Capítulo 2
Capítulo
Dos
El olor a café y los binaural beats que salían por sus auriculares con cancelación de ruido eran lo único que acompañaba a Leo mientras trabajaba en el estudio.
Lara entró como un huracán y dejó caer el bolso con un golpe seco que, más por el movimiento de la mesa que por el sonido, devolvió a su amigo al mundo exterior.
Leo la miró con atención. Tenía pinta de no haber dormido en toda la noche y de no albergar ni un solo remordimiento al respecto.
—Y dime —soltó a la vez que se quitaba los auriculares—, ¿es Álvaro tan aburrido en la cama como su perfil de LinkedIn da a entender?
Lara soltó una risita, dejándose caer en la silla junto a él. Se mordió el labio inferior intentando, y fracasando estrepitosamente, contener una sonrisa de auténtico entusiasmo.
—Ay, Leo —suspiró—, menuda nochecita he pasado…
Las cejas de Leo se levantaron como impulsadas por un resorte.
—O sea, que es bueno en la cama.
Lara se inclinó hacia él como para hacerle una confidencia.
—Es una fiera.
—¡No! —exclamó con teatralidad, haciéndose el sorprendido—. ¿Ese golden retriever ?
Lara tenía una réplica en la punta de la lengua cuando un golpe de cristal en la cabina los sobresaltó. Una vez obtenida su atención, Susana señaló el reloj de pared para hacerles notar la hora y luego, por el micrófono, les dijo:
—Sabéis que solo me pagan por escuchar hablar de vuestros ligues si os estoy grabando, ¿verdad?
Leo resopló mientras Lara se acomodaba y sacaba su ordenador. Susana les marcó la cuenta atrás con los dedos desde el control: tres, dos, uno… La luz roja de «ON AIR» y los pilotos de las cámaras de vídeo se encendieron simultáneamente, y el logo de Orgullo! brilló en las pantallas auxiliares.
—¡Bienvenidos a Orgullo! —empezó Leo a hablar al micrófono y entonando la célebre cortinilla del programa—, el podcast para disidentes, donde hablamos…
¡Qué demonios! Donde hablamos de lo que nos apetezca hablar en cada momento —improvisó.
Lara le lanzó una miradita, pero no le dijo nada—, como de los improbables éxitos sexuales de tus amigos.
—¡Sabía que ibas a ir por ahí! —exclamó Lara.
Leo le lanzó una sonrisa que pretendía ser un desafío.
—Conmigo, Leo Gallardo —continuó—, periodista, gay y un hombre muy sorprendido ahora mismo.
—Y conmigo, Lara Salvatierra, artista y mujer sexualmente satisfecha. Por mucho que mi amigo no lo quiera creer.
La carcajada de Leo resonó en todo el estudio.
—Hola, chocho —saludó a su amiga, usando el error de Lara del episodio anterior como mote.
Ella sonrió, notando lo que él había hecho.
—Hola, chocho —le respondió.
—Así que anoche te llevaste a casa a un cachorrito abandonado y, contra todo pronóstico, has triunfado.
—Es que no lo viste bien, Leo. No era un gatito, era un león —dijo Lara, haciendo esfuerzos por no reírse.
—De verdad, aún creo que me estás vacilando.
—Que no, joder, que va en serio. Me lo pasé genial anoche.
—Pero fue cosa de solo una noche, ¿no?
Lara negó lentamente con la cabeza antes de decir:
—No. Vamos a volver a quedar hoy mismo .
De nuevo, las cejas de Leo alcanzaron una altura estratosférica. Lara frunció el ceño, todavía sonriente.
—¿Qué?
—Nada —respondió él, demasiado rápido—. Solo digo que… bueno, no sé. Ese tío no es ese el tipo de gente con la que sueles liarte.
Lara lo miró con más atención. La sonrisa se le fue apagando poco a poco.
—¿Y con qué tipo de gente suelo liarme?
Leo se encogió de hombros.
—Ya me entiendes.
—No, no te entiendo.
Hubo un silencio breve, incómodo.
—¿Quieres ejemplos concretos? —dijo Leo.
Lara asintió. Susana levantó la vista desde la cabina, extrañada por la súbita tensión, pero ninguno de los dos la miraba—.
La chica de los tatuajes de la facultad —empezó a enumerar Leo—, el submarinista aquel que solo comía algas y vivía en una comuna.
El tío que conociste en Flick, el que se dedicaba a hacer panes artesanales con masa madre.
La profesora de la escuela de yoga y terapias alternati…
—Vale, vale. ¿Y? —preguntó Lara, impertérrita.
—Que el de anoche no tiene nada que ver con ninguna de esas personas.
—¿Nada que ver? ¿Tan convencido estás? —Leo asintió—.
El chico de anoche es amable, atento, muy atractivo, tranquilo, seguro de sí mismo…
—empezó a enumerar Lara, levantando un dedo por cada cualidad—.
El tipo de persona que siempre me ha atraído.
—Leo fue a interrumpirla, pero ella se lo impidió—.
¿Sabes cuál es tu problema? Que tienes demasiados prejuicios: miras a alguien, su reloj, su ropa, de dónde es y te haces una idea en diez segundos de quién es esa persona.
—Eso no es verdad.
—Sí que lo es. Eres un abanderado de no poner etiquetas y crees que eres inclusivo, pero cuando hablamos de clase social y estatus en vez de orientaciones sexuales, nacionalidades o razas, pierdes toda objetividad.
