Orgullo* Capítulo 1 #4
5%

Capítulo 1 #4

—Felicidades, por cierto —añadió Lucas—. A los dos. Os lo habéis currado un montón.

Leo miró a su alrededor sin conseguir tener la sensación de que se había currado nada. No era que no estuviera orgulloso de la exposición, o de su trabajo en ella; era tan solo que no estaba seguro de haber conseguido hacerle justicia a nadie.

No había sido difícil pensar el proyecto. Lo difícil había sido convencer a las personas adecuadas para formar parte de él. Estaban tan acostumbradas a vivir en los márgenes que muchas no entendían que alguien quisiera mirarlas de frente.

Al final, lograron reunir a unas pocas personas del barrio que tenían mucho más que contar de lo que a muchos les convenía reconocer: un hombre mayor marcado por la represión, una mujer atrapada en la pobreza, otra en la violencia de género…

De todos ellos, esa noche solo había venido uno.

Quizás ninguno de los demás había encontrado orgullo alguno en cómo la vida les había tratado.

Lara seguía hablando con gente, mezclándose entre los asistentes, explicando su obra, hablando sobre el proyecto. Leo incluso la vio atendiendo a un periodista, pero él se sentía al margen, como si nada de todo aquello fuera con él.

—Deberías estar con ella —le hizo notar Lucas, que seguía su mirada—. Tu nombre también está en el cartel, ¿sabes?

—Todo el mundo sabe que Lara es la verdadera artífice —dijo sin un ápice de falsa modestia.

En ese momento, Leo escuchó el resonar de unos apresurados tacones sobre el suelo. Luego, unos dedos de larguísimas uñas se clavaron en su brazo.

—Mira, hijo. —Maribel parecía agitada—. Es ese, ¿verdad?

—¿Es ese quién? —preguntó Leo, confuso.

Dos hombres y una mujer se adentraban en la sala en aquel momento.

El primero era pelirrojo, bien parecido y elegante; su semblante era agradable y sus modales para con los periodistas que se acercaron a él eran sencillos y naturales, contrastando con el caro traje hecho a medida que vestía.

De su brazo colgaba una joven que, por el parecido que guardaba con él, solo podía ser su hermana.

Era muy bonita y estaba arreglada a la última moda.

Pero no era ninguno de ellos la persona que había llamado la atención de Maribel.

Tras la pareja de hermanos se erguía un segundo hombre, que enseguida captó también la atención de Leo por su figura esbelta y alta, sus apuestos rasgos, su noble apariencia y la certeza de haberlo visto antes.

—Es él, ¿verdad? —insistía Maribel, tirando de la manga de su hijo—. El de las gafas, es el sobrino de aquella ministra…

—Sí, creo que es él.

Y no era solo la familiaridad de su rostro lo que le convenció de que así era, sino el hecho de que, tras hablar brevemente con sus acompañantes, el periodista pareció centrarse en él.

—Es muy guapo, más en persona que en la revista —suspiró Maribel—, y mira cómo no dejan de sacarle fotos. No me extraña, es digno de admiración.

Leo asintió, aún observándolo. Atendía al periodista en aquel momento.

Pero sus maneras no parecían tan amables como las de su amigo.

Se mantenía tieso como una vara, se ajustó las gafas con aparente incomodidad y ni una sola sonrisa asomó a sus labios mientras hablaba con la prensa, a la que despachó rápido y de malos modos.

—¿Y cómo se llamaba? —preguntó Maribel, viéndolo pasar a su lado.

Leo estuvo a punto de contestar que no se acordaba cuando Lidia, que se había mantenido con la cabeza enterrada en su móvil y aparentemente ajena a todo, recitó:

—Dante Valcárcel, sobrino de la marquesa de Hinojosa, asesor político de alto nivel que ganó el premio Liderazgo y Comunicación Política. Se le relaciona con una tal Carolina de Ulloa.

—Por qué no te decides a hacer algo con esa cabecita prodigiosa que tienes, es algo que no comprendo —dijo Leo, no sorprendido por la capacidad sobrehumana de Lidia para memorizar todo lo que leía.

—¿Qué? —exclamó ella a la defensiva, apartando la mirada de su teléfono móvil—. Pero si estoy haciendo el módulo…

Leo chasqueó la lengua.

—Tú sabes a qué me refiero.

—No todo el mundo tiene por qué ir a la universidad —repuso ella, devolviendo su atención a la pantalla—. Ni querer hacerlo.

En ese momento, el reportero y el fotógrafo que cubrían el evento pasaron junto a él y Leo pudo escuchar cómo uno de ellos decía:

—Mi compañera tenía razón: ese tío es un gilipollas y un estirado de cojones. ¿Viste cómo me miró cuando le pregunté si…?

El sonido de su voz se perdió a medida que se alejaban, pero Leo no tuvo duda alguna acerca de quién habían estado hablando.

Inconscientemente, giró la cabeza buscando al tal Dante con la mirada y se sorprendió al descubrirlo junto a Lara.

De hecho, el otro hombre que la acompañaba, el pelirrojo, se presentaba en aquel momento a su amiga, estrechándole la mano con calidez.

