Capítulo 1 #3
Tras comparar los cuadros con las fotografías originales, Leo solía preguntarse cómo era posible que aquellas superficies llenas de materia, de color y de aparente desorden consiguieran parecer más reales y más verdaderas que una imagen tomada con una cámara de cuarenta y ocho megapíxeles.
Cuando Lara le había propuesto, meses atrás, colaborar con ella en una serie de retratos, para unir palabra e imagen en una misma obra, Leo no había alcanzado a comprender del todo lo que aquello implicaba.
Le había parecido algo natural, casi una extensión de su trabajo habitual como periodista.
Ahora, en cambio, a punto de cruzar la puerta de la galería, tenía la incómoda sensación de haber aceptado algo más grande de lo que había supuesto entonces.
Cuando pasaron por delante de la galería con el coche, Maribel comentó:
—Parece que hay bastante gente.
Lo dijo como si aquello fuera un dato tranquilizador. Leo, que no estaba seguro de que lo fuera, asintió sin responder, dejando que su mirada se perdiera entre la gente que se arremolinaba junto a la entrada.
—Intenta aparcar cerca, mamá —pidió Lidia desde el asiento trasero—, que llevo unos taconazos…
—Ya, ya —respondió Maribel.
El coche giró un recodo y Leo perdió de vista la galería.
Aparcaron un par de calles más abajo y, nada más apearse del coche, Lidia se colgó del brazo de su hermano, como si fuera a darle apoyo moral, aunque Leo sabía que en realidad temía tropezar con algún adoquín en mal estado.
—Bueno, ya estamos aquí —anunció Maribel en cuanto se vieron frente a la puerta.
Un gran cartel, que colgaba sobre la entrada, anunciaba:
FUERA DE PLANO
Lara Salvatierra · Leo Gallardo .
—¡Ay! ¡Qué orgullosa estoy de mi niño! —exclamó Maribel al verlo.
La galería Nave 8 ocupaba una antigua nave industrial.
Las paredes de cemento y la estructura desnuda, con cables a la vista, se habían conservado como parte de la decoración.
Todo lo demás estaba pintado de un blanco impoluto, casi clínico, y era iluminado por luces cambiantes que daban al espacio un aire deliberadamente moderno y minimalista.
Al fondo, un DJ local con cierta notoriedad en redes pinchaba una música machacona y algo repetitiva, más atmosférica que agradable.
El local no estaba del todo lleno, pues era demasiado grande para eso, pero sí había más gente de la que Leo había imaginado.
Reconoció varias caras: el nuevo alcalde de Valdemora, un par de concejales, algunos periodistas.
Entre ellos se mezclaban vecinos del barrio de toda la vida con pijos recién llegados del centro.
—Mira, ese es el chico del Instagram —dijo Maribel, sujetando a su hijo del brazo mientras señalaba con su otra mano a un hombre joven con camisa de manga corta y un bigote perfectamente encerado.
—Ya lo sé, mamá —murmuró Leo, cogiéndole la mano para que dejara de apuntar.
—No pongas en evidencia a Leo —rio Lidia al ver lo tenso que se había puesto su hermano—. Que ese tío tiene como diez mil seguidores más que él.
—Pues no entiendo por qué —replicó Maribel—, si tú eres mil veces más guapo.
—Ya. Dile eso al algoritmo.
—¿A quién?
—¡Leo! —una voz lo llamó desde el otro extremo de la nave.
Lara agitaba la mano por encima de las cabezas. Incluso desde lejos destacaba: alta, segura, completamente en su elemento.
—Mejor voy con ella —dijo, casi aliviado—. Luego os veo.
Maribel abrió la boca, dispuesta a protestar, pero Lidia se le adelantó, colocándole una copa de champán en la mano.
—Vamos, mamá. Que esto es gratis y hay que aprovechar.
Leo no esperó a comprobar si la triquiñuela de su hermana había funcionado. Cruzó la nave en dirección a Lara, con la sensación inequívoca de haber hecho algo que ya no podía deshacer .
A medida que se acercaba a ella, Leo pudo comprobar que Lara estaba radiante, pero también algo nerviosa. Eso casi le alivió.
—Hola. —Salvó los últimos pasos para abrazarla.
Ella respondió al abrazo.
—No me esperaba a tanta gente —siseó contra su oído antes de retirarse.
Leo estuvo a punto de decirle que él tampoco cuando una voz quebrada, a su espalda, pronunció tres palabras que lo dejaron helado:
—Maricón y pobre.
Leo se tensó, sintiendo un pinchazo instintivo, casi como si esperara una agresión, pero al girarse se encontró con una realidad muy distinta.
El hombre que había hablado estaba justo a su lado, y Leo lo reconoció al instante.
Era uno de los protagonistas de la exposición.
Era muy mayor, delgado, con un traje que parecía quedarle algo grande, pero su rostro mostraba una resolución serena.
Sus ojos iban del cuadro que tenía delante a ellos dos, y de vuelta a la obra que lo representaba.
Lara lo había fotografiado mientras lloraba. Había sido una sesión dura, parte de aquellas entrevistas donde Leo, grabadora en mano, rascaba en historias de ostracismo, disidencia y soledad. Aquel anciano había relatado la suya con una crudeza que todavía le oprimía el pecho al recordarla.
