Orgullo* Capítulo 3
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Capítulo 3

Capítulo

Tres

El piso de los Gallardo era un ecosistema de ruidos familiares que Leo solía ser capaz de filtrar, pero aquella tarde la concentración se le escapaba entre los dedos.

En su habitación, el repiqueteo de las teclas del portátil competía con el televisor del salón, donde una tertuliana analizaba un nuevo noviazgo con voz ronca, y con las risas y comentarios de su madre y su hermana.

—¿Pero ese no era sobrino de la Montoya?

—¡Que no, mamá! Ese es el hijo de la de Gran Hermano, el que quería ser DJ. ¿No te acuerdas? El que estampó su BMW porque iba puesto de farlopa —la voz de Lidia subió una octava—. Y te digo yo que su nueva novia se ha puesto pómulos. Pero si se le nota a la legua.

—Pues está monísima, hija —respondió Maribel—. ¿Y dices que es bailarina?

—Eso dice ella —bufó Lidia.

Leo suspiró, quitándose los auriculares, que se le habían quedado sin batería. Estaba intentando cerrar una columna sobre la última agresión homófoba en Madrid, pero las palabras «farlopa» y «pómulos» se colaban en su redacción. Se levantó y fue hasta el salón.

—¿Podéis bajar un poco el volumen? El de la tele y el de vuestras gargantas también —pidió Leo, asomándose a la puerta .

El salón era un caos acogedor. Maribel estaba sentada en el sofá, rodeada de cojines de ganchillo, con una revista abierta en el regazo, pero los ojos pegados a la televisión, mientras Lidia, sentada en la alfombra, se pintaba las uñas de un verde flúor que olía a pura química.

—Míralo, se cree que vive en la Biblioteca Nacional —soltó Lidia—. Si te molesta el ruido, vete a una cafetería.

Leo sabía que Lidia seguía molesta con él por haberla sacado a rastras del Peacock’s, aunque ya hubieran pasado casi dos semanas.

De hecho, su enfado no era la única consecuencia de aquella noche.

A la mañana siguiente, tuvo que asegurarle a Lara que no había tenido problemas con Álvaro ni con ninguno de sus amigos, lo cual no era del todo cierto.

Aunque Leo se apresuró a explicar que su incomodidad en el Peacock’s tuvo más que ver con la actitud de la gente hacia él que con los actos de alguien en particular, sabía que Lara no tardó en notar que algo no cuadraba.

El silencio y las evasivas solo lo hacían parecer más sospechoso, y aunque Lara no lo dijera, Leo empezaba a sentir que no podría seguir evadiendo la verdad por mucho más tiempo.

Se apoyó en el marco de la puerta y la miró mientras ella, ignorándolo olímpicamente, encendía la lámpara LED para curar su esmalte.

—En una cafetería habría menos escándalo, eso seguro —replicó él con una media sonrisa.

Como toda respuesta, su hermana subió el volumen del televisor.

—Ay, niña, pero qué molestosa eres. —Maribel cogió el mando a distancia para bajar el sonido de nuevo—. ¿Así está mejor, cielo?

Leo iba a asentir cuando se oyó el timbre.

—Seguro que es Lara. Tenemos que repasar el guion de la semana que viene.

— Tinimis qui ripisir il guin di li simini qui vini —le imitó Lidia con burla.

Leo puso los ojos en blanco y decidió ignorarla. Se dirigió a abrir la puerta y oyó a sus espaldas cómo Maribel regañaba a Lidia por lo bajini.

Abrió la puerta y Lara apareció en el umbral con el abrigo aún puesto, el bolso colgado en bandolera y el móvil ya en la mano, como si llevara un rato usándolo y sólo hubiera hecho una pausa para subir las escaleras.

—Hola, familia —saludó al entrar. Leo se hizo a un lado para dejarla pasar. Lara besó a Maribel en la mejilla, esquivó a Lidia con un gesto rápido y dejó el bolso sobre la silla más cercana, sin más ceremonia—. ¿Qué tal vais?

Lidia levantó la mirada.

— Uuuuh , me flipan tus zapatos —siseó con avaricia.

—Pues te recuerdo que aún no me has devuelto la camiseta que te dejé —le lanzó Lara sin girarse.

—Porque a mí me queda mejor que a ti —dijo, sacándole la lengua.

Lara decidió ignorarla, sacó el portátil del bolso y se giró hacia Leo.

—Perdón, sé que llego tarde, pero es que no veas el día que llevo.

—¿Qué ha pasado?

—¿Recuerdas cuando Álvaro nos dijo que un funcionario del Ministerio se pondría en contacto con nosotros para acordar los términos de la exposición? Pues me llamó hoy al móvil y no veas cómo habla el tipo. No para.

—Vaya…

—Ya lo conocerás la semana que viene. Quiere reunirse con los dos. ­—Ante eso, Leo puso cara de circunstancia—. Necesita hablar contigo también.

—Bueno, eso es un problema para otro día. Vamos a mi cuarto. Quiero que revisemos el bloque final del podcast, que he tocado un par de cosas.

—Venga —respondió Lara, siguiéndolo—, que eso lo ventilamos en cinco minutos. O quizás en diez. Luego me voy corriendo, que hoy tengo mucho lío.

Leo cerró la puerta de su habitación y apoyó la espalda en ella un segundo, como si necesitara aislarse del ruido exterior antes de volver a ponerse en marcha. Lara ya estaba sentada en la cama, con el portátil aún sin abrir sobre las rodillas.

