Orgullo* Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Cruzar el umbral del Peacock’s fue como sufrir una descompresión.

Si el aire de la calle era fresco y cortante, ahora estaban rodeados por una atmósfera densa, acondicionada y saturada.

Los neones azul cobalto que colgaban del techo a diferentes alturas, creaban un cielo artificial que se reflejaba en las paredes de espejo ahumado y dotaban a los asistentes de un halo que los hacía parecer irreales y etéreos.

El suelo pulido devolvía los destellos de una enorme instalación central: la famosa estructura de latón dorado que recordaba a las plumas de un pavo real gigante y que servía de esqueleto para la cabina del DJ.

El espacio estaba fragmentado en diferentes alturas.

En la zona principal, la multitud se movía bajo el pulso de un techno-house elegante y minimalista, mientras que en los laterales, unas plataformas elevadas albergaban los reservados: sofás de terciopelo verde bosque protegidos por cordones de seda negra.

Allí, las botellas de vodka reposaban en cubiteras, custodiadas por camareros que se movían con silenciosa eficiencia.

—¡Joder! —exclamó Lidia, cuya cara se iluminaba con el destello de mil cristales—. ¡Esto es otro nivel! ¡Quiero bailar! —dijo con entusiasmo, tirando de Lucas.

Este solo tuvo tiempo de lanzarle a Leo su ficha y gritarle: «¡Pídeme lo mismo de siempre!» antes de perderse entre la multitud con su hermana.

Álvaro ya estaba apoyado en la barra cuando Leo llegó. Señalaba algo en la estantería iluminada mientras el camarero asentía. Dante se colocó al otro lado de Leo, lo bastante cerca como para que sus hombros casi se rozaran.

—Dos Hendrick’s, por favor.

—¿Con qué tónica?

—Fever-Tree, si tienes.

El camarero asintió y procedió a preparar las bebidas. Leo dejó las fichas sobre la barra y otro camarero se acercó a tomar su comanda.

—Un gin-tonic y un mezcal.

—El mezcal no entra en la consumición.

—Ya —dijo lacónico.

La tarjeta había aparecido en sus dedos antes de que el camarero terminara la frase.

A su lado, Dante habló sin elevar la voz.

—Un Macallan solo, un dry martini y… —Se giró hacia Leo y le preguntó mientras ponía tres fichas sobre la barra—. ¿Qué bebe tu hermana?

—Un vodka con Red Bull.

Dante elevó las cejas ante la petición, pero el camarero empezó a preparar las copas.

—Una elección interesante —opinó.

—Es lo que le gusta —dijo sin mirarlo.

Hubo un segundo de silencio. Álvaro recogía ya sus copas.

—Mejor me voy yendo y despejo la barra. Nos vemos ahora.

Dante asintió y su amigo se marchó hacia la pista. El camarero dejó el mezcal frente a Leo.

—Te pago la entrada de Lidia.

Dante giró apenas el rostro hacia él .

—No hace falta.

—Sí hace falta.

El gin-tonic de Lucas quedó también servido. Leo deslizó la tarjeta y pagó el suplemento del mezcal sin apartar la vista del frente. Cuando fue a insistir, Dante lo cortó con una leve inclinación de cabeza.

—No insistas más, por favor. No tiene importancia —dijo mientras él pagaba el suplemento.

La música vibró entre ellos. Leo suspiró. El resto de las copas estaban ya listas y él ya tenía las manos ocupadas con el mezcal y la copa balón. Miró al vaso alto de su hermana, aún en la barra.

—Permíteme. —Dante cogió el whisky y el Red Bull con una sola mano y sostuvo el martini por el tallo con la otra, con una naturalidad que resultaba casi irritante. Leo no pudo evitar fijarse en lo largos y hábiles que parecían ser sus dedos—. Vamos.

Volvieron con los demás y repartieron las copas.

Lidia cogió la suya, le dio un gran sorbo y se colgó del cuello de su hermano para bailar con él.

Leo rodeó su cintura casi por instinto y ella rio.

En el escaso rato que él había tardado en pedir las copas, Lidia había bailado ya lo suficiente como para haber roto a sudar.

Su piel, perlada por la loción corporal con glitter , estaba más iluminada y pegajosa, y su expresión era una de auténtico gozo.

