, muy impropio de él.

—¿Funcionario? ¿Del ministerio? —Maribel cogió la tablet para mirarla por encima de sus gafas—. Pues es bajito, pero qué buena planta tiene.

Ahora sí, definitivamente Lucas se convenció de que Leo se estaba ruborizando.

—¿Pero qué fue lo que pasó? —volvió a preguntarle.

—Que intentó besarle —exclamó Lara, que no podía aguantarse más el chisme—. En mitad de la fiesta, delante de todo el mundo.

—¿En serio? —se interesó Lidia.

—Y tan en serio.

Todos los ojos se volvieron hacia el periodista.

—No fue en mitad de la fiesta, fue en un rincón —rectificó Leo, abochornado—. Y no es solo que intentara besarme, es que me soltó un discurso loquísimo sobre la compatibilidad de caracteres y lo adecuado que soy para él. Para cuando me quise dar cuenta, lo tenía encima.

—¿No me digas? —Maribel parecía entusiasmada ante la perspectiva de semejante partido para su hijo.

—¿Y tú qué hiciste? —preguntó Lidia, divertida.

Leo suspiró.

—Pues una cobra descomunal. Fue completamente instintivo, me eché hacia atrás con tanta fuerza que casi me desnuco. Si me llego a descuidar, me muerde la nariz.

Lara y Lidia estallaron en carcajadas. Lucas forzó una sonrisa, pero al mirar de nuevo la foto, sintió una punzada de malestar. Germán parecía incómodo en la fotografía, casi humillado. ¿Era así como había quedado tras el rechazo de Leo? Maribel, por su parte, parecía indignada.

—Pues no sé de qué os reís, para un hombre decente que pretende tener algo con mi hijo… —les amonestó mientras negaba con la cabeza. Las dos chicas dejaron de reír en el acto.

—Será decente, pero es un pesado —aclaró Leo.

—Es que deberías ver cómo habla, mamá —intervino Lidia—. Es un cursi y un pedante. No me imagino a Leo con alguien así .

—Pues no veo por qué no. Se le ve buena persona —se empecinó Maribel.

—Es majo —coincidió Lucas.

—¿Majo? —Leo le miró con las cejas levantadas, incrédulo.

Lucas se encogió de hombros.

—A mí me lo pareció.