Orgullo* Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Me cuesta creerlo —confesó Lara—. Y estoy segura de que Álvaro no sabe nada de todo esto. Él no conocía a Oliver, y luego me confesó que no sabía a cuento de qué venía el comportamiento de Dante.

—No dudo que eso sea verdad. Álvaro es demasiado noble para ser amigo de alguien así —le concedió Leo.

Lara se frotó los brazos, como si sintiera el cuerpo frío de repente.

—No me extraña que, sabiendo eso, no puedas ni verle —dijo al final.

Leo miró hacia la ciudad. Las lejanas luces que titilaban en la bruma daban un aire fantástico a la escena.

Pensó en las otras cosas que sabía, en las cosas que Dante y él se habían dicho.

«¿De verdad crees que yo no me atrevería?

». Un escalofrío lo recorrió. Ahora sabía que sí, que Dante se atrevería, pero ¿cómo de malparado hubiera quedado él si aquella noche se hubiese dejado llevar por la curiosidad y el deseo en vez de la indignación. Negó con la cabeza.

Vio entonces que Lara temblaba en su ligero vestido y se quitó la chaqueta para ponerla sobre sus hombros. El frío le caló a través de la tela de su camisa y sintió que se le erizaban los pezones.

—Vámonos dentro. Hace frío y le prometí a Quique que hablaría con los de Política.

Al cruzar de nuevo el umbral, el calor del salón le golpeó el rostro.

La música había subido de volumen, volviéndose más rítmica, y el olor a vino se mezclaba ahora con el de cientos de personas que llevaban horas embutidas en su ropa de fiesta.

Leo cumplió la palabra dada y pasó media hora charlando con la jefa de Política, una mujer inteligente con la que se enredó en un debate sobre la nueva ley de prensa y que le prometió una entrevista exclusiva con un redactor de la sección de Cultura cuando Lara y él expusieran su obra en «Miradas diversas».

Luego charló con más compañeros, esquivó un par de intentos de selfie de algunos invitados que le reconocían por sus vídeos en TikTok y se tomó un par de copas de más.

Lara se había ido al baño, dejándole a solas cerca de una de las barras auxiliares.

Fue entonces cuando vio a Germán Collado, intentando, sin mucho éxito, llamar la atención de Dante.

No le dio tiempo a agradecer el no haberse topado antes con el funcionario cuando vio cómo Dante por fin reparaba en el hombre, pomposo y bajito, que había tirado de la manga de su chaqueta.

Dante miró hacia la mano que le había agarrado con un asombro que era casi cómico.

Leo sonrió ante la escena que se representaba ante él: Germán gesticulaba con una copa de champán en la mano, deshaciéndose en halagos y reverencias, mientras Dante mantenía el cuerpo rígido y la mirada atónita en algún punto del rostro de aquel hombre.

Al final, con un gesto cortante de la mano, Dante interrumpió a Germán, que calló contrito para escuchar las duras palabras con las que, a juzgar por su tensa postura, el asesor lo despachó.

Dante se dio la vuelta y se alejó de Germán sin mirar atrás, dejándolo con la palabra en la boca.

La sonrisa desapareció de sus labios al ver que el atribulado funcionario se apartaba de la muchedumbre y sintió el extraño impulso de acercarse a él. Quizás fuera el vino, o quizás esa pulsión suya de ponerse siempre del lado de los más desfavorecidos, incluso si era alguien como Germán.

—No te sientas mal por cómo te ha tratado ese hombre —le dijo Leo al acercarse.

Germán se sobresaltó, pero al ver que era Leo quien le hablaba, su rostro se iluminó con una sonrisa inmediata. Se colocó la corbata y sonrió de esa forma que a Leo siempre le recordaba a un comercial de seguros.

—Oh, no me siento mal, Leo —respondió, bajando la voz como si le compartieran un secreto de estado—. Considero que un hombre de tan alto estatus tiene derecho a ser agradable solo con quien él considere oportuno. Es el orden natural de las cosas.

Leo arrugó el entrecejo, incrédulo.

—¿De verdad? ¿Crees que está bien que trate mal a todo el mundo porque le pusieron un chupete de oro al nacer?

