Capítulo 5 #4
Pidieron las bebidas y ocho chupitos y lo llevaron todo de vuelta a la mesa. En cuanto lo vio venir con bebidas, Lidia dejó de bailar y se acercó a su hermano.
—Toma —le dijo Leo, que les había pedido un vodka con limón a ambas chicas.
—Eres el mejor —ronroneó Lidia dándole un beso en la mejilla a su hermano. Cogió los dos vasos y ya se disponía a volver con su amiga y seguir bailando cuando reparó en Germán. Lo miró de arriba abajo, estudiando su aspecto—. ¿Y tú quién eres? ¿El jefe de mi hermano o algo así?
—Soy el gestor de su talento, jovencita —corrigió Germán con una sonrisa condescendiente—. Germán Collado, de la Secretaría General de Cultura.
Lidia miró a su hermano, confusa.
—Es el funcionario que gestiona nuestra exposición con el Ministerio de…
—Ah, vale, vale. —Lidia siguió de largo no mostrando mayor interés .
Lara aprovechó el momento para coger los chupitos, de un color oscuro, y empezó a repartirlos.
—Mira, tocan a dos por cabeza —dijo, divertida.
—¿Celebramos algo? —preguntó Germán mientras cogía el suyo.
No queriendo dar ningún tipo de explicación al respecto, Leo agarró el pequeño vaso y se bebió el chupito de un trago. El alcohol le quemó el esófago, a la vez que el fuerte sabor a hierbas destiladas le recordó que ya no estaba en El Relumbre.
—¿Qué coño es esto? —espetó Lara, con la cara descompuesta tras degustar la bebida.
—Jägermeister falso, el de marca blanca.
— Puaj , no me gusta nada —se quejó ella.
Leo le tendió otro chupito.
—Pues tocan a dos por cabeza —le recordó.
—Pues venga. De un golpe —se resignó ella, inaugurando la segunda ronda.
Los demás la imitaron y pronto los ocho vasitos descansaban vacíos sobre la bandeja y los cuatro tenían la cara arrugada y el gaznate ardiendo.
—Una foto —anunció Lucas, elevando su móvil para sacar un selfie de grupo.
Se arremolinaron tras él para salir en la instantánea y Leo se encontró de nuevo muy cerca de Germán.
Lucas bajó el móvil y les enseñó la fotografía. Los cuatro se mostraban sonrientes, pero con diversas expresiones de asco aún bailándoles en las facciones. Lara soltó una carcajada.
—Mándamela —pidió—, que la quiero subir a mis historias. Me voy a bailar —anunció, yéndose para unirse a Lidia y Katy.
Lucas siguió mirando el móvil un momento, quizás para enviar la fotografía o revisar sus mensajes. Leo se dio cuenta entonces de que el funcionario seguía muy pegado a él.
—Y dime… ¿Es aquí donde se fraguan tus historias? —le preguntó.
—Es aquí donde vengo a olvidar que hay que pagar facturas —respondió Leo, apoyando los codos en la mesa—. ¿Seguro que no quieres llamar a un Uber y volver al centro?
Germán le miró, entendiendo el comentario como un desafío .
—Segurísimo, Leo. Este lugar me fascina tanto como tú. Dime, ¿qué piensa la juventud de Valdemora sobre la gestión cultural de este año?
Leo soltó una carcajada.
—Pienso que si me dieran un euro por cada político que ha expresado un falso interés en nuestro barrio, ya sería rico.
—Yo no soy un político, sino un funcionario de carrera —se apresuró a aclarar.
—¿Qué me he perdido? —preguntó Lucas, volviendo a la conversación.
—Nada de nada —le aseguró Leo.
La noche avanzó entre más cervezas y la persistente verborrea de Germán, que parecía decidido a encontrar un significado antropológico a cada estribillo de The Cure.
Para cuando el aire en el interior de El Disturbio, una mezcla de sudor, humo de máquinas y el aliento amargo a licor barato, se volvió irrespirable, Leo sintió que quería escapar.
—Necesito aire —anunció, haciendo un gesto a Lara y Lucas.
—Y yo —secundó Lidia, apareciendo de la nada con el pelo revuelto de tanto bailar—. Este sitio está hasta los topes. Además, me apetece echarme un cigarro.
Salieron a la calle. El frío de Valdemora les golpeó como una bofetada, pero fue un alivio.
Se apoyaron en la pared de grafiti desconchado, justo bajo el neón parpadeante del local.
Lara exhaló un largo suspiro, mirando hacia las estrellas que apenas se intuían tras el resplandor naranja de las farolas.
—Germán es incombustible —dijo ella, frotándose los brazos—. Creo que Lucas se ha quedado intentando explicarle quién es Ian Curtis.
—Ojalá lo adopte —masculló Leo—. No puedo más con él.
—Lo que no hay aquí es nada de verde —se quejó Lidia, encendiendo el cigarrillo con un patético aire de conformismo—. Ni un poquito de hierba para esta pobre chica.
—Lidia, por favor, no empieces —le advirtió Leo.
—Solo digo que este barrio está seco —insistió ella, mirando a su alrededor con cara de pocos amigos.
Dio otra calada al cigarro, asqueada, y se lo pasó a su hermano .
—En realidad, el barrio goza de una salud excelente —dijo una voz desde las sombras.
