Capítulo 5
Capítulo
Cinco
El funcionario no caminaba por la sala; desfilaba. Se detenía frente a cada cuadro con las manos entrelazadas a la espalda, inclinando la cabeza con una gravedad que pretendía ser intelectual, pero que a Leo le recordaba a un periquito analizando un espejo.
Finalmente, se plantó cerca de él para señalar uno de los retratos. Vestía un traje beige sin una sola arruga y portaba un maletín de piel brillante. Lara se situó entre él y Leo y forzó una sonrisa antes de susurrarle por el colmillo :
—Es él. Socorro.
—Sublime —sentenció Germán, ajeno a la zozobra de la artista—. Esos colores, esa falta de pretensión… He de decirte que incluso a Cayetana le han llegado noticias acerca de tu trabajo. Ayer por la tarde lo estuvimos comentando durante un breve receso en la Comisión de Patrimonio.
—¿Cayetana? —preguntó Lara, intentando no parecer confundida.
—Sí, la mismísima Ministra de Cultura. No tienes por qué darme las gracias —añadió con una pompa desproporcionada—.
Ella valora mucho el talento emergente, siempre que mantenga un cierto decoro.
Me honra decir que la señora ministra confía muchísimo en mí.
Una vez me dijo, y cito textualmente: «Germán, no dudo de tu criterio; de hecho, confío en él lo suficiente como para no considerar necesario que se vea constantemente refrendado por el mío».
Lara elevó las cejas y, esta vez sí, Leo se decidió a intervenir. Se acercó a ellos y Germán, al percatarse del movimiento, se giró hacia él con una sonrisa que mostraba demasiados dientes. Lo escaneó de arriba abajo con un interés que no se le pasó desapercibido.
—¿Y este joven es…? No me lo digas. Debe ser el modelo de alguna de tus nuevas piezas. Tiene un perfil atractivo e interesante. Muy urbano.
Leo se quedó plantado en el sitio, atónito. «¿Modelo?». Lara tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir la risa al ver la cara que su amigo había puesto.
—No, Germán. Este es Leo Gallardo, el otro autor de la obra.
—Por supuesto. —Germán le tendió una mano—.
Germán Collado, de la Secretaría General de Cultura.
Un placer. —Se acercó demasiado, invadiendo el espacio personal de Leo—.
Lara me ha hablado de tu labor en el periodismo cultural LGTB, ¿era así?
Suena fascinante, aunque sospecho que, quizás, tu enfoque puede ser un tanto incisivo para el delicado equilibrio de la gestión pública.
—Supongo que la realidad rara vez es equilibrada, Germán —repuso Leo, estrechando la mano que el funcionario le tendía.
Germán soltó una risita nerviosa, sin soltar la mano de Leo de inmediato.
—Agudo. Me gustas. Es vital que los jóvenes mantengamos un espíritu crítico, siempre que no entorpezcamos la labor de quienes, como Cayetana, se dedican a que los engranajes de la sociedad sigan girando bajo su sabia dirección.
Leo sintió una punzada de irritación. Puede que el tal Germán fuera todavía joven, pero Leo no creía que tuviera ni un ápice del sentido crítico del que hablaba.
—Hola a todos. —Rafa, el gestor de Nave 8, se había acercado a ellos.
Era un hombre mayor que, como proyecto de jubilación y con ayuda de otros vecinos, había reconvertido la antigua nave industrial en el centro cultural autogestionado que era ahora.
Vestía un sencillo jersey de punto y unos vaqueros, y tenía restos de cal en la ropa y un trozo de cable en la mano.
Siempre estaba arreglando algo—. Tú debes de ser Germán, hablamos por teléfono —saludó con simpleza, extendiendo su mano hacia el funcionario.
Germán la sacudió con entusiasmo.
—Y usted debe de ser don Rafael Hernández —dijo, remarcando el usted con pedantería—. Le felicito por el espacio que tiene aquí. Le concedo un mérito especial, por encontrarse en esta zona tan deprimida.
—Esta zona tan deprimida ha sido mi barrio durante toda mi vida —repuso Rafa, poniéndose a la defensiva.
Si Germán notó lo insultante que resultó su comentario, no lo hizo notar.
—Por supuesto. Tengo mucho de lo que hablar con usted. Ya he visto que Fuera de Plano estará expuesto hasta el 30 de julio.
—Eso dice en el cartel.
—«Miradas diversas» se inaugurará el 4 de septiembre —anunció Germán, consultando su iPad con gesto solemne—.
Eso nos deja un margen de maniobra bastante amplio tras el cierre aquí.
Necesito tratar con usted los detalles del traslado.
Como comprenderá, la Secretaría General tiene unos protocolos de seguridad que esta…
—Hizo una pausa, buscando una palabra adecuada—… Nave, difícilmente puede garantizar.
—Nunca se nos ha acusado de maltratar una obra —masculló Rafa.
—No lo dudo, pero el Ministerio no se mueve por fe. Necesitaré que el Acta de Estado de Conservación esté lista para su firma el mismo día de la recogida, el 31 de julio. Esa mañana, a las ocho en punto, estará aquí el camión de transportes especializados.
Rafa se cruzó de brazos .
—Si no me equivoco, el 31 de julio es lunes. Nosotros no abrimos los lunes.
Germán lo miró como si no entendiera el problema.
