Capítulo 1 #2
—Mientras vivas bajo mi techo, te comes mis lentejas. Adiós a los dos. Y que os vaya bien la grabación. Y no volváis muy tarde —exclamó, segura de que lo último no lo habían escuchado antes de desaparecer por la puerta.
Volvió a coger la revista para seguir hojeándola. Puede que el bienestar de sus hijos fuera la mayor preocupación de su vida; pero el cotilleo era, sin ninguna duda, su mayor distracción.
Leo y Lara llegaron justo a tiempo para ver cómo Carmen, la conductora de Radio RadFem , salía del estudio de grabación. Susana, la técnico de sonido, asomó la cabeza por la puerta de su cabina, levantó las cejas y se dio dos golpecitos en la muñeca izquierda.
—Ya vamos, ya vamos —dijo Leo algo agobiado, saludándola mientras se sentaba frente a la mesa semicircular y se colocaba los auriculares.
—Tío, tienes que llevar el coche al taller.
Lara también se ponía los suyos, pero aún tuvo tiempo de lanzarle una mirada de advertencia. El coche de Leo casi los había dejado tirados al pararse en un stop; como no lo arreglara, no pasaría la ITV.
Susana les hizo un gesto y elevó el pulgar. Enseguida se encendieron las cámaras y el logo del podcast se proyectó en la pantalla tras ellos. Leo apenas tuvo tiempo de sacar sus notas y abrir su portátil sobre la mesa antes de que sonara la cortinilla del programa.
—¡Bienvenidos a Orgullo! —dijo al micrófono, rogando para que no se le notara el estrés en la voz—, el podcast para disidentes, donde hablamos los que no encajamos en la norma .
—¿No eres un hombre blanco heterosexual? —intervino Lara—. No pasa nada, nosotros tampoco. Únete a tu comunidad para reír, charlar o indignarte.
—Conmigo, Leo Gallardo: periodista, activista y marica profesional.
—Y conmigo, Lara Salvatierra: artista y feminista, bisexual y mujer racializada, por si me faltaba algo.
—¿Qué tal, Lara? —preguntó Leo, como si no hubiera pasado todo el día con ella.
—Bien, lista para lo que haga falta. ¿Y tú qué tal?
—Me encantaría decir que bien, pero tengo un problemilla con el coche. A ver si hay un milagroso aumento de suscripciones de PodStand, nos suben el sueldo y me compro uno nuevo.
Susana pulsó un botón y una vocecita afeminada chilló en sus auriculares: «No cuentes con ello, marica».
Leo sonrió a su pesar y Lara añadió:
—O que tu último libro se venda mejor.
—O que mi último libro se venda mejor —concordó él—. Salvo eso, me tocará ir al taller.
—Ya sabes lo que dicen: no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy —le pinchó ella.
—¿Eso es lo que pone en tu perfil de Flick? —contraatacó Leo.
Lara soltó una carcajada.
—¿Cómo lo sabías? Antes tenía «más vale malo conocido que bueno por conocer», pero no hacía ni un solo match .
Leo rio con ganas.
—Puedes probar con «lo bueno, si breve, dos veces bueno».
O con «el tamaño no importa». Porque, precisamente, eso es lo que debe pensar el Ayuntamiento de Madrid…
—Siguió hablando Leo, dejando que la indignación le afilara la voz—.
¿Has visto la minibandera arcoíris que han puesto en la fachada? Para mí, eso es lo peor de la semana.
—Bueno, ya sabíamos que el nuevo gobierno conservador iba a darnos algún que otro disgusto —intervino Lara—. A mí casi me enfadan más las palabras de la Ministra de Igualdad. No puedo ver a un político hetero explicándonos lo que es la diversidad. Otra vez.
Siguieron con otras noticias igual de desoladoras, que Leo despachó con genuina indignación y afiladas ironías, mientras que Lara aportaba datos y sensatez .
Cuando terminaron, él respiró hondo.
—Bueno —dijo, dando un golpecito en la mesa—, vamos con las cartas de los oyentes.
Lara abrió el documento en la pantalla del portátil. Leo se acomodó, cruzando las piernas, y se reclinó en su asiento.
—Primera carta: «Hola, Leo y Lara. Soy Ana, tengo veintiséis años, y mi novia insiste en que no le diga a nadie que estamos juntas». —Lara bufó de inmediato—. Ufff . Un tema muy sensible.
—Es una red flag del tamaño de la Gran Vía —sentenció Leo—. Si te pide que te escondas, sal corriendo.
—Espera —intervino Lara, más conciliadora—. No todo el mundo puede salir del armario en su entorno. Hay trabajos hostiles, familias complicadas…
—Claro —concedió Leo—, razón por la cual sacar a alguien del armario en contra de su voluntad no es solo de mala educación, sino que puede ser peligroso. Pero está igual de mal pretender meter en el armario a quien no quiere estarlo. Y yo, desde luego, no pienso encerrarme por nadie.
Lara le sonrió. Sabía que no era solo una frase vacía: si Leo era conocido por algo, era por llevar su activismo como bandera hasta las últimas consecuencias. Era parte de su marca y de lo que le había hecho famoso en redes, así que no dijo nada al respecto. Leyó el final del email.
—«Gracias por todo lo que hacéis. Chocho, Ana».
