Orgullo* Capítulo 6 #2
30%

Capítulo 6 #2

El ambiente había cambiado. El rigor del patio de butacas se había disuelto y en el aire, ahora menos denso, se escuchaba el murmullo de conversaciones y el tintineo constante de los hielos contra el cristal.

Las personas se agrupaban en pequeños grupos; se escuchaban felicitaciones a los ganadores o leves pésames a los que no habían sido tan afortunados, pero la mayoría de la gente había pasado página ya.

Se hablaba de la siguiente edición, de los talentos emergentes, pero también de cómo la industria cambiaba, de si la prensa digital había superado definitivamente a la tradicional, de si los podcasts serían el fin de la radio, de la tiktokización de la prensa, e incluso de la política.

Leo y Lara se abrieron paso hacia la zona de la barra principal.

—Esto parece un zoológico —susurró él, aceptando un gin-tonic que su amiga le puso en la mano.

—Es el mercado, amigo —respondió ella con un guiño, aunque sus ojos escudriñaban la sala.

—A veces, siento que pertenezco a los dos mundos y a ninguno a la vez.

—¿Qué quieres decir?

Leo se encogió de hombros un momento, como si no supiera explicarlo. Luego señaló a un grupo de famosos periodistas, todos de la vieja guardia, que habían presentado informativos, dirigido las secciones de política de periódicos o famosos programas de radio.

—Soy uno de ellos. Más joven, con menos experiencia, pero soy un periodista también.

Pero ellos me ven como a un influencer al que solo le publican libros y columnas porque tiene seguidores en TikTok.

Y sin embargo… —Señaló esta vez con la barbilla a un grupo de influencers.

En me dio de todos ellos, Jorge Valencia sonreía feliz y mostraba su galardón—.

Ellos me consideran un aspirante, un impostor.

No soy lo suficientemente famoso, no tengo la suficiente relevancia.

¿Lo ves? Demasiado metido en redes para ser considerado un periodista serio.

Demasiado poco relevante para ser un influencer a tener en cuenta.

—Perteneces a los dos mundos y a ninguno… —le parafraseó Lara—. ¿Así es como te ves a ti mismo? —Se sorprendió ella. Se giró hasta quedar apoyada en la barra y le miró con intensidad—. No sabía que quisieras ser un influencer .

Leo chasqueó la lengua.

—Y no quiero. Si pudiera elegir…

—… Querrías que te consideraran un periodista serio —acabó ella la frase. Leo asintió—. Ya eres un periodista serio. Lo sabes, ¿verdad? No importa lo que digan esos carcamales.

Leo fue a decir algo, pero se quedó petrificado.

Lara siguió su mirada y vio a Dante entre los invitados.

El asesor destacaba entre la muchedumbre y no tenía que esforzarse para hacerlo.

No solo por su elevada estatura, sino también por su porte, por el impecable traje que vestía, por su elegancia innata.

Tenía un vaso en la mano y hablaba con una politóloga muy mediática.

—¿Leo? —se extrañó.

—¿Sabías que estaría él aquí? —preguntó sin apartar la mirada de él.

—Sí, lo sabía. Álvaro me lo había comentado. ¿Qué pasa? —insistió, extrañada por la reacción de su amigo.

Leo no tuvo tiempo de responder. Dante se despedía de la politóloga y, con una seguridad que a Leo le crispó los nervios, se dirigía directamente hacia ellos.

No parecía el mismo hombre que había huido en El Disturbio; caminaba con el mentón alto, saludando con leves inclinaciones de cabeza a diestra y siniestra.

—Buenas noches —dijo Dante al llegar a su altura. Su voz era profunda, una nota de calma en medio del caos de la fiesta. Saludó a Lara con dos besos y una sonrisa cortés antes de clavar sus ojos en Leo—. Enhorabuena por el premio de tu director. Supongo que es una gran noche para La Redacción .

—Gracias —respondió. Su tono era tan seco que Lara le lanzó una mirada de advertencia—. Aunque imagino que para alguien acostumbrado a las altas esferas, un premio a un digital debe parecer una nadería .

Dante arqueó una ceja, sorprendido por su tono agresivo.

—No desprecio el trabajo ajeno, Gallardo. Menos aún el de Leguina. Es un gran periodista.

—¿Aunque sus ideas no comulguen con las tuyas?

Dante esbozó una sonrisa perfecta, si bien algo forzada.

—La Inquisición se acabó hace siglos.

—Ya, pero hasta hace cuarenta años no teníamos libertad de prensa, así que…

—¿En serio? ¿Me estás echando en cara la dictadura? —pareció reírse de él.

—Recuérdame de nuevo quién fundó el partido para el que trabajas.

—Ya está bien de hablar de política —intervino Lara con una sonrisa tensa, poniéndose entre ambos, como si temiera que fueran a llegar a las manos en cualquier momento.

—Sí, será lo mejor —aceptó Leo—. Hablemos de otra cosa. No te tenía por el tipo de gente que va a El Disturbio. Una pena que al final no te decidieras a entrar —le escupió a Dante.

Este, si se dio por aludido, no lo hizo notar.

—No habría estado mal, para variar, pero no me pareció el momento oportuno. ¿Y tú? ¿Vas allí a menudo? —se interesó.

—Bastante. De hecho, el otro día hicimos un nuevo amigo allí, ¿no es así, Lara?

Ella, que no sabía a qué venía aquel comentario, no hizo más que asentir.