Los tres se giraron. Un hombre se apoyaba contra un deportivo oscuro a pocos metros.
Era moreno, alto y tenía un aire de elegancia descuidada: llevaba una chaqueta de cuero muy vivida, unos vaqueros de marca y una de esas sonrisas que parecen prometer el cielo.
Se acercó con movimientos lentos y felinos.
—He oído que alguien buscaba un poco de magia. —Se sacó un canuto de detrás de la oreja y se los ofreció—. Me llamo Oliver.
Leo arqueó una ceja, midiendo al recién llegado. Había algo en su mirada, una chispa de picardía que lo hacía extrañamente atractivo, pero su instinto de hermano mayor se puso en guardia.
—No vamos a aceptar nada de un tío que se presenta así, por la cara —soltó Leo, cruzándose de brazos.
—Venga, Leo, no seas estirado —le cortó Lidia, adelantándose—. Oliver solo está siendo amable.
Antes de que Leo pudiera protestar, Lidia ya había cogido el porro que Oliver le tendía con un gesto galante y se lo llevó a los labios mientras el hombre lo encendía para ella.
El olor dulzón y penetrante de la marihuana no tardó en alcanzarlos.
Le dio una calada profunda, cerrando los ojos con deleite, y se lo pasó a Lara.
—Tranquilo, no soy un camello ni nada de eso —rio Oliver, levantando las manos en señal de paz—. Simplemente llevaba maría de más.
—Ya, seguro —dijo Leo, aún algo escéptico.
Lara le tendió el porro y él dudó un momento antes de cogerlo.
Miró de nuevo al recién llegado, que le miraba con unos ojos llenos de promesas y peligro.
Tiró el cigarrillo de Lidia al suelo sin haberlo probado, cogió el canuto y le dio una larga calada sin romper en ningún momento el contacto visual con él.
—¿Sois de por aquí? —preguntó en tono casual.
—¿Y tú?
Oliver esbozó una sonrisa lenta y sinuosa.
—No, yo no. Soy del centro, pero hace tiempo que me autoexilié a la periferia. —Luego, en tono casi confidente, añadió—. La capital ofrece oportunidades, pero es muy asfixiante para los artistas, ¿sabes?
—¿Eres artista? —preguntó Lara, interesada, mientras soltaba el humo .
—Soy fotógrafo. Intento sobrevivir con mi cámara, aunque es difícil —contestó él, fijando sus ojos oscuros en Leo—. Pero veo que aquí el amigo es de los que necesitan ver la identificación oficial antes de confiar. Me gusta eso. La cautela es sexi.
Leo sintió un calor repentino que no tenía nada que ver con el alcohol. Oliver le estaba sosteniendo la mirada con un descaro que lo descolocaba. Había algo magnético en él, una vulnerabilidad precaria que encajaba perfectamente con lo que Leo consideraba su gente .
—Soy periodista —respondió—. Mi trabajo es no confiar en los desconocidos que regalan cosas.
—Pues vas a tener que hacer una excepción conmigo, periodista —sonrió Oliver, acercándose un poco más a él y tendiéndole el porro de nuevo—. Porque presiento que vamos a ser muy buenos amigos.
—Eso habrá que verlo… —Leo dio una nueva calada y se lo devolvió.
—¿Eres gay? —preguntó Lidia de sopetón.
—¡Lidia! —exclamaron Lara y Leo al unísono.
—¿Qué? —se extrañó ella, como si no acabara de cometer una impertinencia—. Está en frente de El Disturbio y le está tirando los trastos a mi hermano…
Oliver rio.
—En realidad, soy pan.
—¿Eso qué quiere decir?
—Quiere decir que te calles la boca —espetó Leo con dureza.
En ese momento, un coche de alta gama frenó a unos metros. Nada más verlo, el rostro de Lara se volvió hacia Leo.
—No te enfades, ¿vale? Vio mi Storie y me dijo que venían para acá. No le iba a decir que no…
Leo no entendió de qué hablaba hasta ver quiénes se apeaban del coche.
Álvaro avanzaba con su habitual aire de despreocupación elegante, pero era el hombre que caminaba a su lado el que hizo que el corazón de Leo se detuviera.
Dante.
Llevaba una chaqueta de corte impecable y mantenía esa misma expresión de distancia infinita, como si estuviera visitando un planeta extraño y poco higiénico. Sus ojos recorrieron el lugar con rapidez hasta que, inevitablemente, chocaron con los de Leo.
—Habías dicho que nada de Álvaro —protestó Leo.
—¿Qué querías que hiciera? —siseó ella.
Álvaro avanzó hacia ellos con una sonrisa que parecía iluminar el hormigón.
—¡Pero bueno! Menudo comité de bienvenida —exclamó, acercándose al grupo con una naturalidad envidiable—. Lara, estás radiante. Leo, me alegra ver que has sobrevivido a la cena con Germán.
Álvaro estrechó manos y repartió besos con esa simpatía que le caracterizaba. Al llegar a Oliver, lo evaluó con una mirada rápida y le dedicó un asentimiento cordial, tratándolo como a uno más del grupo.
Sin embargo, tras él, el aire parecía congelarse.
Dante se había quedado un paso por detrás. Sus ojos, fríos y analíticos, recorrieron la escena: Lidia con el porro en la mano, Lara riendo junto a Álvaro, Leo con la guardia baja y, finalmente, Oliver.