Capítulo 2 #5
Leo cerró el grifo con un giro seco y se volvió hacia él, secándose las manos con una lentitud deliberada.
—¿A qué te refieres, Valcárcel? ¿A mi ropa o a mi mera presencia?
Dante dio un paso más, ocupando ese espacio personal que solo se invade cuando se busca pelea o algo mucho más íntimo. Bajo la luz blanca y fría del baño, su rictus de superioridad parecía una máscara a punto de resquebrajarse.
—A esa necesidad tuya de que todo el mundo te mire —murmuró, bajando el tono—. De que todos sepan qué eres… —Inclinó la cabeza—. ¿No te resulta agotador?
—Lo que es agotador es toda esta hipocresía —le soltó Leo, clavándole los ojos azules—.
Toda esta gente de mierda que se cree mejor que yo porque al nacer cayó en una cuna de oro.
Todos esos tíos que me miran, y me empujan, y me insultan, y que querrían pegarme solo porque no se atreverían a tocarme de ninguna otra manera.
Por mucho que lo deseen —dijo con veneno, mirando a Dante de arriba abajo, dejando muy claro que lo incluía a él en su discurso.
Dante tensó la mandíbula y, por un instante, Leo creyó ver un destello de pánico en su mirada, seguido de una audacia desesperada.
Se acercó más, lo suficiente para que Leo pudiera oler el whisky en su aliento y su perfume amaderado, y observar el orgullo herido de quien nunca había recibido un no .
—¿De verdad crees que yo no me atrevería? —preguntó Dante, casi en un susurro, con un doble sentido que dejó el aire cargado de electricidad.
Leo no retrocedió. Al contrario, se acercó más a él, retándolo hasta que empezó a sentir la incomodidad que comenzaba a emanar de Dante al verse descubierto en un terreno que no controlaba del todo.
—Lo que creo es que tu novia debe estar preguntándose dónde demonios estás —sentenció Leo con un desprecio absoluto—. Porque si de verdad tuvieras el valor que dices tener, no necesitarías esconderte en un baño para decirme todo esto.
Se hizo un silencio denso, solo interrumpido por el zumbido del aire acondicionado. Dante abrió la boca, quizás para defenderse, quizás para confesar, pero Leo le puso una mano en el pecho y lo apartó con firmeza, sintiendo el latido acelerado de Dante bajo la tela de su americana.
—Vuelve con Carolina, Dante. Yo no pertenezco a tu mundo, pero tú tampoco perteneces al mío. No me hagas perder el tiempo.
Leo salió del baño con el corazón a mil, pero con la cabeza alta. En cuanto vio a su hermana, la cogió de la muñeca y le espetó:
—Nos vamos.
—¿Cómo? ¡No! Pero si acabamos de llegar.
—Lidia. Nos vamos —repitió con un rictus en los labios que no permitía discusión.
Lucas, que estaba lo suficientemente cerca como para haberlo escuchado todo, dijo:
—Me voy con vosotros. Déjame avisar a Lara.
—Te esperamos fuera —dijo, tirando de Lidia que, aunque callada, parecía no estar nada de acuerdo.
Dante volvió a la pista justo a tiempo de ver cómo Lucas se despedía de Lara y de Álvaro. No se veía a Leo por ninguna parte; el hueco que había dejado en la sala se sentía casi como un vacío físico.
Carolina se acercó a él de inmediato y pegó su cuerpo al suyo, obligándole a retomar el ritmo de la música.
—¿Estás bien? —le preguntó al oído.
Dante asintió mientras se recolocaba las gafas sobre el puente de la nariz con un gesto meticuloso, sabiendo que mentía. Quizás ella también lo sabía, pero no hizo más comentarios al respecto. No hacía falta: Carolina era experta en leer sus silencios.
Mientras seguían bailando, rememoró la conversación que habían mantenido apenas media hora antes, cuando ambos observaban a Leo bailar con una libertad que a él le estaba vedada.
—Ese chico es muy llamativo, ¿verdad? —había dicho ella, observándole con atención—. Bonitos ojos.
Dante no había respondido enseguida. Su mirada se había quedado anclada en el cuerpo ondulante de Leo, bajando por la línea de su espalda hasta el movimiento rítmico de sus caderas, sintiendo una urgencia en la boca del estómago, una pulsión irracional que le empujaba a acortar la distancia.
—Es atractivo —concedió al fin, con la voz seca—. Y seguro que lo sabe. Por eso se comporta así.
Carolina había sonreído, una curva lenta y llena de significado que a Dante le resultó incómoda.
—Ajá —había dicho ella, con conocimiento.
Dante la miró, sintiéndose como si alguien hubiera encendido de golpe una luz en una habitación donde él creía estar a oscuras. Pero aún seguía convencido de que podría ocultarse. Frunció ligeramente el ceño, jugando al despiste.
—¿Qué?
—Nada. —Carolina se había inclinado más hacia él, enroscando una mano alrededor de su antebrazo en un gesto íntimo—. Solo que… Más te vale tener cuidado.
Ahora, de vuelta al presente, Dante apretó con más fuerza el cuerpo de Carolina contra el suyo, buscando refugio en lo conocido.
Pero el peso de su advertencia seguía ahí, vibrando bajo el pulso de la música.
Dante sabía que Carolina tenía razón: más le valía no involucrarse con un hombre así.
Y más le valía no volver a dejarse arrastrar por esa urgencia, ni a entrar en un baño tras el rastro de unos preciosos ojos azules.