Capítulo 2 #3
El Peacock’s era todo lo que Leo esperaba que fuera.
La enorme nave industrial, que durante décadas había olido a sílice quemada, hollín y al aire denso de los hornos de fundición, ahora desprendía una fragancia gélida de perfume caro, ozono de aire acondicionado y el rastro químico y dulzón de los vaporizadores.
Desde dentro, el bajo retumbaba con un pulso grave y obstinado que hacía vibrar el asfalto bajo sus pies.
Cada vez que la puerta se abría para dejar entrar o salir a alguien, una ráfaga de música electrónica y risas se derramaba en la calle, mezclándose con el humo.
Alrededor de la entrada, la calle se había llenado de coches que no parecían del barrio: SUVs alemanes con cristales tintados y deportivos que brillaban bajo las farolas de luz naranja, como depredadores exóticos en un descampado.
El grupo llegó en el viejo coche de Maribel, que Leo aparcó con cierta saña un poco más abajo, justo donde terminaba el círculo de luz azul que el local derramaba sobre el asfalto y empezaba la sombra de la nave industrial.
—¿Tenías que aparcar tan lejos? —se quejó Lidia nada más salir del coche. Sus taconazos de plataforma se tambalearon un poco cuando pisó el suelo irregular.
Aquella noche, Lidia era un espectáculo en sí misma.
Se había tomado como un reto personal elegir el outfit perfecto, y parecía recién salida de la serie Euphoria, con un top de rejilla, ceñidísimos pantalones acampanados de tiro superbajo y sombras de ojos con purpurina y pedrería hasta las sienes que devolvían la luz en destellos iridiscentes.
Lara y Lucas se habían vestido con esmero: ella, con un sencillo vestido satinado que le favorecía muchísimo; él, con una americana que le quedaba un poco estrecha, pero que le daba el aire de oficinista serio que, en el fondo, era.
Leo, sin embargo, se había vestido para la guerra.
Se negó a ceder ni un milímetro de su identidad ni a aparentar algo que no era.
Si aquellos pijos querían a Leo Gallardo en su local, lo iban a tener.
Llevaba una camisa negra satinada, con transparencias estratégicas.
Los tres botones desabrochados dejaban ver la limpia línea de su pecho.
El tejido caía sobre unos pantalones negros muy ajustados y, en los pies, botines de punta estilizada, con una gran hebilla plateada.
Un ear cuff de plata en su oreja izquierda y un toque de eyeliner e iluminador, obra de su hermana, completaban el conjunto.
Si alguien pensaba que él iba a pedir permiso para existir, estaba muy equivocado.
Cuando se acercaron a la puerta, los vieron.
Álvaro, Dante y Carolina estaban allí, esperando bajo el neón azul del local, formando un triángulo de perfección.
Álvaro llevaba una camisa blanca impecable, abierta lo justo, y una americana azul marino que parecía recién planchada; los saludó con la mano, radiante, pero la mirada de Leo se clavó en los demás.
Carolina, enfundada en un vestido negro ceñido y un abrigo corto de pelo de estilo setentero, se mantenía sobre sus afilados tacones con naturalidad.
Dante, ligeramente apartado de ambos, vestía de oscuro: chaqueta entallada, cuello alto negro, reloj de marca asomándole bajo la manga.
Más allá de ellos, la fila para entrar parecía un desfile de moda, con abrigos estructurados, faldas cortísimas, blazers entallados y zapatos pulidos; el murmullo de conversaciones superpuestas flotaba en el aire, salpicado de carcajadas breves y del chasquido de encendedores.
—Qué bien que estáis ya aquí —dijo Álvaro, acercándose para besar a Lara.
—¿Llegamos muy tarde? —preguntó ella con cierta aprensión.
Álvaro rio y le aseguró que no, pero Leo observó cómo la impaciencia desaparecía del rostro de Carolina en cuanto Lara se giró hacia ella para saludarla. Dante, por su parte, también se acercó al grupo, pero cuando Leo lo miró, giró el rostro con rapidez .
—Te acuerdas de Leo, ¿verdad? —Lara se colgó del brazo de Álvaro mientras este saludaba a sus amigos—. A Lucas lo conociste el otro día y esta es Lidia. Es la hermana de Leo —explicó—. Espero que no te moleste que la haya invitado. Le hacía mucha ilusión…
—Por el contrario, cuantos más, mejor.
Las presentaciones siguieron un momento.
Lidia, coqueta y extrovertida como era, le plantó dos sonoros besos a Álvaro y otros dos a Dante.
Mientras, Carolina se acercaba a Lara para decirle algo muy cerca de su oído, como una confidencia, y ambas rieron juntas como viejas amigas.
Leo sabía que en las últimas semanas, Lara había estado socializando con el entorno de Álvaro.
Así es como habían averiguado que Carolina y Álvaro eran, en efecto, medio hermanos, y que Dante era un amigo de ambos, pero era la primera vez que Leo la veía interaccionar con ellos desde la noche de la exposición.
Algo le decía que la simpatía de Carolina por Lara era algo falsa, pero le pareció revelador que fuera amable con ella, pues eso solo podía significar que lo hacía por su hermano.
