Capítulo 5 #2
«Además, que no sé cómo se sentiría Dante Valcárcel en el antro marica underground que es El Disturbio». Estuvo tentado de añadir, pero no lo dijo. Se contentó con la imagen mental de aquel estirado compartiendo espacio con toda la variedad de gente de la que el local en cuestión presumía.
Lara suspiró, guardando el móvil con un gesto de rendición.
—Vale, mensaje recibido. Nada de séquito. Solo Lucas, tú y yo.
—Y Lidia —apostilló él.
—Exacto. Una noche en el garito de siempre con la gente de siempre. ¿Contento?
—Mucho.
Desvió la mirada hacia las ventanas del transporte público que, por la oscuridad del túnel que recorrían, hacían más de espejo que de ventana al exterior.
El cristal le devolvió el reflejo de un hombre que, a pesar de estar rodeado de gente, se sentía solo.
Todavía sentía la mirada de Dante en la sierra y esa voz interna que le hacía sentir que no encajaba en un lugar así.
La sombra de aquel fin de semana aún le pesaba en la mente.
Había salido de allí jurando que volvería a su ambiente, a su barrio, a su gente y, sin embargo, allí estaba: en la línea 2, camino de un restaurante con estrellas Michelin para venderle sus textos a un funcionario con ínfulas de grandeza.
Tras él, un grupo de chavales reía y bromeaba, lo cual le hizo sentir aún más miserable.
Se centró en el traqueteo del tren y el rápido paso de las luces del exterior, no permitiéndose el lujo de observar más detenidamente su propio rostro ni lo que había tras él.
—Próxima parada, Banco de España —se oyó decir a la megafonía del metro.
Sin intercambiar una sola palabra, Lara y Leo se dirigieron a la puerta y se apearon en cuanto el tren llegó a la estación.
Leo se estremeció en cuanto el aire frío se coló por el bajo de su abrigo.
Dejándose llevar por la marea de gente que abandonaba el andén, los dos amigos pronto se encontraron en el exterior.
La noche había caído sobre Madrid mientras ellos viajaban bajo tierra. La ciudad, iluminada por farolas de fundición, se sentía monumental y ajena. Los edificios de piedra blanca se alzaban como gigantes mudos que vigilaban el tráfico incesante de la capital.
—¿Qué crees que nos espera? —preguntó Lara al salir a la superficie.
Leo se subió el cuello del abrigo, sintiendo el látigo del aire frío. Miró hacia las cristaleras de El Relumbre, que brillaban con una luz dorada y exclusiva, prometiendo una cena que costaba lo mismo que su alquiler.
—No lo sé, pero no le deberíamos dar mucha cuerda —repuso Leo, sin dejar de mirar la imponente fachada del restaurante que se alzaba a pocos metros—. Germán no nos ha invitado para hablar de arte, Lara. Nos ha invitado para ver si somos domesticables.
—Bueno, pues intentemos que no nos ate en corto con esa cuerda —dijo ella, agarrándole del brazo—.
Al menos hasta que traigan el postre. —Leo sonrió a su pesar—.
Te propongo un juego —continuó Lara mientras caminaban.
Su buen humor parecía incombustible—: un chupito en El Disturbio por cada vez que Germán diga el nombre de la «señora ministra» .
Leo aún se estaba riendo cuando las puertas de El Relumbre se abrieron ante él.
El sonido de la capital desapareció, sustituido por un hilo de jazz ambiental y el tintineo de cubiertos de plata.
Germán ya estaba allí, ocupando una opulenta mesa.
Tras él, un ventanal que ofrecía una vista privilegiada de la Biblioteca Nacional.
Germán se levantó para darles la bienvenida con una parsimonia estudiada, ajustándose el botón de la chaqueta con excesiva gravedad.
—Lara. Leo. Me alegra que hayáis encontrado el lugar sin contratiempos —dijo, estrechándoles la mano a ambos, pero deteniéndose en la de Leo un segundo más del necesario—.
He solicitado esta mesa porque permite una deliberación sosegada.
Doña Cayetana siempre dice que el ruido es el enemigo del consenso.
—Chupito uno —susurró Lara, apenas moviendo los labios.
Leo se sentó, sintiendo que el respaldo de la silla le obligaba a una postura artificialmente recta.
—He seleccionado un vino de una bodega que cuenta con el especial afecto de Cayetana —continuó Germán, mientras un camarero aparecía para escanciar el líquido.
Por debajo de la mesa, Leo vio la mano de Lara con dos dedos extendidos y tuvo que reprimir una risita—.
Un caldo con estructura. Como todas las buenas cosas, el vino requiere tiempo para elaborarse, y si uno ejerce la paciencia, aprende a apreciarlo.
Miró a Leo con una mezcla de condescendencia y esperanza, como un mentor mirando a un alumno brillante pero descarriado. Leo probó el vino sin encontrar nada en él que justificara tanta ceremonia, pero se vio obligado a asentir.
—Me he permitido la libertad de concertar un itinerario gastronómico cerrado.
—Germán entrelazó sus dedos sobre el mantel—.
