Orgullo* Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—Pues tienes suerte, porque pocos pueden decir que su mujer «comprenda su forma de vida».

La mayoría de mujeres que conozco no quieren entender a sus parejas, sino controlarlas —soltó Sergio con una mueca de desdén—.

Dicen que no quieren depender de un hombre, pero luego te exigen un compromiso y que les soluciones la vida.

O son unas místicas que están «encontrándose a sí mismas» o unas trepas. No hay término medio.

—Bueno, tampoco generalices —intervino Álvaro, visiblemente incómodo, lanzando una mirada de disculpa hacia Leo—. Es cuestión de dar con alguien que comparta tus valores, supongo.

—Los valores de Álvaro son el idealismo romántico —se mofó Jorge mientras barajaba con torpeza—.

Pero las cosas no funcionan así. Las mujeres de hoy en día solo traen dramas, facturas y presiones.

Todas, incluso Carolina por muy perfecta que sea, acaban queriendo el anillo y el bebé.

Para ellas es algo biológico. Así que da igual cuál sea «tu estilo de vida» que terminarás pasando por el aro, como lo hemos hecho todos —sentenció.

Dante sintió la mirada de Leo quemándole el rostro. Sabía que el periodista estaría despreciando cada palabra de Jorge, pero sobre todo, sabía que Leo le despreciaba a él por permitir que esa farsa continuara. Dante tomó un sorbo de brandy para aflojar el nudo que empezaba a sentir en la garganta.

—Pero bueno —siguió hablando Jorge, girándose de repente hacia Leo—. Supongo que ese problema tú no lo tienes, ¿no? Vosotros los… Bueno, en vuestro mundo las cosas son más directas, ¿verdad? Menos complicaciones de compromisos y esas cosas.

El silencio que siguió fue denso. Leo arqueó una ceja.

—¿«Vuestro mundo»? —repitió Leo—. ¿Crees que vivo en una dimensión paralela o algo? ­—espetó.

­—Ya sabes a qué me refiero. En el ambiente gay, se va más a saco —le dijo.

—¿Lo dices por experiencia propia?

Álvaro soltó una risita­ mientras el tal Jorge se ponía colorado hasta las cejas.

—¡Claro que no! —masculló Jorge—. Solo digo lo que todo el mundo sabe.

No tenéis las presiones sociales que tenemos los demás.

Mira a Dante, por ejemplo, como heredero de su tía se le exige que siente cabeza, que tenga hijos…

Pero tú… Tú eres libre de hacer lo que quieras con quien quieras porque, bueno, a nadie le importa realmente.

Leo cerró el libro de golpe .

—Lo que estás diciendo, Jorge, es que crees que mis relaciones con otros hombres son menos valiosas que las vuestras con mujeres porque no encajan en tu esquema social de herencia y propiedad —dijo Leo con calma—.

Que haya gente que piense como tú es la principal razón de que muchos homosexuales se escondan.

—Clavó la mirada en Dante y añadió—: Y por cierto, que sepas que acabas de perder ante un farol.

Dante se recoloca las gafas cuando miente.

Pensé que un jugador de póker tan experimentado como tú se habría dado cuenta.

El silencio en la mesa fue absoluto. Dante se quedó helado, con los dedos aún rozando las fichas ganadas, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello.

No era solo que Leo le hubiera descubierto la jugada; era que le acababa de demostrar que le observaba con mayor atención que cualquiera de sus amigos. Leo se puso de pie.

—Si me disculpáis, tanta charla intrascendente me está dando sueño. Buenas noches.

Salió del salón sin mirar atrás, dejando a Jorge balbuceando una defensa inútil y a Dante con la mirada perdida en un mazo de cartas que de repente le pesaba como el plomo.

Leo despertó despacio, con la cabeza entumecida y los hombros tensos.

Se incorporó en la cama y consultó el móvil: eran casi las once de la mañana.

La casa estaba sumida en el silencio, roto tan solo por el piar lejano de los pájaros.

Se levantó y abrió las contraventanas, dejando que la luz del día se derramara sobre él y le obligara a entornar los ojos.

Fuera, el día era espléndido, de una claridad casi hiriente.

Directamente bajo su ventana, la terraza descansaba en un desorden que delataba la indolencia de la noche anterior: restos de comida en la barbacoa, platos sucios y copas vacías que plagaban la mesa como restos de un naufragio.

Más allá del perímetro de la casa, la naturaleza recuperaba su dominio en un paisaje sereno donde el jardín doméstico se fundía con una vegetación más ruda.

Arbustos de jara y retama daban paso a una masa espesa de pino silvestre y encinas que subía por las laderas.

Al fondo, bajo un cielo de un azul sin una sola nube, se alzaban las cumbres de la Sierra de Guadarrama; sus perfiles graníticos, desnudos tras el largo verano y salpicados por las primeras manchas de nieve en las zonas más altas, parecían vigilar la propiedad con una indiferencia milenaria.

En ese momento, una bandada de mirlos cruzó el horizonte en una formación desordenada, rompiendo por un segundo el vacío del cielo antes de perderse entre las copas de los árboles.

Leo se quedó un momento con las manos apoyadas en el alféizar, dejando que el frío de la piedra le traspasara la piel mientras observaba aquella estampa luminosa y pacífica; un contraste violento con la turbulencia que le apretaba el pecho.

Lo que más le indignaba no era la estupidez de Jorge o la condescendencia de Margarita. A esa gente podía ubicarla en un cajón mental y olvidarla con rapidez. Lo que le había robado el sueño, lo que le hacía apretar los dientes ahora mientras se pasaba una mano por la cara, era Dante.

Le enfurecía la contradicción que ese hombre representaba.

Dante tenía la agudeza necesaria para leer a las personas, pero usaba ese don para perfeccionar una máscara de heterosexualidad rancia, utilizando a Carolina como un accesorio más de su sofisticado estilo de vida en vez de aprovechar su posición para vivir en libertad.

Leo no podía entenderlo. A sus ojos, Dante era un hombre que lo tenía todo y, para quien entendía la visibilidad como un acto de resistencia, que un privilegiado con todas esas facilidades eligiera ocultarse le parecía una obscenidad.

Dante tenía el poder de ser dueño de su vida y, sin embargo, prefería la seguridad de una farsa.

Y aunque tenía que admitir que tanto él como Álvaro habían sido los únicos que no se habían tomado a la ligera la crisis de Lara, eso solo aumentaba su malestar.

Ver que Dante poseía la empatía suficiente para valorar el trabajo de su amiga, pero carecía del valor para defender esa misma dignidad frente a las burlas de sus amigos, lo convertía en algo peor que un ignorante: lo convertía en un hipócrita.

Pero, por encima de todo, a Leo le quemaba el descubrimiento de su propia obsesión.

Se sentía mortificado por haber sido capaz de detectar aquel gesto de Dante durante la partida de póker.

¿Por qué le había observado tanto? Sentía que, al analizar a Dante con tanta precisión, le había otorgado un poder que no merecía: el privilegio de ser tenido en cuenta .

—Maldito hipócrita —susurró entre las paredes vacías de la habitación.

Se vistió, se colgó la mochila al hombro y salió de la habitación.

Oyó voces provenientes del piso inferior y, mientras descendía las escaleras, se prometió a sí mismo que no concedería ni una sola sonrisa, ni un solo gesto de cortesía que pudiera interpretarse como una tregua.

En su mapa mental, el mundo se dividía entre los que daban la cara y los que se escondían, y él ya había decidido que Dante y él representaban lados opuestos.