Orgullo* Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

El resto de la cena fue un desfile de conceptos abstractos y porciones microscópicas.

Para cuando llegaron al pase catorce, Leo tenía el estómago lleno de aire y la cabeza embotada por el vino y se limitaba a asentir mientras observaba cómo Germán diseccionaba un minúsculo trozo de rabo de toro con la misma frialdad con la que un cirujano extirpa un tumor mientras hablaba de contratos de servicios artísticos, cesiones de derechos de reproducción y transportes especializados.

—Y ahora, hablemos de vuestros honorarios —anunció el funcionario, mientras el pase quince era servido.

Leo ya no le prestaba atención ni a los nombres de los platos ni al aspecto de la comida, sino que se limitaba a comer lo que le ponían delante—.

Hemos decidido establecer un caché de exposición bastante generoso aparte, por supuesto, de la partida para la producción física de las piezas: enmarcaciones de gran formato, montajes retroiluminados… —dijo, antes de concretar las cifras.

Leo intercambió una mirada rápida con Lara mientras el hombre seguía hablando. Le estaban ofreciendo por una sola exposición más de lo que ganaba con tres meses en Podstand y el goteo de sus columnas de opinión.

—A cambio, el Ministerio solo pide tres cosas —continuó, contando con los dedos—.

Primero, una exclusividad temporal durante los seis meses que durará la itinerancia de «Miradas diversas».

Segundo, vuestra presencia en la inauguración junto a la señora ministra.

—Germán se inclinó un poco más, bajando el tono hacia una confidencialidad casi seductora—.

Y tercero, una cláusula de supervisión editorial: el Ministerio se reserva el derecho de maquetar los textos en cuanto a su estilo: unificación de fuentes, formatos de lectura…

Lo necesario para que el texto final sea impecable.

Si os parece todo bien, podremos firmar el contrato este mismo lunes.

Lara le lanzó una mirada antes de decir con cautela.

—Me parece que todo está correcto. ¿Qué opinas tú, Leo?

El último pase, una mini torrija con anís servida sobre pétalos de verbena, fue servido y Leo suspiró, sintiendo que había superado una prueba que nunca supo en qué consistía. Se comió el postre de un mordisco y tragó, sintiéndose aliviado. Asintió.

—¡Estupendo! ­—exclamó Germán—. Pues solo queda tomarnos una copa para celebrarlo. Puedo sugerir un local en el que…

Todas las alarmas se encendieron en la cabeza de Leo, las mismas que se debieron encender en la de Lara, quien negó enfáticamente aprovechando que Germán no la miraba a ella .

—Lo siento, pero en realidad, ni Lara ni yo tenemos intención alguna de alargar esta velada —dijo Leo, sintiendo que el estilo pomposo de Germán se le había pegado un tanto.

—¿Pero cómo? ¡Si la noche es joven!

—No es eso lo que Leo quería decir —aclaró Lara—, es que hemos quedado con unos amigos.

—¿Oh? —La boca de Germán formó un círculo perfecto a la vez que alternaba la mirada de un amigo a otro.

Leo casi se sintió mal por rechazarlo de esa forma, dejándole bien claro que por supuesto que pensaban seguir la noche, pero no con él.

—Nos vamos a El Cañaveral, a un local que se llama El Disturbio —ofreció.

Germán parpadeó, procesando el nombre.

—¿El Disturbio? Un nombre muy sugerente, aunque espero que mi presencia no origine ninguno en su interior.

—¿Tu presencia? —Lara casi se atragantó al repetir sus palabras.

­—En verdad, El Cañaveral no es el tipo de ambientes que suelo frecuentar, pero me gustará ver cómo late esa periferia de la que tanto escribe Leo. Considero un gesto de auténtica cortesía profesional que me hayáis invitado. Muchísimas gracias.

—¿De nada? —Leo intentaba recordar qué había dicho que pudiera haber sido interpretado como una invitación, pues, por la mirada asesina que Lara le dedicaba en aquel momento, le quedaba bien claro que la culpa había sido suya—.

Es un local de ambiente —añadió. Aunque odiaba aquella expresión, confiaba en que fuera lo suficientemente clara como para ahuyentar a Germán.

—¡Perfecto! —exclamó el funcionario levantándose. Parecía contento ante la perspectiva.

El gay radar de Leo se activó y empezó a sonar con impertinencia en su cabeza. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

—Es un largo viaje en metro —advirtió, con la vana esperanza de que la perspectiva del transporte público le disuadiera.

—Pues no hay tiempo como el presente —dijo Germán, haciendo un gesto al camarero para que trajera la cuenta, que se apresuró a pagar con la tarjeta del Ministerio—.

Es una excelente excusa para ver la nueva línea de metro que une el centro con Valdemora.

Me han dicho que la zona realmente está floreciendo gracias a ella.

—Si llamas florecimiento a la gentrificación que está destrozando el teji… —empezó Leo, pero un codazo de Lara en las costillas le impidió terminar su alegato político.

Justo antes de salir del restaurante, y mientras Germán se entretenía en pedirle a uno de los camareros que trasladara al chef tanto sus felicitaciones como unas sugerencias para el menú que se atrevió a exponer, Lara se acercó a su amigo y le susurró:

—Menudo bocazas estás hecho.