—Pero antes de empezar, te tengo que decir una cosa —soltó ella con rapidez.

Leo alzó una ceja.

—Vale…

—Este fin de semana me voy con Álvaro a una casa que tiene en la sierra —soltó, levantando la vista por fin—. Van a ir amigos suyos, su hermana, ya sabes.

Leo cruzó los brazos.

—¿Y eso tiene que ver conmigo porque…?

—Porque estás invitado —dijo Lara—. Y porque me encantaría que vinieras.

Hubo un breve silencio.

—Tengo entregas —respondió él—. Y una reunión con mi editor.

Y tenemos que terminar el guion de la semana que viene.

Y vale que mi coche está ya arreglado, pero no sé si va a aguantar una carrera hasta…

—se interrumpió. Lara lo miraba como esperando a que él se sincerara, así que lo hizo—.

Y, sobre todo, no me apetece pasar un fin de semana rodeado de los amigos de tu novio.

—Me dijiste que no tenías problema ni con él ni con ninguno de sus amigos —replicó ella enseguida.

Leo la miró, aparentemente sin saber qué decir.

Lara no quería presionarlo, pero sabía que había algo que su amigo no le estaba contando.

El problema era que no sabía cómo abordarlo sin que él se cerrara aún más, porque si algo sabía Lara, era que si Leo decidía guardar silencio sobre un asunto, no podía ser algo simple.

—Déjame pensarlo —dijo él al fin—. Igual puedo pasarme el viernes por la noche.

—¿En serio? —Lara sonrió, aliviada—. Gracias. De verdad.

—No es nada. Vamos a mirar lo del guion, anda.

Se sentó frente al escritorio y Lara abrió su portátil. Trabajaron durante un rato y solo hablaron para intercambiar opiniones e ideas. En cuanto terminaron, Lara cerró el portátil y se levantó.

—Me voy —anunció—. Tengo que ir a la galería Juana de Arte, a la nueva exposición de Marta Hidalgo, ya sabes, la fotógrafa —explicó mientras se ponía la chaqueta—. Tengo que escribir la crítica para la edición dominical del diario.

Leo frunció el ceño.

—¿Pero te dará tiempo? —preguntó, no sin cierta incredulidad.

Lara le lanzó una sonrisa confiada.

—Sí, sí, lo escribiré esta tarde, y si no, lo termino en la sierra —contestó, con un ligero encogimiento de hombros que delataba que había otras motivaciones además del trabajo.

Leo la miró con atención, percibiendo la chispa de ansiedad mezclada con ilusión en su amiga. Sabía que quería pasar el fin de semana con Álvaro, pero también opinaba que no debía descuidar su trabajo. Ella, en cambio, no esperó respuesta. Ya se estaba encaminando hacia la puerta.

—Hablamos luego para concretar lo de la sierra. Si vas a ir el viernes, te mando ubicación, y listo.

Salió antes de que Leo pudiera contestar. El sonido del televisor, las risas de Lidia y la voz de su madre volvían a filtrarse bajo la puerta. Leo suspiró y se sentó de nuevo frente a su propio portátil. Por un momento, la columna que tenía entre manos no parecía ser lo único que ocupaba su mente.

El aire fresco de la sierra golpeó a Lara en cuanto se bajó del coche.

Álvaro había aparcado frente a un chalet de líneas sencillas, donde la madera y la piedra se entrelazaban con el cristal, ofreciendo un equilibrio entre la naturaleza y la modernidad.

La casa, grande y de estilo minimalista, parecía estar impregnada de la calma de la montaña, y el sol de la tarde filtraba sus rayos a través de los árboles altos, proyectando sombras alargadas sobre el porche, mientras los enormes ventanales invitaban a contemplar la sierra en silencio.

Lara se quedó unos segundos observando, fascinada por la armonía del lugar. Álvaro la miró con una sonrisa de complicidad mientras sacaba las maletas del maletero.

—¿Te gusta? —le preguntó, aunque parecía conocer la respuesta.

Lara se giró hacia él con una sonrisa en los labios.

—Es preciosa… ¿Cuándo la compraste?

—No lo hice. Era de mi abuelo. Cuando murió, la reformé. Bueno, prácticamente la eché abajo e hice construir una casa nueva —soltó una leve risa—. Caro y yo siempre hemos adorado venir aquí a descansar.

Casi como si hubiera oído su nombre, Carolina bajaba en aquel momento los escalones que provenían de la parte posterior de la casa.

—Me había parecido escuchar el motor —los saludó, avanzando hacia ellos .

Lara pensó que nunca había visto a nadie vistiendo un conjunto de  loungewear con tanto estilo como ella.

Carolina llevaba unos pantalones de punto grueso en un beige cálido, un jersey camel de cuello vuelto y una capa sobre los hombros, con un diseño geométrico de cuadros en tonos oscuros, para protegerse del cortante aire de la sierra.

Cuando llegó a su lado, la mujer la envolvió en un abrazo y Lara comprobó que la capa estaba hecha de la más suave y cálida lana.

—Espero que Álvaro no te haya vuelto loca por el camino con los detalles arquitectónicos de su casita de campo —dijo, con tono cariñoso, pero también algo burlón.

Álvaro se acercó y besó a Carolina en ambas mejillas.

—Me esperé a llegar aquí para contarle todo —respondió, sonriendo—. Estaba empezando a explicarle lo de la reforma.