Orgullo Mestizo LAS CARTAS #6
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LAS CARTAS #6

—Buen hombre, eso tenemos en común con usted, ¿no lo cree?

También creemos que muchos de los españoles han sido abusivos, pero no todos, por eso creemos en la causa y las castas necesitamos gobernar nuestra propia tierra, pero no haciendo el mal al prójimo, ningún Dios lo permitiría.

Seguro tiene hambre y sed, ahí afuera, sobre el mueble grande, tengo un bocadillo y hay agua en una botella, puede tomarlos con confianza.

El hombre entró apresurado a la botica para buscar lo que Itzel le ofreció.

—¿Te encuentras bien, Pamawari?

—No, me duele mucho el vientre, tenemos que salir rápido de aquí, me preocupa mi hijo.

De repente, se acercó una persona a la puerta, se asomó e intentó abrirla. Xicoténcatl lo vio y se puso nervioso. Caminó en busca de Itzel.

—Está alguien afuera, dile que se largue o te mato.

Itzel preguntó con cierto nerviosismo:

—¿Quién vive?

—Buen día, señora, vengo por un remedio para mi madre, ¿está cerrado ahora?

—Sí, venga más tarde, de favor.

—Soy el hijo de la señora Velázquez, me llamo Santiago, usted ya sabe qué pócima necesita mi madre.

Itzel sintió, al escuchar esa voz, como el corazón le latía a mil por hora, pero más nerviosa se puso, porque no quería poner a su amigo en peligro.

—Sí, sí, no se apure, estoy sola con un paciente y tengo una cirugía delicada de pierna, por ese motivo está cerrado, pero se la tengo por la tarde, ¿le parece bien? Buen día tenga usted.

—Buen día, vengo más tarde entonces, le agradezco.

Santiago había pasado por la botica para saludar a sus amigas, pero al verla cerrada le pareció extraño, por lo regular ellas la mantenían abierta todos los días de la semana, por aquello de alguna urgencia pública.

Después de haber hablado con Itzel, supo que algo andaba mal porque, de haber sido lo contrario, ella reconocería su voz y le hablaría con más confianza, cosa que no ocurrió.

Se forzó a pensar rápido e imaginó los escenarios de lo que podría estar ocurriendo, no sabía si estaba sola o si Pamawari estaba encerrada, seguía su intuición.

Ir en búsqueda de ayuda sería demasiado arriesgado y perdería mucho tiempo.

Brincarse no podía, no había ningún patio trasero.

Romper una ventana no era buena idea, lo podrían escuchar.

Por casualidad, iba pasando el vendedor de fruta al cual conocía y le pidió ayuda.

El asaltante escuchó que volvieron a llamar a la puerta y agarró a Itzel por el brazo para obligarla a que corriese a la persona que tocaba.

—¿Quién vive?

—Soy el vendedor de fruta, señora, ayúdeme, por favor, que me he cortado la mano y no deja de sangrar —gritó el hombre.

—Dile que no, que no lo puedes atender ahora.

—Disculpe, señor, pero no lo puedo atender.

—Por favor, señora, que me desangro y no sé a dónde acudir. O si fuere tan amable de darme algún remedio, lo que sea su caridad.

Itzel volteó con el asaltante, trató de convencerlo para atenderle.

Lo hizo. Abrió la puerta y lo dejó pasar, pero antes la había amenazado con matar a Pamawari si intentaba hacer algo.

El asaltante caminó hasta el almacén para levantar a Pamawari.

El vendedor de frutas entró detrás de ella y se llevó la mano derecha a su espalda, le indicó el número 1 con un dedo, rogando a Dios que entendiera Santiago.

Detrás del vendedor, Santiago caminó pegado a la pared, colocando un dedo en su boca para pedirle a Itzel que guardara silencio.

Ella asintió con la cabeza y señaló el almacén.

—Pase usted. A ver, déjeme revisarlo —le descubrió la mano y vio que no tenía nada, más que colorante de betabel que se había exprimido sobre la mano y envuelto con un trapo sucio, para despistar.