Y como ayer me ligué a un «pijo del centro» —Lara hizo en el aire el gesto de las comillas—, no eres capaz de ver más allá ni reconocer que es muy parecido, salvo en su ropa y su cuenta bancaria, a otras personas con las que he estado .
Leo sostuvo su mirada. Algo en el tono de Lara había cambiado. Su amiga no estaba de broma y él no sabía cómo responder a aquel reproche. Lara debió verlo en su rostro, pues le sonrió y posó una mano en su antebrazo, conciliadora.
—Solo digo que quizás deberías ser más abierto y dejar que la gente te sorprenda.
—¿Cómo hiciste tú anoche? —preguntó con cierta mala baba.
—Sí —dijo ella con calma, no picando el anzuelo—, exactamente como hice yo anoche. —Leo apartó la vista. Lara respiró hondo, recompuso la postura y sonrió a la cámara—. Vamos con lo peor de la semana. —Decidió seguir el guion del programa.
Leo sonrió también, moduló la voz y retomó el papel que tan bien sabía interpretar. Pero, mientras hablaba de política y despropósitos institucionales, no pudo evitar preguntarse en qué momento había empezado a juzgar a la gente con la misma rapidez con la que decía combatir los prejuicios.
Cuando Leo entró en La Estrella, Lucas ya estaba allí, ocupando la misma mesa redonda de siempre junto al ventanal.
El bar olía a una mezcla de café recién molido, aceite caliente y un rastro de lejía que intentaba, en vano, borrar las décadas de vida impregnadas en las baldosas.
Debajo de todo eso persistía un aroma más antiguo, un olor tenue a madera barnizada mil veces y humo incrustado, como si las paredes aún conservaran la historia del local.
Leo avanzó sobre el desgastado suelo hidráulico y saludó con un gesto al camarero antes de sentarse frente a su amigo.
Lucas estaba apoyado sobre la mesa, frente a una caña que ya empezaba a sudar.
La luz entraba por los grandes ventanales e iluminaba las motas de polvo que bailaban sobre el mármol veteado.
Frente a él descansaba su inseparable Kindle, abierto a mitad de una lectura.
Al lado, apoyado precariamente contra el servilletero de acero, estaba su móvil, por cuya pantalla deslizaba el índice con un gesto aburrido.
—Llegas tarde —lo saludó.
—Me lié en el estudio —contestó Leo, dejando la mochila en el suelo.
—¿Y qué tal la grabación?
—Bien. —«Mal». Decidió cambiar de tema—. ¿Qué haces?
—Mirando fotos de la exposición de anoche.
—¿De mi perfil? —se interesó Leo, inclinándose sobre el móvil de su amigo para ver mejor.
—No, a ti ya te tengo muy visto, cariño.
Leo torció el gesto al ver el perfil de quien estaba mirando.
—¿En serio? —se quejó, cogiendo el teléfono para mirar más de cerca.
Lo que estaba viendo era un carrusel de imágenes en el perfil de Instagram de Dante Valcárcel.
Había fotografías de la exposición, del espacio, pero sobre todo de sí mismo junto a Álvaro y la mujer que los había acompañado, que siempre salía colgada de su brazo y mostrando una calculada sonrisa. Resopló y le devolvió el móvil a Lucas.
—¿Qué tomas, Leo? —le preguntó el camarero, acercándose a la mesa.
—Una caña.
—Otra para mí —añadió Lucas apurando la suya. Luego, volviendo hacia su amigo, comentó—: Parecen la pareja perfecta, ¿verdad?
Leo bufó recordando la conversación que había escuchado a escondidas la noche anterior: «¿No te ha tentado ni un poquito?». Menudo hipócrita.
—Nadie es tan perfecto. Y menos si sólo lo haces para enseñarlo en Instagram.
—Lo dice el influencer con los setenta mil seguidores.
—No soy un influencer , joder, soy un comunicador con presencia en redes sociales.
—Lo que tú digas. Pero él sí que parece perfecto. Al menos físicamente. —Lucas seguía curioseando el perfil, mirando fotos algo más antiguas—. El tío está como un tren.
—Es un gilipollas.
—Es guapo, es joven y es rico. Claro que es un gilipollas. Un tío con esa planta, de buena familia, que habrá crecido con todas las facilidades del mundo… Es muy normal que tenga un gran concepto de sí mismo .
—Tú y yo también venimos de buenas familias. ¿O ese término solo lo aplicas a la gente con pasta?
—Qué buen sindicalista habrías sido, joder —se burló Lucas de él.
Volvió a mirar las fotos de la exposición y la pantalla mostró a Álvaro posando frente a Nave 8, con su sonrisa de cachorro en primer plano—.
¿Te contó algo Lara? —inquirió, sabiendo que ambos se habían marchado juntos la noche anterior.
—No te pierdas un nuevo episodio de Orgullo! el próximo viernes. Solo en PodStand —dijo Leo con sarcasmo, poniendo su «voz de presentador».
—¿Habló de este tío en el podcast?
—Sí, y de cómo le alineó todos los chakras anoche, por lo visto.
Lucas asintió apreciativamente.
—Bien por ella. ¿Y tu coche? ¿Sigue en el taller? —cambió de tema.
Leo agradeció que, al menos, Lucas dejara el móvil boca abajo para no tener que seguir viéndole el careto al tal Dante Valcárcel.
—Sí. Y me han dicho que la pieza tardará una semana porque viene de no sé dónde. Y que me va a salir un dineral…
—¿Y la oferta de anoche?
El nuevo cambio de tema le descolocó.
—¿Cómo?