Capítulo 4 #4
Al entrar en la cocina, la escena que encontró fue mucho más doméstica de lo que su rabia estaba dispuesta a aceptar.
Lara estaba encaramada en un taburete alto, con el portátil abierto sobre la isla de mármol y una taza de café a medio terminar.
A su lado, Álvaro se movía con una eficiencia silenciosa, cargando el lavavajillas y eliminando los rastros del caos de la noche anterior.
—¡Leo! —exclamó Lara al verlo. Parecía haber descansado y sus ojos brillaban de alivio—. Ya está enviado. El jefe de Cultura me ha confirmado por WhatsApp que le ha llegado bien. Lo revisará y me avisará si la he cagado en algo.
—Es un buen artículo, Lara. No te van a poner ninguna pega —aseguró Leo, suavizando el tono.
—¿Café, Leo? —ofreció Álvaro con una sonrisa tranquila, ajeno o quizá acostumbrado a la rigidez del periodista.
—Solo, gracias. ¿Y los demás?
—Casi todos se han ido ya. O tenían compromisos familiares o alguna movida en el centro.
En ese momento, el sonido de la puerta corredera del salón anunció que ya no estaban solos.
Dante y Carolina entraron en la cocina. Ella lucía impecable, con un jersey de punto fino y el pelo recogido en un moño que parecía no haber requerido esfuerzo alguno.
Dante, por su parte, traía consigo esa impertérrita elegancia que a Leo le resultaba tan insultante.
—Buenos días —dijo Carolina con una amabilidad genuina, dirigiéndose a Lara—. ¿Cómo estás esta mañana? Siento tanto que te hayas perdido la fiesta…
—Yo también lo siento, pero es que no estaba para celebraciones anoche .
—Pobrecilla. —Carolina ocupó un taburete a su lado.
Leo observó la interacción en silencio. Vio cómo Dante se acercaba a la cafetera, cruzando una mirada rápida con él que Leo cortó de inmediato desviando la vista hacia Lara.
Dante, mientras tanto, sintió el peso de la mirada de Leo sobre sí.
No estaba acostumbrado a que alguien lo observara con ese desinterés tan lúcido, tan despojado de la fascinación que solía despertar su posición.
Precisamente esa dignidad áspera de Leo, esa negativa a participar en las cortesías de su mundo, era lo que le impedía apartar los ojos de él.
Leo le dio un sorbo a su café y se sentó junto a Lara, quien sonrió antes de decir:
—Bueno, y ahora que ya he enviado el artículo, estoy lista para desfasar de lo lindo el resto del finde.
—Así se habla —dijo Carolina, haciendo chocar con ella sus tazas de café—. Tú también te quedas hasta mañana, ¿verdad? —le preguntó a su amigo.
Dante vio cómo Leo torcía el gesto.
—No puedo. Me iré en cuanto termine de desayunar.
—¿No te quedas? —le preguntó Álvaro.
—Me gustaría, de verdad —dijo el joven en tono tenso—, pero tengo que dejar cerrado un tema en el periódico para el lunes y prefiero hacerlo desde casa.
Dante se apoyó contra la encimera mientras sentía algo parecido al alivio al saber que Leo no alargaría su estancia.
Hubiera preferido que no hubiera aparecido allí la noche anterior.
Le atraía más de lo que deseaba admitir y estaba bastante seguro, por cómo le miraba, de que Carolina se daba cuenta.
Sin embargo, lo peor de todo era el convencimiento de que a Leo, a pesar del desdén que mostraba hacia él, no le era del todo indiferente.
El periodista le observaba, y anoche lo había demostrado.
Sí, lo había humillado al hacerlo, pero también se había desvelado a sí mismo.
Y eso lo hacía todo demasiado peligroso.
Era mejor que se fuera, que se alejara de su círculo íntimo, el único en el que Dante podía sentirse seguro.
Y lo mejor que podía hacer él mismo era extremar sus esfuerzos para que no se le escapara la menor muestra de admiración por él.
Firme en su propósito, decidió no volver a mirarle y apenas le dirigió la palabra durante el desayuno.
Tampoco era que Leo pareciera ansioso por hablar con él .
El momento de la partida llegó poco después. Leo cogió su mochila y se despidió con una educada frialdad. Lara le acompañó hasta el coche, prometiéndole que se verían el lunes en el estudio.
Dante se quedó en el porche, a una distancia prudencial, con las manos hundidas en los bolsillos.
No se volvió para mirarle, concentrado en el perfil de las montañas, y no se movió hasta que el rugido del viejo Opel Corsa se perdió por el camino de grava.
Solo entonces se permitió soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo.
—¿Todo bien? —preguntó Carolina, acercándose y posando una mano en su brazo.
Dante miró la mano de su amiga y luego el rastro de polvo que el coche de Leo había dejado en el aire. La máscara volvía a estar en su sitio, ajustada y firme, pero por dentro sentía una grieta nueva, pequeña pero profunda.
—Perfectamente —dijo, volviendo a ser la estatua de mármol que todos esperaban—. Entremos. Empieza a refrescar.
Mientras volvía al interior de la casa, Dante se recolocó las gafas con un gesto automático.
Al darse cuenta de lo que acababa de hacer, bajó la mano de golpe, como si se hubiera quemado.
Leo se había ido, llevándose consigo la única mirada que lo había observado de verdad en años.
De repente, estar allí, rodeado de su gente y en su mundo de privilegios, se le antojó la forma más absoluta y asfixiante de soledad.