Capítulo 4 #2
Leo asintió y se acercó al grupo, que parecía haber tomado posiciones alrededor de la mesa y de los braseros.
—¡Eh, el salvador de los archivos! —exclamó uno de los hombres al verlo, levantando su vaso—. ¡Un aplauso para el informático de guardia!
Leo forzó una sonrisa tensa mientras el grupo prorrumpía en una algarabía que tenía más que ver con su nivel de alcohol en sangre que con cualquier cosa que él hubiera hecho.
Tampoco se molestó en corregirles y decir que ni era informático ni había salvado archivo alguno.
No pensó que ninguno de los presentes apreciaría o entendería siquiera el trabajo que habían tenido que rehacer.
Se acercó a la mesa, donde las botellas de destilados caros y los restos de un asado que olía a gloria se amontonaban en un desorden aristocrático.
—¿Y Lara? —preguntó Carolina.
—Se ha quedado dormida —dijo Leo mientras se servía un poco de agua.
—Pobrecilla —repuso, acercándose a él con una mirada que intentaba ser empática, pero que resultaba algo condescendiente.
—Ven, deja que te presente —le dijo Álvaro—, que antes con las prisas…
Ellos son Jorge y Margarita. —La mujer del jersey blanco, que ahora sostenía un cigarrillo electrónico con elegancia distraída, le dedicó a Leo una inclinación de cabeza mínima, como si estuviera evaluando el corte de su abrigo, mientras el jugador de golf imaginario detenía su movimiento para saludarle con un cabeceo—.
Estos son Lucía y Sergio —continuó señalando a la pareja que seguía cerca de la barbacoa—.
Y aquel gandul de allí es Borja, nuestro primo.
—El tal Borja levantó brevemente la mirada de su móvil para hacerle un repaso visual antes de decidir que no merecía ni un segundo más de su atención.
—Hola —saludó Leo con un asentimiento general y algo seco. No se esforzó en sonreír, aunque tampoco hubiera servido de nada. Nadie parecía estar ya prestándole atención alguna.
—Come algo, debes de estar famélico —dijo Carolina, su tono dulce y artificial mientras le hacía un gesto hacia la mesa—. Debe ser agotador trabajar con esa presión. Álvaro nos ha dicho que ya lo habéis terminado. Menudo equipo hacéis, ¿no?
—Nos conocemos de toda la vida.
—Aun así, es admirable —terció la voz de Dante.
Leo se giró. Dante estaba sentado en uno de los sillones individuales que se encontraban frente al sofá, muy cerca del primo Borja.
A diferencia de los demás, Dante no parecía bebido a pesar de que sostenía una copa de brandy en la mano y lo observaba con esa curiosidad analítica que tanto le irritaba.
—¿Qué bebes, Leo? —le preguntó Álvaro.
—Una cerveza estaría genial —repuso, sirviéndose un chuletón.
Álvaro pareció descolocado por su petición.
—Seguro que debo tener alguna en la nevera…
Leo le dio un nada ceremonioso mordisco a su trozo de carne. Estaba frío, pero seguía delicioso. O eso le pareció por el hambre que tenía. Cerró los ojos un momento, permitiéndose adentrarse en el sencillo placer de comer algo tras tantas horas.
—No te tenía por un carnívoro —escuchó a su lado.
Dante se había acercado a él y ahora se erguía a su lado, mirándole con su intensidad habitual.
—¿Y por qué me tenías entonces? ¿Qué era lo que creías que comía?
Dante se encogió de hombros.
—No sé, pensé que quizás serías uno de esos vegetarianos que gritan por los derechos de los animales y en contra del cambio climático.
Leo, que en realidad era flexitariano y había ido a más de una manifestación ecologista, entrecerró los ojos, molesto por lo cerca que había estado Dante de calarlo.
—¿Sabes que el consumo de carne está ligado a la idea de la masculinidad heteronormativa en las sociedades occidentales?
—¿A dónde quieres ir a parar? —preguntó Dante a su vez.
—A que quizás has asumido que, como soy homosexual, soy «menos hombre» —dijo, haciendo el gesto de las comillas—. Y por lo tanto, supones que no tengo comportamientos típicamente asociados a la masculinidad, como comer carne. ¿Y tú? —preguntó con cierta malicia—. ¿Comes mucha carne ?
—Ten, tu cerveza. —La súbita aparición de Álvaro salvó a Dante de tener que contestar a esa pregunta.
—¿Quién se apunta a una partida de póker? —preguntó Jorge, haciendo aparecer un maletín plateado.
—¡Qué cansinos con el póker! —exclamó Lucía.
—Yo solo me apunto si es strip poker —soltó Margarita con una risa estruendosa. Leo elevó las cejas y, para su asombro, vio que Dante había imitado su gesto.
— Strip poker , con el frío que hace —rezongó Jorge, acercándose a ellos, luego, en un aparte, añadió—: Además a esa la tengo yo ya muy vista. No la toco ni con un palo —dio una risotada y Leo decidió que, definitivamente, ese tío era gilipollas perdido.
—Yo me apunto. —Dante ya había cogido su copa y se dirigía al interior.
—Y yo —se unieron al unísono Álvaro y Sergio.
—Yo paso —dijo el primo Borja.
—¿Y tú, Leo? —le preguntó Álvaro.
