Capítulo 3 #2
—Pues entonces, he llegado justo a tiempo para rescatarte, querida. —Enroscó su brazo alrededor del de Lara—. Será mejor que yo te haga el tour por la casa: me la conozco igual de bien que él, pero soy mucho menos pesada contando la historia. Álvaro, sé un buen chico y lleva tú el equipaje.
—A sus órdenes —dijo él a sus espaldas en tono jovial, seguramente acostumbrado a las formas de su medio hermana.
Lara le dio una mirada fugaz a Álvaro, como pidiéndole disculpas, mientras Carolina la guiaba hacia el interior de la casa.
—Dante y yo llegamos hace un par de horas. También han venido otros amigos, Lucía y Sergio; aún no los conoces. Y está nuestro primo Borja, ¿te acuerdas de él? Esta tarde llegarán un par de personas más. —Carolina la miró con una sonrisa—. ¿Tu amigo viene al final?
Lara asintió, aunque se sintió algo incómoda con la pregunta.
—Me dijo que intentaría llegar esta noche.
—Perfecto —respondió Carolina con un tono muy medido.
Dentro, la decoración era lujosa pero discreta, con muebles de madera, amplias alfombras y una chimenea de piedra cuyo fuego ya estaba encendido.
El calor llenaba la estancia, envolviéndolo todo en un aroma resinoso que hacía que el ambiente se sintiera muy acogedor.
El salón estaba lleno de luz natural, filtrada por ventanales que daban a una terraza detrás de la casa: un antiguo jardín reconvertido en un sofisticado espacio exterior, donde el empedrado original, las macetas de terracota y los muros de piedra cubiertos de líquenes convivían con la modernidad de los muebles de exterior y los braseros de acero inoxidable.
Ya había varias personas allí, como Carolina le había dicho, ocupando un amplio sofá en forma de L.
Desde el interior, Lara podía escuchar sus voces y risas y ver cómo bailaba el brillo de las copas de vino sobre la mesa junto al fuego de los braseros, creando una estampa perfecta.
—Nos uniremos a ellos en un momento. Déjame que te enseñe la casa y, sobre todo, la habitación de Álvaro —dijo Carolina, con un aire de tal complicidad que las hizo reír a las dos.
Poco después, tras haber visitado la casa y haberse refrescado un poco en el baño en suite del dormitorio de Álvaro, Lara estaba sentada en el sofá de la terraza con una copa de Ribera Gran Reserva en la mano y una manta de paño sobre las rodillas, disfrutando de la compañía y la conversación ajenas.
Los demás invitados habían llegado ya, y hechas las presentaciones, la conversación empezó a fluir con la misma facilidad que el vino.
Empezaba a atardecer, y la luz dorada se derramaba sobre ellos, compitiendo con la creciente iluminación proveniente de los braseros.
Casi le dolía no tener su móvil a mano para poder sacar una fotografía.
—Esto es perfecto. —Se inclinó hacia Álvaro, que se sentaba a su lado.
Álvaro le pasó un brazo sobre los hombros y la atrajo hacia sí, besándola en la sien.
—Sabía que te gustaría.
—No quiero tener que ir dentro, pero en breve debería dejar de beber y sentarme a terminar la crítica.
—Luego lo puedes hacer. Tu deadline no es hasta mañana.
—Ya lo sé, pero no me gusta dejar las cosas para el último momento. Que luego todo son prisas y me estreso.
—Qué responsable eres —la alabó él, dándole otro beso, esta vez en la mejilla.
—Entonces, ¿a qué te dedicas, Lara?
Lara casi dio un brinco al sentirse interpelada por… ¿Jorge? No estaba segura de haber retenido su nombre. Había sido el último en llegar, junto a su esposa, una mujer rubia y delgada que, íntegramente vestida de blanco, hablaba con Carolina en aquel momento.
— Emm … Soy artista —dijo, sintiendo la incomodidad que siempre le acometía cuando le hacían esa pregunta. Sobre todo en determinados ambientes.
—¿Qué tipo de artista?
—Del tipo más común: de las que no se ganan la vida solo con su arte —intentó bromear.
Pero la voz le salió un poco débil y solo recibió unas educadas sonrisas con su comentario—.
Soy pintora —dijo, ganando un poco de firmeza—.
Trabajo con óleo, aunque mis cuadros suelen nacer de una fotografía. Me obsesionan los retratos.
—Su estilo es alucinante —intervino Álvaro—, con pinceladas muy cargadas y colores superatrevidos. De cerca, sus obras parecen un caos, pero en cuanto das tres pasos atrás, todo cobra sentido.
Jorge asintió con una curiosidad algo distante, la misma con la que se observa una especie exótica en un documental.
—Interesante. ¿Y se puede ver tu obra en alguna parte?
—En algunas galerías pequeñas y, sobre todo, en mi cuenta de Instagram, aunque ahora mismo tengo una exposición en Nave 8, en El Cañaveral —admitió Lara con una sonrisa tímida.
—Y será, si todo va bien, la artista estrella de «Miradas diversas» —volvió a hablar Álvaro.
—Así es como se conocieron —sonó la grave voz de Dante, que había estado hasta ese momento ajeno a su conversación.