Tan centrado estaba en analizar el interés de Álvaro por Lara que no se había dado cuenta de que él mismo estaba convirtiéndose en objeto de atención del amigo de este.
Al principio, el desdén de Dante era genuino y, tras conocerle, comenzó a escuchar su podcast solo para tener munición con la que criticarlo.
Pero tras haber dejado bien claro que nunca podría sentir atracción por un hombre como él, empezó a darse cuenta de que, a pesar de no comulgar con la mayoría de ellas, sus opiniones le parecían increíblemente interesantes.
A este descubrimiento le siguieron otros igual de irritantes, como que le cautivaba su carácter reivindicativo, su sentido de la justicia y su compromiso social.
O como el hecho de que, ahora que lo veía de nuevo, era incapaz de apartar la mirada.
Recorrió la silueta de Leo, deteniéndose en la curva de sus hombros, en la firmeza de su mandíbula y en sus deslumbrantes ojos azules, acentuados por un leve pero efectivo toque de maquillaje.
Para Dante, que vivía sepultado bajo capas de apariencias y decoro, la presencia de Leo era como una descarga eléctrica.
Era una provocación andante, un despliegue de orgullo que le producía una envidia tan profunda que solo había sabido procesar como desprecio en su primer encuentro, pero que ahora interpretaba como una creciente atracción.
Leo, por su parte, ignoraba todo aquello, quizás por lo desagradable que Dante le resultaba.
Para él, solo era un hipócrita que prefería esconderse a la posibilidad de tener nada remotamente real con nadie.
Una vez que todos se saludaron e intercambiaron unas palabras, se dispusieron a internarse en el local.
—Vamos —dijo Álvaro, tomando la delantera.
Leo no supo si sentirse aliviado o insultado cuando lo vio saltarse la cola y dirigirse a una mujer joven con un pinganillo en la oreja y la cara enterrada en un iPad. Uno de los porteros le consultaba algo en ese momento y la mujer negó con la cabeza antes de volverse hacia él.
—Álvaro Soriano —se presentó.
—Por supuesto. —La mujer, con una sonrisa muy estudiada, repasó con la mirada la pantalla de su tablet—. Aquí está, Álvaro Soriano, grupo de… —Se detuvo un momento mientras los miraba con detenimiento de uno en uno—. La lista es para seis.
Se hizo el silencio.
Todo el grupo miró a Álvaro, excepto Lidia, que clavó la vista en sus pies. Álvaro, visiblemente azorado, empezó a balbucear una respuesta cuando Dante dio un paso al frente y le entregó a la relaciones públicas una de sus tarjetas.
—Habla con Fonsi si quieres. —Su tono era seco—. No debería haber ningún problema.
La RRPP leyó la tarjeta y levantó la vista. Leo casi pudo ver cómo conectaba piezas en su cabeza.
—Claro, disculpe. Pasad.
La mujer les franqueó el paso.
—Gracias —musitó Álvaro, pasando junto a ella y posando su móvil sobre el datáfono, para pagar su entrada y la de Lara.
—No tenías por qué —se quejó ella, apretándose aún más contra él.
—Claro que sí…
Leo y Lucas fueron los siguientes en pasar. Cuando Leo vio la cifra que brillaba en la pantalla del datáfono, resopló, pagó, recogió la ficha que le tendieron y se apresuró a seguir a Lara hacia el interior. A su espalda, oyó cómo Lucas imitaba su gesto.
—¡Veinticinco pavos por la entrada! —exclamó indignado, dándole vueltas a su propia ficha entre los dedos—. Aunque incluya una consumición, me parece un robo.
—Te quejas a Lara, no a mí —le dijo Leo con cierta mala leche .
—Si yo voy, tú vas, ¿recuerdas? Me quejaré todo lo que quiera contigo —añadió pasándole los brazos por encima de los hombros—. Al fin y al cabo, fuiste tú quien me obligó a venir.
Leo miró hacia atrás justo a tiempo de ver a su hermana pasando con la mirada perdida y la boca abierta. Estuvo a punto de llamarle la atención para que pagara su entrada cuando vio cómo Dante hablaba con la RRPP, que tecleó en el datáfono y se lo tendía.
—Le ha pagado la entrada a mi hermana —siseó.
—¿Qué? —preguntó Lucas. Tan cerca de la entrada, la música era ya lo suficientemente fuerte como para no haberlo podido escuchar.
Leo se paró a esperar a que Lidia llegara a su lado.
—¿Estás tonta o qué? —le espetó—. Han tenido que pagar tu entrada.
—¿Había que pagar entrada? —se sorprendió ella—. Pero si estábamos en una lista.
—Eres una niñata…
—Déjame en paz. Si ya me la pagaron y no fuiste tú, ¿de qué te quejas?
Leo fue a contestarle cuando vio que Dante y Carolina se les unían y que el portero ya iba abriendo para dejarlos pasar. Lara, aún abrazada a Álvaro, miró por encima de su hombro para sonreírle. Leo se obligó a responder a su sonrisa. Las puertas se abrieron ante ellos.
—¡Dios mío, mirad esto! —chilló Lidia, dando un saltito.