—Oliver es muy sociable —concedió Dante—. No le suele costar hacer amigos. Lo que le cuesta es mantenerlos.

—Ya, ya lo sé. —Leo soltó una risita desprovista de alegría—. Por lo que me contó, eso fue lo que le pasó contigo. Curioso, ¿no?

Dante se tensó. El aire entre ellos se volvió eléctrico, un silencioso duelo de miradas que Lara observaba con la boca abierta.

—No, no tan curioso. —Su voz ya no era tan firme como un momento antes y Leo sintió la satisfacción de la victoria—. Si me disculpáis, tengo aún mucha gente a la que saludar. Buenas noches —se despidió.

—Buenas noches —dijo Lara mientras Dante ya se alejaba de ellos. Luego se volvió hacia Leo—. ¿Qué ha sido eso? —le exigió a su amigo.

—Nada —contestó él, haciéndose el inocente .

—Y una mierda —le rebatió ella—. Hay algo que no me quieres contar. Desde el Peacock’s se te cambia la cara cada vez que lo ves. Y sé que en la sierra pasó algo. Y ahora esto.

—Joder —siseó Leo, soltando su copa en la barra.

Lara elevó las cejas.

—¿De verdad creías que no me iba a dar cuenta de nada? ¿Qué coño pasa entre vosotros?

Leo miró a ambos lados como si quisiera asegurarse de que nadie los estaría escuchando. Frunció los labios al ver que estaban rodeados de gente.

—Ven conmigo. —La cogió del brazo y empezaron a caminar.

Lara se dejó guiar, sabiendo que si Leo se comportaba así era por una buena razón.

No dijo nada mientras seguía a Leo. Salieron a la terraza.

Allí había menos personas, algunas parejas que admiraban las vistas o fumadores que interactuaban con quienes compartían su vicio.

Leo, aún agarrándola, la guio hasta la parte más desierta de la terraza, lejos de oídos ajenos.

Solo entonces la soltó y abrió la boca para hablar.

—Es gay —le soltó.

Lara tardó un momento en entender lo que Leo le estaba diciendo.

—Dante es… ¿Cómo lo sabes? —Abrió desmesuradamente los ojos—. ¿Te has liado con él?

—No, joder. No es eso. ¿Por qué crees que me lío con todo el mundo?

Lara se apoyó contra la barandilla. La brisa nocturna le agitó el cabello y un mechón se le cruzó en la cara. Se lo apartó con impaciencia.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde la inauguración de «Fuera de plano» —confesó—. Oí a Álvaro preguntarle si no me encontraba atractivo.

—¿Y él qué contestó?

El rechazo del asesor se abrió camino en su mente. «Solo es un chico de periferia con un micrófono y muchas ganas de llamar la atención. No es para nada mi tipo, y ciertamente no es alguien con quien quiera que se me relacione».

—Eso no es importante ahora —repuso con impaciencia, apartando el recuerdo.

—No, no lo es —convino ella—. Entonces Carolina y él no son pareja —dedujo .

—¿Por qué dices eso?

Lara ladeó la cabeza.

—¿Te crees que Álvaro permitiría que su amigo gay engañara a su propia hermana? —adujo.

—¿Crees que Carolina lo sabe?

—Lo más seguro. Si Álvaro lo sabe, ella también debe de saberlo.

Leo no respondió. Por un momento, procesó la lógica de Lara: si Carolina era la barba de Dante en vez de una víctima, el castillo de naipes de su indignación por la hipocresía de Dante se desmoronaba.

Pero le dio igual. Ahora sabía que Dante era capaz de cosas mucho peores que esa.

En su mente, el juicio ya estaba dictado y la sentencia firmada.

—Sigo sin saber qué te pasa con él —le presionó su amiga.

Leo no supo qué contestar. Por un lado, sentía que se había quitado un peso de encima compartiendo este secreto con su amiga, aunque se sentía mal por desvelar la orientación sexual de alguien que se cuidaba mucho de mantenerla oculta.

Por otro lado, ¿cómo explicarle a Lara el extraño juego al que Dante y él habían estado jugando desde aquella noche en el Peacock’s?

Leo ni siquiera tenía muy claro qué era lo que había entre ellos, si se podía decir que hubiera algo.

Lo que sí tenía claro era que, desde que había conocido a Oliver, había entendido por qué Dante le escamaba tanto desde que lo viera por primera vez.

—¿Recuerdas la reacción que tuvo Dante en la puerta de El Disturbio?

—Claro que lo recuerdo. —Lara asintió—. Y también me acuerdo que fue al ver a Oliver. Pero cuando Álvaro y yo nos metimos en el coche con él, no quiso decir ni una sola palabra al respecto.

—Oliver sí que me contó lo que había pasado entre ellos.

Leo procedió a contarle lo que el fotógrafo le había confiado: su relación con Dante, la sordidez que había alcanzado y cómo este le había abandonado en cuanto la cosa se puso fea. Lara lo miraba ojiplática.

—No me lo puedo creer —dijo cuando Leo terminó su relato—. Soy la primera en aceptar que Dante no es un dechado de simpatía, pero de ahí a que haya sido capaz de algo así… ¿Estás seguro?

Leo se encogió de hombros.

—¿Qué razón puede tener Oliver para mentirme? Y ya viste cómo se portó Dante. Si ese no es el comportamiento de un hombre que se siente culpable …