Justo entonces, la mirada de su amiga se encontró con la suya y, por cómo lo hizo, supo que debía estar con ella en ese momento.

—Enseguida vuelvo —dijo, alejándose de su familia y Lucas.

—Y aquí está el otro artífice del proyecto —oyó que Lara le presentaba cuando se acercó al grupo—. Leo Gallardo, este es…

—Álvaro Soriano —se presentó el hombre, ofreciéndole la mano para estrechársela—. Actualmente, llevo la dirección artística de los nuevos proyectos del Ministerio de Cultura. Debo decir que tengo el ojo puesto en la obra de Lara desde hace tiempo… y ahora también en la tuya.

Leo no sabía si se suponía que debía dar las gracias o algo así, por lo que mantuvo silencio.

—Carolina de Ulloa —se presentó también la mujer. Era pelirroja, como Álvaro, y vistos de cerca, el parecido entre ambos era más que evidente, pero Leo no pudo dejar de notar que no compartían apellido. La mujer se giró hacia su otro acompañante—. Y este es Dante Valcárcel.

—Encantado —dijo el hombre, estrechando con firmeza la mano de Leo.

Los ojos de ambos se encontraron un instante y, por cómo le había mirado, Leo supuso que Dante no podía estar muy encantado de conocerlo, que digamos.

Había una altanería en su expresión que no tenía nada que ver con el hecho de que le mirara desde los más de quince centímetros que le debía sacar de estatura.

—Lo mismo digo —espetó Leo, en tono seco.

—Álvaro… Digo… El señor Soriano tiene, al parecer, una propuesta para nosotros —intervino Lara.

Álvaro sonreía con cierta humildad cuando todos los ojos se volvieron hacia él.

—Bueno, como acabo de decir, conozco tu trabajo desde hace tiempo, Lara. Tenía muchas ganas de venir y ver la exposición en persona.

Ella lo miró, sorprendida.

—¿Ah, sí?

—Sí. —Sonrió—. Y debo decir que, como siempre, tu obra no decepciona. Y el texto —añadió, girándose hacia Leo—. No es un mero acompañamiento. Es una parte fundamental. —Hizo un gesto vago, como si no encontrara la palabra—. Funciona incluso mejor de lo que pensaba.

Esa vez, Leo sí que supo que debía mostrarse agradecido.

—Gracias.

—Estoy comisariando una exposición para el Ministerio: «Miradas diversas» —dijo, casi como quien comparte un secreto—.

Mi intención es reunir la obra de mujeres, creadores LGTB, artistas con diversidad funcional y diferentes identidades culturales.

Y en cuanto supe de vuestro proyecto, pensé: «Esto tiene que estar».

—Se encogió de hombros, como restándole importancia—. Si os apetece, claro.

Lara alzó las cejas.

—¿Qué supondría?

—Nuestra idea es sacar el arte contemporáneo de los circuitos habituales —explicó—.

Llevarlo a centros cívicos, institutos, espacios donde normalmente no llega, ¿sabéis?

Pero a la vez, exponerlo en las galerías más importantes.

Sería un proyecto transversal: llevar el arte de los márgenes a todas partes.

—Pero sin hacerlo más cómodo —intervino Lara.

—¡Exacto! —dijo él con entusiasmo.

Ambos se miraron como si se conocieran de toda la vida. Lara sonrió.

—Suena ambicioso —comentó ella, y Leo notó que su voz había bajado un tono, volviéndose más cálida—. Casi demasiado bueno para venir de una institución.

Álvaro soltó una risa suave. Su expresión era honesta y tenía una de esas caras que parecían invitarte a confiar en él al instante.

—Lo es. Y por eso necesito a gente que no se ande con chiquitas.

Si por mí fuera, vuestra serie ocuparía el eje central.

La idea es que la exposición itinere por centros culturales de la periferia, como este, pero que la gran inauguración sea en El Palacio de Cibeles.

—Álvaro hizo una pausa, buscando la reacción de ambos.

Sus ojos no se habían despegado de los de Lara en ningún momento—.

Habrá presupuesto para producción y, por supuesto, unos honorarios de exhibición para todos los artistas.

Nada de «visibilidad a cambio de trabajo». Dinero real.

Lara intercambió una mirada rápida con Leo. Él vio en sus ojos el brillo de la oportunidad que llevaban años esperando, pero también una chispa de algo más personal dirigida al hombre que tenía delante .

—Tendríamos que hablar de las condiciones. —Leo trató de mantener los pies en el suelo mientras sentía la mirada gélida de Dante clavada en el lateral de su cabeza.

—En todo caso, de los detalles técnicos y el contrato se encargaría Germán Collado —respondió Álvaro, intentando bajar la tensión que se había formado entre ambos—.

Es un poco cuadriculado, pero su trabajo es que vosotros dos solo tengáis que preocuparos de crear.

Yo estoy aquí por el arte, Leo. Y por lo que he visto hoy…

—Volvió a mirar a Lara con una intensidad que hizo que ella se recolocara un mechón de pelo tras la oreja—.

Merece la pena cualquier pelea administrativa.

—Aun así… —Leo no parecía muy convencido—, mover esta obra por centros cívicos no es lo mismo que exponerla en Cibeles.