Orgullo* Capítulo 4
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Capítulo 4

Capítulo

Cuatro

En cuanto cerraron la puerta de la habitación, Lara terminó de desmoronarse. Se dejó caer en la alfombra, junto a la cama, hundiendo el rostro entre las rodillas. Sus hombros empezaron a sacudirse en un llanto silencioso.

Leo le dio unos minutos, en los que se quitó el abrigo y bajó a coger su mochila. Cuando pensó que Lara había tenido suficiente tiempo para desahogarse, se sentó en el suelo junto a ella y abrió su portátil.

—Está bien, empecemos.

—No me sale nada, Leo… Tengo la mente en blanco —logró articular entre espasmos.

—Tú nunca has tenido la mente en blanco, Lara. Ni una sola vez en toda tu vida —le aseguró.

Su tono, firme y sereno, llamó la atención de Lara, que levantó el rostro.

—¿Cómo puedes estar tan calmado?

—Porque no es mi culo el que se va a la calle si no entregamos esta crítica.

—Ya podrías ser más considerado…

—Puedo ser considerado o puedo ser eficiente. Tú eliges. —Se la quedó mirando fijamente—. Mira, este no es mi artículo, ni ha sido mi cagada, por eso puedo estar tan tranquilo —le aclaró—. Y por eso mismo te puedo ayudar. Ten por seguro que yo, en tu lugar, estaría tan nervioso como tú. O más.

Lara suspiró y se pasó las manos por el ensortijado cabello.

—Tú habrías hecho copia de los archivos.

—Dime qué viste ayer ­—le pidió, ignorando su intento de autocompasión.

—Sin mis notas…

—Pues tendrás que confiar en lo que esté aquí dentro —le dijo, dándose dos toquecitos en la sien.

Ella negó con la cabeza, hipando, pero Leo ya estaba abriendo el procesador de textos.

—Está bien. —Lara cerró los ojos, tratando de visualizar la primera sala de la galería—. La serie se llamaba «Retratos en penumbra». Eran copias en papel baritado, con un grano grueso, casi rugoso. Lo que me impactó no fue el sujeto, sino el manejo del claroscuro.

El tecleo de Leo empezó a sonar, rítmico y constante.

—La fotógrafa no busca la nitidez —continuó Lara, ganando seguridad en la voz—.

Usa una apertura de diafragma muy grande, dejando una profundidad de campo extremadamente reducida.

Solo los ojos están enfocados; el resto del rostro se disuelve en un bokeh suave, etéreo, casi como humo.

Es una metáfora de la memoria, Leo. Como cuando intentas recordar a alguien que ya no está y solo retienes un detalle, una mirada, mientras el resto se desvanece.

—Me gusta eso —murmuró Leo sin dejar de escribir—. Sigue. ¿Y qué hay de la técnica?

—Hay una subexposición deliberada. Casi no hay blancos puros; todo se mueve en una escala de grises medios y negros profundos, casi empastados.

Me recordaba a los grabados de Rembrandt, incluso a Caravaggio, con esas sombras tan dramáticas.

La textura del papel se siente como piel humana, pero al mismo tiempo tiene la atmósfera contemplativa y el surrealismo de Sugimoto.

Y luego estaba la cita… Algo que dijo en el discurso y que me gustó muchísimo.

Quería incluirlo en el artículo, pero no lo recuerdo de manera literal.

Leo detuvo el tecleo y la miró.

—¿Quién más estaba allí? —Lara lo miró sin comprender—. De prensa, Lara. ¿Conocías a alguien? ¿Reconociste el logo de algún medio ?

—Estaba ese periodista de arte que escribe en El Continental … ¿Cómo se llama?

—¿Santiago Moguriño?

—¡Ese!

—Espera un momento. —Leo apartó el ordenador y cogió el móvil, tecleó rápidamente buscando un contacto y le dio a la tecla de llamar.

Esperó un par de tonos antes de que le contestaran—.

¿Santi? Hola, ¿qué tal? Sí, todo bien, tío.

Muchas gracias. Sí, lo leí, me gustó muchísimo.

Oye, perdona por las horas, pero es que necesito un favor.

—Le lanzó una rápida mirada a Lara antes de seguir hablando—.

Ayer estuviste cubriendo la inauguración de la nueva exposición de Marta Hidalgo, ¿verdad?

¿Sí? Genial. Oye, ¿por algún casual tendrás alguna grabación del discurso que dio?

—Esperó unos segundos que a Lara se le hicieron eternos—.

¿En serio? ¿Y me podrías dejar el bruto de la grabación?

No, claro, lo entiendo, con eso me vale, es perfecto.

Tío, me has salvado la vida, te debo una.

Venga, un abrazo. Chao. —Leo colgó el teléfono y miró a Lara a los ojos—. Tienes un amigo que no te lo mereces.

—¿Te va a enviar el vídeo?

—El vídeo no, pero sí el audio del vídeo. —Se escuchó una vibración en el móvil de Leo—. Mira, debe ser esto.

Leo le tendió el móvil a Lara, donde se veía que Santiago le había enviado una nota de voz.

Con las manos aún temblorosas, Lara le dio al play y empezó a reproducirse la voz de Marta Hidalgo mientras daba su discurso: «Porque fotografiar no es capturar la luz, es decidir dónde permites que reine la sombra.

El retrato no es lo que ves, sino el espacio que queda cuando el modelo deja de mirar.

Al final, solo somos lo que el olvido no ha logrado borrar todavía».

