Orgullo* Capítulo 6
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Capítulo 6

Capítulo

Seis

La gala de los Premios Prisma reunía cada año a lo más granado del mundo de la prensa y la comunicación.

Periodistas, fotógrafos, presentadores o tertulianos de la vieja guardia se codeaban ese día en El Círculo de Bellas Artes con autoridades culturales y políticas.

En los últimos años, influencers, podcasters y comunicadores de todo tipo se habían ido sumando a la celebración a medida que aparecían categorías para los mejores podcasts, blogs o columnas independientes, desdibujando la frontera entre el prestigio de siempre y la viralidad del momento.

No era solo una entrega de premios; era el termómetro que mostraba quién seguía siendo relevante en un mundo que cambiaba constantemente.

Entre los destellos de los flashes y el murmullo de conversaciones a media voz, se decidía el prestigio de la temporada bajo el peso de un galardón de cristal que, según las malas lenguas, servía cada vez menos para recompensar el talento y cada vez más para encumbrar a quienes acumulaban más followers .

A Leo le había llegado una invitación un par de meses antes, remitida por el director de LaRedacción.es , el digital para el que escribía una columna semanal desde incluso antes de terminar la carrera.

Era el tercer año consecutivo que lo invitaban a asistir a la gala, y como siempre, le había pedido a Lara que fuera su plus one .

—Sabes que odio acompañarte, ¿verdad? —le preguntó Lara, recolocándose el vestido mientras ambos se adentraban en el recinto.

El vestido era una pieza de satén dorado de extremada sencillez, que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, convirtiéndola en una diosa de oro que giraba cabezas a su paso.

—Yo también te quiero —repuso él, pasándose la mano por la solapa de su propia chaqueta.

Leo no se había quedado atrás. Para la ocasión había elegido un traje con una chaqueta entallada de terciopelo de azul klein, que acentuaba el color de sus ojos, y una pajarita con un llamativo estampado floral en tonos azules, amarillos y verdes.

—El próximo año invita a Lucas. O a tu hermana —añadió, levantando una mano para saludar a una conocida—, que se muere por venir a un sarao de estos.

—Ni loco traigo a Lidia a un sitio así… —dijo, sin dejar de teclear en su móvil—. Además, no solo te invito porque seas mi amiga, sino porque…

—Soy la copresentadora de tu podcast y a PodStand le viene genial la publicidad de tenernos a los dos posando en el photocall .

—Pues si lo sabes, ¿para qué me haces gastar saliva?

Se detuvieron justo antes de doblar la esquina que daba al panel de logotipos.

Una chica joven con un pinganillo y una acreditación colgada al cuello les hizo una señal con la mano, pidiéndoles que aguardaran un segundo mientras un presentador de televisión terminaba de posar.

El teléfono de Leo volvió a sonar y este lo desbloqueó y esbozó una sonrisa antes de empezar a teclear.

—¿Con quién te mensajeas? —inquirió Lara, mirando por encima de su hombro para curiosear en su pantalla.

Leo protegió el móvil, pegándolo contra su pecho.

—No seas fisgona.

—¿Con quién?

Justo entonces, le entró otro mensaje. Leo puso los ojos en blanco.

—Con Oliver —dijo. Lara lo miró desconcertada—. El chico que conocimos el otro día en El Disturbio.

—No, si me acuerdo de él. Lo que no sabía era que… —Lara sonrió con malicia—. ¿Estáis liados?

—No —se apresuró a negar—, solo somos amigos .

El presentador de televisión avanzaba por el photocall y Leo supo que enseguida tendrían que salir. Se apresuró a escribir:

Te tengo que dejar

Empieza el sarao

Tenemos que pasar por un photocall y todo LOL

La respuesta de Oliver no se hizo esperar:

Suerte con los focos.

No dejes que te cieguen, que tú brillas por ti solo

Leo sonrió para sí mismo, sintiendo un calor en el pecho que nada tenía que ver con la calefacción del Círculo. Guardó el teléfono justo cuando la organizadora consultaba su lista, les dedicaba una sonrisa profesional y decía:

—Cuando quieras, Leo. Todo tuyo.

—Espera. —Le detuvo Lara, agarrándole del brazo.

En apenas un segundo se puso ante él, le recolocó la pajarita y le retocó un mechón de pelo—.

Hala, ya estás perfecto. Leo le ofreció un brazo, pero ella negó—.

No, sal tú primero. Leguina va a querer una foto solo de ti para el digital.

Y tú la necesitas para tus redes. Me uno a ti en medio minuto.

Leo asintió mientras escuchó a la organizadora decir:

—Entra Leo Gallardo de La Redacción .

Leo dio un paso al frente y abandonó la penumbra del pasillo para entregarse al rugido de los flashes.

Al cruzar la línea imaginaria de la lona con el logotipo de los premios impreso, el mundo se volvió blanco y brillante.

Una ráfaga de disparos mecánicos le dio la bienvenida.

Forzó su mejor sonrisa e intentó mantener el tipo mientras los fotógrafos gritaban su nombre con una familiaridad agresiva.