Lara se dio cuenta de que el resto de charlas se habían ido apagando y que todo el mundo parecía ahora centrado en ella.
—Ya veo —dijo el tal Jorge.
—Pero dijiste que no te ganabas la vida con eso, ¿no?
—le preguntó la mujer de este, dando un sorbo del carísimo vino.
Lara se preguntó cómo quedaría aquel níveo jersey si se le derramara la copa por encima.
Carolina le dio un pequeño codazo, y la mujer se quejó—. ¿Qué? Ella misma lo acaba de decir…
—Es verdad —contestó—. También soy copresentadora de un podcast, escribo crítica de arte para un digital como freelance y dos tardes a la semana doy clases en una academia de pintura de mi barrio para jubilados.
—Elevó la barbilla, como pensó que Leo haría en una situación así—. Así es como me gano la vida.
El silencio que siguió a sus palabras fue breve, pero lo suficientemente denso como para que el chasquido de un tronco rompiéndose en uno de los braseros sonara como un disparo.
La mujer del jersey blanco parpadeó, procesando que la «especie exótica» acababa de mostrar los dientes con una educación impecable.
—Me parece… fascinante —balbuceó Jorge, tratando de rescatar la cortesía del grupo—. Una vida muy completa, desde luego.
Álvaro, ajeno a la punzada de humillación que Lara acababa de sentir, le apretó el hombro con orgullo genuino.
—Es una tía increíble, ya os lo dije. No para —añadió, antes de girarse hacia Dante—. ¿A que sí, Dante? Tú, que eres un adicto al trabajo, deberías valorar eso.
Dante, que no había dejado de observar con atención a Lara y su reacción, dio un sorbo lento a su copa. Sus ojos oscuros se fijaron en los de ella con una intensidad que no era burla, sino una curiosidad nueva, más seria.
—Lo valoro —respondió Dante con su seriedad habitual. Su voz estaba desprovista de calidez, pero cargada de una honestidad cortante—. El talento es común; la disciplina para mantenerlo mientras haces todo lo demás, no tanto.
—Lo cual me recuerda que tengo trabajo que hacer —dijo Lara, levantándose por fin. Cogió la manta que reposaba en su regazo y se envolvió con ella—. Será mejor que vaya dentro a terminar la crítica. —Miró a los demás, de uno en uno—. Nos vemos en un rato, cuando la termine.
—Tómate tu tiempo, cariño —dijo Álvaro con ternura, soltando su mano cuando ella se empezaba a apartar.
Lara asintió con un cabeceo tenso y se dirigió al interior. Mientras entraba en la casa, rescató su móvil, que había dejado abandonado en la encimera, y lo desbloqueó para mandar un mensaje mientras corría escaleras arriba.
Vienes o no?
La respuesta de Leo no tardó en llegar.
Así de bien lo estás pasando, eh?
Lara chasqueó la lengua y se encerró en la habitación de Álvaro. Odiaba que Leo la conociera tan bien. Al final, tecleó.
Vale, lo confieso: Socorro!
Esperó que los emojis amortiguaran la seriedad con la que estaba pidiendo ayuda. Vio tres puntitos azules, indicando que Leo estaba escribiendo. Los puntitos desaparecieron y volvieron a aparecer. Al final, tras unos segundos, la respuesta de Leo apareció en la pantalla.
Estoy en el centro
Reunión con mi editor
Manda ubicación
Lara dejó que un suspiro escapara de sus labios mientras compartía la ubicación con su amigo.
Dame una hora
Tras esa última respuesta, Lara se tumbó en la cama, con los brazos extendidos, y sintió que una traicionera lágrima se escapaba por la comisura del ojo.
Se la secó con rabia y se incorporó hasta quedar sentada en la cama.
Cogió su bolso, sacó el portátil y lo acomodó sobre su regazo.
Aquella mañana había estado trabajando con dos archivos: uno en el que había volcado las notas que había tomado la tarde anterior durante la exposición y otro con el borrador del artículo.
Ahora, al abrir el PC, esperaba verlos tal como los había dejado al cerrarlo para meterse en el coche con Álvaro, pero la pantalla se iluminó apenas un segundo, mostrándole brevemente sus notas y el documento a medio escribir, antes de que se oyera un pequeño clac interno y la pantalla se fundiera a negro.
El piloto de encendido parpadeó tres veces en naranja y se apagó.
—¡Mierda, mierda! —siseó, buscando el cargador dentro de su bolso.
Lo enchufó y esperó unos minutos. Al pulsar el botón de encendido, el portátil arrancó desde cero, con el logo del fabricante apareciendo sobre el fondo negro.
Cuando el escritorio cargó por fin, Lara abrió el programa de texto, esperando ver la pantalla de autorrecuperación, pero no había nada.
Confusa, buscó en archivos recientes, pero tampoco había allí rastro ni de sus notas ni del borrador.
Su corazón dio un vuelco al darse cuenta de su error: no había guardado los archivos, ni llegado a nombrarlos siquiera, y la memoria temporal los había borrado.
—No, no, no, no, no… —gimió, reiniciando el procesador de textos, buscando en diferentes carpetas, esperando estar equivocada, pero solo consiguió tener ante sí una hoja en blanco.