Orgullo*
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Capítulo 1
Capítulo
Uno
Es una verdad universalmente aceptada que un hombre joven, rico y guapo que siga soltero solo puede estar huyendo de algo. O eso era lo que pensaba Maribel mientras que, distraída, iba hojeando su revista.
—¿Y a qué espera este chico? —exclamaba, golpeando con sus manos perfectamente manicuradas el papel cuché—. Lleva un montón con su novia, la Carcasian esta tan mona, que es modelo y todo. ¿Por qué no se casa con ella?
Dejó caer la revista sobre la mesa, justo al lado de donde su hija Lidia se esmeraba en limar las uñas que acababa de esculpir.
Era una tarde tranquila en Beautifuck, el salón de belleza más inclusivo de todo el barrio de El Perchel.
En aquel momento, el sofacito que hacía las veces de sala de espera estaba desocupado y, según la agenda, aún quedaba otra media hora antes de que llegara una nueva clienta, razón por la cual la dueña había decidido dejar a su hija atender a esta, sabiendo que la joven estaba necesitada de práctica.
La chica había hecho un buen trabajo al esculpir aquellas larguísimas stiletto, pero aún le faltaba la agilidad que solo la experiencia confería.
Mari Carmen, la clienta en la que trabajaba, una conocida del barrio de toda la vida que mostraba una enorme necesidad de retocarse las mechas cuanto antes, le echó una ojeada a la fotografía impresa en la revista antes de encogerse de hombros.
—La gente joven de hoy en día, que no quiere casarse —sentenció a la vez que estiraba ante sí la mano en la que no estaba trabajando la muchacha, para admirar su nueva manicura.
—Es verdad. No sé qué les pasa a los de tu generación, Lidia —le dijo Maribel a su hija.
La chica hizo una pausa para ajustarse la mascarilla. Soltó la lima en la mesa, resopló para apartarse el flequillo de la cara, dejando a la vista sus ojos castaños, enmarcados por un eyeliner gráfico en color esmeralda, demasiado elaborado para aquella hora de la tarde.
—No generalices. Claro que hay gente que no quiere casarse. —Lidia volvió a su trabajo—. Pero no todos los que no se casan son de mi generación, precisamente.
—¡Y que lo digas! —le dio la razón su madre.
Volvió a coger la GLAM y hojeó de nuevo hasta llegar a uno de los primeros artículos para observar una fotografía de Leonardo DiCaprio en un yate con una despampanante jovencita.
—¡Leo! ¡Que podría ser tu hija! —le exclamó a la imagen con exasperación, como si el actor ahí retratado pudiera escucharla—. Búscate una buena chica y cásate ya. Que se te está pasando el arroz.
—Ya se le ha pasado.
—Con lo guapito que era —continuó, ignorando el comentario de su hija—.
Y lo buen actor que es… Siempre fue mi favorito.
Aún recuerdo cuando lo vi en Titanic —suspiró—.
Yo estaba de muy buen ver por aquel entonces y apenas se me notaba el embarazo.
—Se acarició el abultado vientre, como si en vez de sus michelines estuviera acariciando a su futuro hijo—. Pero cuánto soñé con él…
—Y ya sabemos por qué papá te dejó… —rio Lidia.
Maribel le dio una suave colleja.
—No seas tonta. Yo quería al inútil de tu padre.
Cuando digo que soñaba con Leonardo, no era porque quisiera estar con él, sino porque deseaba tener un hijo así de guapo.
Fue por eso, cuando tu hermano nació, que decidí llamarlo…
—Se interrumpió al ver que la puerta del establecimiento se abría y contra la iluminación exterior se recortaron dos figuras.
Sonrió al reconocerlas—. Y hablando del rey de Roma.
En el salón entraba un hombre joven y espigado que vestía unos vaqueros y una camiseta negra con un signo de exclamación serigrafiado sobre un fondo multicolor.
Hacía no mucho tiempo había sido el niño bonito del vecindario, con sus impactantes ojos azules y sus llamativas pecas.
Ahora que ya estaba bien crecidito, sus pecas ya no resultaban tan graciosas, pero sus ojos seguían siendo igual de vistosos.
Junto a él venía la que era considerada por todos la belleza del barrio: una mujer alta de piel oscura y cálida, labios carnosos y enmarañados rizos, recogidos con apresuramiento en lo alto de la cabeza.
Lidia y la clienta los saludaron con un movimiento de cabeza y «holas» dichos a media voz, pero Maribel se adelantó para encontrarse con ellos.
—Hola, mamá —la saludó el hombre, inclinándose para darle un beso en la mejilla.
—Hola, Lara. Hola, hijo. Justo estábamos hablando de ti.
Se inclinó para besar en la mejilla a Mari Carmen, la madre de su mejor amigo de la infancia, y después desvió la mirada hacia la revista que su propia madre sostenía entre las manos. Al ver la fotografía del famoso actor en la portada, no necesitó más aclaraciones.
—Ya, y de Titanic —supuso él.
—Es que no me canso de contar la historia de cómo conseguí tener un hijo tan guapo.
—Mamá, mi nombre no tiene nada que ver con mi físico.
—Pues explícame entonces de dónde salieron esos ojazos azules, Leo, porque ni tu padre ni yo…
—Ya, ya… —dijo Leo, apartándose de su progenitora, aparentemente hastiado por la conversación.