Duró apenas cinco segundos.

El ritmo de los flashes se mantuvo, pero el foco de atención cambió de repente.

Apenas unos metros más allá, en el centro absoluto del panel de logotipos, estaba Jorge Valencia, con su melena rubia, su traje de sastre y sus ciento cincuenta mil seguidores.

Mientras los fotógrafos se desvivían por captar el mejor ángulo del influencer gay más conocido del país, nominado ese año a mejor programa de emisión digital, él se limitaba a sonreír con la condescendencia de quien se sabe el rey del momento.

Jorge miró hacia él, sonrió y le dijo algo a su acompañante, una actriz que copresentaba con él el podcast Casi de todo . Leo volvió la vista y resopló, pero se sintió muy pequeño de repente, como si volviera a tener veintiún años y fuera todavía un simple wannabe en la periferia de la influencia.

—¡Leo! ¡Una mirada aquí, al centro! —gritó un fotógrafo, devolviéndolo a la realidad.

Leo forzó la sonrisa de nuevo, pero la sensación de ridículo no lo abandonaba. Por suerte, en ese momento sintió la mano de Lara en su brazo, uniéndose a él.

Su amiga sonreía con naturalidad, y su espectacular belleza relucía bajo los flashes, que resaltaban el bronce de su piel y el ónix de sus ojos.

Una nueva ráfaga de disparos los envolvió tras su aparición.

La sonrisa de Leo se volvió, por primera vez en la noche, genuina.

Estaba seguro de que muchos de los fotógrafos no tenían ni idea de quién era su acompañante, pero, ante semejante despliegue de fotogenia, debían dar por sentado que se trataba de una modelo o de alguna actriz de moda.

—No le hagas caso al estirado ese —le siseó Lara entre dientes, sin dejar de sonreír ni una sola vez. Ambos se giraron hacia un fotógrafo que no dejaba de gritarles—. Tienes el doble de talento que él.

—Y la mitad de seguidores.

Ahora sí, ella lo miró.

—Tú, más que nadie, sabes que eso no es lo más importante.

Leo asintió. Jorge Valencia y su acompañante ya habían abandonado el photocall y a ellos ya les hacían gestos para que hicieran lo mismo. Con alivio, ambos amigos avanzaron por la alfombra roja hasta dejar atrás la algarabía que se formó cuando un nuevo influencer hizo su aparición.

—Menuda locura, ¿eh?

Quique Leguina, el director de LaRedacción.es les miraba con una sonrisa.

—Y que lo digas —dijo Leo a modo de saludo, apretando con cordialidad la mano que le tendía .

—Hola, Lara —la saludó a ella también—. Luego pásate a hablar con los de Política. —Pidió a Leo—. Están muy atentos a lo que escribes sobre la ley de libertad de expresión.

—De la falta de ella, querrás decir.

Quique se encogió de hombros.

—Esta noche no quiero pensar en eso. —Y, como para demostrarlo, le dio un sorbo a su copa de vino—. Tomaros algo, pasadlo bien. No estáis nominados a nada esta noche. Cero presión.

Lara soltó una risita.

—Para Leo, la presión es no estar nominados a nada.

La cara de Quique se ensombreció.

— Orgullo! es un buen podcast. Y desde que estáis en PodStand… —Dejó la frase en el aire—. Ya sabes cómo es este mundillo. No le des más vueltas.

Leo asintió despacio, como si la situación no le quemara.

—Gracias. Mucha suerte, por cierto —le deseó.

Leguina estaba ese año nominado a Mejor Labor Periodística. Ganarlo significaba recibir el reconocimiento de una industria que no estaba muy por la labor de dejar entrar a los outsiders .

—Gracias. Os veo luego. No te olvides de los de Política.

—Hasta luego —se despidieron.

Un camarero se les acercó con una bandeja y ellos cogieron dos copas de vino blanco. Leo dio un largo sorbo.

—Yo también odio venir a estos sitios.

Lara lo miró con conocimiento.

—Lo sé.

La gala transcurrió entre el calor sofocante del patio de butacas y una sucesión interminable de discursos de agradecimiento que oscilaban entre la emoción genuina y el narcisismo más absoluto.

Leo aplaudió con entusiasmo cuando Quique Leguina subió a recoger su Prisma a la Mejor Labor Periodística, ignorando el disgusto que le recorrió al ver cómo la vieja guardia se ponía en pie para ovacionar al hombre que los obligaba, una y otra vez, a actualizarse.

También aplaudió, aunque con mucha menos convicción, cuando Jorge Valencia y su compañera se alzaron con el premio al mejor podcast. Para cuando los focos se apagaron y la marea de trajes y vestidos de seda comenzó a fluir hacia las puertas de salida, Leo sentía que el nudo de su pajarita le apretaba en la garganta.

Se lo aflojó, desbaratando el nudo y suspiró. Lara le dedicó una miradita.

—Con lo guapo que estabas… —le amonestó, tirando de la pajarita deshecha para quitársela del cuello. Se la enredó alrededor de la muñeca, haciéndose con ella una pulsera improvisada.