—Espero que su póliza de responsabilidad civil cubra hasta el último minuto del domingo 30 de julio.
Rafa resopló, ajustándose el cable en la mano.
—Por supuesto.
—Pero no el lunes 31, ¿verdad? —hizo notar Germán.
El silencio de Rafa pareció darle la razón—.
Me lo suponía. Razón por la cual el seguro de la Secretaría General empieza el mismo lunes 31, a las ocho horas.
Es inadmisible que las obras, ya bajo nuestra responsabilidad, permanezcan veinticuatro horas más en este lugar —puntualizó Germán con suficiencia.
—Estaré aquí el lunes 31 de julio para la entrega de las obras a los transportistas y entregar el acta de conservación —claudicó Rafa.
—Estupendo. Yo mismo vendré para supervisarlo todo y revisar el estado de los lienzos. Espero que para entonces esta atmósfera de efervescente creatividad no haya afectado a los pigmentos de Lara.
Germán cerró su iPad con un chasquido y se ajustó las solapas del traje mientras Rafa gruñía algo sobre la climatización del espacio. Germán ya le había dado la espalda. Se acercó a Leo y Lara, bajando el tono de voz para crear una burbuja de exclusividad que dejaba fuera al gestor de la nave.
—Lara, Leo… comprendo que toda esta terminología de pólizas, actas de estado y depósitos de seguridad pueda resultar algo árida para naturalezas tan artísticas como las vuestras —dijo, dedicándoles una mirada que pretendía ser de complicidad—.
Pero la administración, como la buena prosa, requiere un orden.
Por eso, me encantaría que pudiéramos revisar los pormenores del contrato de exhibición, el acta de préstamos y otros detalles en un entorno algo más propicio.
Leo arqueó una ceja, pero Germán no le dio tiempo a interrumpir.
—Este viernes he reservado mesa en El Relumbre. Es un rincón delicioso, un pequeño refugio en pleno Paseo de Recoletos. Me parece el lugar idóneo para que, entre plato y plato, concretemos ciertos detalles, como vuestros honorarios, por ejemplo.
Lara miró a Leo con una súplica silenciosa en los ojos, pero ni él mismo sabía cómo podían librarse de tal compromiso. Ante su mutismo, Germán sentenció:
—El viernes a las nueve. Y no os preocupéis por nada; el Ministerio, en mi humilde representación, se encargará de todo —añadió Germán mientras se dirigía hacia la salida—.
Al fin y al cabo, no todos los días se descubre a un dúo con tanto…
—Se detuvo en el umbral, buscando el adjetivo—… Potencial institucional.
Germán desapareció por la puerta de la nave con aire de suficiencia.
—«Potencial institucional» —repitió Leo, con una mueca—. ¿Por qué siento que me acaban de poner una etiqueta en la frente?
—Bueno, al menos supongo que pagará él la cena —suspiró Lara, sentándose en un taburete—. A ver qué nos ofrece.
—Sea lo que sea, vendrá con una cláusula de «obediencia debida» —intervino Rafa. Ambos jóvenes lo miraron—. Ese hombre no da puntada sin hilo, chavales. Tened cuidado con lo que firmáis, que el Gobierno no regala dineros así porque sí.
Ante esas palabras, ambos amigos intercambiaron una mirada lúgubre.
El metro, a aquellas horas, estaba bastante lleno y en la muchedumbre se mezclaban oficinistas vacíos que terminaban la semana con jóvenes que se dirigían al centro a por copas y diversión.
A Leo le hubiera encantado encontrarse en ese segundo grupo porque, si bien él iba a un restaurante del centro, no podía decirse que le esperara diversión alguna.
—¿Has visto las reseñas de este sitio? —preguntó Lara, quien, de pie a su lado, se había puesto a curiosear sobre El Relumbre en ReviewGo—. Es superpijo.
—¿Qué esperabas?
—Tiene dos estrellas Michelin.
—Lo cual significa que vamos a salir con hambre.
Ella le lanzó una mirada divertida ante su mal humor.
—No te preocupes, que luego te compro un Happy Meal .
Leo le hizo un corte de mangas y ella rio.
—Mira, pasemos el trámite —continuó Lara—. Cenamos, hablamos lo que tengamos que hablar y nos vamos directos a El Cañaveral.
—¿Has hablado con Lucas?
—Sí. Estará en El Disturbio sobre las once. No te enfades, pero me dijo que Lidia se nos va a acoplar.
Leo puso los ojos en blanco.
—Mira que mi hermana es pesada —masculló—. No puedo librarme de ella ni cuando vamos a locales gays.
—Qué gruñón eres. —Lara hizo una mueca de duda mientras guardaba el móvil—. Estaba pensando que igual le digo a Álvaro que se pase. Total, creo que pensaba salir esta noche y…
Leo se giró hacia ella tan rápido que casi pierde el equilibrio con el frenazo del tren.
—Joder, Lara, que es una salida entre amigos. —Leo se agarró a la barra con fuerza.
—¿Y qué? Estoy con él y sería una forma de…
—Sería una forma de que yo no pueda tomarme una cerveza tranquilo —la cortó, con una amargura que no intentó disimular—.
Mira, si solo fuera Álvaro, me daría igual —intentó suavizar—, pero es que parece que tu novio no puede ir a ninguna parte sin su séquito.
Y no quiero a esa gente en mi local favorito.