Leo se giró hacia ella muy despacio.
—Perdona… ¿Ha firmado como «chocho»?
—Sí.
—¿Eso es slang lésbico o algo así?
—No, que yo sepa. La verdad es que no lo entendí.
Leo inclinó el portátil para leer la pantalla y a poco estuvo de perder la compostura.
—Lara, por Dios, que aquí dice XOXO.
—¿Y no se dice así? —se defendió.
Ahora sí que Leo no pudo contener la risa.
—No. X-O-X-O significa besos y abrazos. Es una despedida cuqui en inglés.
Lara lo miró, perpleja.
—Pues que ponga «un abrazo» como la gente normal .
—Venga, chocho —rio Leo—. Sigamos.
Leyeron algunas cartas más. Rieron y aconsejaron, mientras el programa fluía gracias a la naturaleza extrovertida de ambos y la confianza que se tenían. Tras leer la última carta, Leo cerró el portátil con un suave clic.
—Y hasta aquí el episodio de hoy. Pero antes de terminar, tenemos un anuncio que hacer: este viernes inauguramos una exposición.
Lara alzó la vista, un poco avergonzada.
—Es cierto —admitió ella—. En Nave 8, en El Cañaveral de Valdemora.
—Si queréis hacer un poco de postureo intelectual este viernes —añadió Leo—, id a verla. Es el sitio perfecto para ponerse ropa chic , mirar un cuadro con el ceño fruncido y decir: «Esto me transmite angustia vital». Ideal para impresionar a posibles ligues.
Lara le dio un codazo suave.
—Eres un idiota.
—Pero tengo razón —rio él—. No faltéis. Viernes noche, arte y gente guapa. ¿Qué más se puede pedir?
Lara negó con la cabeza ante la frivolidad de su amigo.
Ella habría querido hablar de la intención de su obra, de retratar a gente que siempre queda fuera del encuadre, y de la parte narrativa del proyecto de la que Leo era autor, que daba voz a aquellos que no la tenían.
Pero entendió que el podcast no era el lugar adecuado para ello y que las bromas de Leo se ajustaban mucho mejor a la ligereza del programa que su sesuda visión artística.
Despidieron la emisión, la luz roja se apagó y Susana bajó los niveles.
Leo y Lara se miraron un segundo, en silencio como siempre que terminaban, sabiendo que ese estudio minúsculo, esa mesa y esas bromas eran, de alguna forma, su casa.
Maribel conducía despacio y con la excesiva precaución propia de quienes acaban de sacarse el carné, lo cual exasperaba a Leo, que sabía de sobra que su madre llevaba más de veinte años al volante.
Ir hasta la exposición en el mismo coche que su madre y su hermana le había parecido la opción más práctica apenas una hora antes, no solo porque al final se había rendido ante la evidencia y había llevado ya el suyo al taller, sino porque aparcar en El Cañaveral se había vuelto misión imposible.
Sin embargo, una vez dentro del coche, se arrepintió de la decisión.
Casi habría preferido enfrentarse a su poco fiable vehículo que soportar la pachorra insegura de su madre y la charla incesante de Lidia, aunque el trayecto no durara más de diez minutos.
O quizás era su propia impaciencia lo que hacía el recorrido insoportable.
A pesar del aplomo con el que había anunciado la exposición delante de los micrófonos, en ese momento Leo no sentía ni rastro de aquella seguridad.
No era, por supuesto, la primera vez que se exponía ante el mundo.
Había escrito artículos, columnas y dos libros; opinaba en redes sobre activismo gay, sociedad o política, y era copresentador y director de un podcast con una línea editorial tan clara como incómoda para muchos.
Nunca se había cuestionado quién era ni se había avergonzado de ello: el único armario en el que había estado fue el de su habitación, donde de pequeño se escondía para evitar la ira de su padre.
Pero lo que Leo no era, y eso lo sabía muy bien, era un artista.
Eso siempre se lo había dejado a Lara. Desde muy jóvenes, cuando quedaban para jugar a videojuegos en casas ajenas o, más tarde, para pasar las tardes en los bancos del parque, compartiendo bebidas y algún que otro canuto, todos lo habían tenido claro: Lara era distinta.
Y no por su ascendencia negra o ser bisexual.
Leo y sus amigos habían crecido en un raro tiempo y un lugar donde esas cosas, al menos entre ellos, no parecían marcar ninguna diferencia.
La diferencia de Lara estaba en otra parte: en su sensibilidad, en la forma en que observaba el mundo.
Mientras los demás charlaban y hacían el tonto, ella llenaba el carrete del móvil de fotos que nadie más entendía y llevaba siempre un lápiz y una libreta para apuntar ideas o esbozar formas que solo ella parecía ver.
Con el tiempo, el proceso de Lara había derivado hacia el retrato.
Fotografiaba primero a la persona, casi siempre en su propio espacio, y luego trasladaba esa imagen al lienzo mediante un procedimiento que Leo nunca había terminado de entender.
Trabajaba con óleo, a base de capas espesas y brochazos gruesos, colores imposibles y manchas que, vistas de cerca, rozaban la abstracción.
Sin embargo, al alejarse unos pasos, el caos se ordenaba.
El rostro aparecía. La mirada. El gesto exacto que ella había decidido retratar.