Capítulo 5 #5
Al fijar la vista en este último, las facciones de Dante se endurecieron y su rostro palideció.
A la vez, Oliver, que hasta aquel momento se había mostrado relajado y seductor, esbozó un rictus de amargo resentimiento.
Dio un paso adelante, con chulería, abriendo la boca para decir algo, pero Dante no le dio la oportunidad de hacerlo.
Sin mediar palabra, sin un gesto de cortesía y sin ni siquiera reconocer la existencia de Leo con la mirada, Dante giró sobre sus talones y se alejó del grupo a grandes zancadas, volviendo al coche.
—¿Pero qué…? Dante, ¡espera! —empezó a decir Álvaro, pero su amigo ya había puesto el motor en marcha.
—¿Qué ocurre? —preguntó Lara, mirando a su alrededor, confusa.
—No lo sé —repuso Álvaro.
Ninguno de los dos había mirado en dirección a Oliver ni se había percatado de su comportamiento, tan solo del de Dante.
—Será mejor que vayas a ver qué le pasa a tu amigo —soltó Oliver, recuperando su sonrisa ladeada, pero con los ojos aún fijos en el coche de Dante—. Parece que ha visto un fantasma.
—Será lo mejor —convino Álvaro, mirando a Oliver y Leo de hito en hito—. Hasta luego.
—Voy contigo —dijo Lara, siguiéndole.
Los dos subieron al coche a toda prisa y, antes de que terminaran de cerrar las puertas, Dante pegó un acelerón y desapareció calle abajo. Lidia siguió donde estaba, dando una perezosa calada.
—¿Por qué no vas a ver cómo está Katy? —sugirió Leo—. Aquella chica con la que bailabais parecía muy interesada en vosotras. Y ya sabes cómo es tu amiga cuando bebe.
—Seguro que está bien. Ella… —Miró entonces hacia su hermano y pareció, por fin, entender la indirecta.
Puso los ojos en blanco—. Vale, me voy para adentro.
—Le dio una última calada al porro y lo tiró al suelo, aplastándolo con los tacones—.
¿Me das tu teléfono, al menos? —le preguntó a Oliver—.
Por si necesitamos revitalizar la salud del barrio de nuevo, o algo así.
Oliver soltó una risita e intercambió teléfonos con ella. Una vez a solas, Leo le interpeló.
—Conque no eras un camello, ¿eh?
—Uno necesita comer, ¿sabes?
—Ya. ¿Y de qué conoces a Dante? —le preguntó.
—Entonces es verdad eso de que eres periodista…
Leo bufó una risita sin humor. La indiferencia de Dante le había dolido más que cualquier insulto. El hecho de que ni siquiera le hubiera saludado lo hacía sentir pequeño, como una mancha de grasa en el suelo que Dante simplemente había decidido no pisar.
—No se lo tengas en cuenta —dijo, como si leyera su pensamiento—, verme debe haberle afectado mucho.
La complicidad con la que Oliver le habló fue, en ese momento, un bálsamo para su orgullo herido.
—¿Por qué dices eso?
—Te lo cuento si me dices tu nombre y tu número de teléfono.
Leo negó con la cabeza, pero se sentía intrigado y divertido por el descaro de Oliver.
–Así que eres de esos…
—Sí, soy de los insistentes, periodista.
—Me llamo Leo. Deja de llamarme periodista de una vez —rio. Cogió el teléfono que le tendía y creó un nuevo contacto con su número de teléfono. Se lo devolvió—. ¿Me cuentas ya de qué iba todo eso?
Oliver dio un paso hacia él, con actitud sugerente.
—¿De verdad solo me has dado tu número por eso ?
Leo volvió a sonreír, pero le puso una mano en el pecho, imponiendo de nuevo cierta distancia.
—Eso te lo digo otro día. Ahora desembucha.
—Está bien. Lo que le dije a su amigo es verdad, ¿sabes? Soy el fantasma del pasado de Dante. Un pasado que, estoy seguro, no le interesa recordar. —Leo elevó las cejas—. ¿Te sorprende que te diga eso de don Perfecto?
—No especialmente. No lo he tratado demasiado, pero me da la sensación de que es alguien que puede tener esqueletos en el armario.
—No quiero vanagloriarme, pero creo que soy el primero de esos esqueletos.
Y seguro que no el último. —Dicho esto, Oliver tenía ya toda la atención de Leo.
Encendió un cigarrillo y dio una calada antes de continuar—.
Lo conocí en la universidad. Fue un flechazo, ¿sabes?
Me enamoré de él a primera vista. Y creí que a él le pasó lo mismo.
—Asintió despacio ante el gesto de desconcierto de Leo, exhalando el humo—.
Éramos unos críos y ya sabes cómo es el primer amor.
Estar con Dante fue tremendo. Y cuando todo terminó, sentí como si una apisonadora me hubiera pasado por encima.
—¿Qué ocurrió?
Oliver le tendió el pitillo a Leo, que lo aceptó.
—Dante era muy diferente por aquel entonces. Ahora va de estirado y tiene un puesto de asesor de alto nivel, pero antes… Digamos que era muy fiestero. Mucho más que ahora. —Se inclinó hacia Leo y susurró—. Le iba la marcha dura.
—¿No me digas que…?
—Oh, sí —corroboró Oliver—. Dante le daba a todo. Y a todos —añadió—. Yo se lo permitía porque… Bueno, porque estaba enamorado de él. Me metía lo que él se metía, hacía todo lo que él me pedía, con quien él quería. Fue todo bastante turbio.
—Ya te digo…
—Como es lógico, terminó muy mal. Estábamos en una fiesta. La cosa se había ido de madre por completo y llegó la policía. Adivina el resto.
—Su tía la marquesa le salvó el culo —supuso Leo.
Oliver asintió, el rostro grave.
—Después de que afirmara, una y otra vez, que por supuesto él ni había consumido, ni tenía nada conmigo o con ninguno de los hombres que había allí. Ya te digo yo que la marquesa no habría salvado a un marica.
—Así que él negó ser homosexual y se fue de rositas.
—Y yo di con mis huesos en un centro —terminó de relatar Oliver, con una mueca de amargura—.
Me cargaron todo el muerto: posesión, venta de estupefacientes…
Todo lo que pudieron encasquetarme. Simple y llanamente porque el novio del señorito tenía que desaparecer de la circulación.
Tuve que fugarme y vivir como un paria durante años, hasta que todo prescribió.
¿Viste la cara que puso al verme? Los remordimientos deben seguir comiéndoselo por dentro incluso después de todo este tiempo.
En el fondo me da pena —siguió—. No es más que un pobre desgraciado que no puede vivir sin el permiso de su tía.
—Sí, pero el que está en la calle regalando canutos para conseguir clientes no es él —hizo notar Leo—. ¿Quién es el pobre desgraciado?
Oliver se acercó peligrosamente a él y le robó el cigarrillo de los labios y el aliento de los pulmones.
—Al menos —dijo en tono seductor—, yo puedo vivir como quiero hacerlo. ¿Puede él decir lo mismo? —Leo negó—. Ya me lo suponía.