Lo llaman el Menú Castizo. Consta de dieciséis pases diseñados específicamente para explorar la lírica del costumbrismo madrileño a través de una cuidada arquitectura sensorial.
Casi como si lo hubieran estado escuchando, tres camareros aparecieron de la nada para depositar sobre la mesa, sin mediar palabra, tres piezas de cerámica negra.
Lara dio un respingo ante la súbita intrusión y miró a su alrededor, algo cohibida.
Leo, por su parte, bajó la mirada hacia su plato y parpadeó, desconcertado.
En el centro reposaba algo que parecía más un espécimen botánico que cualquier cosa comestible.
Sobre una base de lo que parecía ser musgo deshidratado, descansaba una esfera de color caoba que brillaba con la intensidad de una gema pulida.
Coronando la estructura, una espuma blanquecina, casi transparente, temblaba con la vibración de los pasos de los camareros, como si fuera un jirón de niebla atrapado sobre una roca.
—Pase número uno: «Amanecer en la dehesa» —anunció un cuarto camarero.
Lara dio un nuevo brinco en su asiento—.
Esferificación de bellota ahumada sobre crujiente de liquen de balsa y aire de resina de pino de Guadarrama.
Se recomienda consumirlo de un solo bocado para capturar la eclosión de la verticalidad matérica.
Germán cerró los ojos y aspiró el aroma con fruición.
—Fascinante —dijo, antes de llevarse la comida a los labios.
Los dos amigos intercambiaron una mirada.
Lara soltó una risita y Leo se llevó la pieza a la boca con una intensa sensación de ridículo.
Al cerrar los dientes, la esfera caoba estalló.
Sabor a tierra, a humo y a algo dulce inundó su paladar durante apenas tres segundos antes de desaparecer por el gaznate.
Era, efectivamente, una eclosión. Y después, la nada.
—Muy matérico —oyó decir a Lara.
—Me alegra que lo apreciéis —asintió Germán, complacido—.
Mirad, he estado analizando vuestra obra.
Álvaro Soriano ha tenido muy buen ojo al ficharos para «Miradas diversas», pero, y siento decirlo, podemos encontrarnos ante un brete por la radical honestidad de tus textos, Leo.
Debo decir que tu manejo del adjetivo es valiente.
Sin embargo, hay conceptos, como el de «violencia institucional», que doña Cayetana —«chupito tres»— podría considerar un tanto desproporcionados para…
Leo apretó los dientes.
—No pienso censurar mis textos —espetó.
—¡Censurar es una palabra muy fuerte, Leo! Nadie te pide que censures nada…
—Bien, porque no pienso hacerlo.
—¿Y no podrías plantearte, al menos, una pequeña adecuación del lenguaje para hacerlo más accesible al espectador generalista?
En ese momento, los camareros regresaron para depositar, al unísono, tres diminutas urnas de cristal. El interior estaba saturado de un humo denso y grisáceo que ocultaba el contenido, atrapando el misterio bajo el vidrio .
—Pase número dos: «Retrato del Rastro» —anunció el cuarto camarero, que permanecía un paso por detrás, con las manos entrelazadas a la espalda—.
Lámina de oreja de cerdo confitada a baja temperatura sobre emulsión de pimentón de la Vera y ceniza de carbón vegetal silvestre.
Se recomienda levantar la campana y aspirar el aroma del mercado antes de proceder a la degustación.
A una señal invisible, los tres camareros levantaron las copas a la vez. El humo escapó en espirales, dejando a la vista una lámina de oreja de cerdo confitada con una sola gota roja de emulsión rojiza.
—Mira, Germán —empezó a decir Leo, pero el aroma a mercado se le metió en la nariz y le hizo toser. Lara le miraba por encima de su plato, con una mezcla entre preocupación y cachondeo.
—No te lo tomes como un insulto. Al contrario —aprovechó Germán para interrumpir—. Si insisto en pulir tu obra es porque veo en ti un enorme potencial.
Leo lo miró, con el sabor del pimentón aún quemándole la garganta, y Germán le sonrió con auténtica sinceridad. Realmente, ese hombre creía que le estaba haciendo un favor.
Los tres camareros volvieron a aparecer. Esta vez portaban unas cucharas de plata que sostenían una única perla de color violeta.
—Pase número tres: «Suspiro de Malasaña» —anunció el cuarto camarero—. Reducción de violetas del centenario sobre nieve de ginebra nacional.
—Fijaos en su belleza —apuntó Germán—. Es tan frágil como…
—Como la libertad de expresión —terminó Leo la analogía—. Hay que tener un enorme cuidado para que nadie te la rompa.
Germán lo miró, sus ojos recorriendo su cuerpo lentamente.
—Eres muy inteligente y tan gallardo como tu nombre indica.
—Las adulaciones no te van a llevar a ninguna parte conmigo —le cortó Leo—. Y si te soy del todo sincero, pulir me parece un eufemismo para censurar.
—Los textos de Leo son una parte fundamental de la obra. Tal y como están —intervino Lara.
—Bien, pues no se hable más del tema. No pienso arriesgarme a insultaros.