Leo no tenía nada en contra de una partida amistosa a las cartas, pero algo le decía que esos hombres no jugarían de manera amistosa y que las apuestas serían elevadas, así que negó con la cabeza.
—Bueno, si no sabes jugar… —dijo Jorge.
Leo lo entendió como la provocación que era y no contestó.
—Vente a la mesa con nosotros de todas maneras —lo animó Álvaro—. Jugaremos dentro, que hace un frío de mil demonios.
Leo aceptó y los siguió al interior. Cerraron la puerta corredera que daba a la terraza y se sentaron a una mesa redonda iluminada cenitalmente por una lámpara de estilo Bauhaus. Se dispuso un tapete de juego, se establecieron las apuestas, se repartieron las cartas y la partida empezó.
Mientras Leo se paseó por el salón, estudiando los libros de la estantería, encontró un viejo ejemplar de 1984 de George Orwell y se sentó en un sofá para releer sus pasajes favoritos.
—Vamos, Dante, dinos la verdad —oyó decir a Sergio a la vez que las fichas tintineaban—. ¿Cuánto tiempo vais a seguir Carolina y tú con este jueguecito de «somos solo amigos»? Aquí todos sabemos que hay algo entre vosotros dos …
—Claro que Carolina es su amiga —intervino Jorge—, su «amiga entrañable» —se cachondeó.
Dante forzó una sonrisa.
—Jorge, no seas vulgar.
—Vale, no seré vulgar, pero confírmalo de una vez que… Álvaro, ¿no tienes nada que decir? Al fin y al cabo, es tu hermanita.
—Medio hermana —repuso este, casi mecánicamente. Las fichas volvieron a sonar.
—Aun así, si alguien estuviera con mi hermana y no quisiera formalizarlo…
—Es verdad que Carolina y yo tenemos una conexión, pero… Bueno, no tenemos necesidad de formalizar nada —respondió Dante.
Leo, que estaba demasiado absorto en lo que decían para concentrarse en la lectura, sintió una náusea. La forma en que Dante utilizaba a Carolina como escudo le parecía un insulto a la inteligencia.
—Ya, ya… ¿Ahora lo llaman «tener una conexión»? —bufó Sergio mientras encendía un puro.
—Pues mi prima me preguntó por ti el otro día —siguió hablando Jorge—. Ya sabes cuál, la buenorra, y si no tienes nada formal con Carolina… ¿Le doy tu contacto?
Leo dejó el libro sobre su regazo y se giró para observar la partida.
Dante tomó un sorbo de su brandy, sintiendo la mirada de Leo clavada en él como un dardo. Sabía que el periodista estaba reconstruyendo su conversación en el Peacock’s palabra por palabra.
—No.
—Dante y su eterno «ninguna mujer me llega a la altura del zapato» —se burló Sergio.
—No es eso. —Dante desvió los ojos hacia Leo un segundo antes de volverlos de nuevo a sus cartas—. Es que no soy un hombre de afectos fáciles.
—Y, además, eres muy rencoroso —le reprochó Álvaro.
—No sé si rencoroso es la palabra adecuada, pero es verdad que si alguien rompe mi confianza, le cierro la puerta. No sé si creo en las segundas oportunidades.
—¿Y Carolina?
—Carolina es perfecta.
—¿Y entonces? —le presionaron .
Leo observaba la escena con fría calma, esperando a ver qué decía Dante acerca de su «novia postiza». Notó cómo Dante evitaba apoyar la espalda en el respaldo, manteniendo una tensión que nada tenía que ver con las cartas.
—Entonces nada. Ya te he dicho que Carolina es perfecta —respondió Dante.
Su voz sonó un poco más tensa de lo habitual al notar que Leo no apartaba los ojos de él.
Se sentía como si el periodista estuviera analizando cada una de sus palabras—.
Es una mujer excepcional, inteligente y…
—Hizo una pausa corta, buscando un adjetivo que no sonara tan genérico—. Ella comprende mi forma de vida.
—O sea, que estás liado con ella —sentencio Jorge, triunfal—. Pues no entiendo que lo tuvieras tan calladito —le reprochó—. ¿Qué? ¿Vais o no vais?
Jorge empujó un montón de fichas al centro con un golpe seco, lanzando un órdago. Sergio y Álvaro intercambiaron una mirada, consultaron sus cartas.
—Paso —rezongó Sergio, tirando sus cartas. Álvaro hizo otro tanto, retirándose en silencio.
Dante no pestañeó. Empujó un montón de fichas al centro, doblando la apuesta con una frialdad que hizo que Jorge dudara. Dante se reajustó las gafas sobre el puente de la nariz mientras sostenía la mirada de su contrincante.
—No tienes nada, te la estás jugando… —Dejó caer Jorge, para provocar a Dante, estudiando su rostro, buscando un tic, una duda, pero era una estatua de mármol.
Al final, fue la confianza del propio Jorge la que se resquebrajó—.
No voy, joder —dijo con rabia, tirando sus cartas, boca arriba, sobre el tapete—.
Dime qué tenías que era mejor que ese trío de reinas.
—Sabes que no tengo por qué hacer eso. —Dante, impertérrito, arrastró sus cartas boca abajo hacia el mazo y recogió sus ganancias. Leo, desde el sofá, supo que no tenía nada; que había ganado mintiendo.
Mientras se volvían a repartir las cartas, Sergio soltó una bocanada de humo y decidió retomar el tema de conversación.