Leo se dejó contagiar por la energía de su hermana, permitiendo que el ritmo del techno-house dictara el movimiento de sus cuerpos.

Por un momento, el Peacock’s dejó de ser un símbolo de todo lo que detestaba para convertirse simplemente en un lugar donde podía dejarse llevar por la música.

Se relajó, acoplando el movimiento de sus caderas al ritmo del bajo que le golpeaba en el pecho y cerró los ojos, dejando que el mezcal y el beat lo transportaran a un lugar en el que no tenía que pensar.

Sintió a su hermana alejarse, escuchó la clara risa de Lara y notó a Lucas a su lado, pero no dejó de bailar en ningún momento.

No, al menos, hasta que un fuerte golpe en el hombro le hizo trastabillar.

Abrió los ojos de inmediato. A su lado acababa de pasar un hombre fornido que ya se perdía entre la marea de gente y al que no parecía importarle a quién atropellara a su paso.

—¿Estás bien? —le preguntó Lucas, con un brazo aún alrededor de su cintura. Esa había sido la única razón por la que no había caído al suelo.

—Joder con la gente —dijo a modo de respuesta.

Lucas fue a decirle algo cuando un nuevo empujón, esta vez en su espalda, le hizo golpearse contra él.

—Mira por dónde vas, friki… —le siseó por encima del hombro el tío que le había empujado esta vez antes de alejarse.

Leo se dispuso a seguirlo para decirle dos o tres palabras, pero la mano de Lucas alrededor de su muñeca lo detuvo.

—Leo, no —le pidió con rotundidad—. No vale la pena.

—¿Que no vale la…?

—No estamos en nuestro ambiente. Mira a tu alrededor.

Leo lo hizo, y vio entonces que no era tan solo la luz de los neones lo que rebotaba en él.

Eran las miradas. A pocos metros, un grupo de hombres lo observaba con una mezcla de mofa y desprecio.

Al otro lado, vio a dos que se daban un codazo, antes de señalarle con poco disimulo.

Incluso Dante, que estaba un poco apartado, con la copa de Macallan en la mano y apoyado contra una barandilla, no dejaba de mirarlo.

Sus ojos recorrían a Leo con una fijeza escrutadora que casi dolía más que la burla de los otros.

Carolina estaba a su lado, con el brazo enredado en el de Dante con una posesividad instintiva. Ella también lo miraba.

De repente, Leo se sintió ridículo con sus transparencias, su eyeliner y ese ear cuff que brillaba desafiante bajo la luz de los neones.

—No empieces algo que no sabes cómo va a terminar. —Oyó decir a Lucas.

—No lo he empezado yo —se enfrentó a él.

—Ya, joder, pero… no vas a ganar tú esta pelea, Leo. Aquí no.

—¿Qué pasa? —Lidia se interpuso entre ambos, aún bailando. El vaso de vodka había desaparecido y tenía los ojos brillantes—. ¿Ya no bailáis?

—Voy un momento al baño —gritó Leo, necesitando escapar de ese escáner visual antes de explotar.

—Leo… —Lucas intentó detenerlo, pero se desembarazó de él y se alejó.

—¡No tardes! ¡Y tráeme otra copa! —oyó decir a Lidia.

Leo se abrió paso entre la multitud, sintiendo el roce de las telas y el calor de los cuerpos.

El pasillo hacia los baños era más oscuro, revestido de espejos negros que multiplicaban su figura solitaria.

Al entrar, el estruendo de la pista quedó reducido a un latido sordo tras la puerta insonorizada.

Se apoyó en el lavabo de mármol y abrió el grifo. El agua fría sobre sus muñecas y su nuca le devolvió un poco de calma. Se miró al espejo, apretando la mandíbula, y odiándose por dejar que aquel lugar le hiciera sentir tan pequeño.

Entonces, el clic de la puerta rompió el silencio.

A través del espejo, Leo vio entrar a Dante. La elegancia de su chaqueta oscura contrastaba con la crudeza del baño de diseño. Dante no fue hacia los sanitarios; se detuvo a un par de pasos de Leo, manteniendo una distancia que en aquel espacio cerrado se sentía asfixiante.

—Te gusta llevar las cosas al límite, ¿verdad? —dijo Dante. Su voz, liberada del ruido exterior, sonaba sorprendentemente nítida y peligrosa.