—Oh, ya veo que mi comentario no comulga con tus idealistas opiniones. —Germán soltó una risita forzada—. En todo caso, espero que sepas que no pretendía ofenderte.

—No pasa nada, Germán. Me alegro de verte —dijo Leo, a modo de despedida.

—Yo también me alegro. —Germán lo retuvo—. De hecho, deseaba encontrarme esta noche contigo, porque considero que este es el escenario perfecto para lo que tengo pensado decirte.

—¿No me digas? ¿Y qué tenías pensado decirme? —preguntó Leo.

Germán dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal .

—La modestia es solo una de tus muchas cualidades, Leo, pero no es la que principalmente me gusta de ti. No puedes seguir teniendo dudas acerca de lo que pretendo decirte. Desde el momento en el que te vi por primera vez, supe que eras el hombre ideal para mí.

Leo esbozó lo que iba camino de ser una risa, convencido de que Germán estaba bromeando, hasta que el gesto determinado y solemne del hombre le hizo entender que hablaba en serio.

—Germán, no…

—Tienes las cualidades perfectas —le interrumpió Germán, imperturbable—. Eres inteligente, divertido, tienes talento, y eres además, permíteme decirlo, bastante atractivo.

—¿Bastante? —repitió Leo, ofendido a pesar de sí mismo.

—Sí. Todas cualidades muy deseables. Aunque mis sentimientos rara vez se dejan llevar por una racionalidad tan pura, opino que esta vez me han atraído hacia mi pareja idónea.

Me siento indudable e inequívocamente atraído hacia ti.

Y, si todo eso no fuera suficiente, creo que podríamos llegar muy lejos juntos, Leo.

Mi posición en el Ministerio, tu alcance en redes… seríamos imparables.

—¿Imparables? —Esta vez no pudo reprimir una sonrisa burlona.

La mirada de Germán se detuvo un momento en sus labios.

—Sí —afirmó con la voz estrangulada—, como yo, ahora mismo.

Animado por su propio discurso, se lanzó hacia él, con la clara intención de besarlo. Leo, en un acto de reflejo, le hizo una cobra tan monumental que casi perdió el equilibrio. El rechazo fue tan evidente que el tiempo pareció congelarse entre ellos.

—¡Germán! —siseó Leo, recuperando la verticalidad.

—Lo entiendo, lo entiendo. Perdona mi atrevimiento. Este no es el lugar adecuado.

—¿Que no es el lugar adecua… ? No, no es eso.

—Puedes decirme lo que sea. Entenderé cualquier cosa que te retenga ahora mismo y te impida sucumbir a la tensión sexual que hay entre nosotros.

Leo se quedó con la boca abierta, sin saber qué decir. En su fuero interno, se vio obligado a admirar la confianza que Germán tenía en sí mismo.

—No hay nada que me retenga salvo la falta de atracción que siento por ti.

—Germán fue a rebatirle, pero Leo no se lo permitió—.

Lo siento, te has equivocado conmigo. Me voy —añadió, levantando una mano y poniéndola frente a Germán, en un gesto de rechazo mientras se alejaba de él—, y te rogaría que, a partir de ahora, nuestra relación fuera estrictamente profesional.

Leo se dio la vuelta para huir, pero se detuvo en seco. Al fondo de la sala, apoyado contra una de las mesas altas, Dante lo estaba observando.

No había ni un solo rastro de burla en su rostro, sino una intensidad oscura. Lo miró de arriba abajo, registrando su indignación y su integridad. Leo comprendió que Dante lo había visto todo y sintió que enrojecía hasta la raíz del pelo.

—Joder… —farfulló mientras se escabullía, sintiendo la mirada de Dante quemándole en la nuca.

—¿Dónde te habías metido? —Lara apareció de ninguna parte y lo cogió del brazo—. Te estaba buscando.

—¿Podemos irnos ya? —pidió.

—Claro. ¿Estás bien?

—Demasiadas emociones en una misma noche —se disculpó.

Ella asintió y se dirigieron hacia la salida. Con Lara del brazo, Leo se atrevió a mirar por encima del hombro. Ya no se veía a Dante por ninguna parte. Y, para su sorpresa, no sintió alivio por ello.