Lara cerró los ojos y sintió un escalofrío.

—Somos lo que el olvido no ha logrado borrar todavía —repitió en un susurro, como si estuviera probando el peso de las palabras en su propia boca—. Era eso, Leo. Ponlo así. Esa frase justifica todo el grano grueso y el desenfoque. La exposición no va de rostros, va de la resistencia de la memoria.

—Es una cita preciosa —dijo Leo, y el repiqueteo del teclado volvió a sonar con una energía renovada—. «Resistencia de la memoria». Me gusta. Sería un buen título, ¿eh? «Marta Hidalgo y la resistencia de la memoria». ¿Necesitas algo más?

— Ufff , no lo sé. Creo que tenía anotada alguna cosa más, pero con esto me tiene que valer.

Leo le tendió el portátil y Lara abrió un nuevo documento, ya sin rastro de lágrimas, con el brillo de la creación sustituyendo al del pánico.

Leo sonrió de medio lado sin despegar los ojos de la pantalla mientras Lara empezaba a teclear.

La Lara asustada se había esfumado; la artista había tomado el mando.

Estuvieron trabajando varias horas. Cada vez que se atascaba con una frase o buscando la palabra adecuada, Leo le echaba un cable o le recordaba que, simplemente, fuera directa.

El sonido de la fiesta seguía escuchándose, pero ellos no hacían caso mientras construían el artículo contrarreloj.

Cuando terminaron, Lara apoyó la espalda contra la cama y suspiró.

—No me puedo creer que lo hayamos hecho.

—Lo has hecho tú sola —le hizo notar Leo, golpeando su costado contra el de ella—. Yo solo te he dado un empujoncito.

Se miraron a los ojos en la semipenumbra de la habitación, iluminados sus rostros tan solo por la luz que provenía de la pantalla.

Justo entonces, escucharon dos toques en la puerta y cómo esta se abría.

—¿Cómo vais? —Era Álvaro. Traía un plato cubierto con papel de aluminio, seguramente con restos de la cena, y una botella de agua—. Supuse que querríais comer algo.

—Acabamos de terminar —anunció Lara.

—¿En serio? —El rostro de Álvaro se iluminó con una sonrisa y se acercó a ellos—. Entonces, no os va a hacer falta esto —dijo, refiriéndose al plato que había traído—. Podéis bajar y pasarlo bien un ratito, ¿no?  Creo que aún tardaremos un buen rato en acostarnos.

—Yo estoy muerta y me duele muchísimo la cabeza. —Lara se frotó las sienes—. Solo quiero tomarme un analgésico y acostarme a dormir.

—Oh. —Álvaro parecía preocupado—. ¿Quieres que me quede contigo?

—No, no hace falta. En serio —insistió al ver su reticencia—. Baja con tus amigos. Y llévate a Leo. —Se giró hacia su amigo, que había observado el intercambio entre ellos en silencio—. No tiene sentido que hayas venido hasta aquí y no te tomes ni una copa. Salid y pasadlo bien.

—¿Seguro?

—Sí. Dejadme en paz —ordenó, intentando sonar autoritaria y sin conseguirlo.

—Como quieras. —Leo se incorporó, recogió su portátil y su mochila del suelo y se dispuso a salir.

Álvaro parecía más renuente a dejarla sola. Intercambió unas últimas palabras con ella antes de darse por vencido.

—Ven, Leo. Te diré dónde está tu habitación. Buenas noches, cielo —dijo, girándose hacia Lara antes de cerrar la puerta tras ellos—. Menos mal que has venido —confesó en cuanto estuvieron a solas en el pasillo—. No sabía qué hacer para ayudarla. Ven, es por aquí.

Le guio por la casa hasta un pequeño dormitorio al fondo del corredor.

—Deja tus cosas y refréscate un poco si quieres. Luego vente a la terraza. Aún queda un montón de comida y bebida, y nos lo estamos pasando muy bien.

—Enseguida bajo.

Álvaro asintió y cerró la puerta tras él, y Leo acomodó su mochila sobre la cama, se puso un jersey de punto grueso y su abrigo. Tras un rápido paso por el baño, bajó de nuevo y se dirigió a la terraza.

El frío le golpeó en las mejillas al salir, pero nadie más que él parecía notarlo.

La fiesta parecía estar en pleno apogeo, todos estaban bastante bebidos y las voces y risas eran bastante más altas y desinhibidas que cuando se había marchado.

La música había subido un par de decibelios y el humo de la barbacoa se mezclaba ahora con el aroma dulzón de los combinados y el tabaco.

Al fondo, junto a uno de los braseros, un hombre de complexión atlética y movimientos torpes recibía instrucciones de una mujer rubia vestida de blanco, que señalaba a uno de los braseros con una autoridad indolente.

A su lado, otra mujer se mantenía de pie con una copa en la mano, sumergida en un monólogo que no parecía necesitar respuesta alguna.

Apoltronado sobre el sofá había otro hombre, algo más joven que el resto y de un cabello castaño que parecía algo rojizo bajo la luz del fuego.

Mantenía la vista en su móvil, ignorando a un tercer hombre que se inclinaba hacia él gesticulando con un palo de golf imaginario, atrapado en lo que parecía ser una lección técnica sobre el deporte en cuestión.

Carolina estaba con Dante, manteniendo lo que parecía ser una conversación muy íntima.

—Por fin te animas a unirte. —Álvaro se acercó con una sonrisa acogedora.