—Pero si yo no… No pretendía invitarlo.

—Fuiste tú el que me advirtió que no le diéramos mucha cuerda.

Y luego vas y le dices que pensábamos ir a El Disturbio.

¿Tenías que decirle hasta el nombre del local?

­—Leo fue a protestar de nuevo, pero el siguiente comentario de Lara le dejó sin palabras—.

Pero vamos, que yo lo entiendo. Los tíos sois así, no pensáis con la cabeza en cuanto se os presenta una oportunidad para mojar. Y como Germán está coladito por ti…

Leo abrió desmesuradamente los ojos mientras todas las implicaciones de lo que su amiga había dicho se pasaban por su mente.

Su asombro habría evolucionado a indignación de no ser por la sonrisa que asomó a los labios de Lara, haciéndole entender que solo se estaba cachondeando de él.

Germán había por fin terminado de hablar con el pobre camarero y Lara cogió a su amigo del brazo.

—Anda, vamos.

El trayecto hacia Valdemora fue, para Leo, un ejercicio de autocontrol.

Germán no dejó de comentar el «interesante lenguaje visual» de los grafitis de las estaciones y de buscar conversación con él por cualquier excusa que se le ocurriera, mientras Lara intentaba compensar la tensión con un entusiasmo fingido que solo la hacía parecer una desquiciada.

Cuando finalmente emergieron en la parada de El Cañaveral, el cambio de atmósfera fue una bendición para Leo.

Aquí no había farolas de fundición ni fachadas de piedra blanca; solo bloques de hormigón, el zumbido de la autopista cercana y el olor a fritanga de un puesto de kebabs cercano.

La cara que se le quedó a Germán era digna de ver.

—Es muy genuino —musitó Germán, ajustándose la bufanda de seda como si temiera que el aire del barrio fuera a mancharla—. Casi puedo sentir el pulso de la resistencia obrera .

—Lo que sientes es el frío, Germán —repuso Leo, echando a andar hacia un callejón mal iluminado mientras Lara lanzaba una carcajada.

El Disturbio ocupaba, como casi todos los locales de la zona, una antigua nave industrial.

En los ochenta, la empresa que la había ocupado servía como tapadera para una enorme operación de drogas.

Pero la redada policial que acabó con ella había sido una chapuza y se formó una escaramuza tremenda que se saldó con numerosas detenciones y al menos cuatro heridos por arma de fuego.

Aquel disturbio, que ya formaba parte de la leyenda del barrio, daba ahora nombre a un escandaloso local en el que el post-punk te golpeaba más fuerte que el alcohol de garrafón que se servía en él.

—¡Por aquí! —gritó Lara, divisando una mesa al fondo, cerca de la cabina del DJ.

Lucas ya estaba allí, vistiendo una camiseta desgastada de Los Ramones, y levantó su botellín de cerveza a modo de saludo. A pocos metros, Lidia bailaba con Katy y una desconocida que se arrimaba a ella, en opinión de su hermano, más de la cuenta.

—¡Habéis tardado muchísimo! —exclamó Lucas cuando llegaron a la mesa—. ¿Qué tal la cena con el funciona…? —Se detuvo en seco al ver a Germán, que permanecía de pie muy pegado a Leo y con la bufanda sobre la nariz, como si eso fuera a protegerlo de algún mal invisible.

—Como puedes comprobar, a las mil maravillas —repuso Leo, sacando a relucir todo el sarcasmo del que fue capaz—. Lucas, este es Germán —y luego, por lo bajini, añadió—: el funcionario.

—Germán Collado ­—terminó de presentarse este último, extendiendo una mano hacia Lucas.

—Encantado. —Lucas estrechó la mano que se le tendía, pero no apartó los ojos de sus amigos, en un mudo ruego por saber qué estaba pasando.

—Germán ha hecho tan buenas migas con nosotros que ha querido venirse a conocer a nuestros amigos y el ambiente que frecuentamos —explicó Lara con la voz inusualmente tensa.

Lucas, entendiendo lo que había ocurrido, asintió y reprimió una risita.

—He de confesar que me he sentido atraído por el latido de la periferia —remató Germán .

—¿No me digas? —dijo Lucas, con una sonrisa que oscilaba entre la confusión y el pitorreo.

—Acompáñame a la barra —intervino Leo, deseoso de salir del radar de Germán—. ¿Qué tomas, Collado?

—Lo mismo que tú —contestó el funcionario, sentándose con extrema precaución en un taburete que cojeaba.

—No te olvides de los chupitos —gritó Lara a su espalda. Leo se giró a tiempo de ver cómo levantaba ocho dedos en el aire.

—¿De qué va todo esto? —inquirió Lucas en cuanto se alejaron del grupo, acercándose a él para hacerse escuchar por encima de la música.

—Se nos acopló ­—gruñó el periodista, algo malhumorado.

­—¿Y tiene algo que ver el hecho de que esté colado por ti?

Leo puso los ojos en blanco.

—Calla, calla, que lleva toda la noche tirándome las puntas y yo ni me había dado cuenta.

—Pues ya sabes —rio Lucas—. Fácil lo tienes si quieres follar esta noche.

—¿Con ese? Ni muerto —contestó Leo, riendo también.