Capítulo 1 #5
—Lo realmente difícil será encontrar un público que sepa apreciar el matiz entre el activismo y la estética —intervino Dante sin mirarlo, observando el cuadro de Maricón y pobre con una ceja alzada—. A veces se confunde la intención con el talento.
—El talento suele estar donde la gente tiene algo que decir —dijo Leo, sintiendo un pinchazo en las tripas.
—Una cosa es el arte y otra la comunicación institucional. Y a veces hay que ser realistas. Este tipo de propuestas suelen terminar en polémicas estériles que no benefician a nadie. Mucho menos a los propios artistas.
Leo sintió que se le tensaba la mandíbula. Le dirigió a Dante una mirada cargada de desprecio.
—Quizás el problema no sea la propuesta, sino el miedo a que la realidad ensucie las moquetas de los despachos —espetó Leo.
—He pasado el suficiente tiempo en esos despachos como para saber que hace falta mucha más realidad que esta para manchar nada. — Dante clavó sus ojos en los de Leo con total frialdad.
Antes de que Leo pudiera contestar algo de lo que probablemente se arrepentiría, Álvaro intervino, notando la tensión entre ambos.
—Bueno, para eso estamos los comisarios, para enfocar —dijo Álvaro con una sonrisa conciliadora, aunque sus dedos rozaron accidentalmente el brazo de Lara al señalar un cuadro cercano—. Lara, ¿te importaría enseñarme el resto de la serie? Me gustaría entender el proceso de creación .
—Claro —respondió ella, y por primera vez en toda la noche, Leo vio a su amiga un poco turbada—. Ven conmigo.
Álvaro se despidió de Leo con un asentimiento amable y de Dante con una palmada en el hombro, llevándose a Lara hacia la zona más tranquila de la nave. Carolina, aburrida, se alejó hacia el catering , dejando a Leo y Dante solos frente al retrato del anciano.
El silencio entre ellos era denso, cargado de una hostilidad que Leo ya no intentaba disimular. Dante miró de nuevo el cuadro de Maricón y pobre y luego a Leo, con una expresión ilegible.
—Tiene valor —dijo Dante al fin, casi en un susurro—. Pero el valor sin prudencia solo es espectáculo.
—Y la prudencia sin razón de ser es solo cobardía —replicó Leo, dándole la espalda para buscar a su madre y a su hermana.
Sabía que acababa de declarar una guerra, pero mientras se alejaba, sintió una satisfacción amarga. No sabía qué le molestaba más: que Dante fuera un estirado, o que fuera el hombre más guapo que había visto en su vida.
La velada se estiró entre copas de vino barato y canapés que empezaban a reblandecerse. Leo intentaba centrarse en la conversación de Lucas, que le analizaba con ojo clínico el ecosistema de la sala.
—Mira a esos dos —murmuró Lucas, señalando con la barbilla hacia un rincón de la nave—. Si se acercan más, Álvaro va a terminar dentro de uno de los cuadros de Lara.
Leo siguió su mirada. Lara y Álvaro estaban apoyados contra la pared, en una zona de penumbra. Ella reía, echando la cabeza hacia atrás, y él la miraba con una fascinación que nada tenía que ver con el arte.
—Parece que a Lara le ha tocado la lotería —comentó Leo, aunque en el fondo se alegraba por ella.
—Es a él a quien le ha tocado la lotería —añadió Lucas con una sonrisa cínica—. Me da que esos dos se van a ir juntos… —Suspiró—. Al menos alguien va a sacar algo bueno de esta noche. Porque tú, amigo mío, ti enes cara de querer quemar el edificio con el sobrino de la ministra dentro.
Leo reprimió una risita. La presencia de Dante Valcárcel al otro lado de la sala, impecable y distante, le resultaba tan molesta como el ruido de un mosquito revoloteando a su alrededor.
—Necesito un respiro —dijo Leo—. Voy al baño. Si mi madre pregunta por mí, dile que no sabes dónde estoy.
Se abrió paso entre los invitados y cruzó hacia la zona de los aseos, situada en un pasillo estrecho al fondo de la nave, donde el retumbar del DJ se volvía un eco sordo. Al salir, escuchó unas voces que venían del muelle de carga, justo tras una puerta pesada de metal entreabierta.
Reconoció la risa de Álvaro al instante y se refugió tras uno de los pilares de hormigón.
—Venga, Dante, deja de mirar el reloj —decía Álvaro—. Admite, al menos, que la noche no está yendo tan mal…
—Sobre todo para algunos —repuso Dante, con un soniquete en su voz.
—Es que es preciosa —decía—, inteligente y divertida, y tan brillante como la había imaginado. ¡O más! Y creo que le gusto.
—Pues por mí, no te cortes.
—¿Y tú, qué? No me digas que no te has fijado en el tal Leo. Hasta yo me he dado cuenta de que tiene algo. Es guapísimo. Y abiertamente gay. ¿No te ha tentado ni un poquito?
Leo se quedó petrificado, pegado a la pared fría del pasillo. El corazón le dio un vuelco.
—¿Tentarme? —La voz de Dante sonó más relajada que antes, pero cargada de un desdén que cortaba como el cristal—. Sería un suicidio comunicativo, Álvaro. Ese chico no es solo un periodista, es un incendiario.
—Es un activista, Dante. ¿Qué esperabas? Además, no todo el mundo puede permitirse el lujo de esa discreción que tú tanto valoras.
—Hay una diferencia entre activismo y exhibicionismo —sentenció Dante, y Leo pudo imaginar su gesto de desdén—. Solo es un chico de periferia con un micrófono y muchas ganas de llamar la atención. No es para nada mi tipo, y ciertamente no es alguien con quien quiera que se me relacione .
—Lo que quieres decir es que no estás dispuesto a salir de tu zona de confort por alguien como él —le criticó su amigo con cierta jovialidad.
Hubo un silencio tenso. Leo aguantó la respiración.
—Sabes que mi tía cuenta conmigo para el próximo congreso del partido —replicó en un susurro casi inaudible—. No puedo permitirme un desliz con un activista gay con una enorme presencia en redes. Olvídalo.
Leo oyó cómo Dante se alejó con paso firme. Unos segundos más tarde, Álvaro se alejó también, pero en dirección opuesta. Leo salió de detrás de la columna con el corazón latiéndole en la garganta.
—Así que un «desliz», ¿eh? —susurró Leo para sí mismo en la oscuridad del pasillo.
Se sentía indignado, pero no por el insulto a su actitud u origen, sino por la rabia que le producía haber descubierto que Dante Valcárcel, sobrino de la marquesa de Hinojosa, asesor político de alto nivel y ganador del premio Liderazgo y Comunicación Política, era un gay en el armario.
Rico, conservador, orgulloso e hipócrita.
«Menuda joyita», pensó mientras se unía de nuevo a la fiesta.
A lo lejos vio cómo Álvaro volvía a reunirse con su amiga.
Al otro lado de la sala, Dante hablaba con Carolina.
Ya no veía a un hombre apuesto y noble; veía a un cobarde atrapado en una jaula de oro.
Y lo peor de todo es que tenía que guardarse ese descubrimiento mientras su madre se acercaba a él, emocionada, para decirle que el señor Valcárcel acababa de saludarla con la cabeza.
Y el último pensamiento que se permitió dedicarle a aquel hombre era que, al fin y al cabo, si estaba en una jaula de oro, era porque se la había construido a sí mismo.