Ella hizo como que le curaba la mano y trató de tardar el mayor tiempo posible para distraer al asaltante.

Santiago estaba parado a un lado de la puerta del almacén, que estaba dividido por una cortina verde, por donde el asaltante era testigo de cuanto ocurría en la botica, a excepción de la presencia de un segundo hombre.

Santiago jaló la cortina, envolvió al asaltante y a Pamawari.

Cayeron los tres al piso, Santiago golpeó en el suelo al asaltante.

Pamawari logró zafarse ilesa con ayuda de su amiga.

El vendedor se acercó a la pelea, pateó el machete que se le había zafado de las manos al asaltante y también comenzó a golpearlo. Una señora a quien habían avisado en la calle llegó con la policía para arrestar al criminal.

Itzel abrazó a Santiago, le agradeció al vendedor por haberlas ayudado.

Pamawari, por la impresión, comenzó labor de parto, mientras Itzel no tuvo tiempo de asimilar lo ocurrido, preparó el lugar para recibir al hijo de su amiga.

Canek llegó en un carruaje al saber la noticia, sugirió llevarse a su esposa para meterla en cama con los cuidados posibles, pero Itzel se lo prohibió alegando que ya era muy tarde, sobre todo por tanto sobresalto que había padecido durante esa mañana.

Itzel pidió llamar a otra partera para que la ayudase.

Después de dos horas, nació una pequeña y linda niña de piel canela y abundante cabello negro ondulado, a quien llamarían Refugio.

Canek se acercó a Pamawari y a su hija, las besó a ambas en sus frentes, sintió como la vida le obsequiaba un regalo más, por quienes debía luchar.

SANTIAGO ACOMPAÑÓ A ITZEL a su casa después del día tan complicado. Lo hizo pasar a la sala de estar, mientras Itzel sirvió una tortilla de patatas que tenía preparada en la cocina, sobre unos platos de barro pintado, acompañada de unos trozos de pan y dos vasos con pulque de una jarra de barro.

—Tu tortilla es una delicia, Itzel, siempre me hace recordar España.

—Gracias por tus cumplidos, recuerda que también hago un cocido madrileño de rechupete —se sonrió pícara.

—Que me encantaría probarlo con gusto en alguna ocasión, ¿a qué se debe tú cambio conmigo ahora, si se pudiera saber?

—De verdad, quiero agradecerte por habernos salvado el día de hoy, quizá en este momento no estuviésemos vivas, ni siquiera la niña Refugio, de no haber sido por ti. Te juzgué mal y me arrepiento por ello.

Ambos estaban sentados en un sillón, él se acercó al rostro de Itzel, al ver que ella no hizo nada por rechazarlo, la besó; fue un beso lento, suave y profundo.

Él se alejó y le pidió una disculpa, pero ella lo volvió a besar, ahora con un beso apasionado, que por tantos años había retenido y que explotaba con tanta intensidad que no podía dar marcha atrás.

—Me gustaría estar a tu lado, si me lo permites. Estar junto a ti es lo único que me importa y yo lucharé contigo por nuestro país, si eso es lo que tanto deseas —Santiago le acarició los labios con sus dedos.

Itzel, abrazándolo, lo volvió a besar como contestación a su petición. Sentía tanta pasión que la quemaba por dentro, como un fuego que la envolvía, pero trató de contenerse para no terminar bajo las sábanas junto a él.

—Te pediría que te quedaras, pero ya es tarde, Santiago.

—¿Nos vemos mañana?

—Y pasado mañana también, buena noche —sonrió enamorada la joven.

Se volvieron a besar en la puerta de su casa, la pasión pudo más que los traumas que había pasado junto a Álvarez del Corral, así que aprovechó ese momento para borrar los malos recuerdos y tratar de entregar su cuerpo al verdadero amor.

—Si vamos a querernos, tengo que confesarte algo primero, querido mío, si decidieses ya no estar conmigo después de mi confesión, te comprenderé y con amor te dejaré ir, pero si decidieses continuar, júrame que nunca más me lo recriminarás.