Orgullo* Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Las notas de la exposición, las palabras de la artista, las ideas que habían fluido en la vuelta a casa, el primer borrador de la crítica… todo se había quedado en un limbo eléctrico del que no tenía ni idea de cómo rescatarlos.

Desolada, posó el ordenador en la colcha antes de cubrirse la cara con las manos. Esto era una pesadilla, se dijo, no podía estar pasando. Justo en ese momento, la puerta se abrió. Álvaro se asomó.

—Perdona que te interrumpa, pero ¿al final va a venir Leo? Sergio dice que necesita saber cuántos vamos a ser para la… ¿Qué te ocurre? —preguntó alarmado al verle la cara. Lara abrió la boca para explicarle lo que acababa de pasar, pero un sollozo fue lo único que escapó de sus labios.

—Cariño, ¿qué te pasa? —inquirió de nuevo, sentándose junto a ella y abrazándola.

—Este ordenador de mierda —contestó con la voz rota—, que me acaba de borrar los archivos. La batería me lleva un tiempo fallando y… Y antes, cuando viniste a buscarme a casa, estaba tan ilusionada por venir contigo que se me olvidó guardar los archivos, simplemente lo cerré y…

—¿No los puedes recuperar?

—¡No! —gimió ella.

Álvaro cogió el ordenador y trasteó un poco en él.

—¿Cómo se llamaba el archivo?

—Te digo que no lo llegué a guardar. No tiene nombre. Se perdió con el reinicio.

—La verdad es que yo no soy muy entendido con estos cacharros. Dante se suele enterar más, ¿quieres que lo avise?

—No, ¿para qué? No se pueden recuperar y, además, va a pensar que soy una idiota y una irresponsable.

—Él no pensaría eso de ti. Puedes escribirlo de nuevo, ¿no? Sé que es una faena, pero …

—No, no puedo, no tengo aquí las notas que tomé durante la exposición, mis impresiones en vivo al ver las fotografías…

—Pues invéntatelo.

—No puedo hacer eso.

—Ya, ya sé que no puedes. ¿Y qué vas a hacer?

—No tengo la más remota idea… Y sí, por cierto.

—¿Sí, qué?

—Que Leo va a venir. Me escribió hace un rato.

—Genial —dijo, aunque su tono de voz no era alegre que digamos—. Salgamos fuera un rato, así te dará un poco el aire y te despejas. Después de cenar decides qué hacer, ¿vale?

Lara asintió levemente antes de lanzarle una última y derrotada mirada al ordenador.

Se dejó guiar por Álvaro de vuelta a la terraza.

La noche había caído y, aparte de la incierta luz de los fuegos crepitando en los quemadores, habían encendido unos focos insertados en la pérgola.

Sergio empezaba a encender la barbacoa, alguien había puesto música y las mujeres bebían y reían en un rincón.

—¿Ya has terminado, bonita? —preguntó Carolina en cuanto los vio aparecer.

Álvaro negó con la cabeza, como una advertencia.

—¿Qué ha pasado? —se interesó Dante.

—Ha perdido los archivos en los que estaba trabajando —respondió él por Lara, con una voz comedida.

—Vaya —silbó Dante.

—¿Y seguro que no lo tienes en el iCloud? —preguntó la del jersey blanco.

—Es un Windows —dijo Lara con voz temblorosa, sentándose en una esquina del sofá. Se dio cuenta entonces de que aún llevaba consigo la manta de paño y se envolvió de nuevo con ella. Tenía el cuerpo helado y un escalofrío la recorrió.

—Esas cosas pasan —oyó decir a la otra mujer.

—Bueno, seguro que puedes rehacerlo —intentó consolarla Carolina.

—Claro, mujer, un archivo perdido no puede arruinarte el fin de semana —rio Jorge, poniéndole una copa en la mano—. Prueba esta margarita, mi mujer prepara las mejores de Madrid, como es normal.

Lara probó la bebida, recordando de repente que la mujer de Jorge, la que brillaba bajo las luces con su impoluto  outfit  blanco, se había presentado como Margarita.

Asintió apreciativamente, pero el regusto de la lima le raspó la garganta.

Dejó la copa sobre la mesa. En ese momento, el traqueteo de un motor antiguo y de escasa cilindrada llegó hasta ellos.

—Por fin ha llegado el que faltaba —anunció Álvaro con fingida jovialidad, levantándose para ir a buscar al recién llegado.