Ahora, una versión condensada de aquel dolor figuraba en la placa junto al retrato.
El texto lo había escrito el propio Leo.
La intención era rescatar una frase de la entrevista, casi a modo de titular, para bautizar la obra con las propias palabras del sujeto.
El retrato se titulaba Maricón y pobre , porque así se había llamado a sí mismo ante la grabadora de Leo.
Y eso era exactamente lo que el hombre acababa de hacer: leer, por primera vez en público, su propia definición.
Leo lo miraba, con el corazón todavía acelerado por el susto inicial. Al comprobar que tenía toda su atención, el anciano volvió a fijar la vista en la placa y empezó a leer el resto del texto.
—«Tenía diecinueve años cuando me detuvieron por primera vez. Sabía que algún día pasaría. Era maricón y pobre. Aun así, cuando sucedió, fue una sorpresa. Al salir, no tenía oficio, ni dinero, ni familia. El único trabajo que pude hacer solo consiguió que me detuvieran muchas veces más» .
Dejó de leer y los miró con los ojos llenos de lágrimas, aunque la expresión seguía firme. Y, de algún modo, agradecida.
—Gracias —dijo al fin—. Nunca pensé que llegaría un día en el que pudiera sentirme orgulloso de que lo que hice… de que lo que me pasó se hiciera público. Pero ahora quiero que todo el mundo lo sepa. Gracias —volvió a decir, poniendo una mano sobre el hombro de Leo.
Leo solo pudo asentir. Sentía un nudo en la garganta.
Lara tomó las manos del anciano entre las suyas y empezó a hablar con él en voz baja.
Leo apartó la mirada hacia el cuadro. El parecido entre el anciano real y la pintura era inquietante.
La misma rigidez en la postura, la misma forma de sostener la mirada.
Solo que en el lienzo había algo más firme, casi desafiante.
Sus ojos bajaron hasta la pequeña placa que acababa de leer.
Y lo entendió.
El peso de lo que había hecho junto a Lara le cayó encima como una losa.
No solo eran entrevistas; no había hecho una pieza periodística para denunciar o desvelar algo.
Miró a su alrededor. Todos y cada uno de los asistentes sentía algo ante las obras: desinterés, rechazo, sorpresa, incomodidad, empatía…
y fue esa reacción, positiva o negativa, ante lo que habían hecho la que le confirmó que había creado algo que hasta entonces no se había atrevido a llamar arte.
Leo todavía estaba digiriendo esa certeza cuando una voz a su lado lo sacó de sus pensamientos.
—Es sobrecogedor, ¿verdad?
Lucas, su mejor amigo desde la infancia, había aparecido sin que Leo lo notara.
Llevaba una copa de vino en la mano y esa expresión tan suya, a medio camino entre la curiosidad y el cansancio.
Lucas apenas era más alto que él, pero nunca fue llamativo.
De rostro discreto y carácter reservado, su vida había tomado derroteros muy distintos a los de Leo.
Se hicieron amigos con once o doce años, cuando empezaban a entender que eran distintos al resto.
Les bastó una mirada para reconocerse como iguales.
Sin embargo, si Leo siempre llevó el orgullo como bandera, Lucas nunca sintió la necesidad de hacerlo.
No había vivido dentro de ningún armario, pero tampoco necesitaba anunciarse.
Para él, ser gay no era una lucha política, sino un aspecto más de su identidad.
Y, aunque esa distancia podría haberlos separado, con el tiempo ambos aprendieron que encarnaban maneras diferentes e igualmente válidas de vivir la homosexualidad.
—¿El qué? —preguntó Leo, parpadeando para salir de su trance.
—La energía que hay aquí —respondió Lucas, señalando con un leve movimiento de cabeza a la gente que guardaba silencio frente a los cuadros—.
Mira a ese hombre… —dijo, refiriéndose al anciano que acababa de hablar con Leo—.
Has logrado que gente que ha pasado toda su vida escondiéndose, ocupe hoy todo el espacio.
Leo esbozó una sonrisa torcida mientras observaba al político de turno hablando con la prensa.
—Sí, pero también hay mucho postureo.
Lucas siguió su mirada.
—Por lo menos han venido. Y han traído a la prensa con ellos. Publicidad gratis. —Levantó su copa en un solitario brindis antes de llevársela de nuevo a los labios.
—Que ya es algo —concedió Leo, mirando alrededor—. Hace cinco años esto era una nave abandonada y ahora hay concejales fingiendo que entienden el arte.
—Eso es el progreso, ¿no?
Leo clavó sus ojazos azules en su amigo.
—En realidad, eso es gentrificación —concretó.
Lucas estalló en una carcajada y Leo no pudo sino imitarle.
—¡Por fin has llegado! —exclamó Lara, al ver a Lucas. Se abrazaron con cariño y luego se separó para mirar a los dos hombres—. No estaríais hablando de política, ¿verdad?
—Ya sabes que cuando empieza, es imposible pararlo —dijo Lucas, señalando a Leo con el pulgar.
Leo puso los ojos en blanco. Que sus amigos se rieran de él estando presente no era, precisamente, su manera favorita de pasar el rato.