—¿Lucas te habla así alguna vez? —preguntó Maribel a su vecina.
La mujer resopló.
—¿No lo hacen todos?
Maribel se quedó con la mirada clavada en su primogénito mientras este saludaba a su hermana, pero giró el rostro en cuanto notó cómo le arrancaban la revista de las manos.
—¿Es nueva? —Lara, de pie a su lado, pasaba las páginas sin mostrar el menor remordimiento por haberle robado su entretenimiento favorito.
—La acabo de comprar —dijo con algo de resquemor.
—¿Me la prestas un ratito?
—Menudo morro que tienes —refunfuñó la mujer—. Un ratito nada más, que en poco viene otra clienta …
—¿No me vas a dejar atender también a Juana? —Lidia levantó la mirada de su trabajo.
—¿A Juana? Ni loca —sentenció—. A esa le gusta que se lo hagan todo rapidito.
—A mí también me gusta que me lo hagan rapidito —se quejó Mari Carmen.
Maribel le dedicó una falsa sonrisa.
—Claro que sí, mi cielo. —Se giró hacia su hijo que, un poco apartado de ellas, se servía café de la cafetera americana que había para clientas y personal—. ¿Te quedas un ratito?
—No, me voy en nada. Hoy tenemos grabación.
—Últimamente no se te ve el pelo, hijo —dijo la mujer, pasándole las largas uñas por el oscuro cabello.
—Ya sabes que estamos liados.
—¡Lara! —se quejó—. Le estás sacando el cuero a mi niño con la dichosa exposición.
La chica rio con ganas.
—Tu hijo se saca el cuero él solito —le aclaró, devolviéndole la revista.
—¿Ya te la has leído? —se extrañó.
La chica se encogió de hombros.
—Solo quería mirar las fotografías. Leo, ¿nos vamos?
Leo apuró el café mientras Maribel devolvía la atención al papel cuché.
Lara justo había perdido el interés al llegar a las páginas de sociedad, pero esa era su parte favorita.
Se perdió en la contemplación de aquellas páginas impresas con menor calidad que el resto, pero que siempre conseguían atrapar su imaginación.
—El nieto de la duquesa de Alborán se ha vuelto a casar —dijo, caminando mientras leía el artículo.
Le enseñó la fotografía a Mari Carmen antes de girar la página—.
Se ha presentado un nuevo cava de las bodegas Galí.
Y los hijos del presidente del gobierno se han ido a esquiar.
¡Leo! —llamó a su hijo—. Tú que sabes de gente importante, ¿no es un poco pronto para ir a esquiar?
—Depende de adónde vayas… —Leo se acercó y miró la revista por encima del hombro de su madre. Luego resopló—. Se han ido a Verbier, los muy pijos .
—¿Eso dónde está? —inquirió Lidia, que a pesar de su trabajo seguía la conversación con avidez.
—En Suiza.
—Pues si tienen el dinero, que lo aprovechen.
¿Y este quién es? —Maribel había vuelto a pasar la página y ahora acercaba los ojos a la revista para ver bien la fotografía de un hombre en la treintena, alto y vestido de traje, con el cabello castaño claro peinado con pulcritud, expresión seria y gafas de pasta que le daban un aire de profesor universitario—.
¡Pero qué hombre más guapo! Sobrino de la marquesa de Hinojosa… No sé quién es esa…
Leo rio sin ganas.
—Sí que lo sabes, mamá. Es la Ministra de Cultura.
—¿Quién?
—Cayetana Valcárcel. La Ministra de Cultura y Patrimonio Nacional —volvió a aclarar su hijo.
—No sé quién es.
—Sí que sabes quién es. Es una histórica del PPE.
—Bueno, ahora no me viene su cara, pero mira qué sobrino tiene.
Aquí dice que es asesor político. «Dante Valcárcel» —leyó con avidez—, «asesor político de alto nivel y sobrino de la marquesa de Hinojosa, ha sido distinguido con el premio Liderazgo y Comunicación Política.
Acudió acompañado de Carolina de Ulloa, elegante amiga de sociedad, con quien se rumorea mantiene una estrecha relación».
Pues tan estrecha no será cuando le sacan en la foto a él solo —sentenció y volvió a dejar la revista sobre la mesa, dejando que Mari Carmen y su hija miraran la foto en cuestión—.
Eso sí que es un hombre de verdad. A ver si aparece un gay así de guapo y rico para mi hijo.
Leo, que volvía a acercarse a su madre para despedirse de ella, miró de reojo la revista y sonrió.
—Yo no salgo con pijos, mamá —sentenció antes de estamparle un beso a la mujer.
—Porque no quieres, pero bien que te vendría a ti un marqués. O un duque.
—¿Y para mí, mamá? —preguntó Lidia, limpiando la superficie de la mesa. Ya había terminado de limar y se disponía a aplicar el top coat .
—Para ti un príncipe —le dijo su hermano, inclinándose para besarla a ella también—. Esta noche volveré a llegar tarde —informó .
—Te dejaré la cena en el horno.
—No sé si cenaré en casa.
Maribel miró a su hijo reprobatoriamente por encima de sus gafas para la presbicia.
—Pues la guardas en la nevera y te lo comes mañana —le amonestó—. Que me tienes de esclava, todo el día cocinando…
—¡Pero si no te he pedido que me prepares nada! —se quejó él, mientras se dirigía a la puerta seguido de su amiga.