Como había hecho su hermana unas horas antes, Álvaro rodeó la casa desde la terraza hasta llegar al porche, frente al que acababa de aparcar un destartalado Opel Corsa de color indescifrable en la oscuridad. Los faros se apagaron y Leo se apeó del coche, llevando en la mano una pequeña mochila.

—Hola —lo saludó, tendiéndole la mano.

—Hola, Álvaro —repuso Leo, devolviéndole el saludo—. ¿Qué tal?

—Muy bien —intentó sonreír, pero le salió regular—. Bueno, más o menos. Lara ha perdido el archivo en el que tenía el artículo a medio escribir…

—Joder —siseó Leo—, siempre le digo que suba esas cosas al Drive. Es más despistada…

—No le vayas a decir eso ahora —le advirtió Álvaro.

Leo lo miró con intensidad.

—No, por supuesto que no.

—¿Te enseño tu habitación? —se ofreció al adentrarse en la vivienda.

Leo se inclinó para dejar su mochila en el suelo, apoyada contra la pared del recibidor.

—No, mejor llévame con ella. Seguro que está hecha un manojo de nervios.

—Vale.

Salieron de nuevo, en dirección a la terraza.

Les recibieron las luces cálidas de la pérgola, el crepitar constante de los fuegos y una música electropop suave y elegante, perfecta para no tener que prestarle atención.

El aire olía a carne asándose, a cócteles dulces y a madera quemada.

Las risas llegaban en oleadas breves, sincronizadas con el tintinear de las copas.

Y entonces la vio.

Lara estaba sentada en un extremo del sofá, algo apartada del grupo, envuelta en una manta fina.

Tenía la espalda rígida y la mirada perdida en algún punto indeterminado más allá de la terraza, sin prestar atención a nada de lo que se decía a su alrededor.

La copa que alguien le había servido descansaba intacta sobre la mesa baja, justo al alcance de su mano, como una concesión que no pensaba aceptar.

Y Dante, de pie junto a otro hombre que asaba carne en la barbacoa, mirándole fijamente.

Leo sintió cómo algo se le tensaba en el pecho.

—¡Leo! —Oyó como alguien exclamaba. Carolina avanzaba hacia él y lo abrazó como si fueran viejos amigos—. ¿Has encontrado la casa sin problema?

—Sí, gracias.

Vio cómo Lara giraba la cabeza hacia él y sus miradas se cruzaron, pero se vio entretenido en una marea de presentaciones, mientras Carolina recitaba nombres y apellidos como un camarero diciendo los especiales del día.

Leo recibió algunos besos y estrechó varias manos antes de verse frente a Dante.

—Hola, Leo. —El saludo fue parco, pero lo escrutaba.

—Hola.

—Vamos a cenar —anunció el que estaba en la barbacoa.

El anuncio de la cena fue la señal que Leo necesitaba. Mientras todos empezaban a moverse hacia la mesa, él ignoró las indicaciones de Carolina y caminó directamente hacia el rincón del sofá. Se puso de cuclillas frente a Lara, rompiendo su campo de visión, obligándola a enfocarle a él y solo a él.

—Lara —susurró, con una suavidad que solo reservaba para ella.

Ella le miró, los ojos brillantes.

—Lo tenía que haber subido al Drive… —dijo con voz temblorosa.

Leo suprimió un suspiro.

—Eso no es importante ahora. Aún tenemos tiempo de rehacer el artículo.

—No puedo. He perdido también mis notas.

Lara parecía a punto de quebrarse.

—Sí que puedes. Vamos, levántate —la animó, cogiéndola del brazo.

Terminaran el artículo o no, no pensaba dejar que Lara tuviera un ataque de pánico delante de toda esa gente.

Ella se levantó y se dejó hacer, como una niña .

—¿No vais a cenar? —preguntó Álvaro al ver que se dirigían a la casa.

Leo fue a contestar, pero Dante, que los había estado observando, se adelantó.

—Deja que vayan a terminar su trabajo. Luego comerán.

Leo miró hacia la mesa por encima del hombro. Álvaro no parecía muy convencido, pero se dejó arrastrar por su amigo. Entonces su mirada se cruzó con la de Dante, que le hizo un leve asentimiento de cabeza. Leo respondió al cabeceo y guio a Lara al interior.